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 ReVista OjOs.com    MARZO DE 2016

COLABORADORES / JOTAMARIO ARBELÁEZ

SIMPATÍA POR EL DEMONIO

 

La veterana modelo y actriz de cine y televisión, poseedora de la tetera más bella de los años 70, Esther Farfán,

     me llamó a su casa para que le ayudara a su hijo en una tarea acerca del nadaísmo,

     ese movimiento contestatario de los años 60, bautizado como la belleza del diablo pero confirmado por

Jesucristo Superstar.

     Acudí puntual porque el hijo no estaba, a responder el cuestionario y tomar un poco de té de jazmín, que ella lo prepara exquisito.

Me dirigí por el ascensor estelar al penthouse donde habita al compás del rock.

     Entre la puerta del ascensor y la suya un gran cuadro de Brian Jones con vino y tridente.

     Me invitó a pasar luego de

recibirme el compact disk de Tom Waits que le llevé de regalo.

     Me dijo en la cocina, mientras degustábamos la infusión, que Andrew Oldham, su esposo –exmanager de los Rolling Stones–,

     había llegado de Inglaterra como todos los años por esta época y estaba en el piso de arriba remachando su

autobiografía, Stoned, que si quería cenar con ellos.

     Le contesté que encantado, intrigado por conocer al exjefe de Mick. Frente a un afiche de Their satanic

majesties request / Sus Majestades Satánicas ordenan, mientras la perrita tomaba leche soyada

     y sonaba en el ámbito The last time (“You don’t try very hard to please me With what you know it should be easy”. “No te esfuerces demasiado por satisfacerme Ya tú bien sabes que es muy fácil”, me tradujo al oído Esther),

     contesté como pude con mi pluma de oro las trabajosas preguntas acerca del grado de absurdo que

soporta la interpretación de nuestra lírica nadería:

     ¿Qué es el nadaísmo en los universos paralelos?, ¿Cómo se distingue un nadaísta de un mutante?,

¿Cuántos gorilas nadaístas se requieren para remover un bombillo en el Circo Eléctrico?,

     y me dispuse para el cenáculo gastronómico.

Después de repasar los ingredientes de la ensalada que Esther con su escote bandeja iba disponiendo, en tanto se me volvía agua la boca,

     subimos al estudio donde Andrew tecleaba rabiosamente.

     Todo en las paredes y en el aire era afiches y fotos de Mick Jagger, Keith Richards, Charlie Watts, Bill Wyman, Mick Taylor y Ron Wood.

     Al lado del computador pude contemplar un gran vaso de grappa y cuatro rayas blanquísimas de 15 cms. que me clorhidrataron las fosas nasales.

     Esther me señaló que si quería servirme un par de jalones, pero con el dolor del alma debí excusarme porque tenía consejo de gobierno en la Gobernación y no podía llegar cantando y bailando en inglés.

Ella me contaba que Andrew llevaba diez años escribiendo sin parar  -y casi que sin pararse de la mesa- estuviera donde estuviese.

     Iba a hacer una excepción dada mi visita, pues tenía de un cacho el

segundo tomo de Stoned,  que en nuestra lengua de

     juergas es algo así como “llevado del putas”,

     pero que tenía la preocupación de que dada su incoherencia lisérgica y sus juegos de palabras ininteligibles iba a ser imposible de traducirse al español.

     Le dije que le dijera que take it eassy, que ya habíamos leído en español el Finnegans Wake.

     Pues le apuesto una teta a que cuando aparezca esta novela ha de venderse tanto como el Ulises,  asegurome.

     Veremos, le contesté aceptando la apuesta, de todas maneras resérveme una, cuando la saque.

     El hombre era todo un gigante en inglés, y para mi sorpresa se sentó a la mesa con un dispositivo electrónico en forma de loro sobre su hombro que iba traduciendo cuanto decía.

     Habló: “Please allow me to introduce myself: I’m a man of wealth and taste. Pleased meet you, hope you guess my name”.

      Y el loro tradujo impecable: “Por favor, permíteme que me presente: soy un hombre poderoso y distinguido... Me alegro de encontrarte, espero que adivines mi nombre”.

      Al hombre se le pusieron los ojos rojos como brasas.

     Sentí deseos de mirarle los piespor debajo de la mesa, sospechoso de encontrarme con las pezuñas de fauno de pasajero del tranvía de García Márquez.

Se me puso la carne de gallina al pensar que me hallaba en frente del demonio en persona,

     pero el rostro de mi amiga sirviendo viandas deliciosas, todas

verdes, nada de carne, tuvo el poder de tranquilizarme.

