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 ReVista OjOs.com     DICIEMBREDE 2015

COLABORADORES / JOTAMARIO ARBELÁEZ

EL DÍA DEL FIN DEL MUNDO

 

 

     Madrugada del 23 de diciembre de 2012. No se acabó el mundo ¡vaya catástrofe!, y ahora, ¿qué voy a hacer?

     Peco de crédulo. Acuso un desacostumbrado respeto por toda clase de minorías, la mayoría marginadas, como los negros retintos, las comunidades indígenas, los adolescentes albinos, los extravagantes sexuales, los Iluminati, los de la Cofradía del Santo Sepulcro, los Testigos de Jehová, los Santísimos encostalados, los Santos de los Últimos Días.

     A medida que pasa el tiempo todos ellos se van hundiendo más en el  santoral de mi devoción.

     Les acuso una venia cuando me los cruzo en cualquier recodo, prevalido de ese precepto con que termina Louis Powells El retorno de los brujos: “Mientras más comprendo más amo, porque todo lo que he comprendido, está bien”.

De las minorías étnicas que mejor me cayeron en la pasada centuria, cuando guiado por René Rebetez andaba en la búsqueda de los secretos giratorios del cosmos, los mayas se llevaban la palma.

     Leí en una edición corsaria del empolvado librillo de los antiguos quichés, el Popol Vuh, esta frase conmovedora:

    “Ay, entristezcámonos, porque vinieron, porque llegaron los grandes amontonadores de piedras,    los

     grandes amontonadores de vigas para construir”.

     Tanto para ellos como para nosotros de destruir se trataba, y se trata, según nuestro Primer manifiesto nadaísta de 1958, mandado a recoger al tiempo por el partido comunista, la policía, la academia y la curia

     y recientemente reproducido en pomposo libraco en México en la colección de anarquistas Los Insospechables, dirigida por Philippe Ollé-Laprune.

 

    Tal quejumbre conmovía mis tejidos, provenientes de mi padre sastre de Rionegro (Antioquia) para predicar el fin de los tiempos,

     según la pancarta que me endosara Gonzalo Arango, el profeta de Andes, cuando ingresé al movimiento.

     Rezaba, si mal no recuerdo, ese eslogan de fines del siglo X:

    “A tirar, a tirar, que el mundo se va a acabar”.

     En razón de la actual circunstancia, que mata la asepsia, ni siquiera se recomendaba el condón. Ni los lubricantes. Ya para qué.

     Salí portando esa pancarta apocalíptica en sandalias de cuero y shorts de piernipeludo, desafiando las iras de la familia que quería confinarme al Psiquiátrico, a mí, que nunca tuve el temor de hacer el ridículo porque siempre lo hice bien hecho,

     en las diferentes fechas que los sabios de las tribus habían decretado la cesación de la rotación del planeta, ante la conflagración de los polos o la llegada del Anticristo.

     Lo hice en el 80, repicando el anuncio del empresario de pompas fúnebres Charles Criswell de la destrucción de la tierra a causa de un arco iris negro que absorbería todo el oxígeno

     Y lo hice en el 87, cuando Leland Jensen, líder de la secta bahá’i, profetizó que el 17 de Abril el cometa Halley sería desviado a la órbita de la Tierra, lo que causaría una destrucción generalizada.

     También en el 99, cuando los testigos de Jehová predijeron una devastación nuclear y el impacto de un asteroide.

     Y en el 2007, cuando mi amigo el poeta gringo afecto al ácido lisérgico dietilamida Thomas Chase, utilizando la numerología y las profecías bíblicas más el Y2K,

     confirmó que el Armagedón ocurriría en agosto de ese año. Quedé como un zapato entre mis amigos incrédulos, pero igual peleché entre las crédulas. Menos mal que el cartel me lo compraron a muy buen precio en el Museo Nacional.

 

Esta vez sí pensé como nunca que el mundo entraba en barrena, a juzgar por los exámenes clínicos que no me permitían pasar el año. Un exceso amoroso y mi corazón estallaría como granada de mano.

