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 ReVista OjOs.com     SEPTIEMBRE DE 2017

COLABORADORES / OCTAVIO MENDOZA

Memoria de la rebelde pintora francesa  Suzanne  Valadon (1865-1938)

 

 

Una existencia como la de esta artista no salió de un libreto preestablecido. Bella en su juventud, talentosa, terrestre, soñadora, voluptuosa y anárquica a la vez, el rastro que dejó su personalidad en la París de sus vivencias llevó a la Unión Astronómica Internacional a bautizar con su nombre el asteroide 6937 Valadon, y también el cráter Valadon, de veinticinco kilómetros cuadrados. Nacida  a la orilla intimidante de la nada social, descubrió desde niña la sensualidad del arte, y la potencialidad manipuladora del amor y la belleza juvenil para ser tenida en cuenta y escalar en la consideración de sus contemporáneos, juntando fervor y creación. La llevarían, apenas pasada su adolescencia, a convertirse en la “terrible” Suzanne Valadon, rebautizada así  por su futuro e icónico amor, el noble, defectuoso, rico y bien vestido Henri de Toulouse Lautrec. Amaría y sería amada por otros hombres, mientras se iba descubriendo artista, y revelaría una sombra de incomprensión y rebeldía en sus idilios. Como parecía creer que el infierno quedaba en la puerta contigua al cielo, creyó fácil revelarse contra el común parecer social, y como había conocido la adversidad desde su nacimiento, en respuesta recurriría al abandono en el amor, en cuya ruta dejaría a grandes genios del arte. Al final, cuando no lo debería hacer, se enamoraría extrañamente, echando por la borda el hombre que más la amó, para casarse con el jovencísimo amigo de su hijo. Pero nada impediría que se hiciera artista, ni que Francia, su madre patria, la descubriera, dejando una huella que sería reconocida incluso en grandes  museos actuales de París,  Nueva York, y otras capitales. Dejó para la historia un hijo muy conocido, Maurice Utrillo, también artista, alcoholizado, esquizofrénico, hombre al borde del suicidio que al final triunfaría. Pero. . .  ¿Por qué Suzanne Valadon, para sacar el arte de su alma, necesitó tanta pasión? Muchos años después de su muerte, hoy, en los días del año dos mil diecisiete, Bessines -Sur-Gartempe, su villa de origen en Francia, renace bajo la inspiración y el recuerdo de la artista, a medio camino entre París y Toulouse, y a pocos kilómetros de Limoges. Visitantes franceses y extranjeros viven allí el secreto de lo que permanece, mientras el recuerdo hace más honda la casa natal de Suzanne Valadon. Pero. . . ¿Cómo comenzó esta historia?

 

Llegó a París de la mano de su madre, a los siete años de edad, en mil ochocientos setenta y dos, traslado en que pudo haber influido la impresión materna ante su pasión por el dibujo de grafitis en los muros de su villa de nacimiento. Tras una breve vivencia en  el barrio La Bastilla, la pequeña familia se estableció en Montmartre, la colina urbanizada de anarquistas y bohemios con vista alta sobre las grandes avenidas y monumentos de la ciudad-luz donde reinaba el poder, los pintores del momento y las famosas exposiciones universales. Algo de la vida de Suzanne en su villa de origen se repitió allí: la niña creció sola entre las calles de Montmartre, con su pasión por el dibujo en los cuadernos como consuelo, mientras su madre Madeleine trabajaba. Tras su paso por un colegio de monjas, Suzanne ejerció en forma temporal como vendedora de verduras en el mercado Les Halles, o en trabajos varios, mientras inventaba fantasías, como declararse hija de un castellano riquísimo, y descubría en  las miradas de los transeúntes lo que parecía ser la luz de su atractivo. Se arriesgó a trabajar en el pequeño bar-cabaret Lapin Agile, aún existente, donde confirmó sus efluvios de mujer atractiva en la mirada de los hombres. Conoció allí los artistas impresionistas y simbolistas, libres, asombrosos, muchos aún jóvenes, y trabajó luego bajo la carpa del Circo Mollier. Cabalgó de pie sobre un caballo arreado con un látigo, y así la vio Toulouse-Lautrec, inmortalizándola en una espléndida tela, y  fungió al final como  acróbata. Se sabe que concluía  sus faenas en el bar del circo, vestida como actuaba, con el maillot rosa y la falda de oropel, para recibir el saludo de felicitaciones de los pintores Degas, Forain, Willette, del autodenominado “simbolista” Puvis de Chavannes, y también de Toulouse-Lautrec, quien, con su sorpresiva y pequeña figura, requería un taburete especial. Todos  observaban los artistas del trapecio en las alturas, los domadores con sus bestias amaestradas, y la vida del circo entre telones. Un día inesperado, Suzanne subió al mástil, empuñó las anillas para realizar un salto mortal y cayó a la pista del circo. Fue una caída accidental que estuvo a punto de costarle la vida.

