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 ReVista OjOs.com      DICIEMBRE DE 2014

COLABORADORES / PEDRO PAUNERO

LA MUJER ABANDONADA

 

La seguí. ¡Por supuesto que la seguí! La dulzura de pasar algún tiempo a su lado (y el placer de tener a una alumna, una esclava sexual) compensaría mi posterior dolor de abandonarla. Por breve que fuera el dolor y larga la ausencia.

 

Lo hice no porque temiera el qué dirán (un dionisíaco no teme esto) sino por respeto a su timidez.

 

Vivimos, pues, en un algún lugar secreto que se volvió un estado mental, una utopía de sexo, amor y desafío...

 

Mandamos al diablo a su familia, a sus amigos y a mi empleo en una editorial, con los ahorros viviríamos algunos meses y después ya veríamos qué hacer. Nadie conocía nuestros nombres reales y construimos muros de luz, de viento y de agua a las intervenciones del mundo de fuera. Muros de letras que levantaba yo con cuentos y ella con malos poemas.

 

Ella salía con vestidos que se transparentaban a la luz, caminando entre los puestos ambulantes, sin ropa interior. Yo siguién dola a varios pasos de distancia... satisfecho de las miradas ávidas de los hombres, de las miradas escandalizadas de las hipócritas, las mojigatas. Luego caía sobre ella en el descampado y la penetraba larga, lentamente hasta terminar en su interior caliente, húmedo y salado como el aire de un puerto por la mañana.

 

Cuando me ponía a escribir por días y la olvidaba se me acercaba y susurraba: “No llevo nada debajo”, salíamos entonces al campo, rápidamente, como si en la demora estuviéramos perdiéndonos de algo, y ahí, entre las ruinas de una vieja fábrica, ahí, teníamos sexo salvaje, sucio, sin miramientos, sin reparar en la hierba que picaba en las nalgas desnudas o en las hormigas que picaban en los muslos, el sexo, las tetas o la barba. Ahí, dónde el calor subía desde el suelo en lenguas que reverberan, ahí dónde el viento mismo quema. Y no nos importaba terminar mojados (del agua de la hierba, de la tierra o de la de nuestros cuerpos) y regresábamos por la tarde, cuando no nos miraran mucho por la calle, todos cubiertos de ronchas, con la piel roja y con una comezón del demonio, con basura de hierbas entre los dedos de los pies, entre las piernas, aún con bichos encima pero satisfechos, plenos y vacíos a la vez...

 

La seguí, por supuesto que la seguí. Sólo le pedí que no se enamorara, que no confundiera el éxtasis con el amor y fue el primer error en que cayó. Desde el principio debí saberlo pero continué, algo me hizo continuar; fueron, tal vez, sus ojos verdes como la clorofila en las orquídeas o el gesto que hacía con la boca cuando se enojaba o cuando algo le entristecía; me recordaba el gesto de abandono de algunas esculturas funerarias del XIX, esas que le crecían a los victorianos en cementerios y jardines. Y yo, romántico siempre, me prendí de eso, de ese gesto, de ese algo y conduje su barca a los riscos dónde encallaría y haría agua, para terminarla de una vez. Muchas historias de pasión acaban con una escena realista dónde los llantos de un bebé destruyen la fantasía. Por fortuna (por azar, por biología o por lo que su chingada madre haya sido) esta no terminó así.

 

La seguí, sí, porque, como dijo Balzac en “La mujer abandonada”(y esto le va bien a cualquier dionisíaco):

 

“Algunos hombres apasionados no podrían amar a una mujer lo suficientemente hábil para escoger su terreno, y éstos son los refinados”.

 

Y la pasión, ese instante tendido entre el interés sexual y el desenamoramiento, es un tablero de ajedrez sobre el que se debe saber jugar un juego sutil, fino y decisivo.

 

¡La seguí, claro que la seguí!

 

La dejé luego, a los tres meses y no he vuelto a verla más...

Pedro Paunero


(México, 1973) Narrador y ensayista nacido en Tuxpan, Veracruz. Parte de su obra ha sido traducida al catalán y al inglés y ha ganado algunos premios en el género del cuento corto. Como biólogo terrestre y como Pedro Paunero, ha ejercido el activismo en el área de la ecología como Director de una asociación civil ambientalista y blogger para la Fundación Bertelsmann de Alemania). Colabora con la revista Hontanar en Español de Australia. Ha  realizado crítica de cine para la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la web CorreCámara.com y la revista Cine Toma, de arte (en el terreno de la pintura, el grabado, la fotografía y el vídeo), como performer y conductor de T. V.

Ha trabajado como “freelance” para el IMCINE, el INAH y Europa Cinemas.

Su obra literaria erótica se ha comparado, a veces, a la de Jean Genet y Céline.

A partir de este número inicia su vinculación, con sus relatos eróticos, gracias a la sutil insinuación de una nínfula mexicana a quien trasnocha con sus exquisitos relatos de contenido erótico.

 

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