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 ReVista OjOs.com     DICIEMBRE DE 2012

COLABORADORES / JOTAMARIO ARBELÁEZ

EN LA FIESTA DE LOS MUERTOS…

MILAGRO EN AGUASCALIENTES

 

A Alex Fleites

 

En el nomne del Padre, que fizo toda cosa,

Et de Don Ihesuchristo, fijo de la Gloriosa,

Et de Spíritu Sancto que equal d’ellos posa.

De un acontecer sancto quiero fer una prosa.

Gonzalo de Berceo

 

Decís que no es poesía.

Jaime Jaramillo Escobar

 

 

 

La prodigiosa invitación a tres encuentros poéticos sucesivos en Monterrey, México y Aguascalientes, que en principio pensé atribuible a la acción de la Providencia, que tan bien me ha venido tratando,

 

     resultaría ser intervención de la trinidad que tiene asiento en la capital del imperio azteca: mis poetas piramidales Margarito Cuéllar, José Ángel Leyva y Marco Antonio Campos, “Guardianes de los cuatro rumbos del Universo.

 

     Espero que esta enumeración más bien  prosaica por lo breve de los tres grandes,

 

     no tienda a disminuir la lírica entelequia de mis versículos.

 

     Se trataba de un privilegio que, sin embargo, debía declinar,

 

     por cuanto en mi ciudad natal mi hermanita Mariú, la que conoce y cuenta los cuentos de la familia,

 

     se enfrentaba con las pinzas quirúrgicas a las tenazas de un cáncer.

 

Espero que esta enumeración más bien  prosaica por lo breve de los tres grandes,

 

     no tienda a disminuir la lírica entelequia de mis versículos.

 

     Se trataba de un privilegio que, sin embargo, debía declinar,

 

     por cuanto en mi ciudad natal mi hermanita Mariú, la que conoce y cuenta los cuentos de la familia,

 

     se enfrentaba con las pinzas quirúrgicas a las tenazas de un cáncer.

 

Este contar que me permito va sucediendo por estos días que culminan en la jubilosa celebración del Día de los Fieles Difuntos el martes 2 de noviembre de 2012,

 

     con especial relieve en Aguascalientes, donde surgió José Guadalupe Posada, el hombre que puso a andar por el suelo de los vivos las calaveras desnudas y descalzas, sonrientes y bailoteantes que somos todos

 

Determiné, después de tirar una moneda al cielo que no sé por qué no volvió a caer,

 

     no ir a visitar a la muerte posada sobre el hombro derecho de mi hermanita, a quien prometí un regalillo,

 

     sino aceptar la invitación de la Dueña a saludarla en su propia sede y en sus contradictorios festejos.

 

     Abrí el libro de Gaitán Duran que suele acompañarme en mis viajes y allí estaba:

 

     “Bebemos vino rojo. Esta es la fiesta / en que más recordamos a la muerte.”

 

     La seña era evidente, vine por ella.

 

En Monterrey, al entrar en la Basílica de la Virgen de Guadalupe acompañado por el también pastor Margarito, a quien un cáncer reciente quiso llevárselo, pero supimos ponerle la zancadilla,

 

     vi que salía una Catrina muy emperifollada, quien se me quedó mirando y me picó el ojo mientras se rascaba una nalga.

 

     Todo su rostro era blanco, los labios punzados por líneas negras  y con profundas ojeras.

 

     Los regiomontanos lo vieron pero callaron. Lo único que me alcanzó a decir Margarito fue: “¡Abusado! No le hagas caso.”

 

No tenía noticias al minuto de Cali, por mis oídos entraba la voz de Mariú que me llamaba en las noches: Jotica, Jotica, Jotica.

 

     Supuse que la sostenía la espera del regalito, o del milagrazo. Porque a pesar de que la operación había sido un éxito la paciente se impacientaba.

 

En el D.F. me acompañaron la editora María Luisa Passarge y la poeta Julia Erazo, ecuatoriana como mi madre, al mercado de artesanías,

 

     y darán fe de mi devoción ante el hallazgo del ropón tejido con la virgen de Guadalupe y el ya también santificado pastor Juan Diego, reclinado a su vera, lo que me hizo chispear las lágrimas.

 

En mi adolescencia descreída pensaba que si lograba hacerme a una máscara de El Santo,

 

     el luchador que al bajar del cuadrilátero continuaba su lucha contra todo mal y peligro sería invencible.

 

     Y me doy con ella de frente en un tenderete de Aguascalientes, la compro emocionado

 

     y desde ese momento la llevo puesta para pasmo de los colegas del mundo latino embebidos en sus incontrovertibles poemas.

 

Como en estas compras consumí el tiempo que tenía reservado para visitar la basílica

 

     me dirigí a mi cuarto del Quality Inn, tendí el ropón sobre la cama y,

 

     acostado sobre el espacio a tamaño real de Juan Diego pero siendo yo el doble de santo, le dirigí la plegaria que improvisaba:

 

     “Madre de Dios y de las criaturas que a ti acorremos en busca del socorrido milagro que para ti puede que no sea más que desviar con tu dedo divino un ápice del peligro del tiempo,

 

     preserva la vida de mi hermanita que en su lecho de enferma espera el presente sobre el que estoy tendido implorándote

 

     y bajo el cual ella seguirá cantándote albricias. Amén”.

