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 ReVista OjOs.com     MARZO DE 2016

COLABORADORES / MARÍA PAZ RUIZ GIL

LOS AMANTES DE LA VAGINA MAGISTRAL

 


Relato publicado en el libro, Tras la huella de Sade, editado por Paco Rallo en Zaragoza (España).

 

Este es Leonel. Un hombre que ha buscado por años refugiarse en el anonimato y que detesta aparecer en los titulares de las noticias.

 

Su vida le viene turbia desde su infancia. Fue recogido por unos ladrones con mala conciencia en un burdel, quienes después de ver que su madre moría, en un acto de gloria al apostar que podía tragarse un palillo de dientes, decidieron raptar al muchachito de siete años que dormía escondido entre las cortinas de su habitación.

 

Leonel cayó en lo más oscuro de la tierra para tatuar la existencia de todo aquel a quien conoce, porque insiste que su destino viene sellado por los dioses olvidados.

 

Después de saludar con tono intrigante, admite que fue concebido para vivir trescientas vidas en una. Se ríe a carcajada valiente y se sienta al volante con un cigarrillo de marca tailandesa.

 

Lleva el pelo cano cortísimo y la piel de un color mugriento, tal vez oliva, tal vez grisáceo. Una piel que delata que ya no tiene cuarenta, ni cincuenta, pero que resiste los embates de la edad como una sábana irrompible. Lo que más llama la atención es la forma tan grandiosa que tiene de reír, abriendo con fuerza la boca y tirando la cabeza para atrás. Don Leonel es conocido por más de veinte nombres, todos salpicados de referencias mafiosas. Leo dientes blancos, Papá Leonel, Gran Saltimboca, y otros tantos que ignora, pero que en esos círculos por donde titila el halo de su influencia van creciendo como tallarines sobre su fama.

 

Conduce un coche antiguo, un coche negro de coleccionista, con todos los arreglos y embellecedores de los que miman sus pertenencias como partes de su cara. Un coche que él ha vuelto único y que jamás venderá.

 

Hoy surca una carretera plagada de curvas y conversa en el aire con un conductor de otro coche, uno que lo adelanta justo cuando entra a pisarle la palabra. Se trata de Carl, un reconocido autor de crónicas periodísticas que sabe que esta obra que escribirá después de haber conocido al Gran Leonel está conspirando contra él. Será el único libro que hablará del viejo que jamás se ha dejado entrevistar, sabedor de lo más lujurioso de Shanghai, pieza clave en muchos negocios que se cierran con prostitutas, cocaína o hachís en Cuba, El Magreb o Indonesia; con el encanto que le da ese aliento de mafioso de ultramar, de forajido culto, de delincuente de cinco estrellas.

 

Carl sueña la portada de su libro. Es azul, con las letras en relieve, tal vez porque es una edición norteamericana; quienes editan libros de la misma forma como viven: todo es brillante, aparente y lo presentan mediante letras doradas. Pero esto debe ser una nueva crónica negra, llena de disparos de humor, de asesinatos archiconocidos que siguen impunes, de prostitutas asesinas que son protegidas por el viejo, pues se vengaban de maltratadores hijos de perra, o de homosexuales no confesos que las acribillaban a clientes hasta pudrirlas de insomnio.

 

Cada vez que el viejo abre la boca, relata historias inverosímiles que humedecen sus negocios con cortometrajes sangrantes de amor, porque Leonel, por más que ha ido cosechando años, sigue atrayendo a mujeres. Unas para amarlo por las mañanas cuando amanece con una erección tan potente como una lanzadera espacial, otras para mimarlo con canciones vietnamitas mientras navega en su barco, y algunas, las mejores y más cultas, que le sirven de lectoras por las noches, a quienes les pide que se pongan una peluca de pelo moreno natural hasta la cintura.

 

Justo terminan las curvas de aquella montaña, y el escritor celebra que ha podido adelantar el coche del viejo. Entran en un puente gigante que atraviesa el mar.

 

Delante hay un descapotado conducido por un tipo flaco y medio aturdido con disfraz de payaso. Es el acompañante de la Mujer con mayúsculas que aparece en los días soleados del viejo Leonel, da igual si están en Oslo, en Pyongyang o en Guanajuato. Mandinga es mucho más que su amante. Es una diva urbana que detuvo su edad cuando alcanzó su mayor esplendor y belleza. Por eso Mandinga puede seguir coqueteando, contoneándose y estallando en endorfinas que siguen enloqueciendo al viejo, y de paso a todos los hombres que en ese momento estén trabajando con él.

 

Ahí, en el medio del puente y con un tango de fondo que chilla sobre los destrozos estomacales que produce el amor, Mandinga se ha puesto de pie sobre su coche descapotable, se ha abierto de piernas, y ha empezado a acariciar toda su piel, que hoy viene recubierta con una camisa de cordones blancos y rojos, y una falda que se abre por diferentes grietas.

