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 ReVista OjOs.com     JULIO DE 2017

COLABORADORES / MILCIÁDES ARÉVALO

Juegos de azar

 

 

Marsolaire, una chica de bucles de oro y risa fresca, que laboraba de ejecutiva de ventas en una agencia de seguros, me cambió la vida sin darme cuenta. No la culpo. Después de prometernos el cielo y una cantidad de cosas imposibles terminamos viviendo en un barrio de casas melancólicas al pie de los cerros. Aunque parecíamos la pareja perfecta, diametralmente éramos opuestos: no nos había unido el amor sino el destino. Para que no me volviera loco con tantas pretensiones suyas, trataba de calmarla con halagos de dulzura.

 

Un sábado la invité a cenar a un restaurante español. Batí palmas y de inmediato un flaco con alma de lagartija nos ofreció las exquisiteces de la casa, vino en abundancia y dos cazuelas de mariscos. Para que no terminara por devorarse la mesa, la nevera, el relicario, la cristalería, le dije que de ahora en adelante íbamos a vivir sin pagar arriendo. Sorpresivamente me preguntó a nombre de quién había puesto las escrituras.

 

–A nombre tuyo, naturalmente –le dije mirándola como si de repente se me hubiera aparecido la virgen.

 

–Me parece lo más correcto. ¿Qué tal que te atropelle un carro y yo sea la última en enterarme?

 

Cuando regresamos al apartamento, nos servimos un whisky mirando por la ventana las luces de la ciudad. En medio del desborde emocional, aprovechó para tocarme la entrepierna con el tacón del zapato. Marsolaire estaba tan ansiosa de revolcarse en el lodo de las pasiones que comenzó a darme besitos de adoración por todos partes, pero yo estaba tan cansado de trabajar que no le presté atención. Marsolaire nunca actuaba así. Tuve la impresión que había sido por culpa de la cazuela de mariscos que se había tragado. Había oído decir que los mariscos eran afrodisíacos, pero para mi gusto eso era como comer arena.

 

--¿Qué está pasando contigo?

 

--Estas cosas ocurren de vez en cuando. El trabajo, la bulla, la gritería de la gente del 504, todo eso me vuelve una piltrafa y el sexo me vale menos que un huevo.

 

--No mientas, Rodolfo. Seguramente tienes alguna zorra por ahí. ¿Quién es la tal Geraldine?

 

--La secretaria del gerente del banco que me hizo el préstamo.

 

Se quejó de todo el amor que me daba a cambio de nada y de lo mal que le pagaba.  El temperamento de Marsolaire era tan variable que a veces me daba lástima haberle pedido que me acompañara el resto de mi vida.  Cuando se le acabaron las quejas en mi contra prendió el televisor y se quedó mirando la telenovela de las 11.

 

–No hagas una tragedia de una comedia. Mañana vamos a visitar a mi papá y la pasaremos bien rico; mi papá te quiere mucho, aunque tú lo detestas tanto como a mí.

 

Madrugué a polichar el carro. Revisé los frenos, el aceite, la gasolina y a eso de las diez de la mañana salimos de Bogotá. Prometía un día magnífico: sol radiante, cielo despejado y azul, copos de algodón. Para completar tanta dicha, Marsolaire se puso a cantar pedacitos de boleros románticos y de la vez que tuvo un novio que era tan tacaño que en vez de invitarla a almorzar le leía poemas.

 

A mi padre le gustaba que sus hijos fueran a visitarlo, pero ninguno lo visitaba. Mi familia era extraña. Cada cual vivía su propia vida. No teníamos ninguna comunicación entre nosotros, nada que nos identificara como hijos del mismo padre y de la misma madre. Les daba rabia que no fuera como ellos, ni siquiera me visitaban para que nadie supiera que yo era parte de su familia. Extraños, solitarios e indiferentes. Yo mismo me preguntaba si era parte de mi familia o sencillamente alguien me había regalado para que hiciera parte de una familia.

