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 ReVista OjOs.com     JUNIO DE 2017

COLABORADORES / MILCIÁDES ARÉVALO

Las últimas alegrías

 

 

¡Tú y tu miserable maquinita de escribir! ¡Tú y tus miserables

cheques enanos! ¡Mi abuela gana más dinero que tú!

Charles Bukowski

 

 



Me disponía a reanudar las labores del día cuando de pronto se abrió la puerta de mi oficina y entró doña Julietta a pintarse los labios. La luz mortecina que se asomaba por la ventana la hacía ver más luminosa que cientos de bombillos de magnesio.

 

–Dentro de poco escampa –le dije. Amablemente le ofrecí mi silla, pero prefirió sentarse en el escritorio. Con delicadeza acomodó las nalgas, encima de la foto de Rimbaud que yo tenía pegada al vidrio. El día de por sí era  bastante lluvioso como para prestarle atención a la esposa del gerente y continué con mi trabajo. Cuando uno está haciendo parte del engranaje laboral, inconscientemente termina por hacer todo lo que le ordenan los dueños de la empresa.

 

Cuando trató de acomodarse mejor, estiró las piernas más allá de lo acostumbrado, se le enredó la falda  y se le cayó un zapato. Como yo quería que todo el mundo me amara, que el amor fuera eterno y siempre fuego, me tiré al piso.

 

–No seas tímido, muchacho –dijo y estiró la pierna.

 

Le cogí el pie. Le levanté la falda. Le ajusté las medias, el liguero. Olía delicioso. Le calcé el zapato. No dijo nada. Le puse la mano en la entrepierna. Su panecito pedía a gritos la libertad. Ardía. Eso me animó a besarla, como un apache. Cuando estaba a punto de derretirse se recostó sobre el vidrio y comenzó a menearse de tal modo que empezaron a moverse el vidrio del escritorio, la foto de Rimbaud, el computador, las sillas, los archivadores, el edificio, la ciudad entera.

 

--¡Tris! ¡Plum! ¡Plaf!  --Por un momento pensé que por la ventana había entrado una manada de rinocerontes, que don Hiparco me había dado un garrotazo en la nuca, que los empleados de la empresa hacían rueda y me aplaudían a rabiar. Nada de eso era cierto: el computador se había caído al piso.

 

-- ¡Maldita sea!

 

Doña Julietta se bajó del escritorio, se subió los diminutos calzones beige, el liguero, las medias, se alisó la falda, abrió la cartera  y sacó un espejito, se pintó los labios, indiferente, como si no hubiera pasado nada. Sin embargo, tuve la entereza de manifestarle que me había arrugado la foto Rimbaud.

 

–¿Es tu hijo? –me preguntó alarmada.

 

–Es mi santo, mi pana, mi patrón...

 

–Parece un gamín.

 

Me sentí humillado como un pobre, mucho más cuando me pidió acompañarla al parqueadero a sacar el auto y tuve que ponerme el miserable abrigo que cubría mi pobreza. Al ver las hilachas que le colgaban, se quedó mirándome como si por primera vez se diera cuenta de que yo también era humano. A la salida del parqueadero prometió regalarme un paraguas y un abrigo de invierno que su marido ya no usaba.

 

--Ojalá la sirvienta no lo haya tirado a la basura –musitó.

 

–¿Cómo voy a pagarle tanta bondad, doña Julietta? –le pregunté ansioso.

 

–Tú sabes, muchacho... –dijo y levantó el brazo como un mecánico. Se subió al auto y salió del parqueadero haciendo chirriar las llantas contra el pavimento bañado por la lluvia.

 

Siempre había deseado tener un auténtico abrigo de piel de camello como el de Jean Baptiste Clemence en La Caída, para deslumbrar a todo el que se me atravesara por el camino. Cuando Usina me viera luciendo tan exquisita prenda, traída directamente de París, de seguro dejaría de tratarme como si yo fuera una mascota. Frecuentemente me vaticinaba un porvenir bien triste: “–Algún día terminarás como una mascota sin dueño, revolcándote en el pavimento”. Usina era mi novia, pero no parecía. Tenía sus sueños, sus celos, sus temores, pero me echaba la culpa de todas sus desgracias.

 

Usina era mi novia, pero no lo parecía. Tenía sus sueños, sus celos, sus temores, sus pecas, pero me echaba la culpa de todas sus desgracias. Usina era un ángel y un demonio también. Como yo quería que nuestro amor fuera eterno, cumplía sus caprichos al pie de la letra, sin chistar. Me decía palabras de amor y era cruel todas las veces que quería. A veces me chupaba como si fuera una banana en almíbar y otras veces ni siquiera me daba un beso al despedirse. Usina era de seda cuando estaba vestida y de fuego cuando estaba desnuda. “Rica, riquita, dulce de manzanita”. Yo la besaba por todas partes y le hacía el amor sin que le faltara ninguna tentación, no oyendo sino su risa escandalosa, sus gemidos de felicidad, sus espasmos de dicha. Le aplicaba los labios insectamente al estilo Bogart y le mordía el cuello, las teticas, las nalgas, la cuquita, el lomo, la cerviz, el morro. Los días eran azules y las noches de amor.

