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 ReVista OjOs.com      JULIO DE 2015

COLABORADORES / PEDRO PAUNERO

ORGÓN

 

Comienza... bueno, comienza con una llamada.

 

-¿En casa de quién?

 

-En la del tipo aquél que conocimos en la presentación del libro de...

 

-¿Ajá?

 

-¡Ese!

 

-Es que no me has dicho quién...

 

¡Ah, ya, el elegante de gabardina que...!

 

Continúa con una dirección y sigue con una casa en una finca. Fuera se alinean, bajo un estacionamiento techado, autos y motocicletas. Ya desde lejos, se escucha la música, también las risas que ni siquiera los gritos pueden apagar.

 

-Me pareció que alguien se escondió detrás de esos arbustos...-Sí, alguna pareja... según pude ver.

 

Te reciben con una copa en la mano y te ofrecen todas las que quieras beber. ¿Vino o champaña? Da igual.

 

Quizá quieras parecer menos sofisticado (tu indumentaria de motorista lo amerita) y quieras tomar cerveza toda la noche.

 

Al fondo, en la sala que se abre (dos puertas de par en par tras pasar el vestíbulo dónde arranca una amplia escalera) se mueven las parejas. Ora ríen o sonríen, ora charlan, ora insinúan y se tocan levemente, ora dan en mirarse intensamente.

 

Te unes a ellos llevándola de la mano. Alta en su entallado vestido rojo, el cabello negro, suelto, largo, los verdes ojos encendidos. Apenas entran los demás ya les miran, les rondan, se acercan. Las reglas mínimas de etiqueta dicen que serán siempre las mujeres quienes extiendan primero la entonces el varón la estrechará con un ligero inclinar de cabeza. Y aquí todos son educados a pesar del cuero, la mezclilla y el metal de algunos y todos son salvajes a pesar de la seda, los guantes negros hasta rozar los codos, las pieles, las pitilleras de plata o los collares de perlas de otros.

 

Presentas a tu acompañante mientras miras discreto a derecha, izquierda, identificando rostros, recorriendo cuerpos con los ojos mientras la noche fluye y se desliza y una mesa en un rincón ofrece las drogas de diseño de moda o las tradicionales -lo que incluye hongos exóticos y hierba-, en abanico esplendoroso.

 

En algún momento ella ya no está a tu lado, tú no estás con ella y te sorprendes con la chica de caderas generosas, espectaculares, y nalgas como montes partidos, riendo y charlando de cosas sin sentido. Todos beben a destajo y la música suena hipnótica, repetitiva y los olores ya flotan frescos y dulzones.

 

Entre dos sofás una rubia ya deslizó los tirantes de su blusa hasta debajo de sus tetas y practica una felación larga -ojos cerrados-, muy experimentada, a un hombre de quién apenas unos minutos conoció sólo por el nombre. Una trigueña con un lunar con forma de media luna en el pubis conduce de la mano a un joven de aspecto asustado. Ambos salen y sus pasos resuenan escalera arriba. Cierras los ojos y respiras ese frío humo de cigarro que huele a alcohol y se impregna en las cortinas. Ya casi no se distinguen las siluetas. Todo es un continuo movimiento rítmico de cabezas femeninas con la cara pegada a las caderas de los hombres, algunos arriba, otros abajo, a lo largo de sofás y el suelo. Tú mismo te abandonas a la chica de al lado a quien penetran mientras te te aprieta fuertemente el pene con las manos. Mueves atrás apenas la cabeza y das con el pubis afeitado de una chica que se abre a tu boca y labios y lengua y le muerdes un poco sólo para no perder el ritmo.

 

En otro momento colgado de las arañas de pedrería fina y el tul de las cortinas un par de hermosas nalgas se clava en tu sexo tieso y lubricado y no te queda más que moverte para que ella haga los suyo al mismo tiempo.

 

Entonces miras las cámaras. Unas manos. Dos sujetos desnudos y erectos. Las cámaras entran debajo de muslos y entre sexos, hacen zoom burdamente y se alejan, se mecen, giran lentamente, se sitúan, hacen esquina, picado y contrapicado.

 

Ya todo lo percibes en partes, fragmentos de partes, de sexos, de piernas, de bocas, de olores y sabores, de caras con los ojos cerrados o la lengua lamiendo y succionando. Ya nada significa y a la vez todo está aumentado. Se agrandan las cosas, las esquinas de la mesa, el vino derramado como sangre, los pedazos de frutas y hasta algo de polvo blanco en la alfombra. Con ojos entrecerrados tratas de enfocar y por fin le identificas. Tu acompañante la está pasando tan bien como tú, quizá un poco mejor: dos tipos le penetran, delante, atrás, mientras complace con los labios a un tercero.

 

No te quieres quedar atrás y coges del brazo a la primera que se pone a tu alcance, tiras de ella y la acercas. La chica se abre como un arco sobre tu cara. Ya sólo miras su sexo como una gran almeja encima de tus ojos y algunas veces el techo. Después ya no ves nada y en la lengua sólo ese sabor a sal orgánica y babas.

 

Crees identificar la música. Acaso Alien Sex Fiend, acaso la canción Ignore the Machine. Sí, aseguras en algún lugar de tu cabeza que ya da vueltas y vueltas como un carrousel, es Ignore the Machine.

