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 ReVista OjOs.com     MARZO DE 2013

COLABORADORES / JOTAMARIO ARBELÁEZ

XIOMARA



Cuando ya se me veía como una especie de poeta en vía de extinción, a los diez años de haber entrado a formar parte de

la cofradía de la nada,

 

     el Profeta Gonzalo Arango les escribió a los colegas de la pluma Eduardo Escobar y Darío Lemos,

 

     para que me hicieran una invitación “en pandilla” a sus casas de Medellín, lo cual no se hizo esperar.

 

     Darío convivía con Puma, en la casa de los alacranes, El Palo arriba, y tenían a Boris de meses chupando teta;

 

     a una cuadra de distancia Eduardo, recién casado con Amparo, en un segundo piso esperando a Lucas.

 

     El exceso de amor hacia la mujer que era el amor de mi vida por ese entonces nos hacía la vida imposible,

 

     nos estábamos sacando los ojos y no teníamos sino dos cada uno, el derecho de ella un poquito estrábico,

 

     por lo que en una carretilla de dos esforzados caballos llevé en sus cajas los libros a la casa de las agujas, y empaqué para la capital de la montaña haciendo un alto en Quibdó,

 

     donde pené la desaparición reciente del milagroso hijastro del Monje Loco, el Gigoló de los Dioses, de 10 años, a quien nos lo arrebató un carro de fuego.

 

     Pasé primero unos días chez Darío, sentado a su mesa forrada en hule verde mar como su camisa. “Yo he tenido el mar siempre en mi mesa”, escribíale a la mesa sobre ella misma.

 

     Leíamos por turnos a Maiacowsky, a Michaux y a Perse en ediciones de Fabril Editora, mientras despojábamos de pepas los moños de la Sierra Nevada y nos comíamos en la noche el queso de los ratones.

 

     No hablábamos de Dios y sus ángeles sino de ese monstruo de millones de caras que es el ser humano sobre la tierra, cada cara con el antifaz de un pensamiento distinto.

 

     Una vez instalado donde Eduardo, en el camastro de su biblioteca, donde a duras penas cabía con mis problemas,

 

     llegó a visitarme el líder de los hippies de la calle 60 de Bogotá, Manuel Quinto, con El tibetano de los muertos subrayado hasta la carátula. Yo me iba iniciando en el Kybalion.

 

     Eduardo seguía en su luna de miel sobre una cama antigua de barrotes dorados, en el aposento nupcial contiguo.

 

     Con Quinto éramos muy espirituales pero también algo mórbidos,  como cabe a buenos devotos de la iconografía de los templos de Khajuraho; se nos podría catalogar misión:eros.

 

     Salíamos a caminar la noche entre los apaches cuando, en medio de la una y de los otros, hizo su aparición una niña, tendría doce años, o trece, descalza, con una túnica blanca tirando a gris,

 

     y tal vez en vista de nuestras melenas helenas y, supongo yo, que de nuestra energía recién conectada con el primer dinamo,

 

     se sentó con nosotros sobre la hierba del parque Bolívar y nos ofreció fumar con ella un cachito.

 

     Los atorrantes que merodeaban, tan escoria como nosotros, nos despachaban miradas hirientes como colmillos.

 

     Le pregunté cómo te llamas y me contestó que Xiomara. ¡En semejante traba  escuchar la palabra Xiomara de esos labios de leche pura!

 

     (Años después, cuando remembraba esta historia, la Maga Atlanta, el amor de mi vida en ese otro entonces, había de decirme que Xiomara era la capital de la Atlántida, donde se refugiaron aquellos que se debían salvar.)

 

     Dónde vives, vive Dios, preguntó Manuel, tomando su manita en sus manotas de orangután. Vivo donde me encuentro y en este momento vivo en tus manos, le contestó y se me alborotaron unos celos lejanos.

 

     Sabía que con ustedes me iba a cruzar esta noche porque tengo algo que darles, a los dos –tragamos saliva–, y sé que van a quedar azules como Krishna por el encuentro.

 

     Eludiendo como pudimos la vigilia de la sarta de maleantes drogómanos ascendimos como entre nubes a la casa del generoso anfitrión quien debería estar en el profundo reposo del himeneo.

 

    Llegamos tomados cada uno de una mano de la niña a quien ofrecimos posada para protegerla de los peligros de la calle.

 

     Aun no he dicho que era bellísima, como sólo puede ser un ángel a punto de lavarse la cara. Y su voz tenía un eco de ninfa.

 

Le servimos leche y galletas. Como hacía frío y sólo teníamos una leve cobija le ofrecimos que durmiera entre los dos, el corazón de cada uno apretado contra su hombro,

 

     –de esa manera pensábamos tácitamente que cada uno la protegería del imprevisible monstruo del otro–,

 

     y ella dijo que bueno, pero que le permitiéramos primero entonar su mantra y doblar su túnica.

 

Recién apagamos la luz ella dijo que siempre repasaba el librillo A los pies del Maestro, ¿ustedes no lo han leído?

 

    Eran las palabras del Maestro perfecto trasmitidas por el discípulo, y que el portarlas la protegía de todo mal y peligro.

