(57) 319 2930843

(57) 318 3269478

 ReVista OjOs.com      MAYO DE 2014

COLABORADORES / PEDRO PAUNERO

CARTAS A “LA CALIPIGIA” EROTIZAR (5)

 

Querida mía:

 

Te contaré algo que me sucedió en un centro comercial. Como sabes, detesto esos sitios y a los zombis que los recorren así que, en cuanto llego a uno de estos me dirijo en seguida hacia la zona dónde se venden películas o dónde se exhiben los libros y revistas, para mí se trata de una torpe manera de conjurar los hechizos del mal Mammón y transformarlos en un Mammón más benigno si ello es posible.

 

Me encontraba pues entre los estantes de los libros cuando a mi espalda percibí una oleada de calor envuelta en perfumes caros. Creí percibir una base de ámbar y mieles. Volteé. Una bella muchacha de cabello encendido pasaba como la flama de una vela que se lleva cuidadosamente en la mano para abrir la noche a los placeres de la carne. Iba de la mano de un hombre a quien supuse su marido. Siguieron de largo sin voltear atrás. Dejé el libro que estaba revisando en su lugar. En seguida me pegué a sus talones, siguiéndoles a través de los pasillos.

 

En la zona de las carnes frías pensé caldear un poco el lugar. Me planté delante de ella y le miré a los ojos. La chica me miró. Entonces aconteció el asombro. Nos conocíamos pero estoy seguro que ni ella ni yo sabíamos de dónde o bajo qué circunstancias, incluso pensé en varias muchachas que conociera en el Instituto de Cinematografía, en alguna presencia al fondo de una sala dónde yo leía un cuento erótico en un centro cultural capitalino, en un amor instantáneo en el Metro, arrebatado al estrés del viaje corto o hasta en alguien conocido en la playa con quien había tenido sexo en las escolleras mientras el mar reventaba agresivo como queriendo penetrar las piedras.

 

En fin, ninguno de los dos, estoy seguro, reconoció ese fragmento de memoria dónde habita el deseo sin embargo la piel, con una memoria más vieja e instintiva, vitalista, nos arrojaba en llamas como estableciendo un arco, tendiendo un puente encima de la mesa metálica repleta de cortes de carne envueltos en plástico. En ese momento practiqué con ella un viejo truco: le miré con una sonrisa apenas esbozada y, a través de la mirada, le transmití la viveza de mi deseo. Le dije: “te deseo” sin mediar palabras y ella, como esperaba, reaccionó a la vez, sonriendo ruborizada, bajando la vista y llevándose la mano detrás de la oreja para acomodarse un mechón de pelo invisible rebelde, fuera de sitio.

 

El marido estaba a un lado pero el vínculo, ese cordón áureo entre los amantes, que sólo pueden ver los amantes, estaba ya tendido y suspendido como el palpitante corazón de un laúd. Esas llamas que no queman pero queman, que no ve nadie más que la pareja, son muralla a la vez y mantienen a raya a los demás. El marido, pues, se alejó turbado, cabizbajo ante ese poder incomprensible.

 

Me acerqué a la chica. Le rodeé por detrás. Pegué apenas mi cadera a su cadera, le envolví con mi espalda y brazos pues soy más alto que ella, extendí la mano mintiendo que escogía una bandeja con carne -ella sabía del juego, ya había cedido-, y echó ligeramente el cuerpo hacia atrás. Por un instante abrió la boca, excitándose, cerró los ojos y sentí el cambio en el ritmo de su respiración. El aroma del perfume con la base apenas percibida del aroma de su piel, se tibió, ascendió hasta mi nariz en un vapor húmedo que estuvo a punto de provocarme el desmayo. Me recompuse. Me separé. Estaba a punto de echarlo a perder todo con esa acción, con la pérdida momentánea del control del resto de mis sentidos a favor del sentido más primitivo y más erótico: el que tiene extensión a través de la nariz, el olfato.

