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 ReVista OjOs.com     ABRIL DE 2016

COLABORADORES / PEDRO PAUNERO

EL AZOTADOR

 

Relato publicado en el libro, Tras la huella de Sade, editado por Paco Rallo en Zaragoza (España).

 

La víspera del 6 de diciembre llegaba el Padre Azotador. Los chicos nos íbamos corriendo a esconder en los  roperos, debajo de la cama, en el ático, dónde fuera con tal de escapar del anciano monstruoso que llevaba  consigo un gato de 9 colas en la diestra y vestía pieles crudas. Pero ni el eufemismo para el látigo o las pieles sin curtir de animales salvajes eran lo peor: el olor a procesos putrefactos que desprendía en cuanto detenía el trineo fuera de las casas escogidas era tan vomitivo como el capitalismo, que lo ha borrado de la memoria de los hombres en un acto de invención de un San Nicolás insulso –ese viejo de las barbas–, rediseñado como un gordo cómico y ridículamente rojo como cereza borracha –de lo cual da cuenta su nariz–, y que le ha quitado presencia a su contraparte maligna. Pero el olor pútrido se le ha impregnado. San Nicolás huele a bebidas negras gasificadas. A cieno. A ese olor a carne fresca o pasada que las luces frías en Las Vegas anuncian al por mayor y al mejor postor...

 

Pero ningún saco de regalos, ningún burlesco árbol de navidades, puede hacernos olvidar al Azotador. En Francia le conocían como Pére Fouettard, Hans Trapp en Alsacia, Knecht Ruprecht en Alemania y Schmutzli en Suiza. Sabíamos que estaba a punto de llegar porque papá o mamá se asomaban, durante el transcurso de la cena, por la ventana, levantando un poquito la cortina. Fuera la nieve y la escarcha mantenían un velo blanco y fantasmal sobre las calles y el frío aumentaba con el transcurrir de la noche.

 

Entonces uno de ellos gritaba:

 

–¡Corran, el Azotador está aquí! ¡Ha llegado el hombre del martinete y el gato de las nueve colas!

 

Los chicos huíamos despavoridos. Había una fracción de segundo en la cual nos quedábamos mirando como idiotas, unos a otros, sin saber qué hacer o dónde correr para escondernos. Después todos escogíamos escondites oscuros que, de otra manera, a no ser por la visita del Azotador, jamás se nos habría ocurrido, ni de lejos, escoger para escondernos, por ejemplo, durante el juego de las escondidillas. Podía haber arañas ahí,  polvo, humedad, hongos podridos creciendo en las maderas de muebles y muros, podía haber serpientes  enroscadas, tratando de guarecerse del frío. Podía haber cualquier clase de alimaña o, incluso, los monstruos de nuestras pesadillas que duermen a la espera de que perdamos el zapato o la media y metamos la mano debajo de la cama para agarrarnos con una mano sarnosa, purulenta, peluda, toda uñas o garras, pero eso no importaba. ¡El Azotador estaba fuera! Lo único importante era huir de él. Huir de él y no saber de su existencia espectral hasta el año siguiente. Y digo espectral con toda intención porque, en aras de la verdad y, pensándolo bien a la distancia, constituía una rareza que nunca nos cuestionamos de niños: jamás ningún chico vio en  realidad al Azotador.

 

Nunca nadie, que yo sepa, contó cómo era o cómo llegaba a las casas. Solo sabemos que papá o mamá abrían la puerta (así lo contaban luego), y el Pére Fouettard entraba, apestando a los animales cuyas pieles muertas usaba para protegerse del frío, pero oliendo también a la sangre salpicada de los niños al golpearlos, hasta abrirles la piel de las nalgas, con un martinet, un birch –un manojo de ramas de abedul– o un látigo o gato de nueve colas, en la mano derecha y una cadena oxidada que arrastraba siniestramente por los suelos de duela en la izquierda. Así lo describían ellos. Se podía escuchar el viento silbando a través de la puerta abierta.