 

Al llegar a la finca encontré a mi papá terminando de remendar un espantapájaros. En su juventud había vendido espantapájaros por todos las veredas de la sabana. Cada vez que venía a visitarlo, lo encontraba más viejo y demacrado, caminando casi renco, pero en todo caso no le faltaba altivez. Me preguntó por mis hermanos.

 

– ¿Mis hermanos? Deben estar muy ocupados.

 

–Ojalá no estén pasando hambre –dijo y fue a la cocina a prepararnos un café y poner las ollas para el almuerzo.

Miró al cielo y dijo: --Ojalá esta tarde no llueva.

 

Después del almuerzo, Marsolaire se fue por la vereda a comprar los huevos de la semana y mi padre continuó armando espantapájaros. Tendí una hamaca entre los guayabos del patio y me quedé mirando las colinas distantes, el cielo azul sin nubes, el lento vuelo de una garza blanca. . . Me acordé de cuando yo iba con mi padre de pueblo en pueblo en una carreta tirada por bueyes bajo la luz de la luna, del finado que encontraron muerto en una zanja como si lo hubieran matado la noche anterior; me acordé de cuando fui a conocer el mar y me perdí en el trópico, de mi primer viaje en barco, de mis amores inventados, de mis soledades más espantosas. . . Y me acordé de mi vida como si estuviera haciendo un inventario porque al día siguiente me iba a morir y eso me puso triste. En medio de mi tristeza me acordé de Laura, una niña pelirroja que tenía la inocencia dibujada en el rostro. Todas las veces que yo iba para la escuela me la encontraba por el camino y yo no era capaz de decirle nada, pero dentro de mí sentí que era feliz…

 

Cuando Marsolaire volvió con los huevos de la semana y una mata de ruda, terminó de oscurecer por completo. El cielo se puso negro y comenzó a ventear muy fuerte. Tal vez por eso mi padre no quería que viajáramos esa noche, pero obligatoriamente debíamos regresar a Bogotá. Las obligaciones de Marsolaire eran más importantes que las mías, indudablemente.

 

Subiendo la cordillera, empezó a llover, torrencialmente, arrastrando todo a su paso. ¡Lo que faltaba! Se apagó el motor. Yo era experto en dañarlo todo y Marsolaire no sabía nada de mecánica. Me bajé a revisar.

 

Desgraciadamente no vi el campero que bajaba por el camino dando tumbos. El golpe me lanzó entre las zarzas de la cuneta. Cuando quise levantarme, se me apagó el mundo, me zumbaba la cabeza, me dolían los brazos, las piernas, todo el cuerpo. No supe qué pasaría después, ni qué hizo Marsolaire para conseguir una ambulancia. Días después desperté en la habitación de una clínica desde la cual se podían ver el cerro de Monserrate, las casitas de teja de las laderas de los cerros y unos cuantos edificios envueltos en la neblina del atardecer.

 

Pasó un mes, dos meses y nada que me daban de alta. Marsolaire me visitaba de vez en cuando, pero se la pasaba hablando con mi compañero de habitación, un marinero francés que parecía levantador de pesas. No sé qué le vería Marsolaire, pero era tan solícita que hasta le alcanzaba la mica para que orinara. Conociendo lo fría que era, estoy seguro que no lo hacía para ponerme celoso sino por caridad. Ella era muy caritativa con todos, menos conmigo.

 

--¿Le preguntaste a los médicos cuándo voy a salir de aquí?

 

   --Dicen que el caso tuyo es un caso perdido, que si no te mueres de un resfriado te tienen que amputar la pierna.