 

En aquel centro comercial, sucursal maldita y bastarda de los Templos de Mammón como lo son Wall Street, estábamos practicando un ritual antiguo y repetido que consiste en erotizar el ambiente más malsano. Para no perder el poder que se me había sido dado desde el momento en que ella había cedido a la seducción eché la mano delante justo cuando ella tendía la suya para coger una bandeja de carne en un movimiento tembloroso.

 

Rocé sus dedos con las yemas de mis dedos, los finísimos vellos de su mano se erizaron.

 

-Dame tu número telefónico -le dije, mirándole de reojo.

 

-Ve dónde están las películas… ahí…

 

El marido se acercaba, quizá envalentonado pero la gente que se arremolinaba alrededor, como acudiendo a un llamado hechizado rompió su fuerza y llegó debilitado. Me separé de la mesa, me perdí entre la gente, demoré largos minutos entre los estantes y los pasillos, aún más largos minutos mirando sin ver la comida para mascotas y por fin eché a andar hacia la zona de electrónicos y vídeos. Ellos estaban ahí. Había enojo en la cara del marido y ansia en la de ella. Me miró apenas y bajó la vista otra vez. Luego levantó los ojos y asintió con los párpados. Yo hubiera deseado que de una vez por todas ella le soltara al esposo que se iría conmigo, hubiera querido que el corazón de él se rompiera, hubiera deseado escuchar el quiebre en sus venas, el dolor asaltándole como cabras en las sienes pero el juego, querida mía, consiste en que el cónyuge tiene que soportar y aparentar aunque el otro o la otra sepan que en ese momento, ante sus narices, le están envolviendo en una infidelidad tan sutil como malsana.Cuando ellos se retiraron inicié mi casi desesperada búsqueda del número, de algún papelito improvisado dónde lo habría apuntado. Sonreí. Me recompuse. Empecé de nuevo lentamente a la vez que la imaginaba caminando detrás del marido, buscando un bolígrafo en el bolso de mano, rápida, furtiva, y el marido mirándole y preguntándole:

 

-¿Has perdido el móvil querida?

 

Le imaginé apuntando el número justo cuando el marido doblaba la esquina de algún pasillo, o le perdía ella de vista entre los estantes. En eso estaba cuando rebusqué en el lugar más obvio: las películas de amor. Volví a sonreír con el número entre los dedos en un pedazo de papel de bordes desiguales, arrancado de alguna nota vieja que había estado esperándome cogido entre dos películas muy evidentes y para nada amorosas: El libro de cabecera y El imperio de los sentidos.

 

Aún no veo a Vanessa, que tal es su nombre, pero ya le he enviado un par de mensajes de móvil en los cuales le he descrito lo que deseo que hagamos. Brevemente y ahorrándome mucho del misticismo que este tipo de ritual conlleva te comparto abajo una manera de erotizar un ambiente y erotizarse en pareja. A mi vuelta lo practicaremos a la vez, nosotros, riéndonos de los recuerdos de los demás.

 

El “eros” es una sutileza que arde como la promesa de un incendio, en uno o entre dos o más cuerpos. Debes considerar tu cuerpo como envuelto en un huevo, un aura hecha de deseo, debes visualizarlo candente y que cuando caminas o marchas entre las muchedumbres, ardes, comunicas a los demás pero sólo proyectas a aquella persona escogida para seducir. Con Vanessa practicaré un rito de Primer Grado en el arte de la erotización, sin pretensiones místicas aunque impregnado de esa naturaleza.Antes del encuentro no se debe hablar ni ver al amante por una semana. Ambos deben ir por la calle, estar en el trabajo, en casa, visualizándose como un cuerpo de cuyos poros emana esa aura poderosa de seducción. Ambos deben pensarse cada vez como el objeto del deseo. Pensarse en cada momento, mientras se escribe una carta, un oficio al jefe, se regaña al niño o se maneja el automóvil. Es muy probable que en el transcurso (palabra que significa lo que ocurre en el curso, en el andar de los acontecimientos que llevan a una meta), se sorprenda a los amantes suspirando profundamente…

 

El encuentro deberá ser un lugar previamente acordado y cálido, acogedor. Deben evitarse los lugares clandestinos como los hoteles o la casa de uno u otro amante. De ser posible -esto es lo mejor-, el encuentro debe realizarse en un lugar rentado especialmente para el rito. También debe evitarse la casa de algún amigo que esté al tanto o no del ritual pues la energía de dicho sitio estará cargada con la de otros ajenos a la de los amantes. Un lugar rentado implica que se usará sólo para el tiempo que los amantes dediquen a sus encuentros y al que nadie más entrará. Ese lugar se sacralizará, de esta manera, con la poderosa energía sexual de la pareja. En una palabra: el lugar debe ser un secreto.