 

Imaginábamos la nieve inundando la sala. Suponíamos al monstruo conversando con los padres y a ellos dándole los detalles de las travesuras de cada quien por si él se los había pasado por alto.

 

Los niños nos quedábamos inmóviles para que el Hans Trapp no nos escuchara. Pero lograría escuchar a alguien. Porque en medio de la confusión se oían voces que se parecían a las de papá. Unas voces guturales, como fingidas, que gritaban:

 

–¡He venido a azotar a los niños que se han portado mal!

 

Los chicos temblábamos toditos y nos acurrucábamos contra el rincón, la pared, el suelo, aterrados. Debía encontrar a alguien, repito, porque se escuchaban gritos provenientes de la criatura y el olor flotaba hediondo, rofundo, desde cien mil bocas desdentadas y tumbas abiertas en pleno azote de la peste negra. Se escuchaba el arrastrar de las cadenas y el arrastrar de la víctima. Lográbamos oír el tirar de las solapas o del pelo de ese pobre hermano o hermana que merecía nuestra compasión y la suma de nuestros horrores y cómo era arrastrado en contra de su voluntad sobre la duela del suelo. Nos encogíamos aún más. Nos acurrucábamos aún más. Temblábamos aún más. Hacíamos un recuento breve, inquietante, malsano, de las travesuras cometidas a lo largo del año y rezábamos para que, esta vez, no fuéramos nosotros los elegidos por el monstruoso Knecht Ruprecht. Nunca sabíamos a quién elegía porque, y esto es algo sobre lo cual medito ahora, nadie hablaba de cómo le había ido la víspera del 6 de diciembre. No teníamos idea si el elegido para ser azotado había sido el hermano mayor porque una tarde de primavera, olvidada ya para nosotros, pero no para el Azotador que todo lo sabía, que todo lo espiaba desde algún lugar entre este mundo y el otro, había arrojado el gato al pozo. O si se trataba de la hermana menor que le había cortado a la hija de la vecina las trenzas con unas enormes tijeras de sastre y se había llevado, de paso, un poquito de cuero cabelludo. Y las trenzas se habían hallado sangrando sobre el suelo: silenciosa prueba acusadora. O si el mejor de nuestros amigos, que nos diera de patadas en las espinillas y provocara que su familia y la nuestra se peleara hasta el punto de que los padres casi se batían a duelo –mientras nosotros olvidábamos la rencilla y nos poníamos a jugar otra vez–, era quien sería arrastrado esa noche y encadenado a una silla y azotado en las nalgas desnudas hasta hacerlas chorrear sangre expiatoria.

 

A la mañana siguiente nadie le preguntaba al otro si había pasado por las manos del Schmutzli. Era algo tan vergonzoso que se mantenía en secreto y nadie osaba hablar de ello. De vez en cuando todos creíamos –todos veíamos–, que nuestro hermano, hermana, amigo o amiga o la misma hija de la vecina, caminaban distinto,  cojeaban o no podían sentarse y procuraban pasar la mayor parte del tiempo de pie, hasta que las llagas causadas por el gato de nueve colas sanaran. Eso tenía consecuencias extrañas: rumoreábamos que en tal calle o en tal casa, un niño cojeaba; en tal hogar hasta tres hijos de familia se recuperaban en cama, acostados  bocabajo, de la tunda sangrienta; en tal aldea cercana o lejana, toda la población infantil había pasado por el trato horrendo y correccional de ese ser bestial y dábamos gracias al cielo y a la oscuridad porque no nos había tocado esa vez. Pronto, hacia medio año, después de prometer solemnemente a papá, a mamá, al resto de la familia, al cura parroquial y al mundo entero que nos portaríamos bien, lo habíamos olvidado todo y ya nos estábamos portando como siempre, como todo niño hace, corriendo de aquí para allá, tirando esto y lo otro, destrozando aquello y golpeando a los demás niños aún bajo las amenazas de los padres que gritaban  prometiendo que le dirían al Azotador sobre nuestra conducta:

 

–¡El Padre Azotador está mirándote! Nos deteníamos unos segundos.