     Ella le contaba a su esposo en un inglés infernal lo que había significado el nadaísmo para el espíritu de la

juventud colombiana a partir del 58,

     pues habíamos aparecido 4 años antes que las Farc y 5 antes que los Rolling Stones, como le soplé.

     Cómo estos “profetas de la nueva oscuridad” habíamos cambiado el rostro del arte, de la protesta y aún del

comportamiento amoroso,

     con la pequeña ayuda de sus amigos el pop art, el zen, el hipismo y el rock and drug.

     Que éste que estaba aquí había tenido la osadía de sostener, frente a la

provocadora declaración de John Lennon,

     que los nadaístas habían resultado más famosos que Jesucristo y los

Beatles juntos.  Eso le provocó una sonrisa de oreja a oreja.

     Para seguir el juego, le puse de presente que había utilizado como epígrafe de mi rabiosa obra amorosa el canto de Jagger:

     “Se me dice, a veces, que amo demasiado fuertemente. Pero creo, creo, que una mujer no debería ser

amada de otra forma”.

     Súbito sentí por debajo de la mesa que sobre mi pie derecho se había posado uno de los delicados y cálidos escarpines de mi adorada modelo.

     Al principio lo mantuvo inmóvil haciendo una cierta presión deleitosa,

     pero de un momento a otro comenzó a moverse a un ritmo sostenido y sin compasión, como hacía uno en las solitarias noches de adolescencia,

     como lo hacía en contadas ocasiones con los dedos Jagger en el escenario.

     Yo le miraba el rostro imperturbable, sirviendo aulagas.

     Me dije para mis adentros que las mujeres son capaces de engañar hasta al diablo en sus propios cuernos.

     Él continuaba hablando: “What’s puzzling you, ist he nature of my game”, y dándome su versión el perico: “En realidad lo que te despista es la clase de juego que me traigo”.

     En el placer amoroso soy dado a lo subrepticio, pero el estímulo creciente con el paso de los eternos

minutos era demasiado para mantener el semblante inmutable. ¿Cómo haría ella?

      Se me empezó a poner eléctrica la aguja del kundalini. De pronto no resistí la emoción –que a partir del tobillo me llegaba a las neuronas–

     y emití un suspiro espasmódico, mientras ponía mi mano derecha sobre su rodilla bajo el mantel y apretaba sin temor a las consecuencias.

     Esther me miró desconcertada abriendo los ojos como platos y se levantó de inmediato hacia la cocina.

     Andrew saltó a su vez presuroso a contestar el teléfono como si le llamara Keith Richard, con quien

comenzó a carcajearse.

     En medio de mi viscoso estupor vi salir de debajo de la mesa a la perrita ‘Satisfaction’ moviendo la cola.

     Rojo de la vergüenza corrí en busca del ascensor llevándome pegada de los pantalones la servilleta.

     Oí que subía el volumen en el cuadrafónico con la canción Simpatía por el demonio. (“Use all your

well-learned politesse Or I’ll lay your soul to waste”. “Usa todas tus condenadas buenas maneras O arrojaré tu alma a la basura”).

     Desde allí me comenzó otra forma de infierno psicosexual. Sueño todas las noches con la perrita.

Jotamario Arbeláez

 

(Colombia, 1940). Poeta, escritor y publicista. Uno de los más importantes representantes del Nadaísmo. Su primer libro, El profeta en su casa (1966), confirmó el ingenio y el talante mordaz que distinguiría a los nadaístas caleños. En 1980 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Oveja Negra y Golpe de Dados, con Mi reino por este mundo. En 1985 el Premio Nacional de Poesía Colcultura con La casa de memoria. En 1999 el Premio de Poesía del Instituto Distrital de Cultura con El cuerpo de ella. Ha publicado, además: El libro rojo de Rojas (1970), denuncia del fraude electoral que se le hizo al general Gustavo Rojas Pinilla, escrito en colaboración con Elmo Valencia; la antología Doce poetas nadaístas de los últimos días (1986), y El Espíritu Erótico (1990), antología poética y pictórica realizada con Fernando Guinard. En 2002 Aguilar publicó Nada es para siempre. Antimemorias de un nadaísta. En el año 2008 le fue entregado en Caracas el Premio Internacional de Poesía ‘Chino’ Valera Mora por Paños menores. Actualmente es columnista del periódico El Tiempo de Bogotá y el País de Cali.

 

 

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