 

Transcurrida la semana, acordado el lugar y el horario los amantes habrán entrado en un estado de total excitación. La hora de llegada al lugar debe diferir en media hora, para salvar los obstáculos de la ciudad, entre uno y el otro amante. De esta forma no habrá un encuentro ya esperado en la entrada del lugar secreto y un derroche de energías al caer en los brazos del amante antes de tiempo. Uno de los practicantes, al haber arribado primero al lugar secreto, se preparará ungiéndose en aceites o perfumes, se semi desnudará y cerciorará que todos los elementos estén dispuestos correctamente.

 

La iluminación del lugar secreto consistirá en luces tenues, velas abundantes o luces de color azul. El suelo deberá estar cubierto de pétalos de rosa o de algunas otras flores. Habrá un lecho o cama, cojines en las esquinas, bebidas como vino tinto o champán. El ambiente se perfumará con inciensos pero sólo si así se acuerda. En mi caso prefiero el aroma natural de la piel de mis amantes o parejas. Para la música debe haber un acuerdo entre los amantes o simplemente dejarla de lado. En mi caso la Triple Invocación a Dionisio, vino, una amante y cantos, la realizo con música órgano, violín y tambores. Huelga decir que el lugar secreto no debe ser frío. Se puede disponer de una cocina improvisada o llevar comida al lugar por si tal vez se antoja al final del ritual. Jamás se deben ingerir, inhalar o consumir de alguna otra manera cualquier tipo de drogas.

 

El encuentro deberá llevarse a cabo una vez por semana, poco a poco los amantes establecerán claves que sólo ellos comprendan y que tendrán varios significados. Estas claves o signos se transmiten a través de caricias que tienen como finalidad acelerar o retardar el deseo o coger las riendas del mismo.

 

Jamás deben existir apresuramientos a lo largo del acto. La respiración debe acompasarse a la del compañero. La posición de flor de loto, cuando uno de los practicantes ha desnudado al otro, es básica para el inicio. A lo largo del rito las caricias y la respiración, siempre al compás del compañero, aumentarán de intensidad.

 

El clímax debe llegar como una ráfaga caliente al unísono. En ese momento -te lo digo en un susurro-, se pueden formular deseos no materiales. El rito, para entonces, no habrá terminado pues apenas comienza la aventura de los amantes…

Pedro Paunero


(México, 1973) Narrador y ensayista nacido en Tuxpan, Veracruz. Parte de su obra ha sido traducida al catalán y al inglés y ha ganado algunos premios en el género del cuento corto. Como biólogo terrestre y como Pedro Paunero, ha ejercido el activismo en el área de la ecología como Director de una asociación civil ambientalista y blogger para la Fundación Bertelsmann de Alemania). Colabora con la revista Hontanar en Español de Australia. Ha  realizado crítica de cine para la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la web CorreCámara.com y la revista Cine Toma, de arte (en el terreno de la pintura, el grabado, la fotografía y el vídeo), como performer y conductor de T. V.

Ha trabajado como “freelance” para el IMCINE, el INAH y Europa Cinemas.

Su obra literaria erótica se ha comparado, a veces, a la de Jean Genet y Céline.

A partir de este número inicia su vinculación, con sus relatos eróticos, gracias a la sutil insinuación de una nínfula mexicana a quien trasnocha con sus exquisitos relatos de contenido erótico.

 

 © ReVista OjOs.com

Se prohíbe la reproducción de cualquiera de los contenidos de la ReVista, así como su traducción  a cualquier idioma sin autorización de su titular. Email: fernando.guinard@gmail.com / Teléfono: (57) 318 3269478 - 319 2930843 Bogotá, Colombia