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 ReVista OjOs.com     MAYO DE 2017

COLABORADORES / MILCIÁDES ARÉVALO

ALINA Y EL FUEGO

Memoria iluminada, galería donde vaga

la sombra de lo que espero.

Alejandra Pizarnik

 



 

Poco antes de despertar, soñé con un tigre de hermoso pelaje, sangrando por un costado, más parecido a la imagen del dolor que a una fiera. Como mi padre me había enseñado a domesticar leones, no le di importancia. Me levanté como todos los días, y salí rumbo al trabajo, esquivando pordioseros y carros, saltando charcos y basuras acumuladas en los andenes. Un sol radiante bañaba las calles y todo parecía recién pintado.

 

Cuando llegué al edificio donde laboraba, la puerta del ascensor se abrió automáticamente y vi a Alina, tan escandalosamente vestida que me comenzaron a salir unos miserables humitos por las orejas, pero no me preocupé; yo era un Leo con todos los defectos y virtudes y, aunque aparentara ser otra cosa ante los demás, amaba la belleza en todo su esplendor.

 

El ascensor comenzó a subir lentamente, atiborrado de ejecutivos, secretarias, empleados, mensajeros y empleadas del aseo. En vez de mirar con atención la numeración del aparato como hacían los demás, me dediqué a mirar a Alina. El rojo encendido de sus labios, la armonía de sus formas, el medallón de san Jorge temblando entre sus senos. El calorcito seguía haciendo su agosto y yo fresco, soñando con un país de hielo. Espeluznante espectáculo el de Alina con la llama de la tentación crepitando entre sus senos...

 

Los ocupantes del ascensor se fueron quedando indistintamente en los pisos 12, 15, 23 y 27. Finalmente, sólo quedamos Alina y yo, mirándonos, no con miedo sino con asombro. Cuando Alina aspiró la fragancia matinal del clavel de mi solapa, la puerta se abrió intempestivamente vomitándonos en el piso 32.

 

–Es un día muy hermoso como para desperdiciarlo en esta horrible jaula de oro. ¿Por qué no vamos a dar un paseíto por el parque? –le propuse, señalándole el paisaje que se veía en el horizonte a través de la ventana.

 

Alina no lo pensó dos veces. Abrió la ventana y se lanzó al vacío. “¡Santo cielo!” Yo no podía creer que fuera cierto. Para cerciorarme, me asomé y la vi, no como una masa informe de carne estrellada contra el pavimento de la avenida sino revoloteando alrededor de los edificios vecinos, tan plácidamente que parecía ese era su oficio y no la secretaria de un presidente mediocre.  Al ver mi asombro fue a posarse tranquilamente en la cornisa del edificio de enfrente.

 

–¡Tírate de una! –me gritó.

 

Fui a sentarme delante del robot que controlaba a los empleados de la empresa. El calor continuó invadiendo el edificio, pero me negué a creer que fuera un incendio de verdad. Esas cosas jamás se habían visto allí: en todas las oficinas había detectores de incendios que automáticamente ponían en funcionamiento los sistemas de irrigación. Súbitamente el robot cayó al piso dando brincos como un endemoniado y las llamas comenzaron a chamuscarme los zapatos, el pantalón, la corbata, los pelos del pecho...

 

 “–Es mi corazón el que arde” –pensé.  La multitud, allá abajo en la calle, esperando que el incendio continuara con mayor intensidad, no hacía sino gritar que me tirara. Como si fuera mi pasatiempo favorito, abrí la ventana y comencé a tirar todo lo que el fuego quería devorarse. Cuando todo estaba a punto de quedar reducido a cenizas llegaron los bomberos vestidos como para una fiesta. El más intrépido se atrevió a preguntarme a través de la cerradura de la puerta, si se estaba quemando alguna cosa importante. Miré a mi alrededor.

 

– El humo inunda la oficina, las llamas se están devorando los archivos de la empresa, todo esto parece un desastre. Ni siquiera me encuentro.  Mis huesos de lira ardiendo de ira sobre el lomo del pomo. Mi lira delira de ira. El robot estiró la pata, las computadoras se están derritiendo, no encuentro mis documentos de identidad, ni la pata de conejo de la buena suerte…

 

–¿Quién es usted? –me preguntó secamente.

 

– El 12021.

 

--Diga algo concreto para poder salvarlo.

 

--Alguna vez –le respondí tratando de ser concreto--, tuve la idea de llegar a ser un eficiente bombero como usted, recorrer las calles en un carro rojo y asustar a las señoras con la manguera, más nunca pude cristalizar ese sueño ni otros más sencillos. Por pena. Soy un ser apenado, sin penacho, sin pelo en el pecho. No tengo la fuerza de voluntad de los demás pingüinos de la tribu, apenas la necesaria para levantarme de la cama, llegar temprano al trabajo, marcar mi tarjeta de empleado, acatar los reglamentos de la empresa. Al gerente es al que le gustan las órdenes, los números. Por eso me puso un número en la espalda. El número 12021.  Desde que amanece crepito como un horno de altas temperaturas por culpa de ése número. Hubiese preferido ser Esenin y no el número que soy en la sociedad.

