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 ReVista OjOs.com    SEPTIEMBRE DE 2015

COLABORADORES / JOTAMARIO ARBELÁEZ

DÍAS DE COLEGIO

 

(1)

 

En la escuela San Nicolás –República de México, para más señas–, estudié hasta cuarto elemental,

      que perdí por deferencia del señor Toro, de tez blanca, siempre vestido de paño de rayas grises, peinado por la mitad, herpes en el labio inferior y tendencia conservadora,

      porque lo mantenía corchado con mis objeciones a la existencia de dios, producto de la temprana lectura de Las ruinas de Palmira, de Volney,

      y lo hube de repetir con Ramón Perlaza, moreno y gran liberal a quien, no sabría decir por qué, le apodaban “Taladro”.

 

Perder un año escolar significaba un lastimoso descuadre para la casa.

      Se razonaba que lo que uno se había comido y bebido, la ropa que se había puesto, los cuadernos que había llenado,

      el jabón, la pasta de dientes y el papel higiénico que había usado,

      las cosas que le habían sucedido, las emociones que había sentido, risas y llantos,

      todo había sido plata y tiempo y vida y sentimientos perdidos.

      Y lo peor era que para sufragar esos gastos se había sacrificado la adquisición de

bienes tangibles e indispensables, como el radio Telefunken y la araña para la sala,

      la olla atómica y un colchón más liviano para papá y mamá.

 

En consejo de familia se me perdonó el dudoso fracaso

      por tratarse de la primera persecución político religiosa que se me aplicaba, ¡por parte de un godo tenía que ser! Así les hacía la vida imposible a papá y a Jorge Giraldo por usar su insolente corbata roja.

      Perlaza me dejó hecho un hacha, invencible, para que en adelante no me dejara rajar de nadie.

      El quinto lo hice en la Escuela Anexa (a la Normal, donde se estudiaba para ser

maestro), situada en la zona del comercio, frente al Pasaje Zamoraco, donde había  una academia de mecanografía con máquinas Remington Rand, a las que se aplicaban

cientos de estudiantes con las diez yemas y “sin mirar el teclado”.

      En ese pasaje en T también se desempeñaba papá como maestro cortador,

pantalonero y obrero de pecho, en la sastrería de don Jacobo Acherman,

      un judío de cara colorada y reverberante, como si lo persiguiera el reflejo de los hornos crematorios. Tenía siempre un pañuelo saraviado en las manos, con el que se secaba el sudor de la frente.

Papá le tenía pánico porque era muy estricto con los materiales,

      los paños para las piezas de los trajes debían ser cortados puestos los moldes en tal forma que propiciaran la máxima economía,

      lo mismo con el lienzo de las entretelas y la holandilla de los forros, con el hilo de las bastas de las agujas manuales y las puntadas de la máquina de coser.

      Y hasta con el trazo de las tizas sobre los paños.

 

     Papá iba a trabajar de 8 de la mañana a 6 de la tarde, de saco y corbata y sombrero Stetson, pedaleando mi bicicleta, yo en la parrilla. Hasta que comenzaron a embromarme los compañeros y me tocó echar quimba a lo que da el tejo.

 

En este quinto di con el señor Rueda, Ramiro Rueda Ruiz Repollo Rabanito, como lo nombraba mi compañero Luis Tenorio que arrastraba las erres.

      Al final de las clases, cuando todos se iban y nos quedábamos tomando agua, me preguntaba que películas había visto,

      y a pesar de que en el teatro San Nicolás cuando era vendedor de maní había

fatigado todos las producciones de los laboratorios Churubusco Azteca,

      me limitaba a decirle que mi cinta preferida era Fantasía, de Walt Disney, en especial la parte del Aprendiz de brujo, basada en un tema de Goethe,

      con música de Paul Dukas, interpretado de maravilla por Mickey Mouse, pues sabía por Tenorio que el profe adoraba ese filme

      y lo hacía morir de la risa viéndome imitar a la escoba hechizada portando cubos de agua.

       Por primera y única vez fui el mejor de la clase, y varias veces se me convocó a izar  la bandera. Aunque no dejaba de oír de entre las filas de los compañeros el rezongo rastrero de que “No se lo merecía”.

      Rezongo que continúo escuchando entre colegas actuales cada vez que recibo un galardón literario.

 

(2)

 

Unos metros abajo destellaba el recién inaugurado almacén Jotagómez,

      donde las dependientas eran un poco más sonrientes y asequibles que las remilgadas del Ley de la 11.

      A la salida de clases dábamos vueltas por entre los stands apuntando las caras bonitas,

      para después reunirnos en corrillo a lamentarnos porque –según era vox populi–

      el propietario del almacén todos los días volaba un virgo.