 

     Que ella sentía ser el nuevo discípulo y que había percibido que uno de nosotros debería ser el Maestro.

 

    Ambos sentimos inmediatamente choqueadas nuestras turbias conciencias de  enajenados. Y desconfianza de que el otro pudiera ser el que no era uno.

 

    Nos invadió a ambos, como después nos confiamos, un profundo dolor  en nuestros báculos de luz que denomina lingham el Kamasutra.

 

     Nos levantamos, la cubrimos con la cobijita de lana,

 

     y nos pasamos el resto de la noche jugando una partida de damas chinas bajo la luna del patio hasta caer de frente rendidos sobre el tablero.

 

     Cuando despertamos, desayunaba con Eduardo y Amparo, y, con la propiedad de un joven Jesús ante los doctores,

 

     les hablaba de las aventuras de Krishnamurti, el discípulo del Maestro y el Maestro de la discípula.

 

     Los ojerosos anfitriones nos miraron con una aprobación profunda por haber detectado a “una enviada” desamparada y haberla llevado a casa,

 

     y sobre todo por el piadoso respeto corporal en que habíamos incurrido, algo que a todas luces los tenía desconcertados.

 

     Le ofrecieron a Xiomara que se quedara a vivir con ellos, y nosotros nos pasamos, con el rabo entre las piernas,

 

     a la casa de los alacranes, chez Darío, donde el camastro era igual de angosto y sólo nos permitía soñar de lado.

 

     Allí descubrimos, en una enciclopedia recién robada,

 

     que Xiomara era un apelativo de origen árabe que significaba a la vez, “la estrella más hermosa del universo” y “la más sutil y bella entre todas las mujeres”,

 

     en la filosofía maya “diosa de la belleza, de la pureza y de la virtud”, en guaraní “agua que corre”, “mujer de lucha” en Brasil  y en otras culturas iba de “mujer ilustre” a “flor de la selva”, “diosa del fuego”, “diosa del mar”, “hechicera o diosa del bosque”.

 

     Al tercer día nos visitó un nervioso Eduardo con la noticia de que anoche no había ido a parar Xiomara y temía que le hubiera pasado algo

 

     porque se le había quedado sobre el camastro A los pies del Maestro, su talismán contra los peligros.

 

     Conscientes de nuestra misión de guardianes de la inocencia, nos repartimos en brigadas, Manuel Quinto y Eduardo, y Darío y yo.

 

     Esculcamos la noche de la ciudad, sus lugares más peligrosos, parques y antros, invocando su santo nombre en vano.

 

     Coincidimos en el parque Bolívar, donde los roñosos marimberos trasnochadores nos dijeron no haberla visto. Y, como si se hubieran puesto de acuerdo sus ojos rojos, que realmente nunca la vieron.

 

    Imposible poner en duda la existencia de ese ser que habíamos palpado con estas manos que no mancan una caricia, no podía ser efecto de la cannabis punto rojo ni de nuestra conciencia en evolución delirante.

 

     En la casa de Eduardo, al retorno, nos inclinamos ante A los pies del Maestro sobre el camastro impoluto. Lo rifamos. Hoy que lo encuentro entre mis libros de viejo, recupero esta historia.

 

     Al escribirla pienso, 43 años después, que el Maestro que vislumbrara Xiomara, sería este escriba ya desligado del yo.

 

     Con perdón del hoy ya tibetano Manuel. Mejor aún, que la Maestra, si las hay, y a esa edad, era ella.

 

     Sri Eduardo, en vista de que el avatara Darío ya es también tibetano, ¿qué opinas tú?

 

“Creo recordar que varios años más tarde tocó a nuestra puerta Xiomara, de la mano de una niña pequeña con una túnica rota, a entregarme una biografía de Krishnamurti llamada La puerta abierta… Pero nada más… Y ahora, qué pienso… Yo ya no pienso. Tan sólo espero llegar al punto donde ya no se espera.”

Jotamario Arbeláez

 

(Colombia, 1940). Poeta, escritor y publicista. Uno de los más importantes representantes del Nadaísmo. Su primer libro, El profeta en su casa (1966), confirmó el ingenio y el talante mordaz que distinguiría a los nadaístas caleños. En 1980 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Oveja Negra y Golpe de Dados, con Mi reino por este mundo. En 1985 el Premio Nacional de Poesía Colcultura con La casa de memoria. En 1999 el Premio de Poesía del Instituto Distrital de Cultura con El cuerpo de ella. Ha publicado, además: El libro rojo de Rojas (1970), denuncia del fraude electoral que se le hizo al general Gustavo Rojas Pinilla, escrito en colaboración con Elmo Valencia; la antología Doce poetas nadaístas de los últimos días (1986), y El Espíritu Erótico (1990), antología poética y pictórica realizada con Fernando Guinard. En 2002 Aguilar publicó Nada es para siempre. Antimemorias de un nadaísta. En el año 2008 le fue entregado en Caracas el Premio Internacional de Poesía ‘Chino’ Valera Mora por Paños menores. Actualmente es columnista del periódico El Tiempo de Bogotá y el País de Cali.

 

 

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