 

Mandinga es más blanca que negra, y en estos momentos ha empezado su baile sensual, porque el tango le estimula esos recuerdos que son como un tsunami de perfidias. Pero la preciosa Mandinga sonríe, con sus labios enormes, y su sonrisa se abre como un lucero por el mundo, al tiempo que ese pelo marrón se extiende por el coche como un banco de medusas.

 

Mandinga tiene el aspecto de guapa de cualquier tiempo, porque es una mujer que podría enamorar a cualquier hombre de cualquier raza. Y mientras sonríe, y el tango sube, con asombroso equilibrio empieza a menear sus piernas, y su falda se da la vuelta como una campana en el aire, y con las piernas abiertas le muestra su curiosa tanga violeta introducida en su fantástico coño sin depilar. Y así permanece bailando de pierna a pierna. Preciosa Mandinga con aspecto de gitana guerrera, de actriz y de cabaretera, de jefa y de curandera.

 

El payaso que la acompaña ni siquiera da la vuelta a su cabeza. Él actúa con Mandinga en un cabaret portátil, pero es un hombre triste, o se ha vuelto una criatura triste, y sus bolsillos rotos le han chupado tanto la sangre que no siente ningún magnetismo hacia ella. Por eso trabaja con Mandinga en un tándem artístico de extraña calidad, pero que funciona dentro de los circuitos de arte underground, como en los países de Europa del Este, en donde la sola presencia de Mandinga hipnotiza al completo de los espectadores. Así que el payaso, del que nadie sabe que quedó mudo al salir de la iglesia en la que se casó, solo tiene que ejecutar su número de humor invisible y casi absurdo; mientras ella baila, con lanzas sobre el cuello, o dentro de unos aros que rodean su cintura con una música extravagante, normalmente grabada para ella por artistas zíngaros que le componen después y antes y durante el acto de amor con ella.

 

Más de uno de estos compositores se ha suicidado después de haber entrado en el cuerpo de la artista, más de uno se ha enloquecido por no poder verla de nuevo, y algunos han perdido la vista, el oído o el sentido del gusto después de haberla besado desnuda.

 

Leonel ha visto de nuevo el cuerpo de Mandinga, y Carl le ha puesto cara y piel y coño a la mujer que ha enamorado más de setenta veces a su admirado viejo.

 

Y los tres coches, con diferentes velocidades, se dirigen hacia dos destinos distintos.

 

Carl sube la colina de la casa del viejo. El cielo azul de la ciudad de San Francisco acaricia los ojos y todos saben que esa noche se verán en el show de la atemporal diva.

 

El escritor, extasiado por la inclusión del nuevo personaje femenino en su historia, celebra poniendo una nueva canción en su coche para festejar que ha visto a Mandinga, de la que no se sabe si es cubana, polinesia, serbia, española o rumana, y confirma que es más bella y talentosa de lo que había imaginado. Intuye que la diva contiene historias tan apasionantes como el viejo, y por eso pone a sonar al gran Jim Morrison con su pianito mojado en Riders on the storm, y él puede cantar encima, con la ilusión de que esta noche saludará y tocará la piel de Mandinga, y por su acento intentará saber dónde nació, hace cuántos años, verá de cerca esos ojos negros, tal vez olerá su espeso pelo de crin de potra, y percibirá de cerca ese hermoso agujero entre sus piernas con el que hace magia; pues lo primero que le contó el viejo de su mítica Mandinga, es que era la única mujer que en el estado de Nevada podía sacar de su cavernosa vagina un sable sin hacerse el más mínimo daño, y tirar de él para hacer aparecer cuarenta y dos pañuelos de colores un poco humedecidos con la infusión cremosa de su entrepierna. Y esto, lejos de producir el asco en los asistentes, los lleva al paroxismo, y no son suficientes cuarenta y dos pañuelos húmedos, que terminan siendo atrapados como flores en el aire por los excitados asistentes que guardan ese trozo de tela mojado por la seductora Mandinga como si fuera un tesoro para el que no hay imitación; y el mismo Kusturica aplaude y patalea porque una dama así exista y triunfe, con ese halo de decadencia y drama, con ese desprecio por el dinero y ese amor por el sexo.

 

Pero esta noche todo va a ser distinto. Mandinga lleva esperando ocho meses este encuentro con su amante. Desde la primera vez que se amaron en una cama firmaron jamás darse cita, pero apuntaron en un papel las ciudades que más les atraían: Gondor, Belo Horizonte, Agra, Saporo, Nicosia, o Jayapura, salieron entre otras cuarenta y cinco entre las que no aparecía San Francisco.