 

Diciembre nos parecía lejano. Un sueño. Un espejismo. El monstruo, una fantasía. Algo muy, muy distante en medio del calor y las flores del verano.

 

–¡No es verdad –desafiábamos a papá–, el Azotador no existe!

 

–¡Ah, que no existe! –Nos encaraba nuestro padre–:

 

Si él no te está viendo, porque tiene mucho trabajo vigilando a los niños malcriados de todo el mundo, entonces

yo se lo diré en cuanto le vea llegar en su trineo hecho de huesos de niños muertos…

 

Una vez más mirábamos sobre nuestro hombro. Nos parecía que un par de ojos enrojecidos miraba desde las ramas de aquel árbol, por la ventana del ático, desde un agujero en la tierra. Pero el calorcillo en la cara, el zumbido monótono y dulce de los insectos y el olor de las flores… nada podía romper el hechizo de lo que se mantiene estable, repetitivo, esos ciclos curativos de la naturaleza.

 

Así pasaba el año hasta la siguiente visita del ente.

 

Y todos a correr entonces… y todos sin verlo otra vez, y sospechando unos de los otros que, esa víspera, había sido corregido por los azotes de la criatura.

 

Nadie había podido verlo, como he dicho, hasta que lo vimos mi familia y yo, una noche hiriente de frío y humedad en que las llamas de la chimenea crepitaban envolviendo los leños en olas amarillas y la luz y las sombras de las flamas danzaban sobre las paredes, las sillas del comedor y los muebles de madera, como si el fuego hubiese extraído el alma misma de las cosas. En realidad no es que fuera el Azotador, el ser sobrenatural

precisamente, quien se instalara esa noche en casa… sino algo más inquietante, si cabe, que me sacó de una vez por todas del mundo infantil -que me abortó de mi cuerpo infantil-, y me enfrentó al horror de la adultez.

 

… Y la huida

 

Debo decir que ese 5 de diciembre de hace 70 años había visto primero, por la mañana, al anciano que llegó a casa, en la tienda del peletero Hans. Iba acompañado por una niña de unos trece años que me había embelesado de tal forma que cuando papá me pidió sostener en las manos los nuevos guantes que comprara para toda la familia, mientras contaba el dinero para pagar, no le escuché. Solo tenía ojos para esa púbera extraordinaria, frágil, alta, esbelta, de cabellos rubios que caían hasta la curvatura de sus asentaderas nada infantiles.

 

El viejo se dirigía a ella de manera melosa y ella parecía aburrida, lejana. Sus ojos eran de un tono azul metálico que solo he conocido a través de las pinturas del Renacimiento. Llevaba un abrigo de piel pegado al cuerpo o, mejor dicho, entallado, como a propósito, como calculado para causar efecto entre los varones de cualquier edad. Verlos me causó una misteriosa sensación. Una sacudida sensorial. Algo en mí despertó ese día. Un hilo tenue entre lo obsceno, lo carnal y lo espiritual se tendió en la atmósfera de la tienda de Hans entre esa niña y yo. Podría decirse que ella era instintivamente consciente de su poder, de ese magnetismo que ejercía sobre los varones: niños u hombres. Porque he de confesar que, en cuanto papá la miró –curioso de saber qué reclamaba mi atención–, no pudo apartar la vista tampoco y el viejo Hans, a sus años, llevaba minutos intentando poner  cuidado sobre lo que papá indicaba sobre pieles y formas de guantes pero ¿a quién demonios le importaban las pieles y los guantes si ella estaba ahí, provocándonos con sus formas y maneras de moverse y el despliegue cruel de desdenes con los cuales trataba a su, quizá, octogenario acompañante?

