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 ReVista OjOs.com       FEBRERO DE 2016

COLABORADORES / PEDRO PAUNERO

ESTA MAÑANA, EN LA PLAYA

 

Tras una noche de exceso termino buscando más. Ya ahíto, con todo lo que se escapa, me sorprendo  deseando la muerte. Llamo entonces a una mujer y vuelvo a vivir. Ellas me salvan de mi mismo por su cuerpo y en su cuerpo. Pero no permito que lo sepan: ese es mi poder.

 

Se sacudió la arena del cabello y la aparté bruscamente de mi lado. Triste, yo miraba el mar, la línea blanca que la separa y une a la playa. Se levantó, se vistió. Acomodó un poco su ropa ligera.

 

-¡Muchachita, muchachita, ven!

 

Busqué, rebusqué algo en mi mochila. Me levanté.

 

Estaba ella ahí, de pie, esperando sin saber qué esperar.

 

-Quiero darte algo. Siento la necesidad de darte algo.

 

Cogí su mano, la abrí, puse la piedra en su palma extendida y la cerré con mis dedos.

 

-Cuando estés triste recuerda que te amé una sola hora de tu vida y que me contagiaste un poco de tu alegría fácil. Ahora vete.

 

No se fue. Y se recortaba contra el sol. Si se movía el sol me cegaba.

 

-¿Ya no estarás triste?  -No por unas horas –le dije. Fue como una confesión.

 

-Ella volverá, se levantará de su cama y la besarás y la traerás a la arena y le leerás poemas y le dirás cuáles son las estrellas fugaces de la estación. Te conozco.

 

Pensé que no me conocía pero que pudo haber aprehendido algo que a muchos se les escapa. A veces un instante es suficiente para saber del otro o de la otra. La mayor parte de la humanidad no se conoce ni en toda una vida de matrimonio hipócrita y es por esto que no se conocen.

 

-Di “L’amour fou”.

 

Ella lo dijo y mal. Sonreí como sé sonreír: sin mostrar los dientes. Se fue, como triste o pensando o triste y pensando. Saqué mi cuaderno de la mochila. Todavía escribo en cuaderno y con tinta. Me senté en esa duna caliente con las huellas de su cuerpo y el mío. Escribí esto:

 

“Cuando murió mi padre hice de su velorio una velada literaria y celebré su vida larga y próspera porque él hizo siempre lo que quiso. Leí poemas en catalán, la lengua de mi familia. No sólo sonó libre como fuera la existencia del viejo sino voluntariosa y más viva desde los tiempos del Consolat de Mar.

 

Tú ya casi te me mueres. El francés, la lengua más dulce y sensual, se hubiera tornado amarga y yo jamás hubiera vuelto a tener deseos de hacer el amor”.

 

Sonó mi teléfono móvil. Tenía el deseo secreto de que fuera ella. Quería ansiosamente que al  contestar –sin ver el número en la pantalla- pudiera yo escuchar el acento francés. Era mi amiga. Me invitaba a comer. Aún faltaban unas dos horas para el mediodía, me parece.

 

Caminé lentamente, recordando. Una noche vieja de esas en que, por varios años, teníamos por costumbre ir para ver salir el sol del mar, el primero de enero, desde las escolleras.

 

Recordé música y cómo brotamos como recién nacidos de los automóviles, una masa de muchachos y muchachas, obscenos, oliendo a feromonas, riendo, algunos con las botellas aún en las manos, alguno cayendo por la arena de puro borracho y a algún otro, igual o más borracho, tratando de medio levantarlo y medio dejándolo caer. Otros bailaban solos. Yo iba, como siempre, con el brazo echado sobre los hombros de una amiga que olía a dulces. Fuimos como arrastrados hacia el mar, como deslizándonos hacia la playa. El faro barría la arena, nos barría con luz nueva.

