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 ReVista OjOs.com    NOVIEMBRE DE 2016

COLABORADORES / JOTAMARIO ARBELÁEZ

SEÑORA CELESTE

La farsa de Armando y Paloma

(El amor) es un fuego escondido, una agradable llaga,

un sabroso veneno, una dulce amargura, una delectable dolencia,

un alegre tormento, una dulce y fiera herida, una blanda muerte.

Celestina. Acto X

 

 

 

En un programa de radio, Armando Pareja, intelectual de 40 años y pinta de hombre de mundo, autor de novelas de poco éxito, hace alarde de sus proezas sexuales ante un entrevistador.


     Habla de la cantidad y calidad de mujeres que ha poseído, de su potencia imbatible, de sus inicios como chulo de prostitutas y de cómo fue ascendiendo en la escala social hasta ser amante de burguesas esnobistas y princesas en decadencia.

 

     En su tarjeta de visitas se da el lujo y el impudor de colocar como si fuera su profesión u oficio reconocido: “Retardado sexual”.


     Eso sí, lo único que no ha hecho es tener sexo con hombres, y jamás lo hará. Por algo funge como prototipo del macho latino.

 

     Al terminar la entrevista, recibe una llamada de una señora, Celeste, que, según el timbre, debe andar por los 70 años.

     Lo requiere para encomendarle un trabajo, bien pago, relacionado con su actividad, capacidad y proclividad sexual.

     Pero que no se preocupe, que no es directamente con ella.

 

Intrigado, y teniendo en cuenta que anda en una racha de bajos ingresos, pues su reciente novela versiculada y entintada de pornografía light —La rosa entreabierta—, en la que tenía puestas todas sus esperanzas, no se ha vendido,

 

     el inspirado galán hace presencia en la casa cuya dirección le ha dado la dama, en un barrio de clase media alta donde los vecinos se hacen los que no se conocen.

     En realidad, aparenta poco menos de 70 años, es gorda, fofa, algo arqueada, viste una túnica oscura hasta los tobillos,

     tiene el cabello blanco en moña, arrugas pronunciadas y un exceso de maquillaje.

     Parece tallada en piedra. No gesticula. Impone a la vez temor y respeto. Su voz suena teatralmente cascada.

 

Le explica la señora al autosuficiente y descalabrado escritor que su actividad lucrativa es la de alcahueta, la que en tiempos antepasados se llamaba trotaconventos.

 

     Que busca niñas agraciadas en los centros comerciales y en las universidades y aun en colegios, para paliquearlas y enchufarlas al mejor precio en distinguidas casas de prostitución.

 

     Que en este momento tiene en su casa a una, proveniente de provincias, que está coronando su bachillerato, a quien ha engatusado con los mejores argumentos para que acepte putearse.

 

     Para poder venderla bien —mejor que con la sola tarifa del virgo que sólo suele ser valorada en una oportunidad (o si mucho en dos, con un poco de vinagre)—

 

     debe adiestrarla previamente en todas las sofisticaciones —o más bien perversiones sexuales—, lo cual sólo puede alcanzarse mediante la inducción de una persona adulta con una gran experiencia rijosa, como la de él, según ha declarado en la radio de la mañana.

 

     Si es que es verdad. No vaya a tratarse de un hablador de basura.

 

Convienen en que él es el indicado. Ella le ofrece unos honorarios honorables. Le dice que deberá convivir en casa con ellas durante la temporada de inducción en esa filosofía del tocador en la que él dice ser ducho.


     Que la niña —Paloma Posada es un nombre—, está por los 16, es de provincias, vive en casa de su abuela setentona donde los padres le mandan una mesada.

 

     Pero como la abuela viajó por varias semanas a visitar a su hijo en provincias, la ha sonsacado para que esté con ella por estos días decisivos.


     Y lo bueno es que Palomilla ya ha aceptado que no va a seguir estudiando. Por ahora está haciendo la pantomima, por algo que tiene que ver más con la escena que con las tareas.


     La ha convencido de lo que es la vida fácil y regalada, y de que lo que puede ganar con el goce, jamás será comparable con la miseria percibida en el sacrificio profesional.