 

Tras su paso por el circo, posó para los artistas Puvis de Chavannes -con romance incluido-; Renoir, -de  quien se sospechó ser el padre de su único hijo Maurice Utrillo-, Degas, amigo e impulsor de su talento, y Toulouse-Lautrec, con quien mantuvo un romance tórrido, en medio de embustes y correrías nocturnas de Suzanne por estudios, bares y cabarets de Montmartre, consiguiendo trabajo como modelo para sostener su hijo Maurice. Contraviniendo los rumores, este había nacido, en realidad, de la relación de Suzanne con Maurice Boissy, medio vago y medio artista, músico ocasional, poeta fracasado, chansoniere del cabaret Lapin Agile, amante de la vida, buen conocedor del alma, charlatán divertido y contador de historias del barrio que iluminaba con la gracia de su canto. El siguiente objeto de abandono por parte de Suzanne sería el catalán Miguel Utrillo y Morlins, hombre distinguido, ingeniero, pintor ilustrador, quien dejaría huella en su país como periodista, escritor, crítico de arte y promotor cultural. Reconoció, no obstante, al hijo de Suzanne como suyo, otorgándole su apellido y paternidad en la alcaldía del Distrito Noveno de París. Miguel claudicó ante la imposibilidad de abrir el buzón del corazón impredecible de la joven. Ya se veía que Suzanne, mientras aprendía de los artistas en los estudios, y se hacía pintora ella misma, cambiaba pasión por desazón, sin ninguna tregua del placer personal, ejerciendo el abandono amoroso como prenda para fortalecerse contra las verdades de su destino. Erik Satie, quien habría de ser llamado “padre de la música moderna”, a quien ella conoció en Le Chat Noir, donde tocaba el piano, sería el siguiente objeto de su abandono. Debido a su locura ante ese amor irremediable y esclavizante, Satie acudió a la policía, solicitando protección contra quien consideraba “perturbadora mujer”, quien ya exponía sus pinturas en galerías de París hacia mil novecientos noventa y seis. Este año fue también admitida en la Sociedad Nacional de Bellas artes, de la que muy pronto se convirtió en primera mujer directora  por su energía y carácter decidido, semejante al instinto puro de un arco bien templado. Y, pronto también, el pequeño Maurice Utrillo fue testigo del matrimonio de su madre con Paul Moussis, exitoso agente de bolsa que le dio estabilidad económica a él y a Suzanne, aunque el niño comenzó a mostrar un carácter insoportable que obligó amargamente a que lo cambiaran una y otra vez de los colegios. Pese al dorado reflejo económico de Paul Moussis, y su sincero amor por su esposa, tras diez años de matrimonio presenció el hundimiento de Maurice, ya convertido en alcohólico, víctima de delirium tremens y masoquismo, y en artista desvariado que pintaba en plazas, calles y tabernas y ejercía el amor ocasional de prostitutas a cambio de sus obras. Era algunas veces detenido por la policía tras los líos derivados de sus borracheras. Llegó incluso a beberse el agua de colonia de un tabernero que le facilitó un espacio para pintar en el fondo de su local, antes de huir por la ventana y desaparecer. Para dolor de su madre, debían internarlo en sanatorios, mientras iba creciendo como artista en el recuerdo de la gente, y en el interés oportunista de los nuevos “peritos de la estética”, los dueños de bares y tabernas de Montmartre, y de verdaderos críticos de moda como Octave Mirbeau y Elie Faure.

