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 ReVista OjOs.com     SEPTIEMBRE DE 2016

COLABORADORES / RICARDO ARCOS-PALMA

Ricardo Arcos-Palma

CORAZÓN DE PIEDRA Relatos de un libertino MÉNAGE Á TROIS

 

 

Los franceses nos han aportado magníficas cosas para configurar una vida hedonista, como los perfumes para hombres: La nuit de l’homme y l’homme libre de Yves Saint Laurent que tanto me encantan y uso desde hace años; o los perfumes para mujeres que me fascina oler en sus hermosos cuellos como J’adorede Christian Dior. A esas exquisiteces se suman los excelentes quesos como Le Camembert, Le Crottin de Chavignol  o Le Bleud’Auvergne. Acompañados de un buen vino como un rojo Bourdeaux, Corbière o un Saint-Émiliongrandcru; eso sí después de un buen plato como un Lapin á la moutarde de Dijon o un Boeuf Bourguignon. Delicias y exquisiteces que alimentan el alma y principalmente el cuerpo.

 

Pero también hay otros placeres que enaltecen el espíritu y el alma que los franceses nos han dejado como legado a esta humanidad dolida y sufrida: los placeres de la carne gracias al libertinaje ¡Oh lálá! Dentro de estos me referiré al Ménage á trois que aunque fue exaltado por los franceses ya era tan antiguo que incluso las Sagradas Escrituras lo narraron: Lot y sus dos hijas realizaron un verdadero trío bajo la venia del todo poderoso, luego de la destrucción de esas magníficas ciudades donde todo era sexo y placer: Sodoma y Gomorra. Esta práctica sexual se realiza entre una pareja y un tercero, que bien puede ser hombre o mujer y quien viene a amenizar y a enriquecer la práctica sexual, pues ¿si con uno es delicioso imagínense con dos? Nadie se puede ir de este mundo sin experimentar tamaño placer, donde si es la mujer la homenajeada gozará como nunca. Afrancesado que soy he realizado varios ménage á trois en mis cuarenta y siete años, oh sí y, puedo asegurarles que son realmente magníficos. Y siempre nos fueron extremadamente satisfactorios.

 

Recuerdo uno en especial con mucho cariño pues fue un regalo de cumpleaños para una joven mujer que justo ese día cumpliría sus diez y ocho. Eso sucedió hace ya varios años, cuando yo tenía treinta y cinco. Ella venía de las tierras donde todo lo demás es loma porque las mujeres son como las flores que vestidas van de mil colores. Una piel dorada por el sol, un cuerpo que a su edad ya dejaba entrever la mujer madura que sería años más tarde: senos generosos, muslos y nalgas bien contorneados y firmes -pues era y es una excelente deportista- y una boca de labios carnosos que la hacía una verdadero manjar al momento de lamerla y morderla. Su cabello liso y algo castaño acentuaba su sensualidad que le asemejaba a una tailandesa. Recuerdo que ya habíamos flirteado antes lo cual nos permitía entrar con cierta confianza a realizar su soñado ménage á trois. Así que ese día fuimos a casa de mi compinche que estaba dispuesto una vez más a servir de sátiro invitado para este tipo de festines. Su casa quedaba muy cerca al colegio de jesuitas que me permitió en mis años de infancia recrear mi imaginación con mis amigos en el famoso “platanito” donde intercambiábamos revistas pornográficas hasta que uno de eso curas nos las decomisó y se quedó con ellas, no creo aún que para echarlas a la hoguera. En fin.

 

Él había preparado un buen plato a base de productos marinos y había comprado una torta de frutos rojos que adornó con el número diez y ocho a manera de velita. Ese día en que le partimos la torta a nuestra amiguita, comimos varios platillos y bebimos la sangre de los ángeles rebeldes (in vino veritas); pero mucha atención para que un ménage á trois sea un éxito tiene que estar “bañado” en vino tinto o champagne; otro licor puede echar a perder todo el ritual, pues en verdad es un ritual casi sagrado. Luego de comer y cuando el alcohol ya había mojado hasta la última de nuestras neuronas, nos dispusimos a dejar que nuestros cuerpos entraran en calor.

 

El blues fue cambiado por jazz latino y comenzó el baile. Primero él bailó con ella y luego yo; pero después ella nos bailó literalmente, sus movimientos sensuales como toda valluna, eran una fiesta a los ojos. De golpe, cuando ellos estaban bailando sensualmente muy apretados, cachete contra cachete, me le pegué a la espalda de nuestra amiga y la apreté con fuerza sin dejar de coger el ritmo. Una de mis manos tomó su cabello para despejar su nuca que dejaba ver un lindo tatuaje, mientras la otra le apretaba la cintura. Mi lengua juguetona se fue a lamer su cuello redibujando su tatuaje y el lóbulo de sus orejas. La escuché gemir como una gatita, guurrrrrr ¿Las gatas gimen? Bueno, no importa si gimen o no, esa es la idea. Mi compinche en plena sincronía con este demonio, comenzó a besarla con pasión en su boca en su cuello mientras ella seguía gimiendo. Nuestras manos jugueteaban con sus nalgas y senos y nuestras lenguas hacían su labor completamente sincronizados.