     La niña está notificada —y lo acepta—, que será iniciada y prácticamente corrompida por un follador de carrera y perverso profesional.

 

Madama pone sus condiciones. A partir de ese momento, él pasará con ella las tardes, hablando de diversos temas, pero sobre todo del desempeño de su alumna en el follar de los días.

 

     La niña tiene habilitada su habitación, osito incluido, y todas las mañanas madruga al colegio, bastante lejano,


     después de clases toma un turno de trabajo en la peluquería del barrio, regentada por un marica,


     y regresa a casa alrededor de las 9 de la noche.

 

     Encontrará la mesa preparada, cenará con él y acto seguido echarán para la pieza. El resto dependerá de su concupiscente destreza. Dispone de la mañana, en lo posible sin salir de casa.

 

     Él le dice que perfecto, que está redactando un guion cinematográfico para ofrecerlo a un director extranjero, tal vez Saura, en España, o si en el país se decide, Sergio Cabrera,

 

     sobre un aventurero erótico y demoníaco llamado Gil de Rais —que incluso fue primo y desflorador de la doncella de Orleans Juana de Arco—

 

     y que le caerá de perlas contar con unas horas de la mañana para adelantar su investigación y escritura.

 

     Se encontrará con ella a la una para almorzar frugalmente. Luego hará una siesta cada uno en su cuarto y a las 3 se verán de nuevo en la sala para seguir conversando de los adelantos de la pupila, sobre su desinhibición progresiva y cada pose ensayada.

 

     Puede utilizar esta Polaroid para obturar postales obscenas.

 

     Ella se confinará en su habitación a las 7, a rezar su santo rosario. Y él esperará, siempre en su cuarto, a que llegue la niña.

 

     Hay una señora que viene por horas, hace el aseo de la casa, prepara las comidas y se retira.

 

La primera noche, ya en su cuarto, ve que llega una pubescente bella y airosa, con su auténtico traje de colegiala.

 

     Tiene su cama, su closet, su pequeña biblioteca y un escritorio-pupitre. Tira el morral con sus útiles en cualquier parte y le besa la frente a manera de saludo.

 

     Dice que adivina que él debe ser el elegido por la señora Celeste, para ser su iniciador e instructor, pervertor o, más precisamente, para usar una palabra recién aprendida en el colegio, que le fascina, su machucante.

 

     Él, sin salir del asombro por su belleza, dulzura, inocencia e impudor, le dice que sí.

 

     Ella se desviste en un dos por tres mientras él la mira por la lente de la cámara y se mete bajo las cobijas a esperar la anunciada acometida del monstruo.

 

     Pero es tan grande su súbito enamoramiento que en toda la noche no logra que se le empine. ¿Cómo me puede pasar ahora esto que nunca me había pasado?

 

     Ella se lo agradece, porque dice que de todas maneras tiene mucho miedo de dar ese paso definitivo. Que la vieja la tiene presionada pero a la vez subyugada.

 

     Él quisiera raptarla inmediatamente, pero no tiene con qué. Le suplica que no lo delate, porque necesita de ese dinero. Quedan en hacer la farsa y seguir hablando. Esta vez es él quien le besa la frente. Duermen como angelitos, si es que los ángeles duermen, sonrientes.

 

Cuando Armando despierta tras el bochorno de la primera noche Paloma ya se ha ido para el colegio.

 

     Está fascinado, huele sus ropas, mira sus cuadernos, se masturba hundiendo su pene ahora sí enhiesto entre sus zapatos con hebilla. Se baña.

 

     Se sienta a trabajar en la mesa pupitre de la estudiante.

    
Estudia trozos de textos sobre el tenaz personaje que se confunde con el pérfido Barbazul y lo compara a su favor con la situación que vive.

     Este monstruo de finales del medioevo desvirgaba impúberes a la vez que los degollaba


     y en cambio él, a quien le había caído del cielo un ángel dispuesto, dada la compasión amorosa no había podido utilizar siquiera el cuchillo carnal para desflorarla.


     A la hora fijada, se reúne con la señora Celeste en el comedor, consumen en silencio sus alimentos, cruzándose miradas de interrogación y elusión.