 

--¿Amputarme la pierna? ¿Qué voy a hacer en la vida sin una pierna? –pensé alarmado.  Acababa de cumplir 33 años, ni siquiera tenía definido mi destino. Había trabajado desde niño soñando con una estabilidad económica para que mi mujer y mis hijos tuvieran lo necesario para vivir dignamente en una ciudad que había perdido la vergüenza de ser tan sangrienta, sucia y corrupta. No, la vida no podía ser más injusta conmigo. Ya había sufrido lo suficiente como para sufrir más sin saber por qué.

 

--Tiene que resignarse, mijo –dijo mi mujer. Acepté su consejo y dejé todo en manos de la desgracia: la pipa de marfil que me había regalado el capitán de un barco mercante, mis libros, mis películas porno, las revistas. . .  Pero la muerte no viene cuando uno la necesita sino cuando se le antoja.

 

Seis meses después salí de la clínica, enyesado hasta la cadera, caminando en tres patas, dando saltos de sapo por la habitación. Como las responsabilidades de Marsolaire eran más importantes que las mías, indudablemente, contrató una muchacha para que me atendiera y se ocupara de los menesteres de la casa.  Maritza era una muchacha regordeta y bonachona, que desde un comienzo intenté domesticar. Cuando Marsolaire estaba en el apartamento no se oía ni el zumbar de una mosca, pero tan pronto mi mujer salía para el trabajo, Maritza se despatarraba en el sofá a leer poemas. A mí eso era lo que menos me importaba. Le faltaba iniciativa para atenderme como era su deber y tenía que recordárselo a cada rato. Lo que menos le importaba era que yo le pidiera favores, dada cuenta que en la casa la que mandaba era mi mujer.

 

Una mañana la encontré en la biblioteca leyendo un informe económico de las Naciones Unidas a los pueblos de América del Sur. No dejó de sorprenderme. La basura amontonada en el piso, el balde del agua sucia encima de la mesa del comedor, los guantes de caucho en mi silla favorita. . . Con la cortesía necesaria, le dije que en vez de perder el tiempo de esa manera tan miserable, fuera a prepararme el desayuno. Me miró de soslayo, recogió las piernas con frescura y se acomodó mejor. No pudo haber hecho nada peor: la falda le dejó al descubierto las nalgas, impúdicamente enfundadas en medias zapotes de la peor calidad.

 

--A mí la única que me manda es Marsolaire –dijo pelando los dientes. Luego me preguntó si yo había leído todos los libros de la biblioteca o era para presumir ante las visitas. Eso me sacó de casillas. Yo no la había contratado, pero consideré oportuno recordarle quién llevaba las riendas del hogar, pero teniendo en cuenta el espíritu tragicómico de mi mujer, desistí.

 

Maritza se bajó del sofá como una gata en celo y comenzó a molestarme, sin tener en cuenta que yo tenía una pierna enyesada. Como si fuera la cosa más natural, me sacó el capullo.  Después de mirarlo por todos lados, se lo engulló hasta hacerme estremecer de gusto. Poco faltó para que se partiera el yeso.

 

A partir de ese día no tuve paz, Tan pronto mi mujer salía para el trabajo, Maritza se metía en mi cama. Un bocado de cardenal no podía ser mejor: piel de nácar, tetas de periquete, espalda perfecta, nalgas escandalosas y una panocha imberbe. Le pedí que termináramos esta historia de la mejor forma, que eso no podía ser, que se largara a hacer sus oficios como era su deber. Hizo todo lo contrario, se puso a hacer monerías al borde de la cama, encima de la lavadora, en las escaleras, arrastrándose por el piso como una foca. Eran tan perversos sus movimientos que cualquiera quisiera meterse por entero dentro de ella, con tan mala suerte que comenzó a mearse como una yegua  sobre la pierna enyesada. ¡Qué lío! Mientras se secaba el yeso, me metí en la cama y  me puse a leer El enfermo imaginario. Cuando Marsolaire llegó del trabajo, yo seguía más arrecho que un caballo en un establo de monta; quise aprovecharme de la situación y la tumbé en la cama.