      Si esto lo hace Jotagómez, pensaba en mi ingenuidad, un día también lo hará

Jotamario, como ya empezaba a llamarme.

      Y he de confesar que nunca me tocó ni uno. Lo que me hace pensar que lo que se rumoreaba del otro señor Jota era fantasía.

 

Me volví un hacha para historia y geografía, para botánica y zoología, para aritmética y geometría.

      En cada uno de mis cuadernos guardaba la foto de una de mis preferidas imposibles del Jotagómez, que era lo más que me lanzaba a pedirles.

   Pero el deseo reprimido me impulsaba a coronar las materias. Ya veríamos cuando entrara al bachillerato.

 

Trataron de meterme al Santa Librada, con el cuento de que era el colegio con mejor pénsum, pero  era porque al ser oficial era gratis si uno lograba que lo aceptaran.

 

      Y papá se durmió con lo de los influyentes padrinos, quienes a su tiza y tijeras

debían sus cargos y nombradía. En ese tiempo a los políticos daba votos y escaños el vestir bien.

 

     Se optó por matricularme para primero de bachillerato en el Colegio Americano, en la Avenida Colombia, al frente del río y del Club de tenis,

      y a una cuadra por la misma avenida de la casa de mi tía Tina y Luis Torres, que tenía de entrada una tienda servida por mi abuela Carlota,

      conectada con el Teatro Colombia, donde vi presentarse en persona a los duros de las películas mexicanas,

      María Félix, Libertad Lamarque, Cantinflas, Jorge Negrete, Pedro Infante, Luis Aguilar, Los Panchos, la Tongolele, algunos mariachis

      y al más malo de los malos que era Carlos López Moctezuma, quien me estiró la mano a mis 13 añitos y guardo la impresión de que en una semana no pude pegar los ojos.

 

Lo bueno del pomposo Colegio Americano era que, así hiciéramos el sacrificio de una mensualidad moderada,

      comenzaría a ver el mundo en ese inglés riguroso que tanto me ha servido en mis viajes para preguntar por el water closet y entender en los puertos cuando me llaman al foqui-foqui,

      y me haría más sociable porque la enseñanza era mixta, es decir, que se sentaba uno diagonal de compañeras de estratos superiores discretamente mal sentadas, lo que le permitía por segundos la gloria eterna

      pues alcanzaba a fisgonear cucos venusinos de hilo de punto sobre cucas de seda, con encajes románticos y boleros, no como los de franela de mis hermanas, que

echaban a lavar en casa, en platones. (Habría qué reconocer que ahora los tienen más

despampanantes que las burguesas del Americano).

      Lo malo, que como eran protestantes, me iban a sacar de la iglesia católica, de la que ya me estaban extrayendo las incipientes lecturas de Voltaire, de Nietzsche y de Vargas Vila, propiciadas por el zapatero del barrio,

      y me iban a inculcar a Lutero, a Calvino y a Zwinglio y a ponerme a leer la Biblia en la traducción de Cipriano de Valera, que es lo más bello que me ha pasado.

 

El profesor Moreno, quien nos enseñaba geografía, tenía fama de ogro, y no sólo por su genio sulfúrico,

      sino porque su boca, que era muy grande, iba tomando la forma de las cuchufletas que iba exhalando.

      Si alguno bostezaba en mitad de sus conferencias, lo que consideraba el colmo del irrespeto,

      antes de que toda la clase se contagiara, hacía una pausa de pavoroso silencio y, apuntando al insolente con el dedo estirando el brazo como el Tío Sam, le preguntaba teatralizando:

      “¿Hambre..., sueño..., cansancio..., fastidio..., aburrimiento..., tedio..., hastío..., desazón?”

      Una vez me preguntó a mí, y no volvió a joderme porque le contesté con toda la seriedad que da la sapiencia:

      “Es sólo un exceso de bióxido de carbono y carencia de oxígeno en la sangre,

profe, producto del esfuerzo por entenderle, pero gracias a la santísima Virgen

ya se me está pasando.” Y relajé los músculos de la cara.

      Fue como si le hubiera mentado la santa madre, pero no podía mostrarse intolerante religioso,

      primero, porque no era su asignatura, segundo, porque debía respetarse mi

presunto catolicismo, y tercero, le había ganado de astucia.

      A partir del momento fui su discípulo amado.

