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 ReVista OjOs.com     DICIEMBRE DE 2013

COLABORADORES / PEDRO PAUNERO

CARTAS A “LA CALIPIGIA” LA ARTESANA (1)

 

Querida mía:

 

Debo volver a la costa por estos días -lo sabes, lo has previsto-, a pasar las fiestas decembrinas con la familia que aún cree en esas cosas… Espero que a mi vuelta puedas contarme cómo has seducido a unos cuantos incautos en la calle o el Metro o en algún restaurante o el café. Espero que me lo cuentes todo. Mientras tanto no dudes que haré lo mío en cuanto llegue al mar… ¡El mar! Sí, iré al mar y veré la bastilla desplegada de la diosa sobre las orillas de la Tierra, esa que se abre en espumoso abanico y volveré a creer que es el esperma de Urano reventando en burbujas tras su castración por parte de Cronos. Iré al mar,  querida mía, y me acostaré con dos o tres amantes conocidas o por conocer.

 

Nos bañaremos en el mar, en esa espuma y volveré a reír, hablándoles del esperma del Titan del cual emergió Afrodita entre las olas. Afrodita, Diosa del Deseo, no del amor como creen muchos. Y, presa del deseo me las follaré a todas.

 

Quizá le hable por teléfono a la artesana… La artesana que… Bien, permíteme hablarte de la artesana. Sé que ahora se ha conseguido un novio, sé -también-, que acudirá a mi llamado como sé que estarás imaginándome ya mismo sonriendo pues así es como te imagino cuando leas esto. La artesana pertenece a mi pasado, a otro estado de cosas. Proviene de mis tiempos previos al BDSM, a la poliarmonía y el poliamor. La artesana. Para mí está indisolublemente unida al recuerdo de fotografías de pies, al fetichismo de la lencería, canciones ardientes, el cine, algunos pueblos mexicanos dónde vive la etnia huasteca, un dildo morado, lubricante vaginal y a recuerdos en los que permití que se me disfrazara de calavera el Día de los Muertos. Le recuerdo con cariño y lascivia sin embargo. De la artesana, pues, esta es su historia.

 

El parque

 

Conocí a la artesana o, mejor, ella me conoció, en una conferencia que daba yo sobre “La mirada y el sueño en Un perro andaluz”. Por aquél entonces era amiga de un amigo mutuo, un actor llegado a mi pequeña ciudad natal costera desde la capital del país. Ella se acercó a mí después de la disertación y preguntó cosas sobre el arte que ya he olvidado. En ese momento recuerdo que no reparé en ella, no he sabido retener su imagen que, gracias a las fotografías que existen del evento, he podido recuperar recientemente. Ahora mismo no me queda claro cómo es que me reencontré con ella. Creo que fue nuestro amigo mutuo quién se encargó de llevarme al sitio dónde vendía las artesanías que ella misma confeccionaba. Se trata de un parque enclavado entre altos edificios. Ahí, cada tarde (pues el juego ya empezaba a gustarme), nos encontrábamos mi amigo y yo con ella y otra chica, a quien llamaré “J”, que confeccionaba hermosas libretas hechas a mano. La artesana es una rara mezcla de indígena, negra e italiana y “J” una linda chica blanca de un tono de cabello rubio sucio y juntas formaban un cuadro en alto contraste. Así que ahí tienes que les veíamos y la tarde se iba en horas pasadas a su lado, platicando, flirteando ingenuamente y encadenándonos los cuatro cada vez más.