     No pronuncian una palabra. La señora se muestra ansiosa pero prudente y él lo advierte aliviado.

 

Se van de siesta. En lugar de él dormir prepara su discurso. Vuelven a reunirse a las 3. Ella está a la expectativa.


     Él le dice que se tomó esa primera noche en mirarla vestida. Que incluso la hizo dormir con los zapatos del uniforme puestos.


     Que le tomó fotos en close-up del ombligo hasta la rodilla y del cuarto trasero para enseñarle que no carece de fondillos.

     Y que la tocó toda la noche por encima de la ropa mientras ella en sueños gemía.

     Que así seguirá procediendo, lentamente, para que la perversión sea redonda, progresiva y perfecta. La señora, algo dubitativa en principio, se muestra de acuerdo.

     Él para ganar tiempo y salir del paso le cuenta una picante historia con una de sus examantes que terminó cambiando de sexo para tratar de clavárselo


     pero le salió el tiro por la culata porque la abandonó de inmediato.

     Y ella le refiere la historia de su vida, de su matrimonio frustrado sexualmente y de cómo su esposo terminó por suicidarse después de tres intentos fallidos.

     Pone un plazo de 15 días para que él cumpla a cabalidad lo pactado y le entregue valorizada la mercancía. Ella aspira a  ganar con este prospecto tantos millones.

 

Y así se van sucediendo los días. Armando adelanta sutilmente la seducción, dándose la maña, y la niña goza con su reticencia.

     Juntos hablan mal de la vieja, de ese oficio tan despreciable. Y van avanzando con lentitud.


     Y cada día le inventa a la señora avances fantasiosos, con pelos y señales, como los de la cuca fatalmente desportillada, y de cómo la niña está respondiendo.

     Las diferentes poses que han ensayado. Todo un recuento del Kamasutra y otros tratados como El Jardín Perfumado,

     y las rechinantes aberraciones del Marqués de Sade que ahí se van presentando.


     La señora muestra su satisfacción contándole historias pasadas en su profesión de alcahueta. Y de su peligrosidad como proxeneta


     pues tiene a su servicio bandas de matones de los prostíbulos, para castigar a quienes le jueguen mal, ni importando que sean él o ella.

     Él le va cogiendo cada día más miedo a la anciana, y más amor a la niña, a quien sólo toca con el pétalo de sus yemas.

 

El día que va sonar el campanazo del plazo ella lo seduce.


     Dice que no se aguanta y que necesita que por lo menos le rompa el himen, así sea con los dedos o con un lápiz por el extremo del borrador.


     Él se excita y se faja. Hacen de todo y lo hacen con amor y lo hacen con placer y por complacer y lo hacen por doquier y por donde quieren.


     Ella sale para el colegio con unas profundas ojeras y una extraña sensación de vacío. Le dice que pase lo que pase lo amará siempre, esta vez besándole el pene.


     Él se queda intranquilo, trabajando en su guion, donde su personaje continúa sacrificando a cada criatura que viola, pero le es imposible avanzar, sencillamente no puede.


     Y a lo que se decide es a violar el compromiso de no subir nunca a la habitación de la señora Celeste.


     Va a buscarla para contarle toda la verdad y decirle que está enamorado de la pequeña Paloma y no piensa perjudicarla.

 

La encuentra en frente del espejo de cuerpo entero, ayudada por la señora del oficio, quien la está maquillando, pintándole arrugas,


     poniéndole la encanecida peluca, colocándole unos cojines alrededor del cuerpo para darle la apariencia de gordinflona fofa en su largo vestido oscuro.


     Se queda pasmado. Es su niña Paloma disfrazándose o transformándose en la señora Celestina, o Celeste. Esto qué es.


     Con razón él cada día las veía a cada una menos vieja y  menos joven.


     En vez de reaccionar de inmediato se retira con discreción.

     Se sientan en el comedor y comen en silencio, no más de dos o tres cucharadas. Se retiran a reposar.

 

Él ha observado rigurosamente el disfraz, lo que hace que ahora la vieja le parezca ridícula, pero le es imposible reírse. A las 3 de la tarde se reúnen en la sala.