 

(3)

 

A la salida del Americano, y luego de que los pastores encomendaban nuestros pasos a Jehová, me encaminaba con los compañeros más cercanos, como eran Cajigas, Correa, Hidrobo y Lozano, este último apellido trasfigurado,

      a la función social de las 4 p.m del Teatro Colombia,

      a ver las películas mexicanas más excitantes, como eran las protagonizadas por María Antonieta Pons, quien movía que era una delicia las plumas del jopo, por Elsa Aguirre y por Miroslava, casi siempre abofeteadas por sus celosos queridos a son de nada, nos consta, pues nosotros veíamos lo que no veían ellos.

      Allí veré también una saga que me quedó en la memoria, Invasión a Mongo, Invasión a Marte y Flash Gordon conquista el universo. El mismo Roldàn el Temerario de las

revistas de cómics. Los terrícolas éramos más astutos que cualquier ente estratosférico, más valientes y más científicos. Desde entonces me expliqué el universo por las leyes de la ciencia ficción. También recuerdo otra de terror científico, El misterioso doctor Satanás.

      Tengo entrada gratis, pues el personal del teatro asimila que soy nieto de Don

Santiago, el administrador de Cine Colombia, como lo son mis primos que viven en la casa lateral interior.

      Escobar es el portero que me franquea el acceso, de bigote panchovillesco, pelo negro aindiado y diente de oro.

      El teatro tiene butacas en una amplísima platea general, en la parte de atrás hay una sección reservada a la que no accede nadie,

      en el segundo piso un palco de sillas individuales que dan a una balaustrada en U

      y en la parte de atrás tres secciones escalonadas, cada una ascendente en forma piramidal de siete, cinco, tres y dos butacas en la cúspide.

A esa cima llegaré con mi primera amante, con Diany, al terminar secundaria, a ver

películas de vaqueros desaforados con ella en pelo sobre mis piernas cabalgando

simultáneas con las cargas de las brigadas.

 

      Por íbamos aún en los prolegómenos.

      Una vez avanzada la película y cuando la piel de la pierna de la actriz cubre la

pantalla,

      nos abrimos las braguetas, sacamos en el oscuro lo que no tenemos de sobra y comenzamos a menearnos a discreción.

      A veces alcanzamos una venida colectiva pero aun sin eyacular.

      Ante el movimiento sísmico en el teatro uno de los conjurados se ofrece a

continuar con el meneo del vecino

      pero éste está exhausto y próximo al desvanecimiento o desmayo. Además hay un código tácito de que no somos maricones para darnos gusto entre nos.

      En la oscuridad de la platea nos desperdigamos pues, como es escaso el público, así nos adueñaremos de todo el espacio.

      Y de las febriles tinieblas surge una mano peluda que se hace dueña de nuestros

impredecibles artefactos que se lleva a la boca hasta que en ella hacen aguas,

      y sigue con el que sigue hasta que termina, sin que nunca logremos identificar a la sanguijuela.

      Hasta un día en que se revienta la cinta, se encienden las luces, y es el papá de

Lozano quien tiene entre sus manos el pipí de Lozano,

      luego de haberse atragantado  con los de Correa y Cajigas y antes de llegar a mí que soy el más alejado.

      Desde ese día ninguno volvió a entrar por física pena al Teatro Colombia, salvo el papá de Lozano al que la mamá de Lozano echó de la casa y Lozano nunca volvió al

colegio.

      Yo sí volví, como adelanté párrafos atrás, años después, pagando boleta, porque Escobar ya no me reconocía.

      No voy a reiterar el uso que le daba al teatro, pero eso sí, besaría el suelo de tablas recubiertas de polvo por el júbilo percibido.

      Diany era una empleada del almacén de Pedro Ossa, en la octava, me la presentó Alfredo Sánchez, contador y cuentista,

      y fue la primera persona en ver en mí una especie de Casanova, porque todo lo que hacía lo escribía.

      Ella hacía cola en la taquilla mientras que yo me ocupaba de los besitos.

      Nuevo flash back y vuelvo al colegio. Todo lo que me explican lo entiendo, hasta los milagros de Cristo.

      Y en la casa, a la hora de las comidas, doy las gracias y beso el pan que el Señor nos pone en la mesa.

 

(4)

 

En el salón me enamoré de Karol y de Christ, la rubia y la morena como me gustarán después las cervezas.

      Karol me cruzaba las piernas mientras que Christ me picaba el ojo. Y yo escrutando con lupa los evangelios.

      Lutero comenzó a seducirme. Se había insurreccionado contra la prostituta de Roma, como en el ínterin me preparaba yo para hacerlo.

 

El inglés no me entraba. Para sobrellevar los exámenes orales tuve que acudir a los

Hermanos del Pentecostés, quienes me inculcaron el don de lenguas.

      Así pude salir airoso, aunque con una leve fama de loco y deschavetado.