 

--¡No me toque que estallo de la rabia! –dijo y se fue a dormir a la terraza.

 

Cuando me quitaron el yeso, me fue tan difícil acostumbrarme a caminar de nuevo  y tenía  que conformarme con pequeños paseos por el parque, dando saltos como un sapo, inundado a esa hora de la tarde con  muchachas, señoras paseando perros, vendedores de helados, vagos, parejas de enamorados. No sé qué extraña relación había entre los perros y las mujeres de mi barrio. Lo supe cuando Maritza comenzó a celarme como si fuera mi mujer, a hacerme reclamos, a enredarme la pita con la hija de la vecina del quinto piso que todas las tardes salía a pasear a un lebrel.

 

--Mal haría yo en ponerme a coquetear por ahí con la hija de la vecina; para mí no hay nadie más valioso que tú. Eres una gordita fenomenal --le dije para calmarle las furias.

 

Una tarde al regresar del paseo rutinario, no la encontré en el apartamento. Supuse que había salido al supermercado a comprar la leche del desayuno, a llevar la ropa a la lavandería o estaría viendo telenovelas con Yady, la vecina que le sabía la vida a todo el mundo. Mientras llegaba me puse a leer Tous les hommes sont mortels, pero llegaron las cinco y comencé a preocuparme.

 

Ya había leído el capítulo donde Cremona está sitiada por los enemigos del conde Fosca y decide tomarse el brebaje que lo hará inmortal. Cuando llegó Maritza, vestida con una blusa morada, un collar de perlas de fantasía y un peinado demasiado elegante para ella, apenas me saludó, La falda le hacía juego con la blusa, tan ajustaba que le hacía resaltar las nalgas de manera impresionante.

 

--¿Dónde carajos estabas?  –le pregunté.

 

--En el entierro de mi tío Federico –me respondió.

 

--Al menos debiste dejar alguna nota; tú bien sabes cómo se pone Marsolaire cuando llega y encuentra el apartamento en desorden.

 

Cuando se reclinó en el marco de la ventana a despedir a un muchacho que la había traído de regreso en su bicicleta, pude ver que no tenía los calzones puestos. En un entierro y sin calzones. . . ¡Qué descaro! Le reclamé. Entre sollozos me confesó que el sueldo no le alcanzaba para darse los mismos lujos de mi mujer.

 

--Me toca salir así porque ya no tengo qué ponerme –dijo como si esa fuera la solución. Entre sollozos me confesó que se había devuelto del cementerio en bicicleta porque no tenía para el pasaje en bus, que el vestido no era de ella sino prestado, que el sueldo no le alcanzaba. Prometí aumentarle el sueldo y comprarle ropita.

 

–Pero que sea ropa fina, y de boleritos –dijo, coqueta.

 

–Eso es lo que quiero, que te vistas de seda como las señoritas decentes. Y no solo eso, cuando me gane el Baloto te llevo a bailar champeta a Cartagena –le dije para que desde ese instante comenzara a soñar al revés.

 

Estábamos en la tira y afloje de las grandes decisiones cuando sonó el teléfono. Era Yady. Tenía una lengua de víbora. Vivía contándole chismes a mi mujer. Para quitármela de encima rápido le dije que Marsolaire se había ido a una convención de seguros en Cartagena. En vez de colgar como otras veces, comenzó a contarme que su mamá casi estira la pata al rodar por las escaleras, que su hijo Remberto había ingresado a la Escuela Naval de Cadetes de Cartagena, que su marido se había volado con la sardina del quinto piso. . .  Ante tantas tribulaciones, quise levantarle el ánimo de la mejor manera:

 

--¡Óyeme bien, Yady! Nunca antes te lo había dicho por miedo que le contaras a mi mujer, pero ahora que estamos solos, aprovecho para decirte que siempre he admirado tus virtudes, la fortaleza que tienes para soportar los golpes de la vida.

