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 ReVista OjOs.com   SEPTIEMBRE DE 2013

COLABORADORES / JOTAMARIO ARBELÁEZ

EL ARTE DE PEDIRLO

 

Desde que el mundo es mundo –si es que aceptamos que lo sea, o por lo menos desde que están en él las criaturas, el rey de la creación, como fue concebido por el bardo del Pentateuco,

     ya fuere por instinto de procreación o afán de recreación,

     se preocupó por inspeccionar y rellenar el inquietante agujero que oculta entre sus piernas su compañera,

     sitio que un poeta sutil calificó como “la rosa entreabierta”.

     El hombre de las cavernas tenía sus maneras. 1

     Con el garrote faloforme entontaba a su virtual concubina,

     luego la tomaba del pelo y la arrastraba a la cueva o el pedregal donde, despojándose de sus pieles,

     saciaba sus instintos hasta que la hembra despertaba a querer poner de su parte.

     Lo que no hacía ya ninguna gracia al cavernícola en hartazgo,

     ahora sólo interesado en empuñar su garrote para salir a cobrar una nueva pieza. 2

     Práctica la mejor por su condición instintiva pero que, lamentablemente, con la invención de la cama y el amor cortés, vino a entrar en desuso,

     y ni tanto, porque desde la entronización del feminismo, que es un machismo con tetas, las trogloditas han devenido a ser ellas.

     Si no me creen, mírenme este chichón en la frente. 3

 

 

 

Para que pudiera asumir los desafíos de la carne desde mediados del siglo veinte en una provincia de tierra caliente, 4 y más si viajaba a la capital en busca de oportunidades de “hacer la vida”,

     la tía Adelfa –que era esposa de un putañero, famoso por su diente y pene de oro–

     me enseñó las condiciones sacramentales para ser buen seductor, que en ese tiempo todavía se llamaba conquistador, como el valiente Cortés:

     nadar, bailar y montar en bicicleta. 5

     Para la hora señalada había que vestir bien, desde luego, pues el que viste mal se desviste peor, como rezaba el aviso de la sastrería de papá.

     Y en este asunto de trapos siempre estuve igualmente bien provisto, por cuanto con el excedente de los cortes de paño de los clientes mi ufano progenitor me confeccionaba pantalón o chaqueta.

     Lo que la tía en mención no me mencionó fue la enjundiosa palabrería. Lo que yo debería decir y en qué tono –porque la frase cambia según la entonación y el gesto que la acompaña–, para que me lo dieran, o concedieran, amén de un beso. 6

     Eso se presentará según las circunstancias, se limitó en su cartilla. La situación irá propiciando los términos. Y toda oportunidad es distinta. Pero te irá mejor mientras menos explícito 7 seas.

Me suscribí a la literatura a ver si encontraba las palabras que procuraran el acceso al misterioso agujero. Por lo menos al principal.

     Pero en las novelas los protagonistas terminan tirando de un momento a otro sin que medie la petición.

     Devoré todos los tratados, desde El arte de amar de Ovidio hasta el de Erich Fromm,

     desde  El Satiricón de Petronio hasta El almuerzo desnudo de Burroughs,

     desde La venta empieza cuando el cliente dice no de Laterman y Sagarin hasta El sí de las niñas de Moratín.

     Y lo mejor que vine a encontrar fue una atinada solicitud al respecto en la Biblia de mi abuela,

     en las primeras líneas de El Cantar de los Cantares, en la pluma rijosa de Salomón. La paradoja es que quien lo pide es la Sulamita:

     “Ah, si me besaras con besos de tu boca, porque mejores son tus caricias que el vino. Hazme del todo tuya, ¡date prisa! Atráeme, Señor, a tu alcoba”.

Con el amigo Quevedo 8 no me fue nada bien, a pesar de que hallé el comienzo de un soneto con un amago de petición onírica:

     “¡Ay, Floralba! Soñé que te. ¿Direlo? / Sí, pues que sueño fue: que te gozaba”. Casi no se atreve a expresarlo el pazguato, ¿por qué? Supongo que por el nombre de la agraciada, poco proclive a despertar la erección.