 

Entonces lo ves. Se mueve ajeno y a la vez integrado a la orgía, formando parte de ustedes y de los que graban, recogiendo los gemidos, los vapores que exhalan los sexos penetrándose y abriéndose, los gestos de la cara, las aberturas, los esfínteres supurantes al máximo, algo de sangre, siempre los gemidos, los grititos, las uñas lacerando las espaldas, los dedos entrando entre las nalgas, los labios apretados, los dientes que muerden levemente, la saliva, el delineador de ojos corrido por el semen en la cara, el pelo y el cabello en mechones mojados, pegajosos.

 

La ves. Es una cosa parecida a una trompeta que de todo testifica y que todo lo recoge. Esa máquina, que el placer en medio de tus piernas se empeña en ignorar, suena por lo bajo como una aspiradora. Una lucecita en tu carrousel privado te indica que esa cosa, esa máquina o artilugio se devora lo mejor de la orgía. Que tiene hambre y come. Que ha venido a tragar, succionar, llevárselo todo.

 

Carrousel, carrousel.

 

La cabeza te da vueltas. Te encuentras con los pies en el suelo frío y pegajoso. De un empellón echas a un lado a la chica que se empeña en separarte las piernas. Te levantas.

 

Carrousel, carrousel.

 

Piensas que la sala se agita o que un gigante estruja entre sus manos esa casita de muñecas dónde te has metido tú y tu compañera. A tientas -apenas puedes enfocar la mirada, abrir los ojos, distinguir algo-, tocando culos, o penes, tropezando entre piernas separadas o caras, la encuentras a ella. La reconoces cuando le caes encima y le aprietas las tetas aunque no puedas verla. Esas tetas duras son inconfundibles. Tiras de ella y gime, grita un poco, cuando la separas bruscamente de un par de penes que la atenazan.

 

-Vámonos... -murmuras apenas.

 

-¡No, apenas llevo siete, la noche va para largo!

 

-¡Mira! -señalas la serpiente con hocico de trompeta u orquídea nocturna que aspira sin parar- Esa máquina se lo lleva todo. Nos acabará.

 

No sabes cómo se encuentran en los jardines. Están follando de lo lindo sobre un árbol cuando un par de perros se ponen a husmear entre tus nalgas y tratas de echarlos de una patada. Pero vas descalzo y te sales de dentro de ella para mejor atizarle en la nariz al perro más cercano.

 

-Mejor vámonos al coche... -Susurra ella, muy cansada.

 

-No sé dónde diablos lo dejé…

 

Cuando abres los ojos ella duerme sobre la alfombra pequeña y tú en tu cama cómoda y caliente. El sol entra y te hiere los ojos. Tiras de la cortina para cerrarla pero dejas de hacerlo cuando ella se mueve en el suelo y empina el trasero.

 

Caes sobre ella y ahí mismo le penetras por atrás.

 

-¡Auch, qué manera de despertarme... siempre hazlo así mi amor!

 

Entonces empiezas a recordar vagamente lo que pasó en la noche.

 

Terminan de follar, se bañan, se visten, se desayunan y abordan el coche. Algo te dice que busques en el periódico y no en la Internet.

 

Tras media hora de leer primeras planas ella pregunta:

 

-¿Qué exactamente estamos buscando?

 

-No sé bien... es decir, tú sabes de qué va esto... cuando lo encuentres lo sabrás.

 

Y ahí está. Lo miras, lo lees. Se lo lees en voz alta.

 

Veinticinco muertos en orgía. Se presume que consumieron o inhalaron drogas experimentales. Los cuerpos estaban resecos, como avejentados.

 

Y justo abajo, el periódico pone:

 

¿Cansado de no satisfacer a su pareja? Doctor W. R. III, la energía sexual que necesita en una sola cápsula, sin necesidad de receta médica. Satisfacción garantizada.

 

Te duele la cabeza y también a ella y, aunque al tercer día los efectos de ese raro mareo se les pasan a ambos, no te puedes sacar de la memoria esa cosa con forma de trompeta, cuerpo de serpiente y sonidos de aspiradora que todo lo absorbía y...

 

Sí, ahora recuerdas: Y que gemía satisfecha como mujeres de burdel al finalizar la jornada.

Pedro Paunero


(México, 1973) Narrador y ensayista nacido en Tuxpan, Veracruz. Parte de su obra ha sido traducida al catalán y al inglés y ha ganado algunos premios en el género del cuento corto. Como biólogo terrestre y como Pedro Paunero, ha ejercido el activismo en el área de la ecología como Director de una asociación civil ambientalista y blogger para la Fundación Bertelsmann de Alemania). Colabora con la revista Hontanar en Español de Australia. Ha  realizado crítica de cine para la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la web CorreCámara.com y la revista Cine Toma, de arte (en el terreno de la pintura, el grabado, la fotografía y el vídeo), como performer y conductor de T. V.

Ha trabajado como “freelance” para el IMCINE, el INAH y Europa Cinemas.

Su obra literaria erótica se ha comparado, a veces, a la de Jean Genet y Céline.

A partir de este número inicia su vinculación, con sus relatos eróticos, gracias a la sutil insinuación de una nínfula mexicana a quien trasnocha con sus exquisitos relatos de contenido erótico.

 

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