(57) 319 2930843

(57) 318 3269478

 ReVista OjOs.com    SEPTIEMBRE DE 2011

COLABORADORES / JOTAMARIO ARBELÁEZ

Jotamario Arbeláez

 

(Colombia, 1940). Poeta, escritor y publicista. Uno de los más importantes representantes del Nadaísmo. Su primer libro, El profeta en su casa (1966), confirmó el ingenio y el talante mordaz que distinguiría a los nadaístas caleños. En 1980 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Oveja Negra y Golpe de Dados, con Mi reino por este mundo. En 1985 el Premio Nacional de Poesía Colcultura con La casa de memoria. En 1999 el Premio de Poesía del Instituto Distrital de Cultura con El cuerpo de ella. Ha publicado, además: El libro rojo de Rojas (1970), denuncia del fraude electoral que se le hizo al general Gustavo Rojas Pinilla, escrito en colaboración con Elmo Valencia; la antología Doce poetas nadaístas de los últimos días (1986), y El Espíritu Erótico (1990), antología poética y pictórica realizada con Fernando Guinard. En 2002 Aguilar publicó Nada es para siempre. Antimemorias de un nadaísta. En el año 2008 le fue entregado en Caracas el Premio Internacional de Poesía ‘Chino’ Valera Mora por Paños menores. Actualmente es columnista del periódico El Tiempo de Bogotá y el País de Cali.

 

 

LA FILOSOFÍA DE UN TOCADOR

 

El presente texto pertenece al libro “El séptimo piso”,

escrito por el poeta con ocasión de su reciente

cumpleaños, de próxima publicación, en cinco tomos,

bajo el título genérico “Vida de poeta”.

 

 

 

Como retaliación genérica por el marfil de los cuernos que me puso el primer amor me propuse, evitando el enamoramiento que todo lo arruina –y con el propósito aleve de verlas terminar a todas en la misma caldera del diablo–,

     poseer en silencio a la mayor cantidad de damas que consintiera, de acuerdo con mis sutiles maneras, contraídas de La filosofía en el tocador, del divino Marqués de lino, o sea desfondándolas,

     en una fila india insondable en medio de mi selva negra, tal en su poema Dukduk André Breton define “como una locomotora de mujeres desnudas”,

     y a fe mía que logré tanto como me permitieron mi alborotada testosterona, el ánimo de revancha y la testarudez de la pinga,

     con solteras, casadas, viudas, ennoviadas, unionlibristas, liberadas, pacatas, blancas, amarillas y negras, vejanconas y jovenzuelas, turistas y regionales, ayudado al comienzo con un poco de verba, yerba, vaselina con cocaína

     y más tarde con el opulento salario de los genios publicitarios.

 

No es que quisiera emular a Don Juan, quien tanto se enredaba simulando el flechazo, para devorar, más que una vagina, una honra, mientras más encumbrada, tanto mejor;

     sino más bien al advenedizo charlatán Casanova, que iba al grano con cualquier cualquiera que le cayera, de frente mar, por la pura satisfacción de ejercitar el rastrillo,

     como lo escribe memorioso en la biblioteca de Dux, donde lo acomodara, más por masón que por amigo, el conde de Waldstein, al final de sus años, 73.

     Cómo se le inflaba a uno el pecho peludo al asistir a los cocteles artísticos y vislumbrar que la mayoría  de las elegantes mujeres con un vaso en la mano del brazo de sus parejos había sucumbido a sus entusiasmos orgiásticos.

     Pasados los calendarios, hasta contar cincuenta, el encontrar a las pirujas del ayer en idénticos vernisajes, introduciendo con orgullo y desprendimiento a sus lindas nietas

     despierta risas irónicas por las vueltas y sorpresas que da la vida.

Porque “a cada hombre le es dado disponer de por lo menos tres generaciones del mismo tronco femenino, sin caer en la aberración”  .

     Cada vez que plasmo en papel mis deslices por la lubricidad de la época, como hizo Choderlos de Laclos pintando la suya,

     pienso en el poeta sacro Jan Arb, conminándome desde siempre al arrepentimiento y la castidad, a fin de conquistar la poca luz que me falta.

     Agradezco los votos, querido hermano de sangre, encerrado sólo en lo que fuera la casa de las agujas, ya sin agujas, trapeándola y con fervor cantando al Señor.

