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COLABORADORES / PEDRO PAUNERO

 ReVista OjOs.com     MAYO DE 2016

 

MI VIAJE A CITEREA

 

Sepa usted: apunta Valérie Mettais en su obra Louvre, 7 Siglos de Pintura, que el 28 de agosto de 1717 Antoine Watteau fue aceptado en la Real Academia de Pintura y Escultura de Francia con un cuadro cuya temática, el peregrinaje amoroso hacia una isla, otorgaría el nombre a un nuevo género pictórico: La fiesta galante (féte galante). En el Diccionario Universal de Antoine Furetiére (1690) tenemos un atisbo en cuanto al significado de estas fiestas:

 

“Galante es ese hombre que tiene un aire propio de la Corte, maneras agradables, que trata de gustar y en particular al bello sexo” mientras que “la mujer galante, sabe vivir, elegir bien y recibir su mundo”.

 

Al breve paso de veinte años todo había cambiado, en Las Indias Galantes (ópera de Jean-Philippe Rameau de 1735) “galantería” y “galante” fueron alusiones a costumbres ligeras o, hablando en buen castizo, a la disipación sexual, a la prostitución.

 

Vea usted: la Peregrinación a la Isla de Citera (Pèlerinage à l’île de Cythère), un óleo sobre tela de 129 cm de alto por 194 cm de ancho, hoy en el Louvre, muestra a un grupo de personajes de la nobleza divirtiéndose en la isla dónde naciera la diosa Afrodita. El cuadro se lee de derecha a izquierda pero nadie se ha puesto de acuerdo si estos bienaventurados llegan o regresan de la isla. Hay una línea en diagonal que desciende desde la escultura de la diosa carente de brazos y cubierta de flores, pasa por las parejas enamoradas y baja hasta la barca con forma de cama y quilla de concha o venera (emblema de Venus pero también de los peregrinos a Santiago de Compostela), dónde, sobre los barqueros, se elevan los amorcillos y destaca Sileno, el sátiro, amigo de Dionisio.

 

Un cuadro modelo de ritmo y composición: a la derecha los altos árboles, en el medio la suave colina que baja al mar con su misteriosa o –mejor- misteriosas, púdicas historias amorosas con su episódico (así lo consideraba Rodin, una puesta en escena teatral) desarrollo: la proposición bajo la escultura con el niño, cual Cupido, que tira del vestido de la mujer, la aceptación por parte de ella a levantarse del suelo como accediendo a una pieza de baile y la mirada triste hacia atrás de la mujer (emblema del abandono del cortejo erótico antes del acto físico) cuyo amante le rodea con el brazo por la cintura y a cuyos pies un perrito –símbolo de fidelidadtrota contemplando a la anterior pareja.

 

Poco después Jean de Julienne, amigo de Watteau, le encargó hacer una copia cuyos detalles son distintos y al que intituló Embarque para la isla de Citera (Embarquement pour Cythère) del año 1718 en el cual vemos las velas desplegadas de la barca y la escultura completa así como los cayados de los peregrinos que recuerdan el thirsus dionisíaco: esa vara itifálica rematada por una piña, que las bacantes y ménades portaban en las bacanales.

 

La isla de la diosa: para el escritor Lawrence Durrell la islita de Citerea, dónde recaló en calidad de refugiado cuando se dirigía a Creta y Egipto durante la Segunda Guerra Mundial, era poco atractiva. Se localiza a medio camino de Creta y el continente. Fue en realidad aquí dónde la diosa Afrodita surgió desnuda de la espuma del mar que se formó en torno a los genitales del Titán Urano, cortados por Crono y arrojados a las aguas y, surcando las olas sobre una venera, desembarcó en Citerea, exactamente en la playa de Paleópolis, según la Teogonía de Hesíodo y como a Durrell (antes que a Durrell si hemos de creer en los mitos) le pareció una isla insignificante por lo que se dirigió al Peloponeso, fijando su residencia en Pafos, en Chipre. Afrodita, como Dionisio (dios del éxtasis ritual, la orgía, los misterios y el vino, amigo del lascivo Pan) era una diosa extranjera, cuyo culto había sido llevado por los fenicios desde Oriente Medio a Grecia. Y en Citerea existía un centro de comercio fenicio cuyas ruinas han desaparecido. Isla, por minúscula que sea, llamada a la fama sin embargo, y motivo recurrente en el arte, como hemos venido viendo. De hecho Baudelaire, en su poema 116 de Las flores del mal (Un viaje a Citerea, 1861), alude a la isla, desmitificándola, como a un lugar de muerte:

 

¿Qué isla es ésta, triste y negra? —Es Citerea,

Nos dicen, país celebrado en las canciones,

El dorado banal de todos los galanes en el pasado.

Mirad, después de todo, no es sino un pobre erial.

 

El poeta se acerca a la costa y contempla el espectáculo grotesco de un ajusticiado en la horca que, cual Urano, ha sido emasculado:

 

Los ojos eran dos agujeros, y del vientre desfondado

Los intestinos pesados caíanle sobre los muslos,

Y sus verdugos, ahítos de horribles delicias,

A picotazos lo habían absolutamente castrado.

 

Y finaliza, después de invocar a Venus (el poeta, identificándose con el cadáver, haría, pues, un viaje frustrado a las regiones del amor pasional: ¿Una referencia a la enfermedad venérea?), en una oración al dios cristiano:

 

En tu isla, ¡oh, Venus! no he hallado erguido

Mas que un patíbulo simbólico del cual pendía mi imagen...

—¡Ah! ¡Señor! ¡Concédeme la fuerza y el coraje

De contemplar mi corazón y mi cuerpo sin repugnancia!

 

Escribe Robert Graves en su ensayo Los mitos griegos que Afrodita (la Venus romana) es la diosa del deseo. La diosa del deseo que puede dar paso al amor tenía también un rostro aún más lascivo pues Afrodita Porné era la protectora de las prostitutas. Así, Durrell nos dice en Las islas griegas sobre los varios rostros de la diosa: Como Urania, representaba el amor puro e ideal; como Genetrix o Ninfia, era la protectora del matrimonio legal y favorecía toda unión seria; como Pandemos o Porna, era patrona de todas las prostitutas y amparaba todo amor venal y lujurioso. Todo lo que tuviera que ver con la pasión, desde la más noble a la más degradada, entraba en sus dominios.

 

Me pone una sonrisa en los labios la manera en que Durrell describe el lugar de la deseada Afrodita entre los dioses y los hombres:

 

Estaba colocada en algún lugar entre lo imposible y lo inevitable…

 

La pasión cuyo significado es padecer. De esta manera Citerea, la isla insignificante, se convierte en el lugar dónde se padecen (bajo una alegoría pictórica) todos y cada uno de los pasos de aquello que denominamos amor. No es de extrañar, pues, que en un par de décadas desde la pintura, “lo galante” (un libertinaje recatado), haya pasado de ser una aspiración poética rococó a la designación de un atributo de lo sexual en su sentido más comercial y descarado.  Pero no todo era sagrada obscenidad pues en su acepción menos conocida se le invocaba como Apostrophia, guardiana de la ética, la moral, los esposos y los niños en Tebas.

 

Viaje a Citerea: se le conoce en griego como Kythera, en latín como Cythera y en italiano como Cérigo. También le conocemos como Citera y pertenece al grupo de Islas Jónicas con apenas 284 km2. Distintas culturas y periodos históricos con altísima personalidad propia han dejado su impronta en la isla: minoicos, micénicos, bizantinos y venecianos cuyo castillo domina la isla y data del año 1503. Está rodeada de acantilados con cuevas y hermosas playas, algunas para turismo nudista y se accede a través del servicio de ferrys.