 

--¿Esenin? ¿Quién es ése pajarraco?  –me preguntó espantando una lengua de fuego que empezaba a morder las cortinas del centro de computación.

 

--Estoy a punto de lanzar el último cuác y usted no hace sino preguntarme cosas, pedirme explicaciones. ¿Quién es usted para atreverse a tanto? Lléveme a mi casa, quiero morir decentemente al lado de los míos –le pedí.

 

Después de tanta palabrería inútil, el bombero comenzó a darle hachazos a la puerta de emergencia como tratando de acabar de una vez con todas mis desgracias. No sé qué pasaría después porqué estuve dormido 48 horas.

 

Hay días en que amanecemos incendiados y buscamos afecto entre los demás, pero los demás no dan sino lástima. Parecen llagas de Dios. ¿Qué es lo que les hace falta?

 

Mi hijo Nicolás, el que es capaz de sostener en el aire una bola de hierro con la mirada, al verme triste y meditabundo, quiso hacer más leve mi tristeza se dedicó a sorprenderme con sus análisis de sabio:

 

--Las estrellas son mundos silenciosos, el magnetismo atraviesa las paredes, la luz cabe dentro de una bombilla, el amor hace más bellas a las personas.   Lo que no entiendo...

 

(Mi niño tan pequeño y ya sufriendo).

 

--No te preocupes por entenderlo todo, hijo mío. El universo está lleno de preguntas sin respuesta. Por eso hay que leer mucho, consultar el diccionario y darle de comer a la imaginación. Eso es lo que yo hago para no parecerme a los demás--. Nicolás no quedó satisfecho con mis explicaciones y quiso que le aclarara algunas dudas más:

 

--Papi, ¿los poetas son vagos?

 

(La poesía me caía diariamente en el plato de la sopa, pero Don Hiparco no me dejaba ni siquiera mirar a su mujer. Parecía el policía de la poesía, me daba órdenes, me volvía papilla el espíritu. En todas partes hablaban mal de los poetas porque no eran como los demás. Para mí el poeta era capaz de hacer el mundo y otros mundos).

 

--¿Vagos?  ¿Quién dijo eso, hijo mío?

 

--El tendero de la esquina, el rector del colegio, la vecina...

 

(Mi vecina se pasaba todo el día gritándole a su marido cosas de este tenor: “No eres más que un infeliz vago. Te pasas todo el día escribiendo poemas de amor mientras tus hijos se mueren de hambre, ¿qué hice yo para merecerme tan cruel castigo?").

 

--La ballena   es la razón de los demás, hijo mío. La gente se pasa todo el día dando muestras de ecuanimidad, pero todos son tan falsos como su pudor –le dije. Recogí mi cola, me enrollé, me hundí dentro de mí mismo, abismado, deslumbrado, asombrado, con unas ganas tremendas de salir corriendo a esconderme de los vecinos, lejos de este mundo...

 

Después de varios días de convalecencia me levanté con ganas de darle la vuelta al mundo en bicicleta. Me sentía fuerte y remozado. Mi bicicleta era la más anticuada del barrio; no tenía esas formas aerodinámicas de los modelos recientes, parecía el esqueleto de una jirafa, chirriaba por todas partes, a las llantas ya no le cabía un parche más, pero en ella me sentía el Rey Sol en persona y dejaba que me llevara a su antojo, pedaleando del norte al horizonte. De pronto me dieron unas ganas tremendas de ver a Alina, de saber qué había pasado durante el incendio, si todo lo que decía la prensa era cierto o imaginaciones mías.

 

Alina no salía de su casa los domingos.

 

--¿No tendrás por ahí algún enredo? —me preguntó mi mujer al verme dispuesto a salir, con ganas de ahondar en mis sentimientos. Por algo leía el tarot, desenredaba entuertos, descifraba misterios y sabía dónde ponían las garzas.

 

--¿Quién quiere a acompañarme?  --le pregunté a mis hijos. Ninguno podía. Nicolás debía presentar la maqueta de un edificio de 24 pisos y ni siquiera tenía las bases, a Io le dolían las piernas; Ulises estaba en el aeropuerto. Me lamenté y salí. El día era soleado y azul como ninguno.

 

--¡Recórcholis! –dijo Alina al verme llegar. Me hizo seguir a la sala, me sirvió un vaso de leche con galletas y se sentó a mi lado a limarse las uñas. Vestía una blusa de seda anudada al ombligo y unos escandalosos pantaloncitos calientes que la hacían más atrayente. Olía delicioso, como recién bañada. No era bocado de todos los días y tenía que aplicarme bien. Quiso escabullirse, por lo que me dispuse atravesarla de lado a lado. Por suerte la farlopa me ayudaba, transportándome a otras galaxias. La apuntalé en una posición de indefensión total.