 

Los ejercicios de educación física los hacíamos en shorts y pantaloneta,

      y recuerdo el día en mis damas que se agacharon a recoger un par de recuadros de material sintético que arrojarían por encima del muro bromistas de otros colegios,

      los abrieron y me alargaron unos plásticos desinflados preguntándome qué serían.

      Quise hacerles una demostración en vivo de para qué servían y de cómo y en qué parte se colocaban, pero hasta allá no llegó mi desembarazo y no fui tan temerario como Roldán.

      Los inflé, los amarré por el pico y rápidamente tomaron el camino del cielo porque mi aliento cuando estoy excitado es siempre más liviano que el aire.

      Me parecía que en ese momento podía tenerlas a ambas, así como el rey Salomón había gozado de la Reina de Saba y su peluquera.

      En todo caso su serrallo de cuatrocientas lo hacía tantas veces más sabio.

 

Hice lo mínimo por conquistarlas al tiempo, siguiendo las pautas de algún clásico

libertino que habría leído a las escondidas.

      Mi explicación del uso de las gomas no les hizo ninguna gracia.

      Pero en algo las picaría. Su fueron al vestier a cambiarse mientras que yo las observaba por la rendija, pues tampoco es que fueran las tablas de la ley los separadores.

      Al final de las clases, cuando nos quedábamos solos tomando agua, a lo sumo me gané un beso de cada cual cuando le ponía una mano en el muslo a la otra.

      Porque si lograba estar a solas con una sola no se dejaba tocar ni un pétalo de la rosa.

 

 

Decidí que eso no era lo mío, como ya no lo sería la iglesia católica y ni siquiera la

protestante, a no ser que me conquistara una monja, como Martín.

      Hablé mal contra el Papa y contra las efigies con pies de barro.

      Gané la medalla al mérito conferida por la Alcaldía, que me impuso el profesor de historia Antonio Castaño, a quien el Señor me permita algún día en volver a abrazar.

      El profesor Moreno vaticinó que ningún rincón de la geografía del mundo me sería ajeno.

      El pastor me encomendó a Jehová es mi pastor nada me faltara

      y Karol y Chist finalmente me despidieron con una reunión privada donde no me privé de nada una noche que no estaban sus padres.

 

Y así pude ingresar a segundo de bachillerato al Santa Librada, donde el profesor

Castaño había pedido que lo trasladaran para esperarme.

      Allí se encargó durante 5 años de allanarme el camino, hasta el fracaso final al no recibir el diploma en la ceremonia de clausura de bachiller.

      —Escribite una poesía de esas que vos sabés hacer, me dijo a manera de consuelo —y harás carrera.

      Así nació Santa Librada College, poema del que he vivido como otros viven del cuento.

 

Posdata:

 

La semana pasada, cincuenta y dos años más tarde, me encontré con él en el Centro Andino. Salía de la Librería Nacional, donde había preguntado por mi anunciada novela La casa de las agujas.

 

      —Apenas la está escribiendo —le informó la librera.

      —Pero si en esas lleva toda la vida—. Y salió furioso.

      Al verme, antes de saludarme me preguntó por el libro, que cuando lo tendría listo.

      —Dentro de un mes, dentro de un año —le contesté con las existenciales palabras de Françoise Sagan.

      Se extrañó de verme tan joven, con mi nueva melena que aún no registran los

diarios, y vistiendo una chaqueta de Hermenegildo Zegna.

      Entonces me invitó a tomar un tinto. Pero yo no tomo tinto los sábados.

 

Intermedio.  Enero 25 a Febrero 8-2011.

Jotamario Arbeláez

 

(Colombia, 1940). Poeta, escritor y publicista. Uno de los más importantes representantes del Nadaísmo. Su primer libro, El profeta en su casa (1966), confirmó el ingenio y el talante mordaz que distinguiría a los nadaístas caleños. En 1980 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Oveja Negra y Golpe de Dados, con Mi reino por este mundo. En 1985 el Premio Nacional de Poesía Colcultura con La casa de memoria. En 1999 el Premio de Poesía del Instituto Distrital de Cultura con El cuerpo de ella. Ha publicado, además: El libro rojo de Rojas (1970), denuncia del fraude electoral que se le hizo al general Gustavo Rojas Pinilla, escrito en colaboración con Elmo Valencia; la antología Doce poetas nadaístas de los últimos días (1986), y El Espíritu Erótico (1990), antología poética y pictórica realizada con Fernando Guinard. En 2002 Aguilar publicó Nada es para siempre. Antimemorias de un nadaísta. En el año 2008 le fue entregado en Caracas el Premio Internacional de Poesía ‘Chino’ Valera Mora por Paños menores. Actualmente es columnista del periódico El Tiempo de Bogotá y el País de Cali.

 

 

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