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ARTISTAS INVITADOS / WALTER TELLO

 ReVista OjOs.com   FEBRERO DE 2016

EL WHISKY SAGRADO

 

Las décadas de los sesenta y setenta del siglo XX liberaron a Cali de un perenne letargo rural y provinciano para darle otro bembé 1, otro sabor, más urbano, más moderno. El diablo o Buziraco, que había llegado a la ciudad desde el puerto de Buenaventura, embarcado a su vez desde la pecaminosa París nos trajo, como Prometeo, el fuego del Arte: el cine, las artes visuales, la poesía nadaísta; y el rock sicodélico y los sonidos bestiales del New York caribeño, de Ricardo Ray y la Fania All Stars. Gracias a que este bendito demonio no pudo salir nunca de la ciudad debido a las tres cruces que la beatería y la curia erigieron en sus cerros tutelares para expulsarlo, Cali vivió entonces una eclosión de arte y cultura sin precedentes.

 

Muchas cosas sucedieron a un artista en ciernes como era yo entonces. Como adolescente empecé a estudiar en la escuela de Bellas Artes con profesores como Lucy y Hernando Tejada y Fabio Daza. Continué con estudios de arquitectura, pintura y grabado. En medio de las refriegas callejeras de mamertos, moires y troskistas contra la tomba enfurecida por el movimiento estudiantil, los viajes de hongos en Pance, los conciertos canabidosos de rock en el Museo la Tertulia y los bailes de agualulo de pachanga y bugalú entré a trabajar como asistente en el Taller de la Corporación Prográfica fundado en el corazón de Cali por Pedro Alcántara, Phanor León y otros miembros del PCC. En ese primer proyecto llamado Graficario de la Lucha Popular en Colombia, un portafolio de grabados pionero de su género en Colombia, trabajé como asistente de taller de muchos viejos y nuevos maestros que llegaban a realizar sus obras en planchas de aguafuerte, xilografía, litografía y serigrafía, asistidos por el equipo del taller.

 

Conocí y trabajé con Alejandro Obregón, el pintor más importante de éste país. Llegó al taller, procedente de Cartagena, un mediodía de mediados de los 70 con sus ojos azules, su sonrisa de mar Caribe; su pinta de Blas de Lezo, El Teso y una caballerosidad de gentleman ebrio, y dos cajas de whisky Chivas Regal y una de ron Tres Esquinas para “animarnos” en el trabajo. Sobra decir que fue una semana inolvidable compartir y beber con ese maestro que trabajaba con tanta concentración en su tamiz de seda de serigrafía y libaba con devoción el whisky sagrado en aquellas calurosas tardes.

 

Sobrevivir los turbulentos años 80 en Colombia fue una experiencia y un reto que marcó la búsqueda de mi lenguaje plástico y la elaboración de una iconografía que ya había tejido con los hilos de Goya, Van Gogh, Picasso, el expresionismo alemán y Francis Bacon. Un expresionismo carnal, erótico, visceral, violento. En medio de un país convulsionado por la violencia política, el terror de estado y del narco, las tragedias causadas por la furia de los elementos, no existía la paz en el alma para crear imágenes armoniosas, tranquilas, bonitas. Asomarse a la calle o a los medios de comunicación lo impedían. Los monstruos y los fantasmas acechaban por todas partes. El miedo a ser desaparecido, a ser torturado. “Los sueños de la razón producen monstruos”. Nosotros de rumba y el país se derrumba. Nos quedaba solo la rumba, el guateque, la cópula sin freno y, claro, el Arte para exorcizarlo todo.

 

De allí surgieron las series que trabajé en mi taller en el barrio San Antonio: Las tentaciones en San Antonio, El circo de los instintos desbocados, El juego entre Eros y Thanatos imágenes que se asomaban por la ventana de mi taller y que aparecían en las pesadillas que me visitaban en las noches: bisexualidad zoomorfa y combates eróticos entre hombres y animales.

 

En los 90 llegó para mí el exilio. Aquella ciudad apacible y provinciana rodeada de haciendas azucareras, gracias a los juegos panamericanos de 1970, se convirtió en una urbe moderna, rumbera, sibarita que produjo hitos culturales como “Ciudad Solar”, La Bienal Panamericana de Artes Gráficas: y el llamado “Caliwood”, la eclosión pionera del cine nacional. En los 80 y 90, Cali se convirtió en una ciudad tomada por el narco, peligrosa, violenta y decadente. El mercado del arte se puso al servicio de los dineros de los carteles con toda su lobería y mal gusto. Se formó así lo que podríamos llamar una estética del narco con la cual muchos “artistas” hicieron fortuna.

 

Para algunos de nosotros solo quedó el camino de la huida, el exilio voluntario, primero hacia Bogotá en donde habían galerías y otras posibilidades y algunas sensibilidades receptivas hacia la expresión pictórica que hasta entonces había desarrollado. Finalmente el destino me llevó a Europa. Llegué a Berlín a principios de los 90, poco después de la caída del muro. Era una ciudad aún dividida por barreras culturales, pero abierta a un mundo de posibilidades donde convivían un socialismo moribundo y un capitalismo naciente. Me encontré en un país multicultural que practica la democracia al nivel del arte y la cultura en donde las diversas tendencias coexisten, producen y se exhiben sin exclusión, con una sola condición que es la calidad.

 

Los géneros tradicionales del arte como la pintura, el grabado, la escultura juegan un papel tan importante como los más “contemporáneos” como el video-arte, lka performancia o la instalación. Galeristas, curadores y público tienen en gran estima a los pintores, grabadores y escultores que son, hasta ahora lo más representativo del arte alemán: Gerhard Richter, Neo Rauch, Geoge Baselitz, Markus Lupert, Anselm Kiefer, Jonathan Messe, etc. Tradición y contemporaneidad conviven en relación dialéctica.

 

Cuando regreso a Colombia me encuentro con el viejo resabio de las vanguardias europeas que fue superado afortunadamente en la postmodernidad: el dogmatismo, la tiranía de querer ser “contemporáneo” a toda costa, el instalacionismo sin imaginación, aburridísimos video – arte. Los mismos performances de sangre y animales que quieren chocar “las sensibilidades burguesas” y, claro, la exclusión casi total de la pintura, la escultura, el grabado, “anticuadas maneras de expresión burguesas, lenguas muertas” según lo afirman sus capillas y sus oficiantes. Y entonces añoro a Berlín, tan llena de galerías internacionales con pintura contemporánea, alternativa, joven, en donde el “saber hacer”, el oficio y las técnicas son importantes. La sola idea y la intención no bastan como nos quiso hacer creer el arte conceptual. Tanto el proceso “art in progress” como el resultado son relevantes. Allá se sabe que el arte es una elevada expresión humana, no importan los medios con que se haga. No nos ha llegado aún la postmodernidad o simplemente ignoramos sus postulados…

 

En Colombia, como lo afirmaba el poeta, todo nos sigue llegando tarde…. hasta la muerte.

 

1 El Bembé es una fiesta de la religión Orisha, en la mitología yoruba. Fue históricamente una fiesta religiosa de los grupos étnicos africanos, que

conservaron sus familias asentadas en las periferias de los bateyes de los ingenios, colonias de caña y fincas de café en Cuba, fabricando

sus bohíos con la autorización de los propietarios.

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