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ARTISTAS INVITADOS /  JORGE TORRES

 ReVista OjOs.com     AGOSTO DE 2012

Jorge Tores, Revista OjOs.com

LA MÁQUINA DE COSER

 

Por Jotamario Arbeláez

 

Tu ma, tu ma, tu ma,

Tu máquina de coser

La tu, la tu, la tu,

La tuya que es de moler.

Canción infantil

 

 

1

La máquina de escribir ha sido el artefacto que más he pulsado y por el que he llegado a la adoración,

     En una vida que ya va para larga entregada a las letras sin haber cambiado el estilo.

     Es ya mucho decir que superó el afecto que le profesé a mi anterior estilográfica Parker de tinta verde y tapa de oro contramarcada, regalo del bueno de mi papá al perder el bachillerato

     Con la que a duras penas firmé mis primeros autógrafos cuando me iniciaba en las duras faenas de la pluma antes de perderla en un baile.

     Del acompasado tecleo de mi Olivetti Studio 44 adquirida de contrabando en la isla de San Andrés donde viajé a enterrar en la arena la parte de mi alma que se me gangrenó en un romance

     Me serví para laborar a placer y así sobrevivir sin penurias en un mundo donde el que no trabaja no caga,

     Redactando textos publicitarios que me pagaban a tarifas de genio,

     Crónicas periodísticas como a un talento en ascenso

     Y textos literarios de todo género por lo general ad honorem.

     Todo esto antes de que llegara la computadora a sumergirme en la literatura portátil.

 

     De la máquina de moler a la que daba vueltas en la cocina mi abuela de madrugada con los granos de maíz remojados para asar las arepas de todo el día,

     esas arepas insaboras de la tradición antioqueña que se masticaban a la par con casi todos los platos, con las sopas, los fríjoles, las lentejas, los garbanzos, la carne, el pollo, el pescado y el chicharrón, y hasta el arroz y el puré de papas, prefiero referirme en un canto aparte

     Donde cuente que el castigo de mis travesuras consistía en ir echando en la taza de aluminio de la máquina los granos de maíz blanco que tomaba de otra taza de porcelana, y moler y moler hasta que me quedaba sin fuerzas la masa que la abuela amasaba una vez más con sus manos y a los trozos les daba forma redonda y ligeramente aplanada antes de ponerlos en la parrilla.

     De esas faenas forzadas me resultó un bíceps extraordinario en el brazo derecho, con el que me ha ganado  todos los pulsos, mientras con el izquierdo apenas tengo fuerzas para pedir un taxi en la calle.

     Baste decir que cuando a casa llegó una santandereana a mostrarnos su compleja arepa, hecha a base de maíz amarillo con carne de cerdo picadita, y diversos adobos como comino, ajo y sal, mi padre comentó que le resultaba sabrosa, pero “como para comer con arepa”.

     También dejo para otro día la máquina de afeitar de papá, heredera de la antigua barbera de los arrieros, con correa para pulirle el filo, pues la consideró una costumbre montañera estando como estaba ya instalado en una ciudad.

     Y la otra con la que quedo en deuda es la máquina de retratar, esa Kodak Brawnie Chiquita, que me regalara mi madre el día de mi primera y última comunión.

 

Pero eso sí, hay otra máquina que colma los paisajes caseros a partir de cuando era mudo pues no sabía qué decir y sordo porque no sabía lo que me decían

     Hasta que me di cuenta de que esa música de una rueda girante y una aguja reiterativa era la fuente de ingresos para las ocho bocas de la familia

     y ésa es la máquina de coser donde papá pedaleaba todo el día y toda la noche

     Para confeccionar vestidos completos y en ocasiones con chaleco para los señores de la cálida Cali que a pesar del calor querían posar de elegantes. Nadie nunca aparte de papá manejó esa máquina, como no fuera mamá para limpiarle el polvo con un trapito, en veces con una poca de aceite.

