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 ReVista OjOs.com     AGOSTO DE 2016

COLABORADORES / JOTAMARIO ARBELÁEZ

LA MUJER PERFECTA

 

Al fin inventaron los japoneses a la mujer perfecta, la androide del profesor HiroshiIshiguru,

     que además de las labores mecánicas del hogar, barrer, coser, cocinar y planchar,

     puede realizar actividades intelectuales como manejar el computador, tocar piano y pintar un cuadro.

     Llama la atención que la creara con un mecanismo de defensa que le permite hasta bloquear una bofetada.

     Esta androide, que es prácticamente una mujer robot altamente desarrollada,

     tiene su antecedente en las muñecas hinchables, que las hay de diversas categorías,

     desde las elementales que son simples balones con tres huequitos,

     a bastante sofisticadas, con cabellera platinada, motor fuera de borda para movimientos propios y con un menú de emociones. De allí se desprende la presente historia.

 

Para celebrar mi retorno a la monogamia, hace algunos meses, no por problemas de andropausia sino por un crac económico,

     hicieron mis cuñados Andrés y Esteban y Babel y Tomás y Juan, una vaca para comprarme una muñeca inflable con los rasgos de Amparo Grisales.

     Hubiera preferido la vaca.

     O por lo menos la muñeca con cuatro patas, cuernos, ubre y sostén.

     Con este donativo aboliría hasta el recuerdo de la terca poligamia, quedaría protegido de la pringante promiscuidad en los tiempos del sida,

     y entraría más bien a engrosar la sutil cofradía de los excéntricos que consideran que no hay mejores objetos sexuales que los objetos,

     y más en tratándose de un sucedáneo amoroso más inanimado que una señora.

     Con este artilugio en mi estudio de la colina, supusieron, podría soportar las largas jornadas literarias, donde uno tiene que entrarle al poema sin protectores, al cuento sin más preámbulos y al ensayo sin vaselina.

     Ampa se acoplaría a las mil maravillas como colchón, para no tener que llegar a casa de madrugada a despertarles a su hermanita

     y obligarla a cumplir con los deberes impartidos por esas biblias del erotismo hindú y árabe, como son el Kamasutra y El jardín perfumado, ya que mi china muere por el Oriente.

 

Debo admitir que la muñeca era preciosa, con su sello de garantía. Primer objeto sexual femenino para estrenar que tocaba, y que me tocaba.

     Una vez inflada con la participación de mi familia política —a mí a duras penas me alcanzaría el aliento para hincharle un seno—, se apresuraron a cubrirla con una manta,

     pues venía como Dios y los fabricantes la pusieron en el mercado, absolutamente en cueros, más precisamente en látex, un material aún más sensible que la piel más sensible.

     Y era generosa la mata de vello pudendo. ¡Daba pena con Claudia, tan comprensiva!

 

Procedimos al bautizo, yo quería llamarla Samantha, como la actriz a quien entregué mi inocencia en la oscuridad de la sala,

     pero ganó Amparito, por razones obvias, y además porque acababa de salir ligera en panties raspables en la carátula de la revista Soho.

     En plena ceremonia, mi mujer ofreció regalarle alguna ropita que ya a ella no le venía, sobre todo las maxifaldas, pero muy cortésmente rechacé su desprendimiento.

     La revestiría con mudas interiores del Sex-shop de la Zona Rosa, entre las que camuflaría esas prendas que entregadas discípulas me encestan detrás de los cuadros.

     Tal vez tuviera la suerte de encontrar en rebaja algunos cucos comestibles para añadir al ajuar.

 

Mi mujer, muy prudente, a una hora adecuada advirtió que yo debía concentrarme en escribir mi columna de prensa, por lo que la parentela se fue despidiendo con guiños de complicidad.

     Ella iba a desinflar a Amparito para colocarla doblada en cuatro en el ropero, pero le pedí que mejor la dejara tendida sobre el sofá.

     Transigió, pero masculló que ningún objeto o fetiche reemplazaría nunca la sensualidad de una mujer de carne y hueso, así ésta siempre se encontrarse cansada.

 

Tan pronto salieron apagué el computador y enchufé la muñeca. Amparito me picó el ojo.

     Yo le había arrebatado la manta y analizado en detalle sus tres vías de acceso, una para cada categoría del amor, debidamente taponadas y dispuestas.

     La boca se encontraba en la situación de exclamar Oh por lo que vería,

     la rosa entreabierta dejaba al descubierto unos pétalos  menores y mayores que iban del carne de doncella al carmesí,

     y el anónimo atrincherado con toda seguridad que en este trance no iba a decir que no.

     Una célula fotoeléctrica hacía que cada vez que yo me movía ella abriera, cerrara, subiera o bajara las piernas. Y me extendiera los brazos.

 

Pero yo no podía fallar en mi compromiso de restablecerme en la monogamia. Estaba deshidratado de tantas relaciones al oscuro y a la carrera. Dejaría de ser ‘tinieblo’ para madrugarle a la propia. Me desquitaría de las mujeres fatales con este cacharro.

     Saqué del ropero el fuete con estrellas metálicas en las puntas, que por esas arbitrariedades de Bienestar

Familiar no había podido volver a usar.

     Adivinando mis intenciones la muñeca brava se puso eléctrica y pretendió echárseme encima para incinerarme, pero con el dolor de mi alma ya la decisión estaba tomada.

     Al primer latigazo se me reventó Amparito, trozos de látex se pegaron del techo y de los lomos de mi biblioteca. Un pedazo de nalga me parchó el ojo.

     Conjuré un conato de incendio que partía de su chispeante monte de Venus en cortocircuito. Se me alcanzaron a chamuscar los pelos de las pelotas.

 

Llegué a casa con el lechero. Pero aún así mi mujer continuó profunda.

     Fue la única vez que no escribí la columna.

     Me consolé pensando que de todas maneras el clon de Amparito se me hubiera quedado virgen.

     Porque nadie en su sano juicio va a desperdiciar el Viagra en una muñeca.

 

Contratiempo, agosto3-05

Jotamario Arbeláez

 

(Colombia, 1940). Poeta, escritor y publicista. Uno de los más importantes representantes del Nadaísmo. Su primer libro, El profeta en su casa (1966), confirmó el ingenio y el talante mordaz que distinguiría a los nadaístas caleños. En 1980 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Oveja Negra y Golpe de Dados, con Mi reino por este mundo. En 1985 el Premio Nacional de Poesía Colcultura con La casa de memoria. En 1999 el Premio de Poesía del Instituto Distrital de Cultura con El cuerpo de ella. Ha publicado, además: El libro rojo de Rojas (1970), denuncia del fraude electoral que se le hizo al general Gustavo Rojas Pinilla, escrito en colaboración con Elmo Valencia; la antología Doce poetas nadaístas de los últimos días (1986), y El Espíritu Erótico (1990), antología poética y pictórica realizada con Fernando Guinard. En 2002 Aguilar publicó Nada es para siempre. Antimemorias de un nadaísta. En el año 2008 le fue entregado en Caracas el Premio Internacional de Poesía ‘Chino’ Valera Mora por Paños menores. Actualmente es columnista del periódico El Tiempo de Bogotá y el País de Cali.

 

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