 

Mandinga tenía un abuelo cartógrafo que le forraba con mapas los libros del colegio; y había viajado desde la pubertad en búsqueda de flores raras y frutos que la hicieran llorar de placer, lo que incluía hombres que todavía  o se hubiesen bajado del árbol de la virginidad o de la castidad.

 

Poco de monje tenía Leonel, pero era su amante más antiguo y su precioso confidente. Ambos tenían sus números de cuentas bancarias, pero ni en el apretón económico más salvaje se habían quitado una moneda. Al viejo lo arruinaban algunos de sus arrebatos porque le gustaban las falsificaciones, le encantaba invertir en negocios fraudulentos para reírse de las multinacionales, y por eso recientemente había creado los muñecos Playdevil, una réplica exacta de los Playmobil en la que aparecían las correspondientes casitas pero habitadas por presidentes de Estados Unidos, dictadores de Latinoamérica y Asia. El millón de cajas terminó censurado en una aduana de México y posteriormente los muñequitos fueron regalados a las escuelas de Haití, donde fue tal el triunfo de la miniatura de Papa Doc, que todavía se sigue fabricando.

 

Mandinga se descalza en el camerino y va en busca del sable. No pensaba incluirlo en su número, pero si Leonel va a verla sabe que espera el show espeluznante con el que se enamoró. Para sobrellevar el dolor de extraerse un sable de su canal uterino Mandinga empezó a prepararse a los quince años en el Festival Vegetariano de Phuket, el mismo en el que desfilan hombres y mujeres con perforaciones inimaginables: griferías y cuchillos que les entran y les salen de la cara sin apenas derramar una gota de sangre, y todo esto, unido a un rito social en el que está prohibido el sexo o la ingesta de carne, hicieron a Mandinga una experta en redimir el dolor y autoperforarse sin lesiones; pero la verdad es que gracias al sable y a sus cuarenta y dos pañuelos, Mandinga es estéril como una mula.

 

El espectáculo comienza con unas tímidas luces azules y una música atronadora de cítaras y tambores. La oscuridad impregna las mesas, casi todos los asistentes fuman y huele a vicio. Muchos han oído hablar de la curiosa Mandinga pero casi ninguno la ha visto en directo; pero esta noche han pagado trescientos dólares por verla actuar.

 

Semidesnuda y con el pelo recogido aparece la dama de negro. De sus pechos cuelgan cadenas de oro y esmeraldas, su cintura endiablada empieza a girar, sus músculos a apretarse, sus pies a bailar. Brilla y sonríe a los espectadores que admiran su belleza y esa esbeltez de su cuerpo. Fantasean con lo que sucederá entre sus piernas.

 

El payaso ha traído una bandeja de plata y la ha situado debajo de Mandinga. Abierta de par en par resuenan las trompetas para anunciar que algo importante puede brotar; ella se sienta con elegancia, se deshace de sus calzones de gasa y muestra a todos que por dentro no es blanca sino más bien mulata. Su vagina empieza a dilatarse, ella entera empieza a contraerse, a pedirle a sus músculos que la acompañen. Aumenta el ritmo del tambor, los contoneos se hacen insoportables para algunos que no imaginaron presenciar semejante atrocidad. Algo blanco conquista las puertas de su coño, se mueve a empujones dejando claro su insólito tamaño. Pujando lentamente empieza a salir el resto del objeto, los espectadores empiezan a temer, pues aquello pareciera que tiene piernas, manos y hasta nalgas. Imposible que sea un bebé, grita una señora con lágrimas en los ojos. ¡Si tiene la barriga más plana que un disco! Mandinga aúlla y termina de moverse agresivamente al ritmo de la música. El payaso acerca la bandeja y en segundos se precipita al suelo un pollo descabezado con tres kilos de peso. Al finalizar este parto bestial, boquiabiertos, excitados, erectos o asqueados, todos los morbosos rompen a aplaudir. Mandinga sonríe a cabalidad y el payaso esconde el pollo para buscar el sable.

 

Como es de esperar, el Gran Saltimboca se deleita hasta conquistar el llanto. No despega los ojos del sable brillante que ahora Mandinga ostenta. Poco a poco la música empieza a desaparecer hasta que el afilado artilugio se introduce centímetro a centímetro en la cueva de la mujer. Las primeras filas de espectadores comienzan a sudar nerviosos. Una pareja que había soportado con arcadas el espectáculo del parto del pollo se levanta de la mesa.

 

Carl se limita a fotografiarlo todo. No pronuncia palabra ni gesticula. Leonel empieza a reír sin remilgos, a desternillarse al tiempo que el sable llega hasta el tope de la mujer; que puede que esté en su estómago o en sus amígdalas. Sujetándolo de la empuñadura se ha colado dentro de su vientre y resulta increíble que siga sonriendo como la primera vez.