     Pero debo contar que la primera vez que me quedé a solas con ella y traté de coser un trapo, la púa de acero me atravesó uña y falange del índice derecho con hilo blanco

     arrancándome un grito y una gota de sangre

     y era de reír la desesperación de mi abuela corriendo por la casa en busca de yodo, gasa y esparadrapo en tanto yo me chupaba el dedo perforado y dolido.

 

     Desde entonces nunca volvió a ser para mí una herramienta utilitaria sino de culto

     Pues me pasaba los días mirando pedalear a papá como si ascendiera por una cuesta

     Mientras que le leía de corrido los tomos insaciables de Las Aventuras de Rocambole, villano convertido en héroe del bien, que le recomendaba el médico homeópata Luis Rosales Irama para el esplín.

     Él escuchaba espeluznado y para mantener el espíritu alerta y los nervios atemperados tomaba discontinuas cucharadas soperas de miel de abejas con algunas gotas de anís.

 

     Creo que de allí parte, de Ponson du Terrail, mi afán redentorista por este mundo.

 

Nunca se supo qué pobre era porque siempre vestí de paño y en consecuencia andaba con una sonrisa en ristre que salía con el pañuelo del bolsillo de la chaqueta

     y más todavía cuando alcancé la talla de padre y pude disponer de su variopinta guardarropía

     para asistir a los bailes de cuota de la barriada donde era todo un príncipe azul de izquierda,

    pues algún libro progresista me había comenzado a comer el coco.

 

     Qué profesión la de mi padre, pensaba con todo orgullo, la de vestir a la gente para hacerla más gente, como se dice.

     Y hacerlo sentado a la máquina Singer, que había traído de Rionegro a lomo de mula, heredada del maestro que le iniciara, que a su muerte fortuita recibió como cesantías.

     luego de dar vueltas a la gran mesa con su tiza sobre los paños y las tijeras siguiendo la marca de los blancos trazos.

Coincidió que el escritor de quien me pegué para chuparle rueda en la narración de sus eróticos infortunios, tan parecidos a los míos cuando creciera,

     Era el hijo de un sastre de Brooklyn que había escrito, además de Trópico de Cáncer y de Capricornio, primavera negra, donde el capítulo cumbre es La sastrería y cuyo lema era: “Siempre alegre y despierto”.

     Del dolor sublimado por los deslices de un inapagable amor que le dio en el coco surgió su gran literatura de fuego lento.

     Este es un escrito sobre la máquina de escribir y sobre la máquina de coser, no sobre la máquina de culiar que era mi mujer de entonces tan pronto se lo sacaba.

     Otro autor que me apasionó y que también de sastre resultó hijo fue Bruno Schultz, el de Las tiendas de color canela y El sanatorio de la clepsidra, a quien en plena guerra un energúmeno mató en la calle tan sólo para fastidiar a su protector.

     Y no puedo dejar de hablar de Sartor Resartus, el sastre remendado, de Carlyle, del que Borges impugna no saber de un libro más árido y volcánico, más trabajado por la desolación.

     Y ahora me resultó nadie menos que el impecable Gay Talese, triunfador absoluto con una obra sustentada en el porte y comporte de las altas mafias y que parece confeccionada en El corte inglés.

     Pero más aún, la máquina de coser es personaje fundamental en la extraña y extraordinaria novela inédita de Pablus Gallinazo, La bella Marangola, una elegía de mil páginas donde pasa de todo lo que ha pasado en la historia dedicada a su madre que era modista,

     y en El tiempo entre costuras de la española María Dueñas y Coser y cantar de la californiana Whitney Otto.

Ha sido mi proyecto de vida escribir La casa de las agujas, y para ello dispuse de la máquina de coser de papá que esta a la entrada de mi departamento en forma de altar, con todos los fetiches espirituales que he conseguido en viajes y sueños.

     Como esa rosa inapagable que apareció en mis manos a mi regreso de Oniris, como la imagen de Nicolás de Tolentino consolando a las ánimas sepultas entre las llamas, y como el huevo filosofal que me donara un alquimista desilusionado.

