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 ReVista OjOs.com     SEPTIEMBRE DE 2016

COLABORADORES / OCTAVIO MENDOZA

UNA DIATRIBA CONTRA EL PINTOR ÁNGEL LOOCHKARTT DESDE LAS 2ORILLAS

 

 

La distancia que media entre la visión artística normal de los espectadores del arte y el análisis de una persona en su papel de perito del arte bien puede desenmascarar intenciones que ponen en duda el papel de esos intermediarios de opinión. Es lo que sucede con el pequeño artículo de Ana María Escallón acerca de la exposición de Ángel  Loochkartt en el Museo de Arte Moderno, MAMBO.

 

 Comienza revolviendo “macarrones y queso” para despotricar un hecho cultural que ya por su copiosa asistencia, más de novecientas cincuenta  personas en la noche de su inauguración el pasado veinticinco de agosto, demostraba el gran ascendiente de Loochkartt entre el público colombiano. Al comenzar la señora Escallón calificando el Carnaval de Barranquilla  como “explosión de permisividad”, insultó a la ciudad que lo creó,

y se puso en contra de un evento hecho para la gente y por la gente de la ciudad como un encuentro de la emoción. No le compete a la señora Escallón, ni a nadie, con sus opiniones, intentar cambiar la intensidad  propia del color, la exaltación y la gracia que acompañan ese evento multicultural, junto con la libertad dionisíaca propia de todo carnaval.

 

 A la señora Escallón le parece “impresionante” que Loochkartt, retome las anteriores características como fuente de inspiración, y que lo haga a sus ochenta y tres años. Agrega que no le parece “interesante” que el pintor interprete lo que ella llama “algarabía vulgar donde prima la muchedumbre desenfrenada”, junto con su sexualidad y erotismo. Señora Escallón: ni a usted, ni a nadie, le corresponde convertirse en carcelera del concepto pictórico que Ángel Loochkartt encarna como hijo de Barranquilla, y como pintor formado en Europa dentro del expresionismo y la transvanguardia italiana. Tampoco corresponde a nadie determinar cómo, y conque nivel de pasión y entrega se deben manifestar los  ciudadanos asistentes al evento de masas del carnaval icónico de la ciudad, no sólo el más importante de Colombia, sino el segundo más grande del planeta, tras el de Río de Janeiro.

 

El gran artista Ángel Loochkartt, distinguido por la Universidad Nacional como catedrático emérito, es, entre otros propósitos, el mayor intérprete de la plasticidad multifacética del Carnaval de Barranquilla a través de su pintura, pero su gran obra figurativa le parece a Ana María Escallón “aguda y perversa”, “carne en movimiento”, y, según ella, sólo incluye “manchas de color alegres donde se siente el vértigo de una multitud desenfrenada”. Se deduce de esto que los carnavales, según ella, deben ser“ juiciosos” y ordenados, y que ella tampoco puede soportar el expresionismo desenfrenado de Kirchner, ni las brujerías de Goya, ni las pinceladas “perversas” de Kokoschka y Bacon; tampoco los desfile burlescos de Otto Dix  ni las mascaradas diabólicas de Ensor.

 

Está claro que, al contrario de lo que se deduce del artículo de la señora Escallón, Colombia es emoción, desparpajo, improvisación, danza terrígena y selvática, eco marino, trascendencia del color desenfrenado  y vital.

 

Si a la señora Escallón le molestan “las insinuaciones de los viejos tiempo de la esclavitud”, y “las insinuaciones perversas de mentes eróticas” que aparecen en la pintura de Loochkartt, es lógico que le parezca “basura” su pintura impresionista y la ruptura con la teoría del color propia de ésta y del Carnaval de Barranquilla. Sólo así se comprende que esté de acuerdo con la nueva directora del Museo de Arte Moderno, quien confirmó que allí no puede entrar una pintura que considera sin vigencia, como la de Loochkartt, según la Escallón, aunque las más de novecientos cincuenta personas que asistieron a la inauguración nocturna de su exposición en el museo de Arte Moderno de Bogotá  iban en búsqueda de su pincelada poderosa, personal, intuitiva. Como lo sabe el crítico mundial Achille Bonito Oliva,  Ángel Loochkartt ya  entró en la historia del arte americano como intérprete de la vida y de un momento crucial de la pintura del siglo veinte, más allá de las opiniones de museísticos funcionarios temporales que sólo aceptan como algo inclusivo la postmodernidad norteamericana. Nadie niega las potencialidades de este movimiento cultural, pero su prevalencia en el mundo no puede llegar a tener la preeminencia de un absoluto excluyente.

 

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