 

Safo, la poetisa nacida en la ciudad de Mitilene, en Lesbos, tenía una Casa de las servidoras de las musas dónde se rendía culto a la diosa Afrodita. En uno de los fragmentos que de Safo han llegado a nosotros podemos leer, a través de un coro femenino y, posteriormente, la voz de la misma diosa, un tierno homenaje a Adonis (el Osiris greco-fenicio), uno de los humanos más bellos y perfectos que hasta la misma diosa del deseo se enamoró de él:

 

Muchachas:

Citerea, ha muerto el tierno Adonis; ay, ¿qué haremos?

Afrodita:

Golpeaos, muchachas, y rasgad vuestros vestidos.

 

Notamos, pues, que a la diosa se le designa, invocándole, con el nombre de la isla, para conformar diosa e isla, un todo único e inseparable.

 

Una citerea tropical: en la ciudad y puerto de Tuxpan, Veracruz, localizada sobre la margen izquierda del río del mismo nombre, en el Golfo de México, encontramos la comunidad de Juana Moza, cuyo equívoco nombre puede provenir de una leyenda colonial: Una hermosa y deseada doncella española de nombre Juana que habitaría aquí y daría su nombre a la población o el de un personaje afamado, Juan A. Moza, cuya inicial del segundo nombre o apellido se fusionaría con el primero. Según datos que me proporcionó un amigo historiador Juana Moza fue el asentamiento dónde la etnia huasteca, tributaria del Imperio Azteca, tenía su centro de poder civil hace más de dos mil años. De hecho existe ahí la estela en piedra de un guerrero abandonada en el patio de la casa de una familia local. Hoy es un lugar de producción citrícola, frutícola y hortícola, desde dónde parten las lanchas río abajo, hasta lo que había sido el muelle construido expresamente para estos productores, frente a la vieja aduana, en el centro de la ciudad, para vender sus productos cerca del mercado, hasta que un alcalde ignorante mandó derribarlo hace unos años.

 

Se llega en auto a Juana Moza desde la urbanizada carretera Tuxpan-Tampico, aún en los límites de la ciudad, frente al cuartel militar, penetrando por un camino rural flanqueado por restos de la vegetación selvática original y altos árboles cultivados, en una especie de sueño envolvente dónde la ciudad queda atrás y se penetra en un fragmento casi intacto, casi sagrado, de la naturaleza. Entre la floresta podemos imaginar los sátiros atisbando, el revoloteo inasible de los ligeros ropajes de las ninfas y se percibe el aroma dulzón de las flores, las flamas de las naranjas en los árboles y el destello plata del río a lo lejos. Hay, en verdad, dos Juana Mozas: la comunidad y la isla, rodeada por el río y el estero que la separa del resto de Tuxpan y a la cual se accede a través de un puente metálico.

 

La belleza de esta comunidad ha penetrado bajo mi piel, ha tomado lugar como la Teolepsia (la sensación de un dios en el interior del cuerpo, una posesión divina) como si de la Isla de Citerea se tratara en mi imaginación desbocada y me ha parecido escuchar la arrobada música de Eleni Karaindrou al poco de llegar. Es la isla dónde hube trasladado a mi hija Nimue (a quien nombré así en honor a la Dama del Lago de la mitología celta), a los pocos días de nacer, para consagrarla a las musas mientras un par de ancianas –primas entre sí y, según rumores, amantes lesbianas-, y dulces como las naranjas que nos ofrecieron nos llevaban en un periplo maravillado a través de los huertos hasta el embarcadero.

 

Si hemos de creer en la hipótesis de Graves en El vellocino de oro, la isla de las Hespérides o de los Bienaventurados de la mitología griega estaría situada en Mallorca y no crecerían en sus tierras manzanas sino salvajes naranjas. Fruto consagrado a la Triple Diosa y prohibido a los mortales o a los seres sin un magno destino.

