(57) 319 2930843

(57) 318 3269478

 ReVista OjOs.com      JULIO DE 2014

COLABORADORES / PEDRO PAUNERO

CARTAS A “LA CALIPIGIA” LA MULATA (7)

 

Querida mía:

 

Te hablaré de “la mulata”. Como tú sabes, marzo fue un mes de cine. Me encontré asistiendo a varias jornadas y seminarios cinematográficos. Conocí mucha gente del medio. Y fue el mes en el cual cinco mujeres pasaron por mi cama… Cuatro llegaron y se fueron pero conservo sus números y direcciones en un chip de móvil muy especial. Una se quedó mucho más tiempo. Sí, lo sabes. Sé que lo sabes.

 

¿Qué pasa cuando un escritor pornógrafo se encuentra con directores de cine, con guionistas, con actrices? En principio algo anuncia un encuentro, un choque tal vez, una posible cooperación que desembocará en ebriedad, droga y sexo y, si marcha la cosa, algún proyecto de cine. La idea suena bien pero no es tan fácil de concretar.

 

Bien. Marzo resultó para algunos. Sobre todo para mí. Uno a uno lo aparté. Uno a uno lo hice a un lado.

 

Entonces llegó ella. La mulata…

 

Y así fue:

 

Había hecho amistad con un cineasta sudamericano con el cual compartí borracheras, paseos, proyectos… En la Ciudad de México una chica mexicana y una chica catalana nos visitaron en la habitación del hotel y se conjuraron las distancias: hachís, cerveza, los dulce-amargos labios de la rubia, los muslos carnosos de la morena. Cerveza, humo y fluidos en la cama, la bañera y el diván. Sexo apresurado como para no recordar. Al día siguiente a Cuernavaca, ciudad violenta que nos recibió ebrios de sexo, oliendo a hembras adolescentes y a cigarro -ellas conducían-, hasta lo que fuera el Casino de la Selva y un poco más.

 

Por la noche México City y un vals. Un buen trago de Cava Catalá. Mi chica catalana y yo con familia en Barcelona. Y sus labios dulce-amargos que de recordar me provocan nostalgia y una erección. La despedida y una fiesta en Coyoacán con productores y directores. Me encontré sentado con dos maquillistas a quienes leí cada tatuaje que tenían. Noche de piscina, vino y sexo tras una puerta roja. Sexo neblinoso para olvidar. Y el domingo el viaje a Veracruz.

 

Nos hospedamos los dos en una sola habitación. Debieron creer que éramos gays. Equívoco que pronto salvaríamos.

 

Y fue en un antro a medianoche. Cerveza, música y un par de chicas fáciles. Pronto estuvieron con nosotros.

 

Recorrimos la ciudad buscando alcohol. Un poco más. Siempre más. Dejamos a una de ellas en una cantina de mala muerte. La mulata dijo un nombre que no supimos retener. ¿Para qué saber el nombre cuando te interesa un par de tetas, las bellas nalgas y el sexo hambriento de una puta a medianoche? Creo que se hacía llamar Chris. Para mí es “la mulata”. Hermosas caderas para sostener dos pares de manos rijosas, un par de penes horadantes y el cabello ensortijado sobre la base de una piel morena clara y los ojos profundos como la mentira.

 

La mulata lloró toda la noche, ebria y drogada recordando los hijos que su pareja le había arrebatado. Por un momento cedí. Por un momento cedimos mi amigo y yo. Él sacó la cámara y comenzó a filmar, a fotografiar. La chica sabía modelar. Dijo que había sido modelo, edecán, que había sido puta de alcurnia. Le creímos. Luego no lloró más. Entre besos se desnuda la piel, se desnuda el alma a tal grado que la carne recuerda mientras el espíritu se abandona. La mulata nos amó y amamos a la mulata, largamente, tiernamente hasta que la mañana llegó cansada y recibí una llamada al móvil. Era un amigo que la noche anterior me había visto en la ciudad. Nos invitaba a su finca. Habría más cerveza y diversión, Quedó de pasar por nosotros en una hora escasa. Llevamos a la mulata con nosotros. Al principio él y sus acompañantes le creyeron una actriz. La chica, pronta en cinismo atinó a decir: “yo soy pura cabrona” y todos rieron.

 

Llegamos a la finca. El río, risas, manoseos a la única chica que estaba con nosotros y en ropa interior. Un poco más de alcohol, hierba y todos los hombres terminamos con toallas envolviéndonos las caderas. La mulata había pedido pasar al baño de una de las cabañas que componen la finca mientras nosotros conversábamos a orilla del río. Entonces regresó, riendo de tal forma que volteamos a verla, envuelta en una toalla, por el sendero, comenzó a bajar los escalones hacia el río. En un momento llevaba la toalla, en un momento parecían alas y en un segundo se la echó al hombro.

 

Floté en ese mismo instante en mi propia atmósfera. Era ese mi lugar. Tomó asiento junto a mí y toda la conversación hurgué con mis dedos en su sexo y entre las nalgas. Por segundos se erguía, abriendo la boca, volteando a verme y diciendo alguna estupidez para disimular:

 

-¿Qué bonito lugar, verdad?

 

-Muy hermoso… desde aquí el paisaje es… húmedo y profundo…

 

En otro instante fui al baño. A mi regreso la mulata me encontró en el sendero. Desnuda, con unas sandalias prestadas, con una pastilla de jabón en la mano, se me plantó enfrente:

 

-¿Me acompañas a la cabaña? -pidió.

 

-Sí, claro.

 

Abrí la puerta.