 

Como yo no era el encargado de apagar el fuego sino de mantenerlo encendido, la tumbé en el sofá, le agarré de las nalgas y de un tirón le bajé los shorts y las braguitas, rosadas, casi invisibles. Inmediatamente comenzó a arder la alfombra, los muebles, el canario de icopor, el piano, la sala. Hubiese querido ser un eficiente bombero vestido de asbesto y capacete dorado, para abrirme paso entre las llamas y salvar a Alina.

 

--Los Leo somos impredecibles como el fuego –le dije.

 

Cuando todo quedó reducido a cenizas, me encaramé en la bicicleta y comencé a pedalear por la avenida, esquivando los autos, los perros, los peatones distraídos. Al llegar a casa ya estaban preocupados por mi demora, pero les conté que me había quedado mirando un incendio descomunal, a una muchacha desnuda y su novio invisible. No me creyeron: en el noticiero habían reportado un domingo muy aburrido.

 

Mi mujer dedujo que lo que yo quería era evadirme de las responsabilidades del hogar y me mandó a dormir, para que al día siguiente madrugara a cumplir con mis obligaciones laborales y nunca nos faltara el pan del desayuno.

 

–Ya se me había olvidado –le respondí.

 

Cuando puse la cabeza en la almohada comencé a pensar seriamente en mi futuro, tratando de olvidar esa historia que alguna vez leí y que comenzaba así:

 

Thomas Tracy tenía un tigre

A los verdaderos poetas búsquenlos en la provincia, en las páginas de las revistas marginales de literatura y en esos libritos que aparecen por ahí sin ganas de hacerle mal a nadie.

 

Más de uno me ha golpeado por decirle que la poesía estaba en todas partes, menos en sus poemas.

 

Nació en 1943 en Zipaquirá. Periodista cultural, dramaturgo, cuentista, novelista, editor y fotógrafo.

En 1972 fundó la Revista Puesto de combate en la que ha publicado a los más importantes escritores y poetas de muchas geografías y épocas. Fue quien descubrió al gran poeta colombiano Raúl Gómez Jattin y escribió el texto más bello y sentido sobre su vida y pasión.

Sus cuentos han aparecido en antologías y revistas colombianas y extranjeras y ha sido jurado en concursos de cuento, novela, teatro y poesía.

 

Publicaciones

 

A la orilla del Trópico, 1978. (Relatos)

Ciudad sin Fábulas, 1981. (Cuentos)

La sed de los huyentes, 1985. Editorial La Oveja Negra, Bogotá.

El oficio de la Adoración, 1988 Editorial UNAB, Bucaramanga.  Inventario de Invierno, 1995 (Novela)

Cenizas en la Ducha, 2001. Editorial Universidad de Antioquia, Medellín.

 

Inéditos

 

El jardín subterráneo. (Teatro)

Galería de la memoria. (Ensayo)

La loca poesía. (Antología)

El héroe de todas las derrotas. (Novela).

El caballo del viento y la muchacha desnuda. (Cuentos medievales);

Galería de la Memoria. (Crónicas)

 

Premios

 

Primer premio en el Concurso de cuentos Gobernación del Quindío, 1983.

Segundo y Primer Premio, Fundación Testimonio (Pasto), años 1984 y 1985.

Segundo premio en el Concurso de novela Ciudad de Pereira con La casa del fuego y de la lluvia, 1985.

Primer premio en el Concurso de cuento Testimonio, 1986. Segundo premio en el Concurso de novela Ciudad de Pereira con Inventario de Invierno, 1991. Beca Ministerio de Cultura. Modalidad Periodismo Cultural, 1994.

Beca “Banco de Propuestas Artísticas”. Instituto Distrital de Cultura y Turismo, 1998.

 

Otras actividades

 

Director Editorial Revista Mosaico II del Instituto de Cultura Hispánica de Bogotá, de Febrero de 1982 a Diciembre de 1985.

Asesor Cultural de la Casa de la Cultura de Montería, de Junio de 1988 a Junio de 1989. Organizador de los Encuentros Internacionales de Revista de Literatura y Suplementos Culturales. Feria Internacional del Libro de Bogotá, de 1988 a 1991.

Director del Taller de Literatura “Libro Vía” de la Alcaldía Mayor de Bogotá durante los años 1991 y 1992.

Director de Arte y Creativo de la Agencia de Publicidad Sancho, de Febrero 1992 a Junio de 1996. Asesor Literario de Post Grado. Universidad Sur Colombiana, años 1998 y 1999.

Columnista del diario La Prensa de Bogotá, de febrero de 1991 a mayo de 1996.

 

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