 

Leonel sabe por qué es así; desde la primera noche que colonizó sus entrañas supo que estaba acariciando el túnel de carne más insensible y sensible a la vez, anestesiado al dolor pero abierto a cualquier asomo de placer. Esta es la clave del triunfo de Mandinga, pues aunque la introducción de setenta y cinco centímetros de una hoja afilada podría llegar a causar la muerte a cualquier mujer avezada, en su caso es una irresistible fuente de excitación sexual; por eso sonríe como si su amante estuviese entrando en ella, y disfruta del hecho de tener que remover sus músculos para no cortarse. El miedo o el respeto que le infringe la cuchilla la estimula y la baña en un aceite que ella produce con su cerebro límbico; incoloro, inodoro pero absolutamente emoliente, un óleo esencial que calienta el sable y que forma una resbaladiza película entre éste y su piel. Veinte segundos puede permanecer con el arma dentro. La música asciende hasta conmover a los asistentes. Algunos se ponen de pie para curiosear si han caído gotas de sangre sobre el suelo de madera. Otros confirman que eso que baña el suelo no es rojo y que tal vez la diva se ha estado orinando para aliviar sus tensiones, o que por un extraño descuido se le ha escapado un charco de pis. Normal, piensan casi todos, si con este deporte de riesgo la inimitable Mandinga ya debió haberse reventado en múltiples ocasiones la vejiga y debe ser tan incontinente que hasta debe vivir con pañales.

 

¿Quién podrá atreverse a tener sexo con alguien así? ¿Con este monstruo femenino que cautiva por su enorme poder tan antinatural? Se preguntan. Ya nada debe satisfacerla, piensan todos los que la ven, menos Leonel, quien es consciente del esfuerzo que hay detrás del número, porque Mandinga le ha explicado que es su mente la que consigue ampliar su canal uterino así, es un acto de concentración supremo, y no sale bien siempre.

 

Pero esta noche el sable ha conseguido introducirse y salir con la delicadeza de un hielo por una garganta, y cuando extrae la punta empieza a apretar su aro genital en lindos espasmos que la hacen parecer como una niña epiléptica o una monja teniendo un orgasmo celestial. De premio sale un pañuelo rojo anudado a uno blanco, y así, de todos los colores van saliendo los cuarenta y dos souvenirs que el payaso va lanzando al aire y que las manos atrapan olvidándose de dónde han salido. Las mujeres también se lanzan a capturarlos, esta es la hora de los regalos, y está comprobado que cualquier persona se pone de pie cuando se está regalando algo, por curiosidad y sobre todo por deseo.

 

Leonel no quiere más pañuelos, tiene alrededor de doscientos en casa, pero Carl sí ansía llevarse uno. Deja la cámara y se pone cerca del payaso para atrapar lo que pueda; pero cuando está en el punto perfecto de captura se terminan los obsequios.

 

–Tranquilo, le dice Leonel al oído. –Cuando vayamos a casa le dices que te dé uno.

 

–Pero yo quiero uno que venga de ahí -apunta Carl con algo de picardía.

 

–Mandinga es más que generosa y en el coche tiene pañuelos para todo un batallón. Dile que quieres que te haga el número de los pañuelos con chocolate. Es capaz de sacarte un pañuelo que por dentro lleva una de estas barritas rellenas de caramelo. Ese número es una delicia. O también puedes pedirle que te destape las botellas de casa, te pase las páginas del libro con la exhalación de su agujero, o que produzca burbujas gigantes. De mi amante verás salir un sinfín de maravillas, todo lo pare con esfuerzo y mucho placer. Su vagina desafía la realidad, y en sí misma es una creadora de fantasías; pero cierra la boca que Mandinga todavía no termina.

María Paz Ruiz Gil

 

(Colombia - España). Bogotana residente en Madrid

desde 2000.

Periodista de la Universidad de Navarra. Estudió en la Universidad Complutense de Madrid un master en Estudios Literarios además de un doctorado en Creatividad Aplicada y cursos de escritura en U.C.L.A., California.

Escritora de microrrelatos y novelista que publicó su primera novela titulada Soledad, una colombiana en Madrid con Ediciones B, que fue presentada en Colombia en la 25ª Feria Internacional

del Libro de Bogotá que se realizó entre el 18 de abril y el 1 de mayo de 2012.

Y después de tanto ajetreo, el MaReA y la Revista OjOs publicaron su libro de microrrelatos eróticos Pop Porn, con portada e

ilustraciones del maestro Fernando Maldonado.

El libro debería venderse con extintor, con inhalador, y con una cajita de Diazepam 10 mg, dice la autora.

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