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 ReVista OjOs.com       FEBRERO DE 2015

COLABORADORES / PEDRO PAUNERO

RITOS DE NOCHE

 

Viernes

 

Nuestros ritos de noche nos llevan por caminos insospechados… ¿es cursi, o peor, trillado, comenzar así este diario de exorcismos? Bueno, por el momento me vale una pura y dos con sal o, en buen mexicano (véase cuánto daño nos ha hecho este país): ¡Me vale madre!

 

En mis fiestas locas siempre pierdo los zapatos. Esta vez no fue la excepción pero tratándose de una de mis, por ahora, largas estancias en el puerto llevaba yo sandalias. Lo mismo. En algún momento no supe dónde quedaron. Una de mis ex me contó una vez que en uno de los viajes que hacía con una amiga y su hermano motero (de motocicleta no de “mota”) conoció a un güey con una Harley que se la llevó a fornicar quién sabe dónde, no me acuerdo bien, creo que a un auto caravana o algo así. Y a tal grado debió estar ella de pasada que al día siguiente despertó sola (el tipo le había dejado –considerado el sujeto-, el desayuno en la mesa) en medio de insignias de calaveras pero por mucho que buscó no encontró sus calzones por lo que se puso el pantalón sin nada abajo.

 

Desde entonces daba en perder calzones y tangas cada encuentro que tenía. No sé si lo hacía a propósito para sentir la tela del pantalón en la piel y excitarse o era una perdedora de… Creo que sí era alguien que solía perder mucho más que los calzones. Así perdimos esa relación… En fin.

 

¿Te dije que en esa casa vieja, decadente (este término lo utilizo de forma consciente debido a todo lo que pasa ahí) ya había estado yo alguna vez? Lo supe cuando entré al baño. Un baño tan grande como una de esas casas de interés social. Mientras orinaba en el hermoso cagadero de porcelana pintada con motivos florales y depósito que se vacía tirando de una cadenita lo supe. Ya había estado ahí cuando era niño. Los recuerdos me asaltaron de repente. Alguna de las viejas amistades de mi padre (seguro una familia de ingleses o de españoles) había sido dueña de la casa antes que tus amigos la adquirieran. Bien, sólo pude meditar brevemente en la calidad difusa de los recuerdos: dos chicas entraron y se me quedaron mirando. Yo me las quedé mirando sin dejar de orinar. ¿Qué creían, que a un ser dionisíaco le iban a perturbar dos advenedizas? Mientras me lavaba las manos y las miraba a través de ese espejo de marco dorado, con una mueca una le cedió la taza a la otra. Se bajó la falda de golpe, con todo y tanga. Se sentó y meó oro sobre esa copa de alabastro… Desvarío -me duele la cabeza, ¡pinche resaca!-, ¿A ver, en qué me quedé? Sí, la chica esa orinando frente a la otra terminó, se acomodó tanga y falda y me echó una última mirada antes de salir. Me sequé lentamente las manos y la otra niña desabrochó su pantalón, lo deslizó con dificultad de tan pegado que lo usaba y luego siguió con la tanga (era roja y supe que el color moreno de sus carnes se debía a largas exposiciones pasadas al sol pues al bajarse la tanga otra tanga pero de color muy claro se le había impregnado en la piel más íntima) y mirando al vacío se puso a mear.

 

Por primera vez percibí el olor a humedad vieja. Debía entrar desde el jardín descuidado y enmontado que rodea la parte trasera de la casa. Olía a sal impregnada en las paredes, a madera mojada y hongos podridos… ¡Chin, ya me parezco al pinche Edgar Allan Poe con esas anticuadas descripciones! Pero te aseguró que es neta. A eso olía.

 

Salí y es aquí donde los recuerdos se me hacen confusos. Recuerdo partes, fragmentos y eso que a diferencia de ti yo no me había metido nada (¿recuerdas que llevé mis dos botellas de vino tinto? Y no es que desconfíe de tus amigos… bueno, sí) aunque para ese entonces, estoy seguro, ya había dado cuenta de ambas. Pues mira, lo que recuerdo es una larga mesa desvencijada y montones de ropa por todos lados. Habían puesto las camas inflables a lo largo de la pared desconchada. Un chaval que me miraba con odio desde hacía rato estaba recostado con la espalda en esa pared. No sé de dónde madres había sacado un cuchillo largo que tenía en la mano. Pensé que me amenazaba con el cuchillo pero ahora estoy recordando ese detalle de los limones partidos a la mitad, el montón de sal y las cervezas a su lado. En todo caso me anduve con cuidado el resto de la tarde-noche.

 

Te me habías perdido. Eso ya lo sabía. Que te me ibas a perder. No me refiero a perderte “como amiga, novia, follamiga, amante o lo que sea” (¡ja, son tus palabras!) sino a que sabía y sé que en una de esas cruzadas que te pones te me vas a ir dónde no podré alcanzarte. ¿Melodrama? No barato amor. Te quiero. Neta.

 

Bueno, me vi recorriendo a lo largo de las camas esas para ver si reconocía tu rostro. No estabas. Recuerdo un perro afgano que se escabulló entre mis piernas y casi me tira al suelo pero no estoy muy seguro. Todo lo veía en ángulos picados y contrapicados (¡pinche gente de cine, cómo contamina!). También la media luz que todo lo bañaba y ese azul rey que se metía por la ventana del cielo muriéndose entre las hojas de los árboles. La casa es tan vieja que los mosaicos están desgastados, desportillados, grises algunos. Y el olor a hierba o las lucecitas de colores que yo no veía pero que ese otro chaval decía que eran moscas y trataba de espantarse de delante de la cara, con la mano, sofocaban el aire. Me topé de frente con ese cabrón del cuchillo.