     Ella le pregunta cómo le ha ido con la niña ese último día. Él estalla.


     La trata de bandida, de bribona, de bribonas las dos, que lo han engañado, y que no se sabe cuál más.

     Que ha sido objeto de una burla e ignora con cual motivo.

     Que deben ser un par de locas o una sola con la personalidad dividida. Le pega una palmada en la cara.

     Ella se quita la peluca, se limpia el maquillaje, se despoja de las almohadas bajo su traje, queda desnuda.

     Le pide atención. Y le desembucha la historia.

 

Va a graduarse de bachiller. Como espectáculo de grado una profesora está montando La Celestina, de Fernando de Rojas.

     Ella tiene la opción de obtener el papel de la vieja, pero tiene una rival a quien teme.


     Por eso quiso llevar hasta las últimas consecuencias el vivir en la vida real ese papel, engañando a un señor con el cebo del virgo infamante de la doncella, que era ella misma, para poder apersonarse de la actuación.

    
     A escondidas de la abuela viajera, la señora del servicio es su cómplice.

     Con ese triunfo, se echaría al bolsillo a sus padres. Los haría desistir de obligarla a estudiar arqueología y permitirle entregarse a las tablas, que eran su verdadera pasión.


     Que le daba mucha vergüenza haberlo engañado. Pero el principal engaño radicaba en que no tenía cómo pagarle.


     Armando saldría de la casa dando un portazo.


     Era la casa de la abuela que ahora visitaba a los  padres de Paloma, por eso la niña tenía a mano todo lo suyo, sus ropas, sus utensilios, su cama, su servidumbre.

 

Pasaron veinte días y Armando se acordó de que esa noche era el estreno, en el Teatro Libre de Bogotá.

 

     Se puso su mejor pinta, adquirió luneta en primera fila y se acomodó discretamente a ver su debut, cubriéndose la cara con el programa.

 

     Cuando se abrió el telón y llegó el momento en que apareciera la proxeneta, la zurce voluntades, la vende virgos, la Celestina,


     notó con estupor que no era ella la que hacía el papel, que era otra.


     Se fijó bien que no hubiera cambiado de trajes, de voz o de maquillaje, pero realmente era otra. ¿Qué pudo haber pasado?

 

En el interludio, pidió a unas estudiantes que lo condujeran a la profesora directora de la obra.


     A ella se dirigió para preguntarle si la niña indicada para hacer el papel de Celestina no era otra, quien precisamente lo había invitado.


     La profesora le contesta que ocurrió algo sumamente morboso e inaceptable, sobre lo cual ha decidido el colegio guardar el mayor sigilo.


     Que la artista opcional había descubierto que Paloma se estaba prostituyendo con un hombre mayor

 

     (lo había oído en el salón de belleza donde trabajaba)

 

     para poder sacar ventaja en la actuación.

     Y que al saber eso la junta directiva había tomado la determinación, no solo de cancelarle el papel en la obra y otorgárselo a la otra, sino de expulsarla fulminantemente.


    Peor aún, informados discretamente del escándalo, los padres también habían decidido cortarle toda su ayuda y echarla  de casa.

 

     En vista de que Armando quedaba pálido y trataba de defenderla,

     la profesora le dijo a voz en cuello que le aconsejaba que se retirara,

     porque sospechaba que él era el proxeneta que la había pervertido.

     Armando tuvo que hacer mutis con el rabo entre las piernas, herido en su amor propio por las rechiflas del estudiantado.

 

Nuestro galán va a la casa donde comenzó la aventura. Se pega del timbre.


     Alguien se asoma por la ventana del segundo piso. Es el mismo rostro de la pretendida señora Celeste, pero sin maquillaje, el rostro real, las arrugas genuinas.


     Armando demanda en tono imperioso que quiere hablar con Paloma.


     “Ella ya no está. Ella ya no es. Ella ya no existe. Y váyase, sátiro inmundo, antes de que llame a la policía.”

 

En su desesperación, Armando acude al peluquero marica donde ella hacía turnos de manicurista.