 

La calentura ya estaba en su punto las manos de ella comenzaron a jugar con nuestros brazos y luego con nuestros miembros levantados que agradecían al cielo por tremendo regalo. Mis manos desabotonaron su pantalón y quité la correa; la vía estaba libre para ese hermosa templo de Venus que estaba cubierto por una calzoncito en algodón que tanto me encantan. El calzoncito azul lo recuerdo muy bien, estaba ya mojado, mis dedos comenzaron a frotarle los labios, y se adentraron bajo la tela hasta encontrar esa perlita que me convierte en cocodrilo: el clítoris parecía deshacerse en mis dedos y ahí que ella parecía volar. Él había bajado completamente su pantalón y sus manos ahora acariciaban y apretaban con fuerza sus nalgas. ¿En qué planeta estas? Le susurré al oído mientras se lo mordía. En Venus decía un grito estrangulado entre sus dientes.

 

La música y la danza seguían, ella se voltea y mi amigo quedó a sus espaldas, y yo frente a su rostro exasperado por la lujuria comencé a chuparle los labios y su lengua. Su cuello fue presa de mis dientes que le dejaron lindas marcas. Mis manos que ya había desabotonado el sostén ahora jugueteaban con sus senos que habían quedado al desnudo cuando la camiseta salió volando como por arte de magia y quedó colgada de la lámpara que despedía una luz tenue.  Mientras seguíamos bailábamos y nos revolcábamos con lascivia loca, nos acercábamos con mucha sutileza a la cama ubicada en la habitación, que nos esperaba dispuesta para el ritual. Había unas velas rojas, la cortina espesa estaba corrida y la atmosfera penumbrosa era perfecta. Nuestras ropas desaparecieron de los cuerpos y el juego delicioso del ritual compartido subió su intensidad. Nuestras manos acariciaban su cuerpo con ternura y con ansia, y se desmadraron como los brazos de un pulpo hambriento que desean devorar a su presa. Pero en realidad quien nos devoró fue la bella muchacha que se transformó en una fiera: mordiscos, caricias, lamidos, quejidos prendieron aún nuestro deseo y ahí si fue: ¡por todos los demonios juntos! ¡Qué delicia! Tan ricooo gritaba ella, quiero morir después de esto. Ella era la homenajeada y nosotros sus servidores. Yo baje a chuparle ese tesoro de Venus que sabe a mar, y mi lengua hacía de las suyas, mientras sus caderas se movían como queriendo escapar de ese lugar hacía el techo. Ella había tomado el falo de mi amigo y lo chupaba con frenesí y bien aplicada. Niña donde aprendiste eso él le decía mientras aullaba de placer. Con una sonrisa picara ella seguía chupando hasta que sus ojos se voltearon y soltó un gemido que le salía de sus entrañas…

 

El juego se extendió cambiando de posiciones hasta la penetración por sus dos orificios: ella acaballada sobre él y sobre ella; el edificio entero escuchó ese día de cumpleaños unos aullidos de placer que se mezclaban con las nalgadas que le propinábamos y el latín jazz. Mi compinche luego me contó que la vecina del lado, una señora de cierta edad, al otro día, vino a suplicarle que la invitara a tomar el té la próxima vez que pusiera jazz. No podía contener la risa. Así fue toda la tarde hasta bien entrada la noche; quedamos entrepiernados los tres tirados sobre la cama, en un profundo sueño, llenos de felicidad y satisfacción. El trío se había consumado. Eso facilitó otra serie de encuentros que se dieron esporádicamente, cada vez que la sin razón volvía a nublar nuestra mente. Nos encontrábamos con la confianza que eso implicaba y nos sumergíamos a un placer sin límite hasta que ella emprendió otros caminos y nosotros seguimos con nuestra rutina esperando que los dioses volvieran a necesitarnos para emprender estas nobles labores de pedagogía del placer sexual mientras el cuerpo aguante. ¡Vive la France y su bendito Ménage á trois!

Ricardo Arcos-Palma


PhD en Artes y Ciencias del Arte, mención estética, Magister en estética y DEA en filosofía del arte y estética por la Universidad de la Sorbona Paris 1.

Maestro en Bellas Artes de la Universidad Nacional de Colombia.

Ex-Director del Museo de Arte, miembro de la Sociedad Colombiana de Filosofía; actualmente es Director de la Maestría en Historia y Teoría del Arte, la Arquitectura y la Ciudad.

Docente investigador asociado. Sus áreas de interés son: Filosofía del arte, estética, teoría crítica, arte moderno y contemporáneo, cuerpo, lenguaje.

George Grosz
Tres figuras, 1920
Acuarela
51,5 x 69, 2 cm
Tomado de: http://ariel-conlaluna.blogspot.com.co/

 

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