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COLABORADORES / PEDRO PAUNERO

 ReVista OjOs.com      JULIO DE 2016

 

ALICIA EN EL BORDE

 

Rendirse

a la gran certidumbre, oscuramente,

de que otro ser, fuera de mí, muy lejos,

me está viviendo.

 

Pedro Salinas.

 

Alguien le ha dicho que ha sido toda una sorpresa encontrarla entre los riscos. Ella no sabe quién es: un hombre mayor, casi un anciano. Viste ropas raídas y lleva una libreta. Por momentos -le ha visto-, él dibuja el paisaje. Sus anteojos se sostienen con un cordón sucio del cuello, las lentes están astilladas. Quizá sea un poeta expulsado de la ciudad. Ella le cuenta que vive con la abuela. Que están solas. Él le cuenta que es un cineasta abandonado por la musa. Que la actriz que ha ayudado a triunfar le ha abandonado por otro, que era muy joven y ligera. Ella transforma su rostro cuando le asalta la ternura que siente por ese hombre que recién ha conocido.

 

Una vez más se hallan, una tarde. Caminan a la orilla del mar. Cada piedra que encuentran es más hermosa que la anterior.

 

-Estas piedras contienen almas –le dice Alicia.

 

-Lo sé... –responde él, ofreciéndole una piedrita de color azul que brilla-. Es la mía...

 

La muchacha deambula por los riscos. Se pasa la tarde caminando al borde de los acantilados de rocas afiladas que a veces cortan las alas de las gaviotas pescadoras. Es tan sólo un pretexto para verle, para encontrarle otra vez. A él, al hombre solitario que habita la cabaña donde la luna alumbra el claro como una calva en medio de las casuarinas.

 

A veces encuentra plumas ensangrentadas entre los caminos de piedra rugosa. Una sola vez encontró un ala tirada, completa, entre las rocas. Pensó que en algún hueco de los riscos tenía que estar aquel pájaro desangrándose.

 

El cineasta deambula por los riscos. Se pasa la tarde caminando al borde de los acantilados de rocas afiladas que a veces cortan los picos de las gaviotas pescadoras. Es tan sólo un pretexto para verle, para encontrarle otra vez. A ella, a la muchacha solitaria que habita la cabaña con su abuela, en medio de las casuarinas.

 

A veces encuentra picos ensangrentados entre los caminos de piedra rugosa. Una sola vez encontró una cabeza, completa, entre las rocas. Pensó que en algún hueco de los riscos tenía que estar aquel pájaro desangrándose.

 

Mientras siguen las grandes gotas de sangre que dejan las gaviotas se descubren a lo lejos, cada uno, con la mirada.

 

Allá abajo, en el mar que se estrella en las piedras como cabezas erectas, sobresalen las aletas de los tiburones.

 

 Apresuran los pasos. Frente a frente se miran los ojos. El aire huele a huevo podrido. El volcán que sombrea la isla humea posibilidades grises. Con el viento se desprende el dulzón aroma de las flores y el de las carroñas que se confunden con cadáveres humanos.

 

-La policía llegó un día –dice Alicia tapándose la nariz-, en el vapor que va de Milazzo a Lipari, porque unos turistas que desembarcaron en la playa avisaron que podían ser los cuerpos de las víctimas del asesino de l  Cábala.

 

 Alicia se ríe. Él se tapa la nariz a la vez.

 

-Las olas arrojan restos de animales muertos que los tiburones se comen –responde él-, lo he visto... –miran el mar que se empeña en desgastar las rocas a fuerza de golpear-. También es el olor del volcán...

 

Se dicen tan sólo pretextos para evitar volver a mirarse los ojos.

 

La anciana barre el suelo cubierto de escamas. La limpieza del pescado es dura. ¿Dónde estará esa muchacha?

 

-Yo puedo darle un motivo para que vuelva a filmar... ¡lléveme con usted, aléjeme de este lugar donde no hay nada! Tengo quince años y deseos por delante...

 

Él le toca la mejilla con la mano abierta. Alicia cierra los ojos en la palma de su mano, duerme la cara, estremece el cuerpo y sus pechos se levantan bajo la blusa escotada, de tirantes delgados, que deja traslucir la piel caliente debajo. Sus ojos se abren al rostro arruinado del cineasta. Con las manos decididas conduce las manos de él sobre la cadera envuelta en mezclilla barata. Él le besa los labios.

 

Pero ella le come la boca...

 

La anciana se detiene. En la boca lleva un manchón enrojecido. Con un dedo toca las grietas de los labios. Se mira sangre en el dedo que tiembla.

 

Por la tarde, Alicia emprende el camino a casa. Lleva algo más en el cuerpo que la simple ropa que le cubre. Y la sal que se pega desde el mar. Y el olor del azufre y el de las dulzonas flores que revientan como tumores maduros. Y encima el sonido de los huevos eclosionando crías vivas. Y manzanas rojeando en las ramas. En la tarde, Alicia, estremecida, sola, vuelve a casa.

 

Por la tarde, el cineasta emprende el camino a casa. Lleva algo más en el cuerpo que la raída ropa que le cubre. Y la sal que se pega desde el mar. Y el olor del azufre y el de las dulzonas flores que revientan como tumores maduros. Y encima el sonido de los huevos eclosionando crías vivas. Y manzanas rojeando en las ramas. En la tarde, él, satisfecho, solo, vuelve a casa.

 

La anciana sangra por la boca y ha tenido que sentarse en la rústica silla del comedor. Su boca está hecha de labios rotos. Ha chorreado sobre su viejo vestido y la mesa del comedor. Las escamas se pegan en los rincones y el mar entra pegándose con sal en las tablas de los muros apolillados.

 

Alicia llega y mira. La anciana se le acerca. Una mano abierta que en la cara le cae. Y el dolor en la boca que revienta.

 

Alicia sangra por la boca y ha tenido que sentarse en la rústica silla del comedor. Su boca está hecha de labios rotos. Ha chorreado sobre su ligera blusa y la mesa del comedor. Las escamas se pegan en los rincones y el mar entra pegándose con sal en las tablas de los muros apolillados...

Pedro Paunero


(México, 1973) Narrador y ensayista nacido en Tuxpan, Veracruz. Parte de su obra ha sido traducida al catalán y al inglés y ha ganado algunos premios en el género del cuento corto. Como biólogo terrestre y como Pedro Paunero, ha ejercido el activismo en el área de la ecología como Director de una asociación civil ambientalista y blogger para la Fundación Bertelsmann de Alemania). Colabora con la revista Hontanar en Español de Australia. Ha  realizado crítica de cine para la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la web CorreCámara.com y la revista Cine Toma, de arte (en el terreno de la pintura, el grabado, la fotografía y el vídeo), como performer y conductor de T. V.

Ha trabajado como “freelance” para el IMCINE, el INAH y Europa Cinemas.

Su obra literaria erótica se ha comparado, a veces, a la de Jean Genet y Céline.

A partir de este número inicia su vinculación, con sus relatos eróticos, gracias a la sutil insinuación de una nínfula mexicana a quien trasnocha con sus exquisitos relatos de contenido erótico.

 

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