 

En esta hermosa comunidad se sitúan el restaurante y jardín botánico El relicario, propiedad de un amigo muy estimado, ya fallecido y el huerto de bambúes de otro amigo a orillas del río. Este último es un desarrollo ecoturístico dónde un cineasta peruano, con quien hice gran amistad, filmó un cortometraje con temática huasteca y fue ahí mismo dónde amé a una chica alta y delgada, de piel canela quien, cual encarnación de la diosa, llevamos al lugar y dio en pasearse desnuda entre el enhiesto bambú. Ella fue para mí una esposa “mutah”, como la de los hindúes musulmanes, es decir, una esposa de ocasión y para el placer, con lo cual su naturaleza de prostituta fue ganada para la sacralización.

 

También, desde las orillas de aquél restaurante, arrojé una paloma de barro al río en tributo de Afrodita y atraje a las libélulas durante la ceremonia wiccana de Mabon, un ardiente equinoccio de otoño, mientras una amiga y amante para el ritual -que no podía dejar de besar en cada oportunidad y cuyo significativo nombre era Isis-, me servía de columna de fuego para sostener el ceremonial. La paloma, que bajo la sombra del cristianismo hemos considerado emblema de la paz, era el ave, con los gorriones, consagrada a la diosa por su naturaleza lasciva.

 

Cualquiera que haya sido testigo del bello cortejo nupcial de un palomo hacia su hembra ha podido atisbar una danza que viene de tiempos antiguos: la de Venus Anadiómene (nacida de las aguas) danzando sobre el océano, encima de la espuma y revolviéndola como esperma burbujeante, en el acto creador del mismísimo mundo.

 

Hay ecos persistentes de la Citerea erotizante en los mismos parques, jardines y dinteles, en los resquicios vegetales, en el liquen que crece en una estatua, en islas a orillas de la urbanización, en la sombra del follaje o en las esquinas de nuestras ciudades tantas veces ajenas a los sublimes actos del Eros aún cogido en los ángulos menos esperados de la vida cotidiana, aunque parezca que todo esto se desvanece.

 

Hace poco volví a mi Citerea tropical. Mi amigo, el del restaurante, ha muerto. Su pareja y sus parientes han empezado a vender la casa, el negocio y los jardines. Algunos de los grandes invernaderos dónde se cultivaban especies hortícolas han desaparecido, en cambio florecen otros negocios: cabañas para rentar un fin de semana, fincas para Scouts o paseos en bote. No sé si volveré. Muchas cosas han cambiado no sólo en el lugar sino en mi ánimo. Las esposas han ido y venido, las amantes han llegado y las he despedido.

 

Cuando recuerdo mi Citerea no lo hago, sin embargo, con melancolía, sino con una sonrisa pues sé del devenir de los lugares y de las cosas así como el de las personas, tan inasibles e inaprensibles como el carácter de Citerea, la diosa del amplio vagabundeo, la que hace arder la carne sin quemarla. La que abre los ojos. La que sorprende, llama viva, en cualquier par de ojos en cualquier otra ciudad, en cualquier otro tiempo.

Pedro Paunero


(México, 1973) Narrador y ensayista nacido en Tuxpan, Veracruz. Parte de su obra ha sido traducida al catalán y al inglés y ha ganado algunos premios en el género del cuento corto. Como biólogo terrestre y como Pedro Paunero, ha ejercido el activismo en el área de la ecología como Director de una asociación civil ambientalista y blogger para la Fundación Bertelsmann de Alemania). Colabora con la revista Hontanar en Español de Australia. Ha  realizado crítica de cine para la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la web CorreCámara.com y la revista Cine Toma, de arte (en el terreno de la pintura, el grabado, la fotografía y el vídeo), como performer y conductor de T. V.

Ha trabajado como “freelance” para el IMCINE, el INAH y Europa Cinemas.

Su obra literaria erótica se ha comparado, a veces, a la de Jean Genet y Céline.

A partir de este número inicia su vinculación, con sus relatos eróticos, gracias a la sutil insinuación de una nínfula mexicana a quien trasnocha con sus exquisitos relatos de contenido erótico.

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