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 ReVista OjOs.com     OCTUBRE DE 2012

COLABORADORES / JOTAMARIO ARBELÁEZ

GUERREROS DE AMOR Y MUERTE: LA OBRA DE

AUGUSTO RENDÓN

 

Augusto Rendón nació en Medellín, pero su arte nació en Italia, donde fue a alimentar sus furores de juventud. Allí se dio de cabezas contra El Cristo de la Columna de Ucello; contra el Adán y Eva expulsados del Paraíso, de  asaccio; contra las perspectivas perfectas de La Anunciaciónde Piero della Francesca; contra las delirantes Primaveras de Boticelli. Luego centraría su atención en Miguel Ángel, el inmenso sustractor de materia de La Piedad, Rubens, y Goya. A propósito de este último, algo de resentimiento le guarda, porque en una de sus apasionadas críticas, Marta Traba escribió que Rendón “sería el mejor grabador del mundo si no hubiera existido Goya”.

 

Los grabados de Rendón adoptaron el tono apocalíptico apropiado para denunciar la posesión de este mundo por la jinetería de la muerte. De allí el peso rotundo de sus caballos. Durante mucho tiempo estuvo enfrascado en una expresión que rondaba el  compromiso político, al que aportó toda su fuerza y toda su furia. Por algo estuvo vinculado largos años a la cátedra pictórica en la Universidad Nacional, ese semillero de rebeldía. Pero por encima de cualquier etiqueta rondaba el duende zumbón, el humor, más demoledor que un ariete. Y parejo con el humor, un erotismo a carta cabal, desbordante, cáustico, pegajoso.

 

Escribir sobre la pintura de Augusto Rendón, ahora que se ha decidido a mostrar su trabajo de los últimos doce años, es tarea que honra y que regocija. He pasado revista en su estudio a toda esta obra unificada en su diversidad por ese hilo conductor que va del amor a la muerte.

 

Afirma Kazantzakis —que tiene por qué decirlo—, en su obra España viva la muerte, que el toro es Dios. Y que a veces, en las plazas de toros, el Dios se niega a ser sacrificado. Es entonces cuando empitona al torero y lo manda a terminar su faena en la monumental del cielo. Cuando Augusto Rendón se decidió a pintar sus corridas, en las cuales por lo general el torero lleva la  peor parte, comenzó a notar que al otro día de haber realizado su cuadro, aparecía en la prensa la noticia de que nuestro matador estrella, César Rincón, había sufrido una cogida.

 

Sucedió tres veces, ante lo cual el pintor decidió cortarse la coleta con el tema de la reivindicación del toro.

 

Como en el tema de la fiesta brava,  toda esta gran pintura contestataria tiene un trasfondo religioso y ritual. Mítico y continuador de la gran tradición pictórica donde la mujer se presenta en sus fases angélica y demoníaca. Sus Evas tentadas, más que ingenuas, son dueñas y señoras de una majestad pecadora en sus ámbitos paradisíacos. Como si antes de la tentación serpentina hubieran recibido cartilla de Lilith, esa primera mujer de Adán creada por el demonio. “De inmundicia y sedimento”, émula de las liberacionistas, quien sólo accedía al acto sexual con el primer hombre colocándosele encima.

 

Respecto de las mujeres fatales del Antiguo Testamento, se siente la presencia de peluqueras a decapitadoras, de Dalila a Judith y Salomé. Las cabezas de Holofernes y Juan, generadoras de pesadillas entre las mismas victimarias, provienen, más que de Beardsley, de Mantegna, Klimt, Lieberman, Von Stuck, Munch, y Artemisia Gentileschi, para nombras sólo unos cuantos desgarradores artistas que se han ocupado de estos magnicidios y  an aportado sus bandejas para recoger las cabezas peludas.

 

En la serie de los centauros y los guerreros, vuelve la mitología para pisotear a la muerte o confrontar los cuer- pos tensos o musculosos con base en equilibrios como de paso de danza. Es el retrato de la crueldad y conflicto  de la época que vivimos apoyada en reminiscencias míticas enteramente comprensibles. Nada más impactante entonces que plasmar los enfrentamientos en un campo de armonía.

 

Al lago Trasimeno van las italianas a posarle a Augusto como en un desayuno sobre la hierba. El pintor aprovecha para dar rienda suelta al humor y unas propuestas de formas humanas abundosas con desproporciones no exentas de lascivia.

 

La obra de Rendón es una interpretación de la vida desde la óiptica del amor como mal mortal. El hecho de que la sonrisa ronde por la apariencia, para despojarla de la solemnidad, no corta el impacto de las reflexiones. El fuego que reverbera en sus ángeles queda en la pasión del espectador de este viaje por los círculos del infierno de la belleza.

 

Nos encontramos ante una de las apuestas estéticas más válidas del presente siglo en Colombia, ante el testimonio plástico de un hombre que encontró su camino siguiendo al cíclope. Del amor y la muerte es el nombre genérico de esta muestra. Y para calificarla me apropio de estas palabras de Kazantzakis saliendo de su primera corrida: “aquel día mi corazón se conmovió profundamente, porque ahora estaba seguro: la vida es una lucha mortal del amor y la muerte”.

Jotamario Arbeláez

 

(Colombia, 1940). Poeta, escritor y publicista. Uno de los más importantes representantes del Nadaísmo. Su primer libro, El profeta en su casa (1966), confirmó el ingenio y el talante mordaz que distinguiría a los nadaístas caleños. En 1980 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Oveja Negra y Golpe de Dados, con Mi reino por este mundo. En 1985 el Premio Nacional de Poesía Colcultura con La casa de memoria. En 1999 el Premio de Poesía del Instituto Distrital de Cultura con El cuerpo de ella. Ha publicado, además: El libro rojo de Rojas (1970), denuncia del fraude electoral que se le hizo al general Gustavo Rojas Pinilla, escrito en colaboración con Elmo Valencia; la antología Doce poetas nadaístas de los últimos días (1986), y El Espíritu Erótico (1990), antología poética y pictórica realizada con Fernando Guinard. En 2002 Aguilar publicó Nada es para siempre. Antimemorias de un nadaísta. En el año 2008 le fue entregado en Caracas el Premio Internacional de Poesía ‘Chino’ Valera Mora por Paños menores. Actualmente es columnista del periódico El Tiempo de Bogotá y el País de Cali.

 

 

Augusto Rendón.
La heredad, 1979. Litografía, 29 x 36 cm.

 

Augusto Rendón.
Homeje a Bolìvar, 1972. Tinta sobre papel,

30 x 30 cm

Augusto Rendón.
Amigas, 1986.

Pastel sobre papel,100 x 70 cm

 

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