 

En vez de poner atención a mis palabras, me preguntó por Maritza con un interés que no dejó de preocuparme.

 

–Está sacudiendo el polvo –le respondí.

 

--Dile que me eche una llamadita --dijo.

 

--¿Cuándo vamos a Tumaco a comer langosta? –le pregunté.

 

--Ni loca que estuviera para meterme con un hombre casado.

 

Últimamente Maritza no hacía los oficios como era su deber; no tendía las camas, no lavaba la ropa, tampoco cogía el plumero para sacudir el polvo, en fin. Sólo le alcanzaba el tiempo para hablar por teléfono con Yady. Mi mujer, que no era una perita en dulce y si bastante suspicaz, me hizo un inventario de cargos como si fuera juez de la moral pública y dijo que yo no hacía sino revolcarme con Maritza a toda hora en su cama.

 

--¿Quién te dijo eso?

 

--Yadira me lo contó todo.

 

--¡Yadira, Yadira, Yadira! ¿Tú le crees a esa bruja?

 

--Has estado mancillando mi cama con Maritza desde hace días y eso es imperdonable.

 

Los dos éramos diferentes. Lo reconozco. Ella tenía un cargo importante en una agencia de seguros, tenía amigos en el parlamento, ganaba suficiente dinero como para darse todos los gustos, nunca le faltaba nada. Yo, por el contrario, vivía como un pez desolado, desollado, fuera de la cama.

 

Me sacó de apartamento con una demanda en la que intervino hasta el policía de la cuadra. Fue una de las épocas más duras de mi vida porque tuve que vender todos los objetos de valor, inclusive mi máquina de escribir Corona con la que intentaba ganarme la vida. No me faltaron ofertas de trabajos como camarógrafo de películas norteñas con tiros, mariachis y guarichas, galán de la televisión, apuntador, luminotécnico, columnista. Otras veces fungía de editor, corrector de pruebas, periodista y sabelotodo. Finalmente conseguí un apartamento en uno de los sectores más heterogéneos de la ciudad en el que había galerías de arte, librerías de segunda, bares y cantidad de putas. No se movía una hoja sin que los vecinos se dieran cuenta, más si alguien preguntaba por mí era como si no existiera. Yo, por el contrario, era un pez desolado, descamado, fuera de la cama. Cuando estaba más pelado que un calabazo de sal, Marsolaire vino a buscarme; no la había vuelto a ver por culpa de unos jueces venales. La noche anterior había estado en una rumba y tenía la boca seca de tanto hablar de las teorías del cuento y sus autores. A fe mía, cada escritor era un mundo y lo hacía de la forma que mejor le pareciera. Por lo demás, solo algunos cuantos escritores alcanzaban la inmortalidad…

 

–Te noto demacrada y triste, ¿qué te está pasando? –le pregunté.

 

Me confesó que había apostado todo su dinero a la ruleta. No tenía con qué pagarle el sueldo a Maritza, le habían cortado el gas, el agua. . . ¿También le habían embargado el carro, el sueldo, las cuentas del banco?  Yo no podía darles crédito a tantas desgracias juntas.

 

En mis bolsillos apenas tenía lo del almuerzo de la semana, pero por Marsolaire, a quien ni siquiera le había importado echarme de mi propia casa como si fuera un traste viejo, por ella empeñaría la plancha, el equipo de sonido, la tostadora, todo con tal de hacerla feliz. Mi propósito no era vengarme de su ingratitud sino de todos los que se aprovechaban de mi bondad.

 

--Te ayudaré con lo que pueda --le dije.

 

No sabía cómo agradecerme. Si se lo hubiera pedido se habría tirado al piso a pedirme perdón por ser tan injusta conmigo, pero mi mujer no era así. En vez de avanzar por los senderos del pensamiento liberal, su moral se reducía a considerar verdadero todo lo que ella decía.

 

– ¿Con quién estás viviendo ahora? --me preguntó como si eso fuera importante.