     El escritor más conocido y reconocido del mundo, James Joyce, utiliza la epístola para anunciárselo a Nora Barnacle:

“¡Cómo me gustaría ahora sorprenderte durmiendo! Hay un lugar en el que ahora me gustaría besarte, un extraño lugar, Nora. No en los labios. ¿Sabes dónde?”.

     El maestro Fernando González, en Viaje a pie, trae un catálogo de prescripciones, entre ellas las de que “casi nunca que se propone se obtiene”, que “casi nunca que se comienza acariciando se falla” y que “toda mujer que se distrae, se entrega”.

     De modo que a distraerlas, pues, con la comida, la bebida y el baile, ya que no hay fórmulas infalibles con palabras preconcebidas.

     Cada uno tiene su estilo y es más importante encontrar el lugar que la fórmula.

     No se lo pide igual un joven artista a una señora entrada en años y en carnes que un adusto millonario a una jovencita en apuros;

     ni un deportista en pleno doping a la gerente del banco que un académico de la lengua a la señora que dispensa los tintos;

     ni un erotómano redomado a la trapecista de un circo que un yogui a un ama de casa apasionada por las obras de Osho.

Se ha comprobado que no importan las palabras del seductor, del peticionario. Tan sólo operarán cuando la dama esté predispuesta a ofrendarlo.

     Y allí viene el otro desembarre del ufano levantador. Cuando lanza su dardo apuntando al motel o al apartamento –al propio cuando es soltero o al del amigo si casado–,

     sea en la mesa del restaurante coreano o en la pista de la excitante discoteca, en el auto de regreso de la represa o a la entrada del cineclub,

     ese dardo ha sido despuntado por la querida requerida y requete herida en lo más profundo de su delicia,

      porque en estas cosas del amor, cuando el hombre apenas va la mujer llegó.

De lo que sí hay que abstenerse es de esos trucos en otros tiempos exitosos, como la queja de que la esposa no lo comprende, que se está en proceso de separación de cuerpos,

     pues aunque ello supondría un deterioro patrimonial del desasistido galán

     podría generar una desaforada ilusión en el prospecto de levante que le haría dilatar la entrega para vender a mejor precio la virtud y la mercancía,

     según teoría del virtuoso del violín y filósofo de recámara Armando Holguín Sarria.

     Ni de posar de experto en el sexo tántrico, en la alquimia sexual y en el culto del kundalini.

     Eso es jugar sobre seguro y haciendo trampas con las cartas de las disciplinas del espíritu.

En ese caso ni necesidad habrá de pedirlo. Bastará con invitarla a un masaje y a refregarle un Sutra en la cama, y en menos de lo que canta un mantra se despojará de la bata. Y terminará por abrir hasta la cartera.

Tampoco hay que acudir –porque eso sería darse por perdido y hasta bandido– a las gotitas enervantes en el cuba libre ni a otros productos que doblen la voluntad antes que las piernas.

     A este respecto es de premio el aviso que me mostró Yury Lesnikov, publicado en la revista Pimienta, de una pomadita infalible para que la mujer se entregara ipso facto.

     Bastaba con untársela suavemente sobre el epitelio del clítoris.

Según el barón Alfredo del Rey, la mayor gracia de pedirlo debe apuntar a recibirlo una sola vez y que quede notificada la interesada.

En lo intrascendental del acto radica su intensidad.

     Una cosa es pedirlo. Tan efímera como el polvo mismo. Muy otra cosa es una declaración de amor o un acoso de boda.

     El que lo pide y se lo dan de una, debe darse por bien servido, terminar el meneo y luego del ritual de un buen baño poner pies en polvorosa, si no quiere correr el riesgo de perder el ancla en esta última polvera.

     No pocas damas descomplicadas se resuelven a darlo para evitar que se lo sigan pidiendo. “Por qué lo hiciste, si no se te notaba mucho entusiasmo”, le pregunté a la chiquilla. “Para quitármelo de encima”, me contestó.

