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 ReVista OjOs.com      MARZO DE 2014

COLABORADORES / PEDRO PAUNERO

CARTAS A “LA CALIPIGIA” LA ARTESANA (3)

 

Huapango

 

El hecho de viajar a los pueblos a los que ella me llevó en sus giras de venta de artesanías me enfrentó al México profundo, a su pobreza y a una fiesta que no cesa, repleta de color y sabores a maíz, carnes y cerveza. También el olor y el sabor de la carne de ella y los ojos verdes de una linda quinceañera hija de una mujer que era pareja de una cantante de huapangos cuyo nombre es famoso. La llegada a la casa más rica del pueblo se repetiría varias veces. Ella adelantándose a mí, entrando y en un par de segundos explicando a la dueña de esa casona que era yo su novio, que era biólogo y escritor (por aquél entonces con sólo una novela erótica y más biólogo que otra cosa). Y luego aquella enorme mesa con gente a quien conocer,  sorprendida de que ya tuviera pareja y los chistes para la ocasión, que si podría cargar con las maletas pesadas y enormes de ella, repletas no sólo de ropa sino de collares, aretes, anillos y otras piezas hechas a mano. Y yo contestando que podría con tales maletas y con la chica misma sobre mi espalda, las ingenuas felicitaciones y luego las canciones que ya no dejaron de acompañarnos en tres días.

 

Jamás me sentí antes tan feliz, tan arropado entre gente que me demostraba un afecto profundo, porque profundo era el cariño que sentían hacia ella y yo era el novio que le quería a la vez, como el que me demostraron los huastecos en ese pueblo -y no volví a sentirme así después-, en esa mañana de huapangos que duró horas extendidas de cariño en que no pudimos ocultar las lágrimas de felicidad. Porque delante de uno de esos puestos de cerveza que como se arman se quitan, los huapangueros cantaron sus canciones hechas de ingenio y picardía.  Un anciano y una mujer se disputaban en un duelo quién podía dedicarnos mejores versos de amor.

 

En ningún evento anterior o posterior, en ninguna conferencia o entrega de premio, en ninguna ceremonia o boda mía o ajena he sentido que era el auténtico rey y que todas las miradas estaban puestas sobre mí y que ese pueblo me amaba porque ellos amaban a la artesana y yo era el novio a quien ella amaba.

 

Y recuerdo la mañana siguiente en la tienda de campaña, instalada en el jardín con pavos reales, en medio de otras tiendas de campaña, un par de cuartos y un par de baños. Recuerdo la frescura de la mañana y el cuerpo de ella abriéndose a mí, oliendo a hembra, los brazos echados tras la espalda, sosteniendo las caderas en el aire y yo penetrándola mientras ella apretaba los labios para no gemir pero no podía evitarlo a la par que entraba yo una y otra vez, silencioso, aumentado, hinchado, hasta su fondo. Recuerdo que me obsequió un anillo de plata que yo rehusé aceptar pero me cerró los dedos sobre el anillo en la palma y me lo puse luego. Recuerdo a Roberto y “J” afuera y cómo ella explicó: “ya nos dimos el anillo” y a “J” bromear con el doble sentido: “ya nos dimos cuenta”.

 

Y luego los celos. Porque camino al baño me encontré con una hermosa chica, la cantante en un trío de mujeres, a quien saludé sin poder evitarlo porque ¡por supuesto que me gustaba sexualmente! (le había visto antes en el comedor, en la casa), y mi artesana me había dedicado una mirada fulminante que culminó cuando, ayudándole en su puesto de artesanías, el trío de muchachas pasó delante del puesto y le sonreí al saludarle, y mi fiera mujer me dedicara un empujón por el cual casi caí rodando por el lodo. La primera pelea de enamorados y el primero de los hechos que me obligarían, a la larga, a abandonarle.

 

Los días siguientes serían de viajes a pueblos cercanos, de mesas con comida de perros parados sobre las patas traseras, comiendo y lamiendo los restos tras el fin de la fiesta, de follar y follar en varias posiciones en los baños de la casa de los pavos reales a la vuelta de esos pueblos. De mi descubrimiento de ella como la mejor felatriz que había conocido antes y que, ahora lo sé, no encontré después. Del regreso a la ciudad y mis largas quedadas por la noche en su propia casa, cuando su madre se encerraba en el cuarto de al lado con su novio y sus gemidos ahogados se confundían con los ahogados gemidos de mi artesana mientras mordía una sábana y me empeñaba yo en entrar más hondo, más fuerte, más dolorosamente.

 

Ahora rememoro cuando me contara ella cómo le había confesado a su madre el que éramos novios. Me acuerdo de sus ojos divertidos cuando me contaba que su madre había descorchado una botella de vino y le dijo que tenían que brindar por esa “conquista de su parte”. Fui el novio de su hija más querido y el único que hubiera aceptado como yerno.

 

Y recuerdo mi regreso a mi casa, con el pene palpitando y doliéndome de tanto usarlo, hacia las 4 o 5 de la mañana y cómo por tres o cuatro veces el taxi 134, el mismo cada madrugada, me esperaba fuera de la reja de  entrada, mi artesana se escondía -¡habíamos hecho algo clandestino!-, y el taxista me preguntaba si esa casa era un burdel con palabras evasivas como disimulando no entrar en los detalles de un delito o en las intimidades de un arrebato carnal o en lo que nadie, por obsceno, quiere detallar de un éxtasis.

Pedro Paunero


(México, 1973) Narrador y ensayista nacido en Tuxpan, Veracruz. Parte de su obra ha sido traducida al catalán y al inglés y ha ganado algunos premios en el género del cuento corto. Como biólogo terrestre y como Pedro Paunero, ha ejercido el activismo en el área de la ecología como Director de una asociación civil ambientalista y blogger para la Fundación Bertelsmann de Alemania). Colabora con la revista Hontanar en Español de Australia. Ha  realizado crítica de cine para la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la web CorreCámara.com y la revista Cine Toma, de arte (en el terreno de la pintura, el grabado, la fotografía y el vídeo), como performer y conductor de T. V.

Ha trabajado como “freelance” para el IMCINE, el INAH y Europa Cinemas.

Su obra literaria erótica se ha comparado, a veces, a la de Jean Genet y Céline.

A partir de este número inicia su vinculación, con sus relatos eróticos, gracias a la sutil insinuación de una nínfula mexicana a quien trasnocha con sus exquisitos relatos de contenido erótico.

 

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