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 ReVista OjOs.com      OCTUBRE DE 2014

COLABORADORES / PEDRO PAUNERO

LOS QUE MIRAN

 

La “felicidad”, como aseguran los ilusos, podía descubrirse en pedacitos, fragmentos del día, en olores, sabores y situaciones mientras caminaba cogiéndole la mano.

 

Podía encontrarla mientras contemplaba por largos momentos de pequeño éxtasis (¿será lícito hablar de “la petit mort” que producen los museos?) las obras de arte de alguna galería y las piernas de las muchachas que se detenían a mi lado, no podía evitarlo, estoy hecho de esa manera y los ojos se me iban desde el tobillo hasta el muslo desnudo bajo sus cortas faldas; los animales del zoo tenían un encanto que me daba serenidad y arrebato, arrancándome una sonrisa fácil, yo que no sonrío, cuando les mirábamos comer con ansia; estaba, también, flotando en el aire de un pasillo largo y sinuoso entre tiendas dónde se mezclaban, flotando, los olores de frutas, guisos, de ropa nueva (evidentemente pirata), los colores chillones, los niños que lloraban; la descubría en la esquina, al escuchar, mientras nos dirigíamos hacia el Mall, la conversación entre una pareja, él de más de cincuenta, ella de menos de dieciocho, a quienes no habían permitido entrar al hotel dónde una semana antes nosotros nos habíamos permitido un fin de semana solos; estaba en el regreso al “depa” después de un domingo dedicado a cazar libros de viejo, ediciones raras y primeras ediciones que es en lo que siempre he gastado el dinero que “sobra”; estaba, pues, en desnudarnos, bañarnos juntos y con un ansia como de años, tener sexo bajo la regadera, luego fuera, cuando la llevaba en brazos a la cama y, pasada una hora mientras yo revisaba los libros recién adquiridos y la mirada se me posaba en sus nalgas mientras preparaba la cena, le caía por detrás, le bajaba el pantalón y la tanga, cerraba la llave del gas, la retiraba de la estufa -yo ya dentro de ella-, y arremetía y metía duro, durísimo, hasta terminar casi en el suelo.

 

El día era todo oropel, envoltura de regalo, cinco días a la semana en que, para acrecentar el deseo, fingíamos formar parte de los empleados, de los burócratas, de los trabajadores, sin quejarnos. El Metro tenía sus propias posibilidades: localizábamos la llamada “cajita feliz”, el vagón de los gays, e identificábamos a los varoniles tipos en los andenes que se movían como sombras y entraban rápido al vagón. Una variante consistía en identificarlos en el andén, no a los más obvios, por supuesto, esos chicos amanerados y vestidos como Emos, sino a los elegantes, los que aún conservan poses y formas de gran Señor, que llevan maletines de cuero fino y gabardinas. A veces ella los localizaba primero, se me desprendía de los brazos y les llevaba la tarjeta: un celular, un Email, un sitio de paga y nada más. Ellos cogían la tarjeta, la miraban y a ella que volvía a mí que les saludaba con una inclinación de cabeza y nos íbamos en otro vagón.

 

La felicidad pendía (pende siempre) del hilo que tejen las hermanas fatales y nos colgábamos del hilo cada sábado por la mañana. Estaba en el aire, en el viento, en el olor a bosque que te recibe una vez pasas esa fatal zona de consorcios llamada Santa Fé. Al llegar a la reunión en la finca mirábamos los autos nuevos, las caras nuevas, la expectativa, la ansiedad, la sorpresa, a veces hasta el miedo o el horror. Las chicas, todas altas, todas guapas, todas sobre tacones de aguja, todas con ojos de color, se movían al fondo, llevando cosas, acomodando muebles o sillas, llenando copas,  descorchando botellas, riendo, riendo y, ese era el objetivo, despertando el interés.

 

Los jóvenes llegaban en motocicletas y con ropa de cuero. A mí siempre me ha parecido una mamonería eso pero lo dejabámos pasar, lo que importaba era el día, era el momento, el instante horaciano, la tarde y la noche. Las cabañas tenían letras sobre las puertas y, obvio, cada una significaba la especialidad o el divertimento que se ofrecía dentro. Cuando era noche cerrada ella y yo, de la mano siempre, recorríamos los espacios entre las cabañas, los jardines, los caminos entre los pinos, los cenadores, es- cuchando, mirando de reojo, atisbando entre rendijas pero desde lejos, la confusión de cuerpos y de gemidos, de gritos, el relucir del metal, el chasquido del látigo, las plumas de las máscaras, la musculatura poderosa de los jóvenes cabalgando el cuerpo de los viejos, la extensión del cuerpo cubierto por miel o vino o chocolate derramado, las piernas separadas, los juguetes, el sonido claro de botellas y de copas, el olor a vino a velas ardiendo...

 

Entonces nos encerrábamos pronto, ágiles, veloces, furtivos, en la cabaña más alejada y jugábamos a todo lo imaginable. Teníamos desde los más vulgares “kits” de juego hasta máscaras de aislamiento sensorial. El límite siempre es la muerte. O, mejor dicho, el leve roce con la muerte. Rememorábamos lo visto, lo sorprendido, lo atrapado en la curva extensión del ojo, lo arrebatado en la mirada. El orgasmo alejado, negado, arrojado hasta más allá de la mañana llegaba demorándose, poderoso, envolvente, nos rodeaba a ambos, que caíamos bajo el calor de la chimenea casi muertos, apenas dándonos tiempo para desatar las correas, las hebillas, quitarnos las máscaras y los guantes y respirar, por fin, esa porción de aire que ya no olía a bosque ni a aire limpio, ni a leño ardiendo, sino a sangre, vómito, a herida fresca.

 

La “felicidad” estaba, pues, en las pequeñas cosas: en el ir por la calle, mirando, sorprendiendo, identificando quién pudiera formar parte de nuestra pequeña sociedad de hiper sensualistas, siempre cogidos de la mano, como buenos esposos.

Pedro Paunero


(México, 1973) Narrador y ensayista nacido en Tuxpan, Veracruz. Parte de su obra ha sido traducida al catalán y al inglés y ha ganado algunos premios en el género del cuento corto. Como biólogo terrestre y como Pedro Paunero, ha ejercido el activismo en el área de la ecología como Director de una asociación civil ambientalista y blogger para la Fundación Bertelsmann de Alemania). Colabora con la revista Hontanar en Español de Australia. Ha  realizado crítica de cine para la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la web CorreCámara.com y la revista Cine Toma, de arte (en el terreno de la pintura, el grabado, la fotografía y el vídeo), como performer y conductor de T. V.

Ha trabajado como “freelance” para el IMCINE, el INAH y Europa Cinemas.

Su obra literaria erótica se ha comparado, a veces, a la de Jean Genet y Céline.

A partir de este número inicia su vinculación, con sus relatos eróticos, gracias a la sutil insinuación de una nínfula mexicana a quien trasnocha con sus exquisitos relatos de contenido erótico.

 

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