El problema para los hombres viene después, cuando la gomina del polvo se vuelve engrudo.

Más pesada aún que la mujer ligera es la mujer pegachenta.

     La de los arrumacos en los cocteles, la que te monta la pierna en el taxi, la que te mantiene lleno el buzón de correo con la repetición de la repetidera.

A pesar de la cita de Joyce, que podría complementarse con algunas de Éluard a Gala 9, escribir cartas es anticuado y peligroso.

     Sobre todo si son a mano, en papel de colores, perfumado y sobre lacrado.

     Para eso se cuenta ahora con el teléfono celular, por donde el levante es más fijo que por el fijo.

     Escribir poemas para seducir es inicuo. Casi peor que mandar flores o entregar chocolates. No tiene ninguna gracia una conquista que se hace a base de esos detestables detalles que perfilan como huevón. 10

Más bien a la despedida se puede hacer un regalo espléndido para remachar el recuerdo. Pero el recuerdo debe estar más orientado hacia el glorioso remache del machacante que hacia el esplendor del regalo.

     Un poema en busca de un coño es un delito lírico que no tiene perdón aunque logre su cometido.

     El poema de ocasión por lo general es un mal poema, pero hay que tener en cuenta que aún quedan mujeres que se babean por el prestigio del verso,

     y portar uno entre su cartera casi que le requiere permitir al autor que le consigne el mismo chispazo en líquido en la faltriquera de abajo.

     Y lo peor es que el pretendido poeta se infatúa con su conquista, no como tumbalocas con cheque chimbo, sino como bardo inmortal a lo Rilke y Byron.

“No lo pida tanto y verá cómo terminan por dárselo”, me repetía Aura Lucía, una novia neoliberal que tuve cuando me colé en el jet-set.

     Coincidió que cuando dejé de pedírselo a sus amigas ella misma me lo retiró porque creyó que ya me lo estaban dando, y mentira.

     A la altura del 2003 la pedida se puso más difícil con la adopción femenina del término ‘intenso’ para calificar al que es persistente.

     Ese personaje que antes perseveraba para alcanzar, es lo más detestable para las chicas y sus amistades cercanas.

     De modo que hay que tratar de coronar en el primerazo. Contagiando el deseo, despertando la expectativa, estimulando la infidelidad como la más original de las aventuras, con o sin palabras,

     y en lo posible encoñándolas en el acto con todos los subterfugios, que alguno habrá que no conozcan.

Voy a mostrar mi as en la manga. A mí siempre me funcionó este razonamiento perverso:

     “No sé si habrás notado que a pesar de que te miro con tanta intensidad nunca he sido capaz de pedírtelo. ¿Sabes por qué? Primero por respeto. Pero sobre todo porque me daría miedo hacerte daño físico o psíquico. Puede que después ya no sientas gusto con el de nadie... Hasta las prostitutas se quejaban, cuando era joven...”.

     Aunque nunca me falló, tampoco hubo nunca segunda vez. Que era lo que venía predicando.

En lides tan delicadas como son las de la petición del sexo no faltan los ordinarios a los que con sus métodos chabacanos suele irles bien, pues no son muy exigentes de maneras sus requeridas,

     así como muchos viejos la pasan de perlas ingiriendo viagras genéricos, cuando las pindongas que levantan  también son genéricas.

     Suelen en plena discoteca los corronchosos exigirle a la orquesta la canción de Diego Herrera que proyectaron Los Impostores de Durango, Por cuanto me lo das, mientras sacan a bailar pegada a la chica para negociarla.

     Cosa que no se debe hacer nunca por respeto con la dama si lo es o si no también, así después del catrazo se la premie espléndidamente, pero por iniciativa unilateral. 11

Tanto esfuerzo 12 para meterlo y al final tener que sacarlo. Paradojas de la vida galante.

     Lo más cruel es que después de las primeras manos a la presa haya que soltarla. Porque no hay presa superior a la libertad.