 

Hans miró al anciano y a la niña después. Estuvo a punto de decir algo cuando el viejo se dirigió de manera zalamera a ella y se arrodilló a su lado, mostrándole un abrigo caro:

 

–¿Te gusta este, Natacha? –dijo y ella le ignoró pues se había topado con mis ojos extasiados-. Natacha, corazón mío –dijo el hombre, cursi–, te he preguntado si te gusta este…

 

–¡Lleva el que sea, pero sácame de aquí que quiero ya descansar! –ordenó, dándome la espalda.

 

El anciano se dirigió a pagar. Hans clavó la mirada en los ojos del viejo desdeñado:

 

–¿De dónde vienen?

 

–Ah, hemos caminado toda la noche… Desde muy lejos…

 

–La niña… ¿es su nieta? –la voz de Hans temblaba.

 

–¡Oh, no, no, es una huerfanita que me encargo de cuidar! Sus padres me la encomendaron antes que la peste  acabara con ellos, Dios los tenga en su Santa Gloria-. Se persignó y pagó.

 

Cuando salieron los miramos partir. El viejo Hans nos soltó:

 

–¡Esa niña es maligna! Se le puede ver… Traerá desgracias a la aldea, lo sé.

 

Ahora es cuando comprendo que los deseos pederastas e insatisfechos del dueño de la peletería eran proyectados sobre esa muchachita a quien, por este motivo, veía con la forma de una especie de demonio: la misma proyección de los sacerdotes católicos inquisidores sobre las mujeres a las que veían como brujas.

 

Papá pagó y yo me apresuré para verlos por una última vez ir por la calle. Pude ver cómo se alejaban cargando unas maletas que se habían dejado fuera, hacia la hostería de la Señora Clotilde Berger.

 

–Papá… –dije–, ¿ves dónde van ese forastero y esa niña?

 

–Sí.

 

–¿No crees que es posible que no encuentren hospedaje?

 

Tú has dicho que muchos familiares llegan a la aldea por navidades… y que la hostería no alcanza a hospedar a los amigos y conocidos que llegan.

 

–¿Qué quieres decir, rapaz? –preguntó, como sospechando algo.

 

–Que nosotros podríamos acondicionar el ático para darles cobijo, ¿no crees?

 

Papá se echó a reír. Cuando llegamos a casa le contó todo a mamá y ella no se rio, es más, le pareció una excelente idea para hacernos de algo de dinero. Yo estaba más feliz que si estuviera esperando que San Nicolás me trajera su saco mágico completo para mí, así que salí a la calle corriendo, localicé a los forasteros que, como era de esperarse, volvían cabizbajos sin haber encontrado albergue y les solté mi genial idea. El anciano me agradeció, me pidió les condujera a casa y así les llevé, muy ufano, sonriente, mirándole a ella de vez en cuando sobre el hombro. Mamá no tardó mucho en poner orden en la parte de arriba de nuestra casa, mientras los recién llegados comían con papá y mis hermanos. El viejo dijo llamarse Colombán, el nombre de la niña ya lo sabía yo por haberlo dicho él en la peletería pero se lo comunicó al resto de la familia, así como la historia de la  orfandad de ella, misma que enterneció a mamá.

 

La noche llegó más helada que de costumbre. Tuvimos que encender la chimenea con doble ración de leña para calentarlo todo; aparte, la humedad calaba los huesos. Las sombras del fuego bailoteaban monstruosas sobre la

estancia. Natacha y su viejo cuidador se habían retirado ya a dormir y todos estábamos a punto de dormir también cuando escuché sollozos. Al principio me pareció que era un niño quien lloraba, luego recordé la noche  en la que nos encontrábamos inmersos, en pleno hechizo por la llegada de Él. Pensé que el Azotador había cogido a alguno de mis hermanos y lo estaba corrigiendo en la sala, pero luego escuché los ruidos y los identifiqué como provenientes de arriba. Ruidos de alguien moviéndose lentamente –o arrastrándose– sin dejar de sollozar.