 

-¡Hey! ¿Te gusta el cine trash?

 

-¡Sí claro! ¿Para qué sino para reír?

 

Estuvo desenrollando una lista de películas ninguna de las cuales yo había visto. No sé qué dije pero el chaval quedó encantado. Me llevó a una mesa con bandejas de “dulces”:

 

-Esta pastillita es la de las luces… y esta mierda es molecular… Osea que es la del espíritu, tú entiendes.

 

Quitó una servilleta de tela con encaje que alguien había echado al descuido sobre unos DVD´s y los señalaba con el dedo como acusándolos sin dejar de hablar:

 

-Te llevaste a la más bonita, en serio. Me encanta en estos cortos.

 

Abrí los ojos. Extendí la mano. ¡Que sean porno, que sean porno, que sean…! Leí tu nombre y los títulos. Los regresé decepcionado a la mesa.

 

-Quiero hacer una porno con ella…

 

-¡No mames, hazla, hazla!

 

-¿Y dónde está?

 

-Debe estar dormida o mirando pa´dentro como dicen los mamones…

 

Se rió de ti o de mí y de los demás, incluso de él.

 

-¿Le puedes decir que ya me aburrí? Me voy a la playa… que me alcance. O que se quede si quiere la muy ojete.

 

-Ok, yo le digo.

 

Salí. Entonces me di cuenta que no llevaba las sandalias. No sé cómo no me di cuenta antes pero hasta ese momento sentí el frío y la humedad de la tierra cubierta por detritus. Al lado de la entrada estaban varios pares de zapatos así que pensé que todos los que entrábamos los habíamos dejado ahí pero mis sandalias no estaban.

 

Regresé a la casa después de ponerme un par de chanclas jodidas que encontré no sé dónde. Eché una última mirada a las camas.

 

Estabas ahí. Parecías dormida y no quise despertarte, no sé si por enojado o por conmovido. Otra chica estaba acurrucada a tus pies. Tú estabas envuelta en una manta de lana hasta el cuello y dormías sobre el lado izquierdo, la chica (buenas curvas, buenas piernas, hermoso cabello largo y negro y muchas pecas en la cara) no tenía nada encima. Era como una digna esclava de su ama. Obvio, tú eras su ama y señora, baby.

 

Salí otra vez. El chaval del cuchillo me detuvo y voltee cuando dos chicas rubias en shorts entraban en la casa y casi chocan conmigo. Un auto se estacionaba en ese momento:

 

-¿Ya la encontraste?

 

-Sí, ya. ¿Le dices lo que te dije, porfa?

 

-¡Hey, Roberto! –el chaval salió a abrazar al tal Roberto que estaba cerrando la portezuela de su auto. Se metieron en la casa. Yo alcanzaba ya la acera cuando te escuché.

 

-¡Espérame! Le dije a Sandy que si te veía te dijera que te metieras conmigo a la cama…

 

Regresaste no sé para qué o por qué pero te esperé. Abordamos tu camioneta. No te hablé durante varios minutos.

 

-¿Estás enojado? ¡Me duele la cabeza!… Por favor háblame.

 

Sacaste de la carretera el vehículo y te estacionaste. Me miraste. Nos miramos. Te me echaste encima. Olías a vainilla y a hojas secas. En tu cara sobre la mía miré tus labios entreabiertos. Te metí mano y desabrochaste el sujetador, te lo quitaste. Te metí los dedos por debajo de la falda, bien adentro. De un tirón te sacaste la tanga.

 

Hurgaste en mi repertorio y te montaste. Sólo un vehículo pasó rápido en medio de esa nada que era todo para nosotros. Olores y humedad. Te acomodaste en el asiento del conductor. Me acomodé. Miraste entre mis pies y entre los pedales.

 

-¡Mi tanga! ¿Dónde está?

 

-¡Me lleva la gran chin…!

 

Sin tanga tú y sin mis sandalias yo nos fuimos a la playa a terminar de follarnos, dormir un rato y desayunar cuando el sol aún no había salido. Me caga desayunar. Me da asco. Jamás desayuno. Pero esa amanecida sentía yo que necesitaba un buen de par de huevos fritos y mucho jugo de tomate. ¡Ah y otra de botella de vino, por favor! Vino y tú. Olvidemos las sandalias, la casa esa y tus pesados amigos. Hasta la tanga que perdiste.

 

Estamos juntos ¿Qué más podemos pedir?

Pedro Paunero


(México, 1973) Narrador y ensayista nacido en Tuxpan, Veracruz. Parte de su obra ha sido traducida al catalán y al inglés y ha ganado algunos premios en el género del cuento corto. Como biólogo terrestre y como Pedro Paunero, ha ejercido el activismo en el área de la ecología como Director de una asociación civil ambientalista y blogger para la Fundación Bertelsmann de Alemania). Colabora con la revista Hontanar en Español de Australia. Ha  realizado crítica de cine para la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la web CorreCámara.com y la revista Cine Toma, de arte (en el terreno de la pintura, el grabado, la fotografía y el vídeo), como performer y conductor de T. V.

Ha trabajado como “freelance” para el IMCINE, el INAH y Europa Cinemas.

Su obra literaria erótica se ha comparado, a veces, a la de Jean Genet y Céline.

A partir de este número inicia su vinculación, con sus relatos eróticos, gracias a la sutil insinuación de una nínfula mexicana a quien trasnocha con sus exquisitos relatos de contenido erótico.

 

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