 

Cierta noche que llovía, de regreso de la venta en el parque, ya cuando la amistad y ese algo más que había crecido nos enfrentaba a todos en una dulce tensión a punto de romperse, escampamos el agua bajo el alero de una tienda. Nos encontramos casi muertos de frío, ella, mi amigo y mi hermano, sentados sobre el escalón de la entrada cuando el agua helada que escurría por la pared alcanzó el escalón y creció en un charco bajo las bellas nalgas de ella enfundadas en un pantalón de mezclilla. De un salto que me tomó por sorpresa se levantó Instintivamente me acerqué a ella, con una mano sobre su hombro le obligué a darse la vuelta, a darnos la espalda y, con la otra, acaricié la nalga mojada, el muslo y la pierna diciendo alguna estupidez relativa a la frialdad del agua de lluvia o al tamaño de la mancha de humedad. Ella abrió la boca al sentir el contacto de mi mano pero me dejó hacer. Fue la primera señal para mí de que el juego se desarrollaba a mi favor.Uno de esos días, recuerdo, nuestro amigo nos invitó a su casa. Fuimos. Debido a que había que cruzar el río y no tenía idea de dónde estaba su domicilio, ellos aguardarían mi llegada en el muelle. Les encontré esa mañana calurosa en que ella llevaba un sombrero de ala ancha y unos ojos que me miraban de lado. Abordamos un autobús y entramos a una casa caliente dónde miramos películas y comimos palomitas de maíz. Mi artesana se había recostado sobre un diván. El calor se volvía insoportable por momentos. Ella se quejó de tener entumecidas las piernas por alguna oscura razón que poco tenía que ver con el calor. O quizá era el calor la mismísima razón…

 

Entonces me eché sobre ella al no soportar más su cercanía, el olor que emanaba y la curva levantada de las nalgas a proporcionarle un masaje que le volvió a dejar con la boca abierta mientras en mí había crecido una erección que buscaba un escape pronto desde debajo del pantalón. La chica se levantó.

 

-¿Qué? ¿Qué te pasa? -dijo nuestro amigo.

 

-¡Es que me tocó, Roberto! -exclamó ella.

 

-No te molestes -le dije-, gustoso lo volvería a hacer.

 

Sonrió entre apenada y pícara y el resto de la película soportamos el calor y sus ardientes añadidos. Nos despedimos hacia la tarde y le acompañé todo el camino a casa por petición suya. A orillas de la carretera que atravesamos había delante un letrero en el cual alguien había hecho una pinta con aerosol cuyas palabras he olvidado pero que resultaron ser tan significativas para ella como para que tomara el móvil y lo fotografiara. Le pregunté por qué hacía eso. Me dijo que era aficionada a fotografiar cosas curiosas, la gente y los pies descalzos o calzados. Fue uno de esos intereses que a la vez me resultan interesantes como para que yo pida volver a ver a alguien. Ahora el juego estaba inclinándose a su favor.

 

Recuerdo que le dejé a las puertas de su casa, nos despedimos y yo abordé una lancha que me llevaría del otro lado del río, a la ciudad, dónde seguiría camino a mi casa, caminando por el bulevar y pensando sonriente en la tarde calurosa que acababa de pasar. (Continuará).

Pedro Paunero


(México, 1973) Narrador y ensayista nacido en Tuxpan, Veracruz. Parte de su obra ha sido traducida al catalán y al inglés y ha ganado algunos premios en el género del cuento corto. Como biólogo terrestre y como Pedro Paunero, ha ejercido el activismo en el área de la ecología como Director de una asociación civil ambientalista y blogger para la Fundación Bertelsmann de Alemania). Colabora con la revista Hontanar en Español de Australia. Ha  realizado crítica de cine para la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la web CorreCámara.com y la revista Cine Toma, de arte (en el terreno de la pintura, el grabado, la fotografía y el vídeo), como performer y conductor de T. V.

Ha trabajado como “freelance” para el IMCINE, el INAH y Europa Cinemas.

Su obra literaria erótica se ha comparado, a veces, a la de Jean Genet y Céline.

A partir de este número inicia su vinculación, con sus relatos eróticos, gracias a la sutil insinuación de una nínfula mexicana a quien trasnocha con sus exquisitos relatos de contenido erótico.

 

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