 

El escalofrío que me recorrió la espalda me hizo abrir los ojos, echar a un lado las mantas de lana y pisar descalzo el suelo. Un grito se me atravesaba en la garganta: ¡Natacha! ¡El monstruo debía haberla escogido a ella! ¿Pero cuál había sido su travesura, cuál que a mí se me antojaba un crimen, un delito de tal naturaleza como para mancillar la piel, la carne de tal criatura perfecta?

 

Pensando así, temblando, envuelto en una bata de lana, me fui caminando sin hacer ruido escalera arriba hasta dar con la trampilla del ático. Con la cabeza intenté levantarla. Estaba suelta. Ellos no le habían puesto la aldaba.

 

Pero no me atreví a abrirla de golpe, tal era el horror a la presencia sobrenatural del Padre Azotador que, a pesar de mi arrobamiento por la niña, tuve la cautela de no hacer ruido. Lo que vi me paralizó. Al principio no entendí del todo. Luego pensé que el monstruo podía ser capaz de tomar la forma humana que quisiera y que a eso había hecho referencia el viejo Hans en su negocio, pues Colombán, el guardián humillante, digno de  compasión, de la huérfana Natacha, estaba arrodillado al pie de la cama, con la mitad superior del cuerpo extendida, los brazos separados, sobre el colchón de paja cubierta de mantas de lana. Tenía el trasero desnudo y los pantalones enrollados en los pies. Podía ver sus enormes y redondas nalgas enrojecidas desde mi posición en la escalinata y a Natacha, desnuda, con la cara deformada por la lascivia mientras le azotaba con un birch rod, situada frente a su trasero.

 

El viejo sollozaba y pronunciaba frases entrecortadas:

 

–¡Así mami, sí, así! ¿Quién es mi mamita buena? ¡Ahhhh!

 

¡Sí, sí, me he portado mal, muy mal, pégame más, más, hasta hacerme sangrar, sigue, sigue, ahhhh!

 

Y Natacha seguía, se encendía, echaba el pelo hacia atrás con un solo movimiento brusco de cabeza, sudando en medio de ese frío atroz y esa humedad, a la luz de las velas; los pechos pequeños y puntiagudos hiriéndome la vista, arrojándome a un abismo del cual me elevaba otra vez, las gotas de sudor fluyendo, escurriendo entre los senos hasta el ombligo, dónde me parecía verlas formando un pozo de cristal destellante hasta que desbordaban y fluían otra vez hasta alcanzar el vello púbico oscurecido.

 

Y ella, mutada en demonio, levantaba cada vez más alto el birch rod y lo dejaba caer sobre las nalgas del anciano que mordía las telas para no ser escuchado pero que con todo podía escucharse, lamentándose, llorando lágrimas en forma de goterones sombríos, moquillento, mojando la cama, retorciéndose ante cada azote. En algún momento tenía las nalgas trazadas por hilos de sangre. Natacha se fue caminando a una de las maletas, rebuscó algo dentro y sacó un látigo de 9 colas. Le miré caminar de regreso, los senos erectos, como si hubiese abandonado la infancia de pronto y, al mismo tiempo, siguiera siendo una niña, moviéndose, temblando redondos y llenos, a cada paso. Y comenzó de nuevo. Y la piel del viejo reventó en tiras que rociaron de rojo el cuerpo de ella. Entonces él giró el cuerpo como una serpiente, le cogió por el cuello y tiró de su pelo hacia atrás.

 

Este movimiento puso el cuello de Natacha por completo vulnerable, blanco, en tensión, y le abrió involuntariamente la boca. Colombán le pasó la lengua por los labios para, finalmente, hundírsela en la garganta.