Envío: Y hasta aquí llego con “El arte de pedirlo”. Creo que los lectores terminaron por resignarse a que no hay ningún arte infalible para lograrlo.

     Espero que alguna de esas amazonas letradas con quienes fracasamos en el intento de cabalgarnos, ensayen de explayarse con “El arte de darlo”.

     Y que todo termine como me pasó en Madrid con una bella señora que encontré en uno de los bares bohemios de Malasaña.

     Me le acerqué por detrás para decirle que era una de las mujeres más sugestivas que había conocido pero que no encontraba las palabras para pedírselo.

     Ella me contestó sin mirarme: “Sólo dime dónde lo hacemos”.

     Después me di cuenta de que era la autora de un libro con ese título y que quería promoverlo. Aquí aprovecho para seguírselo promoviendo. Y espero que no se moleste con esta generosa propina.

 

 

1 A pesar de su falta de tacto.

2 Esto nos lo cuenta la prehistoria a través de sus exegetas, los caricaturistas modernos, con exageración que está por medirse.

3 A la manera del sátiro de Nabokov, cuando expresa, en Lolita: “Señores y señoras del jurado, mirad esta maraña de espinas”.

4 Cali, capital sensual de Colombia, como Alejandría del recuerdo.

5 Hoy serían surfear, chatear y snifar.

6 A este propósito, encuentro subrayada en el libro Sartre y Beauvoir. La historia de una pareja (Lumen) esta dichosa frase: “Sartre, el futuro existencialista, había tomado una decisión existencialista fundamental. Si no podía seducir a las mujeres por su atractivo físico, las seduciría con las palabras, les mots.

7 Me prometí buscar la palabreja en el diccionario, pero se me ha ido olvidando.

8 Respetuoso cantor del ojo del culo.

9 “Quiero que tu mano, tu boca, tu sexo no se aparten de mi sexo. Nos masturbaremos en la calle, en los cines, con la ventana abierta.” Cartas a Gala 1924-1948.

10  En un tiempo tuve gran éxito con Transmigración: “Cuando la vida humana / desaparezca del planeta / y yo resida en una piedra / y tú en los nervios de una hoja / recordarás que te lo dije / cuando jugábamos al cuerpo/ déjame amarte que más tarde / tiempo tendremos para el resto”. Tarde vine a enterarme de que me lo daban, no por la excelencia del poema, sino de lástimas por mi comportamiento anacrónico.

11 Postdata de mayo de 2012. Esto ha cambiado de una manera dramática en los últimos días, cuando la madre de Dania, dama de compañía que puso en aprietos a los guardias de seguridad del presidente Obama en la Cumbre de Cartagena, en defensa de su hija declaró a los medios que una mujer que cobra por una faena sexual es porque se tiene en muy alta estima sabedora de lo que vale, y que las verdaderas prostitutas son las que lo van dando gratis.

12 Y no pocas veces tanta inversión.

Jotamario Arbeláez

 

(Colombia, 1940). Poeta, escritor y publicista. Uno de los más importantes representantes del Nadaísmo. Su primer libro, El profeta en su casa (1966), confirmó el ingenio y el talante mordaz que distinguiría a los nadaístas caleños. En 1980 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Oveja Negra y Golpe de Dados, con Mi reino por este mundo. En 1985 el Premio Nacional de Poesía Colcultura con La casa de memoria. En 1999 el Premio de Poesía del Instituto Distrital de Cultura con El cuerpo de ella. Ha publicado, además: El libro rojo de Rojas (1970), denuncia del fraude electoral que se le hizo al general Gustavo Rojas Pinilla, escrito en colaboración con Elmo Valencia; la antología Doce poetas nadaístas de los últimos días (1986), y El Espíritu Erótico (1990), antología poética y pictórica realizada con Fernando Guinard. En 2002 Aguilar publicó Nada es para siempre. Antimemorias de un nadaísta. En el año 2008 le fue entregado en Caracas el Premio Internacional de Poesía ‘Chino’ Valera Mora por Paños menores. Actualmente es columnista del periódico El Tiempo de Bogotá y el País de Cali.

 

 

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