 

     Éste, mientras trata de inducirlo, de seducirlo y de conducirlo, le cuenta que Paloma,


     en vista de que había quedado en la calle, sin colegio, sin familia, sin casa, sin un peso y sin el hombre del que se había enamorado,


     había decidido por sí misma “putiarse”, como lo oye,

     y que estaba trabajando desde hacía quince días en un burdel elegantísimo, en el norte de la ciudad.


     Pero le dijo que sólo le daría la dirección del sitio si accedía a tener una relación sexual con él.


     A pesar de sentir un vuelco de náuseas en su interior, recordar que era lo único que se había propuesto no hacer, era tan grande el deseo de encontrar a la chiquilla que se transó.


     Se metieron detrás de una cortina. Cuando salieron, y mientras él se subía la bragueta, el marica le dijo:
—Conmigo si se te paró, ¿no, cariño?


     Y le ofreció que si lo otro le salía mal podía regresar y quedarse a vivir con él.

 

Con la dirección en la mano, y unos pesos en el bolsillo producto de la venta de su enciclopedia,


     Armando marchó con su mejor traje hacia la regia casa de putas. Entró.


     En la recepción le preguntaron qué lo traía, quien lo había proyectado a ese lugar y qué tipo de aberraciones buscaba satisfacer.


    Él dijo que le gustaban las niñas sin desvirgar —si acaso les quedaban— o recién desvirgadas, si las tenían. Pensando que así encontraría a su Paloma, ya puteada de quince días.


     Le replicaron que debía hablar con la matrona para que le diera la indicación pertinente. Que esperara en tal sala. Esperó.

 

A poco vio entrar a la señora Celeste, con su conocida túnica larga, su peluca blanca, y su maquillaje de arrugas.


    “¡Armando!” exclamó, llevándose una mano a la cara.


 “¡Celestina maldita!”, gritó él, a su vez, ante la sorpresa de no ver a la niña sino a la proxeneta que era ella misma.


     “Ya sé. Vienes a cobrarme. Ahora tengo plata para pagarte. Toma. Pero debes saber que decidí que me iría mejor como Celestina que como puta.


     Por lo menos contigo me desempeñé en este papel, mientras que en el otro tú fracasaste.


     Y en esta forma también le doy cumplimiento a mi vocación de ser actriz, así no sea en el teatro,


     y no permito que nadie me coma por hambre.”

 

“No vengo a cobrarte, Paloma mía, le dice Armando.

     Vengo a pedirte que seas mi esposa. Voy a escribir un libro sobre ti que será el libro del siglo. De él viviremos.”


     “Muy bien, escritorzuelo, acepto, pero si permites que lo haga en traje de Celestina matrona, para sacarme el clavo con mis padres, profesores y condiscípulos.

     Y mientras tanto, celebremos esta misma noche la luna de miel por anticipado, en la mejor habitación de este palacete. Yo pago.”

     Terminan en una serie de tiradas de maravilla, ebrios con la champaña que les han ofrecido las otras putas,  mientras las ropas de Paloma celeste vuelan por los aires en cámara lenta.

Jotamario Arbeláez

 

(Colombia, 1940). Poeta, escritor y publicista. Uno de los más importantes representantes del Nadaísmo. Su primer libro, El profeta en su casa (1966), confirmó el ingenio y el talante mordaz que distinguiría a los nadaístas caleños. En 1980 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Oveja Negra y Golpe de Dados, con Mi reino por este mundo. En 1985 el Premio Nacional de Poesía Colcultura con La casa de memoria. En 1999 el Premio de Poesía del Instituto Distrital de Cultura con El cuerpo de ella. Ha publicado, además: El libro rojo de Rojas (1970), denuncia del fraude electoral que se le hizo al general Gustavo Rojas Pinilla, escrito en colaboración con Elmo Valencia; la antología Doce poetas nadaístas de los últimos días (1986), y El Espíritu Erótico (1990), antología poética y pictórica realizada con Fernando Guinard. En 2002 Aguilar publicó Nada es para siempre. Antimemorias de un nadaísta. En el año 2008 le fue entregado en Caracas el Premio Internacional de Poesía ‘Chino’ Valera Mora por Paños menores. Actualmente es columnista del periódico El Tiempo de Bogotá y el País de Cali.

 

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