 

Había tiendas de campaña como globos y otros que habían ido a lo mismo tocaban guitarra y cantaban a la luz de las fogatas. Hubo amor esa noche. Hubo sexo varias veces no con una o dos sino hasta con tres amigas que se abrían dándose completas como desterrándose de sí mismas. Todo eso había sido antes de que se lo llevara su puta madre a este país. Antes de que fuera peligroso ir a la playa por las noches. Antes de las balaceras y los secuestros.

 

Me salí de los recuerdos. Por momentos soplaba un aire frío que rizaba olas en la ligera capa de agua sobre la orilla. Un ave marina de largas patas jugaba o pescaba ahí sin asustarse. Pasé al lado. Salí de la playa. Abordé un autobús que me llevó a la laguna y a la zona de restaurantes, cruzando el puente. Ella me saludó. Había estacionado el auto sobre la acera que divide el agua del camino empedrado. Fuimos caminando.

 

-¿Ya estás mejor, querido? –Me besó ambas mejillas. Creí o supe que quería besarme los labios pero se contuvo. Entramos a un restaurante con una palapa por techo, nos sentamos en un balcón sobre la laguna.

 

Hablamos ante un par de cervezas y le conté de la playa y de la muchacha.

 

-¡Suertudo cabrón, con razón hueles a amor! –Levantó la voz. No volteé a mirar si los demás comensales nos habían mirado.

 

Pedí mariscos como siempre. La única comida que jamás me aburre. Bebimos cervezas. El tiempo pasaba medido por canciones pop de amor cursi y cruel. No hablé de ella sino que seguí hablando de la adolescente de la playa pero no le dije quién era.

 

-¿Y cómo es?

 

-¡Ya deja de preguntar por esa chavala! Pareces celosa.

 

-Te quiero, lo sabes. Pero también te quiero con tu princesa hada de ojos verdes, no con muchachitas pendejas  –se puso a escuchar una canción- ¡Ven, vamos a bailar!

 

Bailamos o bailó ella y yo hice como que bailaba.

 

-¡Bésame!

 

Me abrazó. La besé en los labios, sin deseo. Pagó ella. Me había invitado. Salimos. El sol estaba alto y era alto su deseo que no cogí con ambas manos. Yo pensaba en una cama entre muebles de cedro, en sus ojos verde-gris y dolientes en esa mañana caliente y tibiada por mujeres de ojos oscuros.

 

L’amour fou.

 

-Déjame ahí, en el boulevard, junto al río.

 

Me dejó. Me tiró un beso con la mano.

 

-Me voy a hacer las compras… ¡Te amo!

 

Su coche se fue. Pensé, recreé y vi sus ojos verdes. El río estaba insoportablemente hermoso y brillaba. Pero no estaba ella conmigo. Y ansié la primavera y al ardiente verano y todas las cosas vivas y fértiles en una orgía en la playa y que lo llenan, volando, nadando, caminando y arrastrándose por la mañana de un mañana inasible pero deseosa por suceder y me recreé en todos los amores de una noche de antro que desemboca en la playa, en todas las novias, todas las ex esposas, todas las valientes amantes poliamorosas o de ocasión…

 

Non, je ne regrette rien…

Pedro Paunero


(México, 1973) Narrador y ensayista nacido en Tuxpan, Veracruz. Parte de su obra ha sido traducida al catalán y al inglés y ha ganado algunos premios en el género del cuento corto. Como biólogo terrestre y como Pedro Paunero, ha ejercido el activismo en el área de la ecología como Director de una asociación civil ambientalista y blogger para la Fundación Bertelsmann de Alemania). Colabora con la revista Hontanar en Español de Australia. Ha  realizado crítica de cine para la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la web CorreCámara.com y la revista Cine Toma, de arte (en el terreno de la pintura, el grabado, la fotografía y el vídeo), como performer y conductor de T. V.

Ha trabajado como “freelance” para el IMCINE, el INAH y Europa Cinemas.

Su obra literaria erótica se ha comparado, a veces, a la de Jean Genet y Céline.

A partir de este número inicia su vinculación, con sus relatos eróticos, gracias a la sutil insinuación de una nínfula mexicana a quien trasnocha con sus exquisitos relatos de contenido erótico.

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