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 ReVista OjOs.com      FEBRERO DE 2013

COLABORADORES / JOTAMARIO ARBELÁEZ

UNA VERGA DESALMADA


(Esbozo de una teoría acerca de la reencarnación de la verga)

 

Érase un hombre a una verga pegado. Mejor, érase una verga sobresaliente encarnada en un hombre corriente.

 

Verga que había recorrido todas las edades en la rueda de encarnaciones, haciendo honor a su nombre.

 

Tenía memoria desde los tiempos del garrote en las cavernas, cuando se usaba como arma contra las fieras.

 

En eras sucesivas, en machos de postín había reincidido. Hasta en un fraile medioevo. Con números romanos habría que inscribir los virgos descoñetados.

 

En nuestra época acampaba tras la bragueta de un fabricante de botones.

 

Vergas con personalidad es lo que hace falta. Vergas que no se arredren ante ningún obstáculo, vergas de una sola pieza, de armas tomar.

 

Esta verga, a la que llamaré Long John para no hacerme verguirrepetitivo, era una de ellas. Cabezona y autoritaria, imponía siempre su ley.

 

Y era autónoma de su poseedor -que no podría decirse su dueño-, y solía pensar por él.

 

El hombre dedicaba a Long John todos sus cuidados, emocionado con el privilegio de portar semejante morronga. La lavaba con jabón de la tierra prometida, la secaba con el vaho de los ángeles, la perfumaba con esencias de mirra, le hacía masajes con aceites del Líbano, para dormir le empiyamaba las pelotas en terciopelo y usaba calzoncillos con cuello de tortuga. La ver... - perdón, Long John-, le agradecía con una leve inclinación de cabeza.

 

El fabricante de botones, por traumatismos de infancia aficionado a desabotonar doncellas, era la mar de generoso con su huésped del piso bajo. Siempre le tenía delirantes rodajas de diversión en cadena.

 

Pero este pobre hombre no entiende, mascullaba Long John masticando un himen. El accionar erótico no busca el placer máximo ni en los virgos ni en las grietas profundas de las putanas.

 

Y censuraba al hombrecillo para sus adentros por querer ir a veces en busca de una mojada de pluma al quilombo. Desdeñaba las rajas embestidas por muchos hombres. Y se indignaba con la timidez del portaestandarte.

Exigía ancas plenas, cricas con motor fuera de borda, riquingos bien resortados.

 

Solteras invernales, primaverales pimpollos, faranduleras otoñales, veraneras bañistas eran siempre bienvenidas a sus embates sabaneros, durante los cuales remembraba sus devaneos a través de la historia, porque la historia se repite, sobre todo en las camas.

 

Cuando perdió la timidez, este hombre asumió su verga como la parte de mostrar de sí, como su encanto más notorio si es que podía tener otro.

 

La llevaba a exposiciones de pintura y conversaba con ella acerca de los manchones irrepetibles de De Kooning, en el cine se le dormía con Brooke Shields, en las retretas se volvía un ocho de la felicidad cuando la libaba una abeja, en los mingitorios respiraba a pleno pulmón.

 

Y hasta al pie de la chimenea, mientras le daba de catar almejas en su propia salsa, le leía poemas de amor de Giovanni Verga, su autor favorito.

 

Cada cual tiene la verga que se merece (sobre todo las mujeres), vanidoseaba el hombrecillo al coser una cuca en botón con su aguja de carne dura.

 

Y cada verga la ‘güeva’ que le acomodan, respondía en sus pensamientos Long John atrapado entre las flacas piernas cruzadas.

 

No se da cuenta esta bola que la verga siempre va adelante, imponiendo respeto, abriendo camino.

 

Long John decidió darle una lección a su iluso dueño siamés y le segregó jugo seminal en la adrenalina inspirándole una idea genial en su oficio.

 

Y así, el pomposo fabricante de ojales despertó de la noche a la mañana convertido también en un flamante coleccionista de botones. Dueño de las dos asas de la perola, se volvió multimillonario.

 

Y nadando en dinero, se olvidó de sus particulares apetencias sexuales, y le dejó la vida libre a su independiente instrumento.

 

Y así, era esta polla florida la que mandaba en la casa del espíritu santo que la iglesia llama el cuerpo.

 

Y la verga razonaba de esta manera: Me vuelve a suceder lo de mis antiguas encarnaciones. Ahora soy yo quien discierne, soy yo quien concreta, soy yo quien define, luego queda probado que tengo una conciencia propia y un alma independiente.

 

Yo debo siempre reencarnar por mí misma y no en el mismo sujeto y es lo que ha venido pasando desde quien sabe cuántos evos. Es hora de desprenderme de este zoquete.

 

Pero no debo ufanarme, porque quién sabe si en la rueda infinita e impredecible de transformaciones, me toque como karma por mi arrogancia reencarnar en el idiota de mi actual dueño y a él le toque habitar bajo mi prepucio.

 

El botonero ojalero le escuchaba con el ojo del culo, que era un sapo, y no resistiendo más tamaña insolencia y menosprecio, y azuzado por el envidioso chiquito que veía llegado el tiempo de su desquite, pues nunca le habían dado el mínimo contentillo por consentir al grandote, se dirigió a su médico de confianza a hacerse capar, emascular es la palabra.

 

La verga aterrada imploraba protección al dios Príapo. El médico escandalizado rebuscaba argumentos para hacer volver de su locura a su paciente para que no procediera a hacerse amputar semejante tranca. Pero el hombre se mantuvo en su decisión.

 

Sabía que podía continuar viviendo sin su majestad milenaria y procurándose el goce *per angosta vía*, mas no ella sin él que le insuflaba su corriente sanguínea y gracias a cuya invasión hemática en los cuerpos cavernosos precisamente realizaba sus travesuras.

 

Y que al amputársela en vida, la miserable no tendría reencarnación posible yéndose derechito a reposar dormida al Nirvana.

 

La rebanada fue limpia y tajante, sin anestesia: rayo láser y suturación súbita.

 

El culo lanzó un pedo de triunfo que sonó como un corcho de champaña en el dispensario. Al caer en el plato, a la verga se le escurrió una lágrima.

Jotamario Arbeláez

 

(Colombia, 1940). Poeta, escritor y publicista. Uno de los más importantes representantes del Nadaísmo. Su primer libro, El profeta en su casa (1966), confirmó el ingenio y el talante mordaz que distinguiría a los nadaístas caleños. En 1980 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Oveja Negra y Golpe de Dados, con Mi reino por este mundo. En 1985 el Premio Nacional de Poesía Colcultura con La casa de memoria. En 1999 el Premio de Poesía del Instituto Distrital de Cultura con El cuerpo de ella. Ha publicado, además: El libro rojo de Rojas (1970), denuncia del fraude electoral que se le hizo al general Gustavo Rojas Pinilla, escrito en colaboración con Elmo Valencia; la antología Doce poetas nadaístas de los últimos días (1986), y El Espíritu Erótico (1990), antología poética y pictórica realizada con Fernando Guinard. En 2002 Aguilar publicó Nada es para siempre. Antimemorias de un nadaísta. En el año 2008 le fue entregado en Caracas el Premio Internacional de Poesía ‘Chino’ Valera Mora por Paños menores. Actualmente es columnista del periódico El Tiempo de Bogotá y el País de Cali.

 

 

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