     Escribí un mensaje a mi peor enemigo —si es que a estas alturas de mi estatura me pudiera permitir enemigos—,

     donde le pedía perdón por todos los merecidos hijueputazos que le endilgué en todos los simposios universales de poesía a los que me han invitado.

 

     Lamentablemente, el mensaje no pude enviárselo porque el doblehijuemadre me ponchó el correo electrónico.

 

La primera profecía maya rezaba que el viernes 21 de diciembre de 2012 el sol, al recibir un fuerte rayo proveniente del centro de la galaxia,

     iba a producir en la tierra una intensa llamarada radiante, o una tormenta electromagnética,

     precipitándonos en el infierno tan temido, pero haciendo previamente que los hombres perdieran el control de sus emociones.

 

Ante la inminencia del desastre, y en vista de que mi esposa, más crédula que yo, viajó con sus amigas del Jet-Zen al suicidio espiritual mágico que tendría lugar en el Cerro Uritorco, en Córdoba, Argentina,

     me decidí por poner una cita a mi enamorada electrónica capturada en la sede del antiguo imperio romano,

     le mandé pasajes y trajes ceremoniosos adquiridos con mi ingenua tarjeta Diners,

     utilizando la misma la instalé en la suite imperial de un hotel de cinco estrellas en Cartagena de Indias de las cuales no iba a quedar ninguna,

     con tres tenedores y tres meseros y sendas copas de bacará el 22 de diciembre consumimos caviar y champán a calzón quitao mientras desde el vestíbulo nos acompañaban David Garret y sus violines,

     me sobredosifiqué de sildenafiles y, en el jacuzzi, al influjo del tetrahidrocannabinol y del clorhidrato,

     sentí el lento apagose del mundo que conocemos en los bienaventurados brazos más envolventes y los dedos más dúctiles y su undoso pelo del Lacio y esos labios mentolados que mis deseos ensoñaron.

     Y lo peor fue que tampoco se me paró el corazón.

     Cuando abrimos los ojos el 23, ya con el volcán apagado, no pude hacer menos que maldecir el sol y la continuación de la vida y ponerme mosca.

     Ahora sí se me va a acabar el mundo. Cuando llegue la cuenta de la tarjeta de crédito, amén de mi ya notable presencia escuálida y escurrida en la cama doble.

     Ya no hay a quién creerle, dirá mi sobreviviente media naranja. Quien sin hacer la cuenta de lo que gastó en su frustrado suicidio espiritual mágico en Argentina,

     de seguro que me mandará a freír espárragos al sofá.

En esa gracia se me fueron los cien mil dólares del premio de poesía de Venezuela. Mayas malditos.

Jotamario Arbeláez

 

(Colombia, 1940). Poeta, escritor y publicista. Uno de los más importantes representantes del Nadaísmo. Su primer libro, El profeta en su casa (1966), confirmó el ingenio y el talante mordaz que distinguiría a los nadaístas caleños. En 1980 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Oveja Negra y Golpe de Dados, con Mi reino por este mundo. En 1985 el Premio Nacional de Poesía Colcultura con La casa de memoria. En 1999 el Premio de Poesía del Instituto Distrital de Cultura con El cuerpo de ella. Ha publicado, además: El libro rojo de Rojas (1970), denuncia del fraude electoral que se le hizo al general Gustavo Rojas Pinilla, escrito en colaboración con Elmo Valencia; la antología Doce poetas nadaístas de los últimos días (1986), y El Espíritu Erótico (1990), antología poética y pictórica realizada con Fernando Guinard. En 2002 Aguilar publicó Nada es para siempre. Antimemorias de un nadaísta. En el año 2008 le fue entregado en Caracas el Premio Internacional de Poesía ‘Chino’ Valera Mora por Paños menores. Actualmente es columnista del periódico El Tiempo de Bogotá y el País de Cali.

 

 

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