 

No pude ver más. Mis pies resbalaron en uno de los escalones y la trampilla se cerró con un leve pero alarmante golpe. Arriba los sollozos terminaron. Bajé aprisa, aterrado. Turbado, sin poder controlar los espasmos que me recorrían el cuerpo traté de dormir. Me sentía afiebrado, mojado por el sudor que empapaba las sábanas. Soñé que Natacha llegaba por mí, que vestía una bata larga, blanca y semitransparente, como la que mamá escondía en su ropero, que dejaba entrever la crueldad de su sexo que yo nunca alcanzaría. Me pareció que mi cama era de agua. Que mi sexo era un escorpión que amenazaba con picarme a mí mismo y que ella, en la mano derecha, llevaba un látigo hecho de vello púbico que me abriría surcos de sangre y leche y miel en la cara y en la espalda y le arrancaba de cuajo el aguijón a la cola del escorpión…

 

***

 

A la mañana siguiente los visitantes no quisieron desayunar. Pagaron aprisa, recogieron sus cosas y salieron al día que estallaba ya en un sol debilitado a través de nubes limpias pero deshilachadas como mi niñez. Yo no podía levantar la cara para ver la de Natacha. Ella tampoco me miró. En realidad no creo que hubiera un motivo especial para no verme a mí. Supongo que no hubiera podido ver a nadie al rostro. Ni ella ni su guardián.

 

Desde la noche que sorprendí a los forasteros me llenaba de obscenidad el solo hecho de escuchar la mínima mención del Padre Azotador, a la vez que había dejado de temerle. Cuando papá amenazaba con decirle o llamarle ante cualquier travesura me reía, me apretaba el sexo y bailoteaba:

 

–¡Sí, sí, que venga! ¡Yo le daré lo que quiere!

 

Me daban una tunda que resultaba más cruel que cualquiera que pudiese imaginarse que el Azotador podía aplicar al trasero de un niño, lloraba todo el día y maldecía a Natacha.

 

***

 

Llegué a trasladarme a la ciudad años después. Fui modernizándome poco a poco, adecuándome a la ciudad y sus múltiples tentaciones. Me adapté a todo tiempo y lugar dónde llegaba a vivir lo urbano profundamente.

 

Conmigo llevé mis recuerdos, costumbres, temores y obsesiones pero no pude soportar toda la carga del campo, así que conservé lo más atroz con que este me hubo marcado.

 

El Azotador no está muerto, se los aseguro. San Nicolás no acabó con él. Yo me he encargado de que se le recuerde. Con el tiempo me volví pintor y, basado en los recuerdos, mi imaginación o una mezcla de ambos, le he pintado de cuerpo completo en la pared. Es un personaje híbrido: tiene la cara de Colombán –ese viejo verde–, y los senos de una niña que asoman enhiestos a través de su abrigo de pieles. Tiene sonrisa maligna y lleva las manos armadas con un birch rod y un látigo de nueve colas. Todos pueden verlo si gustan, está pintado exactamente a la entrada de mi Sex Shop en la calle Ámsterdam, 69. La tienda se llama El Gato de Natacha. Por

si tienen curiosidad, estaré encantado de recibirles aquí el día que gusten, látigo en mano y una sonrisa en los labios.

Pedro Paunero


(México, 1973) Narrador y ensayista nacido en Tuxpan, Veracruz. Parte de su obra ha sido traducida al catalán y al inglés y ha ganado algunos premios en el género del cuento corto. Como biólogo terrestre y como Pedro Paunero, ha ejercido el activismo en el área de la ecología como Director de una asociación civil ambientalista y blogger para la Fundación Bertelsmann de Alemania). Colabora con la revista Hontanar en Español de Australia. Ha  realizado crítica de cine para la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la web CorreCámara.com y la revista Cine Toma, de arte (en el terreno de la pintura, el grabado, la fotografía y el vídeo), como performer y conductor de T. V.

Ha trabajado como “freelance” para el IMCINE, el INAH y Europa Cinemas.

Su obra literaria erótica se ha comparado, a veces, a la de Jean Genet y Céline.

A partir de este número inicia su vinculación, con sus relatos eróticos, gracias a la sutil insinuación de una nínfula mexicana a quien trasnocha con sus exquisitos relatos de contenido erótico.

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