     Y enfrente de mi escritorio tengo un cuadro de 2 x 1.5 con una máquina de coser importada del reino de la ficción científica por el genial pintor Filomeno Hernández.

 

2

Estando en las que ando desde que aprendí a coser las palabras en mi máquina de escribir

     Celebrando de fetichista la presencia desde el pie de mi cuna de la máquina de coser

     Hasta la vecindad de la cama saltarina donde tal vez estire la pata,

     Tan sólo me faltaba la más significativa que era el mensaje del pintor Jorge Torres

     Que anda por los mismos aires del culto a la legendaria herramienta que no tiene patente de invención definida,

     Donde me dice que “la música de la máquina de coser que arrulló mi infancia” también arrulló la suya,

     Y me remite una serie de imágenes fantasmales cosidas con el instrumento que utilizaba su madre con el fin de mantener la familia unida en virtud del arte de sus costuras,

     En ambientaciones difusas donde hay unos puntos de referencia que pertenecen a esa memoria que todo lo   desmorona.

     Esa máquina ante una mujer con levantadora entreabierta en el embarazo,

     La silla mecedora recibiendo una luz difusa emitida de un más allá,

     Un gato hipnotizante para subrayar el misterio,

     Un gramófono que emite más luz que música,

     Un paisaje de páramo donde parece tiritar la máquina,

     Un erótico torso desmembrado y descabezado,

     La evocación en trazos de hilo de presencias que ya no están.

     ¿Y qué tal si me escribes unas palabras –me dice– ya que nos hermana el común pedaleo de quienes nos abrieron los ojos?

     Escribo lo que recuerdo y si alguien recuerda en su pintura lo mismo escribo sobre los recuerdos comunes, ahora que todo se va borrando, y no por falta de luz sino porque los objetos también se van.

     La madre de Jorge Torres cosía todas las horas para no deshacer el tiempo,

     Y para que sus hijos no se aburrieran les daba para jugar los carretes de hilo de madera cuando el hilo se le acababa,

     O los conos de cartón de las madejas más grandes,

     O botones a los que ensartaban con hilos largos por los dos orificios y

     hacían rotar y enfrentar unos contra otros,

     Y no faltó que se tragaran algún botón pasable sin ahogos qué lamentar.

     Era en los tiempos en que los juguetes, sobre todo los de los pobres, eran más de imaginación que de cuerda, es decir de piola,

     Como esas cajas de madera que simulaban los carros, impulsados por los motores de la garganta.

     Ya conozco varias docenas de cuadros de Jorge donde es la constante la máquina de coser, en distintos estadios de una evocación que podría ser la fiesta de la tristeza,

     Pues su obra es una elegía a la memoria de su madre activando los pedales que él ahora activa con los pinceles.

     No puede decirse que sea una obra contemporánea, como no puede serlo un tema que se remonta a un pasado que ya no pertenece ni al tiempo,

     Y a un tratamiento donde la maestría es más la evocación que los elementos formales.

     Es un homenaje a la mamá y a la máquina que trenzaron el tejido de la familia

     Pues recuerda el pintor que dominó los hilos antes que los colores, y en su época se hizo sus pantalones bota campana,

     Y por eso se extraña que tanta gente joven le inquiera ahora que por qué pinta tantos cañones.

 

Me apasionan los artistas empecinados, los que toman un tema y lo agotan sin agotarse,

     Degas con sus balerinas, Renoir con sus bañistas,

     Botero y Arcadio con sus gordas, Obregón con sus cóndores, Grau con sus mariamulatas, Saturnino con sus billares,

     Touluse-Lautrec con sus prostíbulos, Balthus con sus lolitas y Giangrandi con sus travestis.

     Mientras Jorge Torres siga pintando sus evocativas máquinas de coser, y alrededor de ellas sigan ambulando esos espíritus que alguna vez fueron carne de nuestra carne,

Yo no me cansaré de seguir pespunteando, con esa empolvada alegría que da la nostalgia,

La casa de las agujas.

 

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