 

Usina se fumaba todos los tabacos que le pusieran por delante y muchos más. Un día me pidió de regalo una paca  de tabacos que vendía en Siboney. Solícito fui a llevársela, para que se diera cuenta de mi abrigo. Golpeé delicadamente en la puerta de su casa, para que los vecinos de la cuadra no asomaran sus testas por entre los barrotes de sus jaulas y comenzaran a murmurar lo indecible. Sucedió todo lo contrario. En pocos segundos la calle se llenó de curiosos. Unas mujeres horribles dijeron que era muy tarde para que un caballero tan elegante fuera a hacerle visitas a una vagabunda que ya tenía perdido hasta el apellido. Otras opinaron que no había que creer en las apariencias, que tal vez lo que yo quería era robarme a alguna de sus niñas, que el barrio se estaba volviendo una perdición, y fueron a traer piedras y palos. Sólo entonces Usina abrió la puerta, somnolienta y desnuda y me recibió los tabacos. Si al menos me hubiera dado un miserable beso delante de esa canalla enardecida y violenta, yo me habría sentido feliz, pero hizo todo lo contrario:

 

--Mañana nos vemos –dijo. Me recibió los tabacos y me cerró la puerta en las narices. Lo peor que pudo ocurrirme con el abrigo sucedió al domingo siguiente. El día era tan radiante y soleado que parecía de colores, con niños brincando entre las flores, tan alegres y formales. Tendí el abrigo sobre la grama del parque y me quedé mirando las nubes, pensando en la cara que pondría Usina cuando viera mi abrigo dispuesto de manera que ningún curioso pudiera chuzarle las nalgas.

 

Un agente del orden acertó a pasar por el lugar haciéndole arrumacos a una enana regordeta. No resistió las ganas de demostrarle a su nena para qué servía la autoridad que llevaba al cinto. Se me vino encima y me apuntó como a un vulgar ladrón: –“¿Dónde se lo robó?” –me preguntó. No me inmuté. El policía levantó el abrigo, calculando el peso, el valor, la marca; lo olió.  --“¿Dónde se lo robó?” –insistió autoritario. Herido en lo más profundo de mi orgullo, le mostré la cédula, todos los papeles, el certificado del DAS. --“¡Soy un ciudadano honesto!” --“Su honestidad me importa un culo” –reviró ofendido. Estábamos en la tira y afloje de las grandes decisiones cuando llegó Usina con un girasol en la mano. Al ver tanta belleza junta, el policía aprovechó la ocasión para esfumarse por los senderos del parque con mi abrigo y su enana regordeta.

 

–Era un abrigo muy fino –le expliqué.

 

 –No te preocupes, amorcito. Mañana mismo te compras otro.

 

Suspiré hondo.

 

–Un abrigo de piel de camello cuesta un platal.

 

–¿Un platal? ¿Qué es eso? –me  preguntó sorprendida --No quiero que mi amor te cause daño, pero ¿de qué vamos a vivir cuando nos casemos? ¿De un miserable salario? No seas tan ingenuo. En este país todos son pícaros y el que no roba, mata.

 

–Amorcito, es cierto que no me pagan lo que valgo, que nunca tengo suficiente dinero para tus tabacos, que perdí un abrigo por discutir con la ley, pero mañana mismo subo donde don Hiparco a pedirle aumento de sueldo; ya verás –le prometí.

 

El camino de mi infancia, el que recorrí en compañía de mi perro, fue el de un niño que soñaba que todo lo que veía era suyo. Ese fue mi fracaso, soñar lo que no debía, desear lo que no tenía, amar lo que no era mío. De mis fracasos se han alegrado muchos ¡Y de qué modo! A los muchos obstáculos que me impidieron triunfar en la vida, debo sumar el torso deforme, la pierna torcida, la lengua biforme y la miopía. No era un galán en modo alguno, pero era vibrátil y candente. Odiaba las órdenes, los horarios, los reglamentos. Quería que me amaran como se debe y no por lástima.

 

Como yo quería que Usina me amara toda la vida, al día siguiente entré a la oficina de don Hiparco. Después de rendirle los informes del día, de las pérdidas y ganancias de la empresa, le informé que me iba a casar y le pedí un aumento de sueldo. Dejando en vilo mi solicitud, se arrellanó en su silla y me preguntó con cierto interés:

 

--¿Qué sabe de poesía? –me preguntó dejando en vilo mi solicitud. Puso en mis manos una revista en la que estaba subrayado el verso de un poeta de las nuevas generaciones: “Mi palabra es la risa de las piedras y los peces”. En sus ratos de ocio el señor Hiparco le gustaba escribir alejandrinos, que publicaba en los periódicos para regocijo de la godarria de mi país. El día de por sí era bastante lluvioso como para ponerme a explicarle lo que para mí era más difícil de explicar.

 

–He leído algunos sonetos nada más –le respondí modesto.

 

–Explíqueme ese verso que te acabo de señalar. Si eso es poesía yo debo estar loco.