 

--Tengo una amante –le mentí, tratando de desanimarla de toda reconciliación. Para que no me siguiera preguntando acerca de mis intimidades y otros delirios, la acompañé a tomar el taxi. A lado y lado de la calle, supermercados, casas de citas, hoteles, funerarias, almacenes de telas, ferreterías, bares, ventas ambulantes, cacharrerías, floristerías. No sé qué tan hondo le calaría el espectáculo de unos niños que dormían en el andén, soñando que eran menos infelices. ¡Pucha! Al ver tantas tragedias que se desarrollaban en la ciudad, se me ocurrió decirle al despedirme:

 

--No te juegues el destino a la ruleta.

A los verdaderos poetas búsquenlos en la provincia, en las páginas de las revistas marginales de literatura y en esos libritos que aparecen por ahí sin ganas de hacerle mal a nadie.

 

Más de uno me ha golpeado por decirle que la poesía estaba en todas partes, menos en sus poemas.

 

Nació en 1943 en Zipaquirá. Periodista cultural, dramaturgo, cuentista, novelista, editor y fotógrafo.

En 1972 fundó la Revista Puesto de combate en la que ha publicado a los más importantes escritores y poetas de muchas geografías y épocas. Fue quien descubrió al gran poeta colombiano Raúl Gómez Jattin y escribió el texto más bello y sentido sobre su vida y pasión.

Sus cuentos han aparecido en antologías y revistas colombianas y extranjeras y ha sido jurado en concursos de cuento, novela, teatro y poesía.

 

Publicaciones

 

A la orilla del Trópico, 1978. (Relatos)

Ciudad sin Fábulas, 1981. (Cuentos)

La sed de los huyentes, 1985. Editorial La Oveja Negra, Bogotá.

El oficio de la Adoración, 1988 Editorial UNAB, Bucaramanga.  Inventario de Invierno, 1995 (Novela)

Cenizas en la Ducha, 2001. Editorial Universidad de Antioquia, Medellín.

 

Inéditos

 

El jardín subterráneo. (Teatro)

Galería de la memoria. (Ensayo)

La loca poesía. (Antología)

El héroe de todas las derrotas. (Novela).

El caballo del viento y la muchacha desnuda. (Cuentos medievales);

Galería de la Memoria. (Crónicas)

 

Premios

 

Primer premio en el Concurso de cuentos Gobernación del Quindío, 1983.

Segundo y Primer Premio, Fundación Testimonio (Pasto), años 1984 y 1985.

Segundo premio en el Concurso de novela Ciudad de Pereira con La casa del fuego y de la lluvia, 1985.

Primer premio en el Concurso de cuento Testimonio, 1986. Segundo premio en el Concurso de novela Ciudad de Pereira con Inventario de Invierno, 1991. Beca Ministerio de Cultura. Modalidad Periodismo Cultural, 1994.

Beca “Banco de Propuestas Artísticas”. Instituto Distrital de Cultura y Turismo, 1998.

 

Otras actividades

 

Director Editorial Revista Mosaico II del Instituto de Cultura Hispánica de Bogotá, de Febrero de 1982 a Diciembre de 1985.

Asesor Cultural de la Casa de la Cultura de Montería, de Junio de 1988 a Junio de 1989. Organizador de los Encuentros Internacionales de Revista de Literatura y Suplementos Culturales. Feria Internacional del Libro de Bogotá, de 1988 a 1991.

Director del Taller de Literatura “Libro Vía” de la Alcaldía Mayor de Bogotá durante los años 1991 y 1992.

Director de Arte y Creativo de la Agencia de Publicidad Sancho, de Febrero 1992 a Junio de 1996. Asesor Literario de Post Grado. Universidad Sur Colombiana, años 1998 y 1999.

Columnista del diario La Prensa de Bogotá, de febrero de 1991 a mayo de 1996.

 

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