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 ReVista OjOs.com     OCTUBRE DE 2016

COLABORADORES / JOTAMARIO ARBELÁEZ

EL ÚLTIMO TANGO EN BOGOTÁ

 

 

No me digas tu nombre.

Brando a la Schneider

 

 

 

 

Hace unos años, en mi estudio de la colina, en el elegante barrio El Castillo,

     solía barajar la escritura hasta que las estrellas se fundían en una sola y amanecía.

     Entonces apagaba mis electrónicos, volvía los volúmenes a su sitio, echaba a la caneca la botella vacía, me calaba abrigo y sombrero

     y descendía silbando hacia casa un largo kilómetro

alambrado de pajarillos cantores que celebraban lo que el espíritu había consignado en mi paginar.

     Encontraba a mi mujer profunda, pero aun así, le relataba al oído, más para engolosinarme yo mismo,

     todo lo que había pasado por mi imaginación en la profusa jornada.

     Esta noche que ahora evoco me había pasado algo por demás singular.

 

Al llegar al edificio el acucioso portero me preguntó si —ya que no usaba el garaje sino cuando mi mujer venía a depositarme o a recogerme—,

     se lo podía facilitar por esa noche a la hija de mi vecino, que acababa de llegar a visitarlo de otra ciudad y él no estaba en ésta,

     pero su auto tenía ocupado el espacio dónde parquear.

     Le dije que cómo no, que no faltaba más, que con mucho gusto, con esas maneras afectadas que se me han ido prendiendo del trato entre cachacos por medio siglo

     y que le dijera a la niña que la invitaba en el momento que quisiera a saborear un café.

 

Era un poco pasada la medianoche cuando sentí el leve roce de unas uñas en la madera de mi puerta.

     Por los aires flotaba la Fantasía de un gentilhombre, de Joaquín Rodrigo, a ráfagas repasaba la Historia del ojo, de Bataille, adelantaba algunas páginas procaces de Los días contados y saboreaba un pernod.

     Descorrí la falleba y al abrir con aire obsequioso me encontré a una muñeca con boina azul sobre rubios cabellos ensortijados, no más vieja de veinte,

     una leve bata blanca hasta la rodilla que dejaba adivinar que no traía cucos, abrigo negro de cuero con cinturón de chapa de nácar,

     y unos dientes que sonreían sus palabras tintineantes hacia mis oídos atónitos.

 

“Benvenuta vecina, excusa tanto orden que no se compadece con lo que pienso,

     pero para mantener mi prestigio de poeta de esos que los académicos llamaban de alcantarilla,

     debo imaginar cosas execrables, escatológicas y mórbidas —cuando no francamente sórdidas—, lo que me implica disponer de un espacio límpido y cálido.

     Por tu abrigo y tu aliento supongo que vienes de la calle de alguna rumba, de esas que por lo general conllevan aventura, o disponibilidad de aventura.

     ¿Vienes por el café, o te provoca otra cosa? ¿Y tu padre?”

     “En realidad no es mi padre, aunque de eso presume el vejete en el edificio.

     Vine a visitarlo por sorpresa pero supongo que anda con otra más joven.

Claro que como tengo llaves de aquí, y no sabe cuándo voy a llegar, se pierde por otras partes. En fin…”

“No me cuentes tu vida —rememoré a Marlon Brando en una película que acababa de repasar—. Ni siquiera me interesa tu nombre. Es bueno no saber nada el uno del otro.

     Quítate la chaqueta y sírvete algo, si quieres, mientras le pongo punto final a este cuento.”

     “Lamento yo sí saber de antemano cómo te llamas y qué haces. Y no porque me lo haya dicho el portero.

     Mi presunto papá te admira. No propiamente por poeta, que tal cosa le vale güevo, sino porque te siente más agresivo que él con las chicas. Y porque levantas más chicas.

     Dios los cría y en el mismo edificio el demonio reúne a los malhadados loliteros.

     ¡Qué tal el par de sesentones! Pero no fue por eso que vine. ¿Tienes un pase?”

     “Tan sólo para mí, para no dejar dormir el cerebro. Por nada del mundo me permitiría la torpeza de contaminar un ángel. Para eso tengo alcoholes varios.

     Ponte cómoda, en el sillón o en la alfombra, son igualmente muelles, como yo, si me lo permites.

     Me fascina tu vestimenta, que con seguridad lucirá mejor colgada en el closet.”

 

Le retiré el abrigo, para empezar. Me dirigí al barcito que da de la cocina a la sala y le serví medio vaso de absenta con unas gotas de agua

     y subrepticias otras de un afrodisíaco a base de yohimbina con el que me habían pagado un eslogan en el sex shop.

     En casos como éste, de seducciones de urgencia y sobre seguro, es preferible acudir a la química que a la lingüística.

 

“No me digas que quieres hacerme sentir como en El último tango en París. Ese truco huele a pasado.”

     “¿Viste la película? Si es así debes ser cinéfila. Entiendo que no figura en la cartelera de las nenas de ahora”.

     “Viví en París, en el mismo edificio donde se filmó la película, en la rue Jules Verne, al pie del trepidante puente…

     “… de Bir-Hakeim. Fue el primer sitio a donde me llevó el amigo Alfredo Rey la última vez que vi París.”

 

“Preciso. Allí me capturó tu vecino. Y me picó arrastre. Yo de pura imbécil caí. Y aquí me tienes.

     Es un decir. Porque no tengo nada de María Schneider, si es eso lo que pretendes. Acuérdate que Bertolucci dijo de ella cuando se empelotó para las pruebas que era como una pequeña lolita, aunque más perversa.