 

-No cierres -me dijo, explicando su plan-. Le pedí a tu amigo, el dueño de la finca que hiciéramos una orgía. Le dije que nunca he estado en una orgía. Deja la puerta abierta para que entren.

 

En la cabaña miré el largo mobiliario serpenteante adosado a la curva pared, hecho de concreto, sobre el cual reposaban cojines y tapices. Subimos la escalera de caracol hecha de madera. Había una cama suspendida del techo, por medio de cables, sobre la cual ella se echó en seguida. La cama se movía demasiado.

 

Le pedí que la dejara y bajamos a la sala. Sobre el mobiliario de concreto recostó su cuerpo, abriéndose. Lamí, chupé, el par de pezones que la noche anterior había compartido y ahora dividiría entre cuatro. Con los dedos primero, con el puño después, abrí su sexo baboso. Me quité la toalla y ahí le penetré. Mientras gemía ellos entraron. Al principio continué, enfocado en su coño, pero las cámaras desde distintos ángulos me obligaron a actuar. La mulata se echó a la cara un almohadón. Eso nos desconcentró a ambos. Enojado, fingí que me reía y me aparté. Por algún motivo ellos no quisieron participar. No recuerdo qué pasó después pero cuando la noche entró en la finca estábamos ella, el sudamericano y yo bajo una cama con dosel a orilla del río. El cineasta nadaba en el río y mi mulata y yo jugábamos en la cama, toqueteándonos y nada más. Amaneció. Salimos de la finca a visitar una casa en cuyo jardín se exhibe una estela prehispánica. Durante toda la conversación la mulata y yo cabeceamos.

 

-Estoy durmiéndome -dijo.

 

-Yo también. Tú y yo vamos a irnos a un hotel.

 

-Muy bien.

 

Salimos al centro de la ciudad. Los demás querían hacer unos trámites vía telefónica para que mi amigo cineasta cambiara la fecha de su vuelo y quedarse un mes. Mientras lo hacían le pedí a ella que bajáramos en la esquina. El dueño de la finca nos dejó poco más adelante de dónde los demás.

 

En el hotel gocé lentamente de la mulata. Su cuerpo esbelto, esas nalgas que me comí como a melocotones maduros, los pezones duros y ese coño generoso abriéndose cada tanto tiempo como se desvelan los misterios dionisíacos. La penetré lenta y duramente. Le monté y me montó. Ya arriba su cuerpo latigueaba enfebrecido, golpeando su cadera en mi cadera, salvaje, tocándose las tetas, desmayándose sobre mi cuerpo. Luego seguía yo penetrándola hasta cansarme. La noche llegó y nos dormimos un poco. Me levanté a conseguir algo de cenar. Al regreso temí que no estuviera, pero estaba. La penetré por detrás aunque no quisiera, antes y después de comer. Mi mulata se caía de sueño. Y yo también. Al amanecer la desperté entrando en ella desde atrás.

 

Gimió un “¡oh, dios!” y me dejó hacer.

 

-Tengo que irme- le dije-, pero si quieres quédate en el cuarto. Está pagado.

 

-Voy por mis cosas y me quedaré unas horas para pensar qué hacer con el asunto de mis hijos.

 

-Adelante -dije-, suerte.

 

Nos despedimos con un beso en la mejilla.

 

Cuando filmamos el cortometraje ella aparecía de vez en cuando en los antros de moda dónde íbamos por las noches. Se sentaba en las piernas de mi amigo y me decía:

 

-Mi amor…

 

Por la ciudad corrió un rumor entre algunas personas conocidas. Yo había hecho un filme pornográfico con una negra, a lo cual respondía:

 

-No era negra, sólo tenía negra el alma.

 

Los conocidos reían y no se ocupaban más del rumor.

 

La mulata debe estar en la costa, en algún antro de la ciudad, bailando al filo de la navaja, siempre al filo…

 

Hoy la recuerdo como la más caliente de cinco mujeres que ese marzo caliente se abrieron a mí. Hoy la recuerdo, suicida, doliente, hembra siempre, triste pero con unas ansias inmensas de vivir con ritmo despiadado y morir luego, sin nombre preciso… tanto que, para mí, es y será siempre “la mulata”.

Pedro Paunero


(México, 1973) Narrador y ensayista nacido en Tuxpan, Veracruz. Parte de su obra ha sido traducida al catalán y al inglés y ha ganado algunos premios en el género del cuento corto. Como biólogo terrestre y como Pedro Paunero, ha ejercido el activismo en el área de la ecología como Director de una asociación civil ambientalista y blogger para la Fundación Bertelsmann de Alemania). Colabora con la revista Hontanar en Español de Australia. Ha  realizado crítica de cine para la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la web CorreCámara.com y la revista Cine Toma, de arte (en el terreno de la pintura, el grabado, la fotografía y el vídeo), como performer y conductor de T. V.

Ha trabajado como “freelance” para el IMCINE, el INAH y Europa Cinemas.

Su obra literaria erótica se ha comparado, a veces, a la de Jean Genet y Céline.

A partir de este número inicia su vinculación, con sus relatos eróticos, gracias a la sutil insinuación de una nínfula mexicana a quien trasnocha con sus exquisitos relatos de contenido erótico.

 

 © ReVista OjOs.com

Se prohíbe la reproducción de cualquiera de los contenidos de la ReVista, así como su traducción  a cualquier idioma sin autorización de su titular. Email: fernando.guinard@gmail.com / Teléfono: (57) 318 3269478 - 319 2930843 Bogotá, Colombia