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 ReVista OjOs.com      SEPTIEMBRE DE 2014

COLABORADORES / PEDRO PAUNERO

LOS PLACERES DE DÁNAE

 

Marcolina trepa al árbol huyendo de los niños que quieren levantarle la falda. Pronto se ve rodeada de caras perversas –sí, diría noventa años después, se puede ser perverso cuando se es niño– que gritan:

 

–¡Se le ven los calzones, se le ven los calzones, se le ven los calzones…!– y un poquito más, contaría, sonriendo con placer al recordar, se me verían los bordes gruesos de los labios o los cachetes de las nalgas… pero  en los niños no despertaría nada erótico esa visión. Se puede ser perverso sin…

 

Marcolina se pierde un poco en sus recuerdos. Se silencia y baja la vista. Puedo sentir aquella cálida ma ñana.

 

El sol quema las gotas de rocío sobre la hierba desvaneciéndolas en el aire que sopla olores dulzones provenientes de los tenderetes callejeros del parque, las manzanas caídas sobre la hierba o la carroña de un perro. Marcolina mira la copa del árbol. Ve las hojas meciéndose. Respira profundamente, dejando el incierto temor a los chiquillos, abandonándose a la atmósfera. Los vellos de su carita de “muñeca que no rompe un plato” se erizan al contacto del viento que va volviéndose agridulce.

 

–Quizá una de esas paletas con sabor a tequila.

 

–Pero hace casi un siglo no había ese tipo de paletas… –le recuerdo.

 

El sol penetra entre hojas, entre ramas, lo siente en la cara, en los párpados cerrados para inundarse de olores-calores. Entreabre los labios, mojándolos con la lengua, recordando alguna lectura sobre desiertos y la cercanía del mar a las encrestadas dunas. Ese contraste cierra sus oídos. Entorna los ojos. Un ligero polvo se desprende de la pelusa de sus mejillas, flota en los rayos de sol (como escamas de las alas de las mariposas que se quedan en las yemas de los dedos o polvo de hadas o de estrellas rojas fugaces), eso le crispa las manos, nueve décadas después en que, sentados a la mesa, conversamos. Y es que el sol licuado corre por sus venas, el placer fluye vuelto seda, un chorro caliente de bronce fundido, mientras abajo, echándola un segundo del ensimsmamiento:

 

–¡Se le ven los calzones, se le ven los calzones, se le ven…!– las voces apenas lamen sus piernas. Deja que  el mar mane un chorro hecho sol, seda, placer, el parque y las manzanas, los tenderetes y las hojas (sobre todo las hojas), el polvo de hadas, los labios o las nalgas desbordando los calzones. Los chiquillos se abren, se separan del tronco, de golpe se echan atrás. Uno de ellos –que gritaba más que otros–, se calla la boca inundada, llora amarillo, baja la cara, intenta sacudirse de la camisa y la frente y la mejilla y la nariz (ahogándose un poco –Marcolina se ríe–, y haciendo caras de asco) la orina vaporosa. Algún otro chaval grita y su madre acude pronta, escandalizada:

 

–¡La cerda se está meando y le orinó la cabeza a Tomás!

 

Arriba, hirviendo, ella se deja escurrir hasta la última gota. Se abraza al árbol, ojos cerrados –¡éxtasis!–,

 

soltándose casi al fallarle las fuerzas tras el primer orgasmo. Entonces descubre el deleite que está en la tibia sorpresa, en dejarse ir, liberarse… En la mirada asombrada de los otros.

 

Creo que me dieron una tunda –se inclina, en tono confidencial agrega–, pero eso no importa. Cuando me desprendieron del árbol como a una araña mojada yo había crecido y la niña se había quedado prendida a la rama.

 

Marcolina cuenta sus aventuras del metro (un andén vacío, con un hombre solo en el andén de enfrente), ella soltándose pronto, cayendo de espaldas contra la pared; en la oficina ante el jefe; en un parque de atracciones; en la playa (no, en la playa no es tan evidente, no funciona ahí, me confundí, debí hacerlo pero no me dio placer); en un puente peato nal: la orina cayendo sobre el río vehicular; en un vuelo trasatlántico… Marcolina no para, sigue, ella misma fluye, se entibia, gime un poco, se levanta. Me dice ¡mira! Y lo hace frente a mí. Mi desconcierto le ayuda a sentir las mismas sensaciones que noventa años atrás. Cae sobre la silla.

 

Suspira.

 

–Los placeres de Dánae –dice–, o los de Zeus vuelto lluvia, ¿no crees que  Dánae fue preñada por una meada de Zeus? ¡Ese Zeus urolágnico!

 

En el aire flota un olor corrosivo de orina y algo más. Marcolina cierra los ojos. Parece algo vacía (lo está, sin duda). Al poco rato dormita roncando por lo bajo. Me abandona. Apago la grabadora. Me la quedo mirando. No digo ni hago nada.

Es mejor así…

Pedro Paunero


(México, 1973) Narrador y ensayista nacido en Tuxpan, Veracruz. Parte de su obra ha sido traducida al catalán y al inglés y ha ganado algunos premios en el género del cuento corto. Como biólogo terrestre y como Pedro Paunero, ha ejercido el activismo en el área de la ecología como Director de una asociación civil ambientalista y blogger para la Fundación Bertelsmann de Alemania). Colabora con la revista Hontanar en Español de Australia. Ha  realizado crítica de cine para la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la web CorreCámara.com y la revista Cine Toma, de arte (en el terreno de la pintura, el grabado, la fotografía y el vídeo), como performer y conductor de T. V.

Ha trabajado como “freelance” para el IMCINE, el INAH y Europa Cinemas.

Su obra literaria erótica se ha comparado, a veces, a la de Jean Genet y Céline.

A partir de este número inicia su vinculación, con sus relatos eróticos, gracias a la sutil insinuación de una nínfula mexicana a quien trasnocha con sus exquisitos relatos de contenido erótico.

 

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