     Pareces de esos seductores automáticos que donde adivinan una cuca paran la oreja, para hablar con los rodeos que a mí me gustan.”

 

“No sólo eso, también tengo algo de mantequilla, para no andar con rodeos que no me gustan.

     Y las circunstancias ambientales ayudan. Las ocasiones milagrosas no se presentan para nada.”

     “Atiéndeme, María Schneider, la hija denegada del insufrible Daniel Gélin acaba de morir en París, de cáncer  de colon,

     después de pasar toda la vida traumatizada por esa escena en que Brando la clava por el culo de veras y ella  grita y llora de veras.

     Era entonces demasiado inocente para un papel tan crudo. Y para el mundo del cine no salió de esa toma, que por fortuna no fue más que la toma 1.

     Después de hacer varios papeles mediocres y de volverse morfinómana ingresó voluntariamente al psiquiátrico con su amante lesbiana.

     Con tamaña culiada se le tiró la vida, el cabrón, de paso. Tal vez presagiando eso al final de la cinta le pegó el tiro, que lamentablemente sólo fue de fogueo.

     Y para terminar de robarse el show, en el instante de la muerte el hijo de puta se saca el chicle de la boca y lo pega en la barandilla de la ventana.

     Y la pobre con el arma sin humo termina como una dolorosa imagen de Bacon.

     Pero si te fijas bien, admirado maestro afecto de pelanduscas,

     no radica en ese momento, que celestineó Bertolucci para mimar a su estrella en pos de mamárselo,

     el culmen morboso de la película, como suponen los machistas, entre los que adivino te cuentas.

     Sino cuando ella se corta a su pedido las uñas de los dedos índice y corazón

     y se los va introduciendo por el ojo del rabo mientras él por la ventana se deleita con el paisaje.

     Attention. Si quieres, te puedes ir bajando los pantalones.”

 

“Oye, creo que te estás pasando de lista. ¿Qué te propones? Mejor dicho, ¿qué me propones?”

     “Con este cortaúñas voy a rebajarme las uñas de estos dos dedos.

     Tú te vas a inclinar contra la ventana y a abrir las piernas.

     Tal como le pidió que le hiciera el súper macho de Brando a la inocentona, sin mantequilla ni vaselina, y se nota que le gustó. Porque después siguió dándolo.

     Recuerda que el hombre es el único animal que se limpia el culo, y no tan sólo cuando caga. Vamos, muévete.

     Y si te animas, en el bolso traigo mi vibrador kilométrico.”

 

En ese punto toda la belleza que le había visto a la inicialmente deseadísima y ahora indeseada e insolente visitante, súbito transvertida en aberrante dominatriz, se vino al suelo, pero yo no.

     Qué horror cómo se educan a sí mismas las ninfetas en estas épocas. Al ataque contra los sátiros. Y con qué mañas. Deberían conducirlas en masa al jardín infantil siquiátrico.

     Le dije frunciendo nalga que me sentía ofendido en lo más profundo.

     Qué pensaría mi finado padrino que me había inculcado que el trasero del macho debería ser protegido contra todo tipo de cagadas en contravía, pues en ello iba el porvenir de la especie.

     Que perdonara si me interpretaba muy anticuado después de fatigar la vanguardia. Pero que con la retaguardia tampoco. Que uno también tenía sus principios.

 

Se sonrió como un kamikaze a punto de atropellar la cubierta de un portaaviones.

     Esperé a que terminara de tomarse el resto del pernod envenenado que generosamente le había servido. Se había pasado de efectiva la resulta de las goticas.

     Como no iba a trabajar más conquistando la carne ni liberando la idea, mi último snifazo lo arrojé a la basura.

     Le calé el abrigo negro sobre sus anchas espaldas, le ofrecí la mano de la despedida que casi me la quiebra del apretón, puse en sus manos el resto de perica que me quedaba, le abrí la puerta para que saliera.

     “Y para que te acabes de confundir —fue lo último que me dijo entre dientes, en uno de los cuales alcancé a detectar un punto de caries—, nunca olvides que me llaman Poema, poeta puto.”

     Por entre los mirlos mañaneros, que esta vez no me hicieron ninguna gracia en sus cuerdas electrizadas, regresé a casa a contarle a mi esposa mi mala pata.

     Cosa rara, esa noche semidormida me premió con lo inesperado, en reconocimiento por mi imaginación desbordada. Y algo aún más glorioso, sin mantequilla.

 

La puta madre que a partir de mañana me desentenderé de jeannes y lolitas

     y me dedicaré a Marlon Brando.

Jotamario Arbeláez

 

(Colombia, 1940). Poeta, escritor y publicista. Uno de los más importantes representantes del Nadaísmo. Su primer libro, El profeta en su casa (1966), confirmó el ingenio y el talante mordaz que distinguiría a los nadaístas caleños. En 1980 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Oveja Negra y Golpe de Dados, con Mi reino por este mundo. En 1985 el Premio Nacional de Poesía Colcultura con La casa de memoria. En 1999 el Premio de Poesía del Instituto Distrital de Cultura con El cuerpo de ella. Ha publicado, además: El libro rojo de Rojas (1970), denuncia del fraude electoral que se le hizo al general Gustavo Rojas Pinilla, escrito en colaboración con Elmo Valencia; la antología Doce poetas nadaístas de los últimos días (1986), y El Espíritu Erótico (1990), antología poética y pictórica realizada con Fernando Guinard. En 2002 Aguilar publicó Nada es para siempre. Antimemorias de un nadaísta. En el año 2008 le fue entregado en Caracas el Premio Internacional de Poesía ‘Chino’ Valera Mora por Paños menores. Actualmente es columnista del periódico El Tiempo de Bogotá y el País de Cali.

 

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