 

     No dije más, porque en estos eventos poéticos hay que ser cortos con la palabra y largos con la propina, como reitera el munífico Marco Antonio.

 

     La noche de anoche, señoras y señores, asistí al teatro Aguascalientes,

 

     y a los asistentes poetas del mundo latino nos instalaron en la preferencial fila J,

 

     a contemplar el espectacular Primer fandango de calaveras, más de cien esqueletos de todas las profesiones populares echando paso y bebiendo pulque en celebración de la vida

 

     y burlándose de sí mismos alrededor del actor que posaba de Guadalupe.

 

     La misma señora Catrina de Monterrey movía la cadera en escena, avanzó hacia el proscenio y me picó el otro ojo desde su ojera profunda mientras se rascaba la otra nalga.

 

     Marco Antonio me clavó una mirada de inteligencia y por guardar el decoro me abstuve de visitarla en el camerino.

 

   Fue lo mejor que pudiste haber hecho, me dijo José Ángel, advirtiéndome que por cualquier resquicio se me podría colar la Catrina, con no muy buenas intenciones, vale decir.

 

Por esa manía mía de husmear el sexo por todas partes, y más cuando me encuentro fervorosamente sólo,

 

   me propuse soñar entrepernado con María Félix y Frida.

 

     Mientras tratábamos de configurar el monstruo de tres espaldas sentí que algo me impedía participar adecuadamente,

 

     y era la sospecha de que por el ojo de la cerradura nos acechaba para pintarnos el ladino de Diego.

 

     Lo cual no sé por qué me resultaba una pesadilla,

 

     tal vez por la máscara de El Santo que no acaté a retirarme.

 

     Decidí despertar y sentarme a referir este fandango surrealista. Pero una vez despierto qué veo sino un gran sombrero con plumas sobre la almohada,

 

     evidentemente la misma Catrina ojerosa dándome la espalda carnuda y dispuesta a todo, picándome el otro ojo mientras quien debía rascar era yo.

 

     Huelga decir que volví a la ficción del sueño inmediatamente. La realidad me mataba del susto. Clavé pico para librarme de la suculenta tentación de entrar en las escatológicas oscuridades  de la muerte profunda.

 

     Pero antes, me acerque y le susurré tenuemente al oído, mientras el otro descansaba sobre la corona de la virgen de Guadalupe que había dejado tendida:

 

    “Calavera soy por dentro

     Y por fuera soy también

     Calavera a mi manera

     De la cabeza a los pies

 

     Que si la muerte se acerca

     A casa de mis parientes

     Sea para bailar fandango

     Como vi en Aguascalientes

 

     Guárdeme pues Guadalupe

     Virgen de las acechanzas

     Y adjudíquele estas chanzas

     A Posada Guadalupe”

 

Al despertar de verdad, si es verdad que ya estoy despierto, encontré un papelito redactado con letra huesuda que decía:

 

     “Me has vencido, tarugo, por el momento. Me llevo uno de tus libros, Culito de rana, el que despreciaste, y donde estás en paños menores. Pero eso sí, la próxima vez que te vea, por tu madre que me lo firmas”.

 

     Por primera vez -como tanto me había repicado mi hermano Jan Arb en sus trances místicos-, el castigar la carne con la abstinencia me salvaba de quedar en los puros huesos.

 

     Cuando emergí de la tina no encontré el noble recado, al que pensaba sacarle fotocopias para los poetas del mundo latino que aún son incrédulos,

 

     pero la camarera Challo me dijo que se había asustado con ese papelucho y lo había mandado a la alcantarilla.

 

 Acabo de telefonear a casa de la familia, en Cali, Colombia, y están de fiesta con mariachis desde tempranas horas,

 

     pues contra todo pronóstico y luego de un postoperatorio de miedo,

 

     los médicos han dado de alta a mi hermanita Mariú, sorprendidos por la insólita recuperación.

 

     Abro de nuevo el libro de Gaitán Durán y me salta la oración que esperaba: “No pudo la muerte vencerme. / Batallé y viví.”

 

 Gracias Virgencita de Guadalupe… y Posada.

 

 

Aguascalientes, octubre 30 de 2012

Jotamario Arbeláez

 

(Colombia, 1940). Poeta, escritor y publicista. Uno de los más importantes representantes del Nadaísmo. Su primer libro, El profeta en su casa (1966), confirmó el ingenio y el talante mordaz que distinguiría a los nadaístas caleños. En 1980 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Oveja Negra y Golpe de Dados, con Mi reino por este mundo. En 1985 el Premio Nacional de Poesía Colcultura con La casa de memoria. En 1999 el Premio de Poesía del Instituto Distrital de Cultura con El cuerpo de ella. Ha publicado, además: El libro rojo de Rojas (1970), denuncia del fraude electoral que se le hizo al general Gustavo Rojas Pinilla, escrito en colaboración con Elmo Valencia; la antología Doce poetas nadaístas de los últimos días (1986), y El Espíritu Erótico (1990), antología poética y pictórica realizada con Fernando Guinard. En 2002 Aguilar publicó Nada es para siempre. Antimemorias de un nadaísta. En el año 2008 le fue entregado en Caracas el Premio Internacional de Poesía ‘Chino’ Valera Mora por Paños menores. Actualmente es columnista del periódico El Tiempo de Bogotá y el País de Cali.

 

 

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