 

Un día, Maurice cometió el error involuntario  de llevar a su casa a su mejor amigo, el joven André Utter, tres años menor que él, simpático, observador, noble, expansivo, también con gusto por la pintura. El problema fue que Suzanne, ya con cuarenta y cinco años, ya con un lugar en el ambiente de París, recordó su voluntarismo impulsivo, su idealismo y espíritu libre, y florecieron los motivos para que los dos se enamoraran. Suzanne Valadon abandonó al sorprendido banquero Paul Moussis en mil novecientos nueve, pese los trece años de matrimonio, a las comodidades que le proveía y a su nobleza y dedicación. De pronto decepcionada ante su  granítica sensación de seriedad y aburrimiento, se trasladó a otro hogar con su hijo y su nuevo Adonis, André Utter, veintiún años menor que ella, por la época en que pintaba su obra Adán y Eva, donde ambos posan como protagonistas de su felicidad, sin importar la amenaza de la serpiente del Paraíso. Suzanne comenzó a triunfar con su trabajo, y Maurice lo logró en mayor escala, conformando con  André Utter lo que los enterados del cotilleo comenzaron  a llamar “La trinidad maldita”, en medio de sus recorridos bohemios de callado desafío por calles, galerías y salones. Ella también creció en el ambiente de París como símbolo de carácter, lucha y dedicación a su trabajo, siendo ya amiga de figuras desarraigadas como Modigliani. Se había convertido en objetivo de coleccionistas y galerías, mientras las obras apetecidas de su hijo Maurice Utrillo le servían a éste de laderas que guiaban su destino a la cima de su recuperación, tras su sorpresivo matrimonio con la viuda de su mayor coleccionista, Lucie Valore, celebrado entre aplausos por garitos, cabarets y terrazas de Montmartre. Una bella fotografía existente lo muestra  exitoso junto a su esposa, ataviada con vestido virginiano, como gran señor de blanco terno vencedor de sus desgracias en su mansión reluciente de Vésinet, en las afueras de París, entre un paisaje de colinas relucientes, ya lejos del alcohol, el masoquismo y el cigarrillo. Se convirtió en símbolo de la ciudad-luz, tras ser distinguido con la gran Cruz de la Legión de Honor del gobierno francés, y con el premio de pintura de la famosa Bienal de Venecia. André Utter ejerció como mánager de sus negocios, y siguió ejerciendo como tal tras terminar su relación con Suzanne. Fueron desde entonces sombras desmanteladas de su antiguo sentimiento, y ella reeditó su amor con su último gran amigo, el pintor Gazzi. Se conocían desde los tiempos de su relación con Toulouse-Lautrec.

 

Algunos meses antes de morir tranquila, en abril de mil novecientos treinta y ocho, tras dejar a su hijo en buenas manos, por los días en que aparecía en la radio la voz de una estrella llamada Edith Piaf, le preguntaron a Suzanne si recordaba los viejos tiempos con Puvis de Chavannes, Renoir, Degas, Lautrec, Satie, Modigliani, y el resto de seres imperfectos pero geniales que habían pasado por su vida, y ella respondió. “Eran todos unos idiotas, pero, es curioso, nunca dejo de pensar en ellos”. Y agregó: “Que los hombres me hayan amado, sea. Pero hubiera querido ser amada por aquellos que nunca me vieron, por los que en sueños me imaginaron delante de un lienzo donde, con mis colores, habría dejado un poco de mi alma”. Hoy se pueden ver algunas de sus obras,  junto a las de Andre Utter, en el Museo de Montmartre, y sus cuerpos reposan en el cementerio parisino de Saint Ouen, como si ambos hubieran sabido la verdad  de que “en la vida todo es muerte o amor”.

Suzane Valadon

Imágen tomada de: es.wikipedia.org

La Buveuse (La bebedora) Retrato de Suzane Valadon por Henri de

Toulouse-Lautrec.

Imágen tomada de: es.wikipedia.org

Cada día un ayer, 2017. Óleo sobre lienzo, 120 x 130 cm

Celebrando con esta obra de Octavio Mendoza la vida de la pintora francesa

Suzanne Valadon (1865-1938).

 

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