 

–La poesía no se explica; se vive.

 

Refutó mis argumentos con una cita tomada de La poesía al alcance de todos. Para asombrarme más me leyó unos párrafos acerca del contenido y la forma y otros referentes a la composición y la métrica, y no faltó que dijera que había que echarle sal a la sopa. Si le hubiera dado la gana me habría tirado por la ventana, pero sencillamente hizo todo lo contrario: Me entregó la carta en la que me anunciaba la cancelación de mi contrato de trabajo. Le pedí que me explicara el motivo.

 

–Mis razones son más poderosas que las suyas –dijo y manoteó sobre el escritorio como un pingüino endemoniado. Aproveché para darle el golpe de gracia:

 

--Voy a recoger el paraguas que me regaló su mujer por engrasarle el ánima.

 

No era una pretensión mía, pero me gustaba lucirlo en todas partes. Tenía una hermosa empuñadura de cedro y su forma aerodinámica lo distinguía entre los demás de su especie. Lo busqué detrás de la puerta, debajo del sofá, en el baño, en las gavetas del archivador... Como no lo encontré, supuse que se lo había llevado doña Julietta, para completar su colección de antigüedades. Me enrollé la bufanda al cuello, salí a la calle y comencé a caminar por la 7ª. Era un atardecer frío, lluvioso, una mierda. Venteaba fuerte. Antes de llegar al puente de la 26 estalló una bomba. La onda explosiva mató a una loca, levantó a un taxi, volvió trizas los ventanales del edificio Colombia. Era amargo y triste pero así era: vivíamos en un país de muertos. Las noticias no eran sino de matanzas, masacres, voladuras de puentes, de torres derribadas. Pueblos masacrados, soldados torturados, niños mutilados, paramilitares, injusticias, ríos de sangre, dolores sin fin...

 

--¿Por qué, Dios mío? –se quejaba una señora dándose golpes de pecho.

 

--¡El fin del mundo se acerca, y yo sin confesarme, carajo! –gritaba un señor de pelo blanco blandiendo un paraguas.

 

La reportera   de un noticiero atribuía el atentado a un comando de la guerrilla urbana. Una pelandusca con el hocico untado de Bóxer le refutó:

 

--No mienta, parcerita. Fueron unas inocentes palomas.

 

Cuando vi llegar a la policía, me escabullí del tumulto y seguí de largo. Entré a la Cinemateca a ver El Cartero llama dos veces. Si bien es cierto que Jessica Lange hacía temblar sus tetas en cada escena de amor, yo ni siquiera me inmutaba; parecía  una araña triste meditando en el fondo de una butaca: “¿Qué va a pasar cuando  Usina se entere que perdí el empleo?” Le había prometido ser el futuro presidente de la empresa, casarnos, viajar por el mundo en globo, dorarnos la barriga en el Mediterráneo y todo eso. ¡Claro! Yo era el que soñaba. Vivía en función de los números, tenía pesadillas con ellos, yo mismo era un número 12021. Ese número me identificaba entre la muchedumbre haciéndome morder el polvo.

 

Al llegar al apartamento encontré a Usina, tirada en la cama, en pelota, cubierta apenas por su pelo negro sedoso y las medias zapotes que tanto le gustaban. Mientras le acariciaba la barriguita me puse a recordarle alegrías pasadas, mis sueños de grandeza, lo mucho que la amaba... La maldad me pasaba por debajo de las narices sin hacerme daño.

 

–¿Qué está pasando contigo? –me interrumpió.

 

–Me echaron del empleo.

 

–¡Alcánzame un tabaco!

 

–Mi vida es una suma de desgracias y a ti sólo se te ocurre decir: “¡Alcánzame un tabaco!” ¿Hasta cuándo voy a soportar tanta indolencia tuya?

 

Saltó de la cama y se encerró en el baño. Pasó un rato bien largo en el que no se oyó ni un suspiro ni un lamento. Seguramente pensó que me había vuelto loco. Jamás le había reclamado nada.

 

–¿Usina, estás bien? –le pregunté intrigado.

 

–Hay un puma en el baño.

 

– ¿Un puma? ¿Por qué no me lo dijiste antes?

 

Se había escapado de un circo de miserias que debutaba en la vecindad, pero era tan inofensivo con las mujeres que ni las ofendía ni las agredía ni las preñaba. Amaba tanto la belleza que prefería la contemplación al goce pasajero. Los jadeos los dejaba para después.

 

–Seré tuya por siempre, pero por favor, ¡sálvame!

 

Usina siempre decía lo mismo, pero me hacía sufrir lo indecible, ¿en qué mundo vivía? Se oyó un “ay”, yo no sé si de gozo o de agonía; después sólo silencio. Presintiendo una desgracia abrí la puerta y entré. ¡Demasiado tarde! Usina se había fugado con el puma. Me hubiera gustado un desenlace menos patético, pero el amor al fin de cuentas, no es más que una comedia.

Patty Monje

Patty Monje (Venus del MaReA)
Foto: EmiMaReA

Chu Chiao Wang (Venus del MaReA)
Foto: Thomas Hodges

 

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