     Cada uno elige las vías para salvarse, como empeñarse en la Biblia y ayudar a viajar a los moribundos.

     Pero al yo avanzar por las mías lo hice rompiendo hímenes. Y, si la estación fue propicia, estrenando esfínteres.

     Los que escriben para divulgar o defender sus ideas o las ideas filosóficas, económicas, estéticas o políticas que profesan yerran ante quienes no comulgan con sus ideas.

     En cambio quienes parlotean sobre el sexo no se equivocan en el trance del término al lector ojo,  porque todos disfrutamos del sexo en distintos tonos del goce, excluyendo a quienes se extasían en el celibato.

     Y leer sobre este santísimo sacrificio es entrar a reverenciar a las divinidades inescrutables que nos pusieron a corretear por el mundo sin antenas, pero con hipersensibilidad en el falo.

 

Convenido que pasaron los tiempos del cavernícola, ahora se impone ser galante.

     La galantería no consiste en abrir la puerta del carro para que ella ingrese o descienda, ni en enviarle un ramo de rosas de Don Eloy, ni en esperarla con paciencia hasta que se termine de acomodar los labios,

     ni en invitarla al restaurante Andrés carne de res a comer babosas de mar, cangrejos de río y testículos de gallo en aceite de arroz con abundante paprika, humedecidos los labios con los sacramentales 3 dry martinis para que se le aflojen las piernas,

     sino, una vez en el exclusivo sitio final, en proporcionarle que llegue primero al estremecimiento supremo dos o tres veces antes de irle a hacer compañía.

     Todos los días todos los seres humanos, y los otros, dormimos y despertamos,

pero ya casi nadie cree en el milagro, ni siquiera en el de dormir y de despertar. Mas yo os digo, humanos de verga roja,

     que el milagro mayor está entre las sábanas, cuando la entre dormida pareja se ínter penetra en busca de una salida del mundo y del propio cuerpo,

     y la encuentra en algo como ese éxtasis que anhelan los venerables iniciados y que en ellos se manifiesta en orgasmo cósmico,

     vislumbre donde vibran todas las fibras, vaso comunicante con

     las anunciadas delicias del paraíso, iluminación, aleluya del kundalini, anticipo de la Presencia.

 

Todo iba bien; mientras con una mano escribía con la otra iba acariciando una pierna, y cuando alcanzaba el clímax con el poema había alcanzado el clítoris con el dedo, en una sincronización energética de cronómetro suizo.

     Hasta que en un descuido del tercer ojo el capturado fui yo por el último amor, que algo debe tener de ángel porque entró en mi habitación pasando los muros, a echarme la soga al cuello y a zafarme de la tentación de la carne

     –esa condenación de Lilith, la primera mujer de Adán, que sólo se permitía copular estando ella encima–,

     sumiéndome en una monogamia sin esperanzas.

     Debía aprender, según las señas que me viene haciendo desde el meridiano opuesto de nuestro lecho de pétalos de jazmín, mientras yo me derrito recordando a mis necias vírgenes,

     que el amor también se puede hacer con el pensamiento. Bendito.

     El caso es que perdí mis opciones al invicto carnal, al súmmum erótico, que aparte del emperador otomano que solía solazarse en  harenes varios, he averiguado que han alcanzado, entre mis conocidos más íntimos,

     el actor Charlie Chaplin, el pintor Pablo Picasso y el escritor Georges Simenon, todos geniales en su género.

     No hago mención de Henry Miller ni de Bukowsky, para no seguir embromando a las feministas. Ni de Diego Rivera, Vinicius de Moraes ni Bioy Casares, adelantados en el tema, a quienes sí creo llevarles franca ventaja.

 

1 Recuerdo que lo escribí yo mismo, mas no se dónde.

2 Exclamación de Lautreámont en Los cantos de Maldoror.

1

2

 

VOLVER A COLABORADORES            

 © ReVista OjOs.com

Se prohíbe la reproducción de cualquiera de los contenidos de la ReVista, así como su traducción  a cualquier idioma sin autorización de su titular. Email: fernando.guinard@gmail.com / Teléfono: (57) 318 3269478 - 319 2930843 Bogotá, Colombia