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 ReVista OjOs.com     MAYO  DE 2016

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

DEL FINO GALLO DE PELEA DEL SEÑOR DON ABDEL FATTAH RAJHIR Y DE SUS MÚLTIPLES CONSECUENCIAS GENÉTICAS Y BÉLICAS  (1.961)

 

Para Yanet Villamizar Velasco y sus ¿cuuuántas? gallinas ponedoras.

 

 

El señor don Abdel Fattah Rajhir, pese a ser serio sirio legítimo de nacimiento, era nerviosísimo, anodino y no obstante atildado exitoso extrovertido vendedor al por mayor de finos paños ingleses, galeses, escoceses e irlandeses con cuyos cortes sobrantes y excelentes mandaba a confeccionar en La Tijera De Los Elegantes sus muy sofisticados e impecables trajes y chalecos y nunca descolló con luz propia ni prestada entre sus colegas o paisanos como malandrín porque jamás rió a carcajadas ni asomó nariz u otros apéndices en la casa de lenocinio de doña Emperatriz del Busto ni bebió licores locales o importados. Era circunspecto, inseguro, cortés hasta el borde de la abyección y todos estábamos seguros de que no rompería o fisuraría ni un platico dulcero siquiera. Pelirrojo, pecosillo y de ojos verdes como los semáforos cuando dan vía, al contrario de sus arábigos paisanos, quienes son fermosamente aceitunados y de agareno mirar. Goloso a más no poder detenerse, era muy dado a comer alfajores, pudines, piononos, tartas, tortas, alfandoques, bombones, uribistas, miel me sabes, borrachos, dulces de calostro, uvas pasas, confituras y palitroques, apetencias infantiles estas que doña Sixta Tulia de Calibre le saciaba con generosidad rayana en la indigestión. Contrariando la ancestral genética de los paladares árabes, evitaba de mala manera los condimentos y las especias. También, según algunos de sus más asiduos contertulios en la sala de estar del Hotel De Siempre, Ephraim Dichi, el sefardita aquel que era sumo invasor de la intimidad ajena entrellos, afirmaban, suponían, juraban o sospechaban que contrabandeaba desde años ha y desde Ciudad de Panamá y Colón paños igual de finos y sofisticados pero más baratos que aquellos que vendía legalizados. Para su infortunio, una muy poco débil debilidad le hacía equivocar el rumbo y perder brújula y sextante: se moría, o quedaba malferido, por jugar a la baraja inglesa, así perdiese gruesas sumas y fajos de billetes de a peso jornada nocturna tras jornada nocturna. No le importaba ni un bledo partido por la mitad: era soltero austero, carecía de hijos naturales o artificiales, aborrecía los lupanares y cuanto dentro dellos había y no patinaba, corcoveaba ni resbalaba en las incorrecciones de la homosexualidad, así que podía hacer con sus dineros y músculos todo lo que se le viniese en puerca y real gana. Amantes, barraganas, concubinas o prostitutas de ocasión pintada calva tampoco le conocimos mal vestidas ni bien desnudas, así que ¿por qué no dejar que se dé sus gustos, aun si lo llevan a la quiebra?, le preguntaban doña Sixta Tulia y su bondad al espejo en su defensa. Y lo dejaban, pero no por respaldar a su defensora de oficio cuanto sí para poder esquilmar sus bolsillos y faltriqueras en los torneos de barajas inglesas que con mucha frecuencia y periodicidad etílicas se celebraban en el dipsómano y coquetón bar del Hotel De Siempre, organizados la mayoritaria minoría de las veces por el esposo de la dueña, otro perdedor indomeñable, excepto cuando le acertó pleno al gordo de la lotería con el 6669.

 

Su imposible de esconder nerviosismo perenne le obligaba a juntar las sudadas manos palma contra palma, subirlas como bocina hasta la boca e hiperventilar a través dellas tal como haría el peor de los asmáticos en la peor de sus crisis, palabra esta que carece de plural. Era un respirar caótico, parecido al asma, pero que no provenía de su organismo sino de su propia nerviosidad delatora. Tan obvio y notorio era su incorrecto respirar que, cuando un as de la pinta que fuese aterrizaba en sus manos, de inmediato se enrojecía su tez, agitaba y embombaba su pecho, expulsaba sonidos guturales y acompasados y comenzaba de súbito a hiperventilar tan fuerte que la cocinera mayor, de pie frente al horno de leña, en oyéndolo, decía apuesto a que le llegó un as de picas al señor Rajhir. Y si eran dos los ases de tréboles, los visitantes y aun los desocupados de la esquina oriental se enteraban de su suerte. Y ni qué escribir cuando la suerte le deparaba un trío de ases de diamantes o un ganador cuarteto de ases de corazones. Decían los lenguones que la lúdica buena suerte le causaría un infarto fulminante en el miocardio. Por ello, cuando abanicaba la brisa y la sorbía para poder respirar, nadie apostaba en su contra, nunca ganando y perdía siempre, sin importar cuántos haces de ases cayeran de azar entre sus manos arábigas y temblecas. Estas consecutivas y onerosas derrotas barajescas empezaron desde cuando, en 1.961, ingresó por vez primera al Hotel De Siempre, acezante, sudoroso y encogido alrededor de sí mismo, tal un pulpo cuando trata de meter la gelatina de su elástico cuerpo maleable en orificios diminutos, y terminaron, sin llevarlo a la bancarrota pues las comisiones que ganaba eran, y con mucho, superiores a sus fracasos, en 1.966, cinco años después, cuando entró por el limpísimo portón del hotel con un fino gallo de pelea en el sobaco izquierdo y una estridente sonrisa Pepsodent bajo el bozo terco.

 

-¿Qué tripa estomacal se le habrá torcido al señor don Abdel Fattah Rajhir que se aparece ahora con un fino gallo de pelea bajo el sudado sobaco?-, preguntó doña Sixta Tulia a la cocinera mayor, quien, prudente, no contestó.

 

-¿Y eso, don Abdel?-, y le señaló las plumas.

 

-Que he cambiado un vicio por otro-, tartajeó en serio el serio señor de Siria.

 

-¿Qué, perdía mucho billete de a peso?-.

 

-Sí, pero si ahora quien los pierde es él, se mumuere, lo maaatan-, tartamudeó de nuevo y empezó con su maldita frenética hiperventilación.

 

-¡Tremendo imbécil!-, quiso decir y no dijo doña Tulia.

 

-Perderá entonces menos, porque los gallos, más si son finos y de pelea, piensan mejor y más rápido que usted y nosotros, los humanos, ¿o no?-, dijo y preguntó doña Sixta, contemporizadora, conciliadora y muy mamadora de fino gallo de pelea. Pero enseguida se reconvino porque el señor Rajhir empezó a hiperventilar abochornado.

 

-Si usted lo dice, doña Sixta, así debe ser-, dijo el tartajo sirio perdedor.

 

-Sí, lo digo, pero no me pare bolas, don Abdel Fattah, mejor présteme el animalito y yo se lo consiento como si fuera mi marido muerto-.

 

-No, no, ni más faltaba, él duerme conmigo, yo lo cuido, lo alimento y le canto las nanas de mi patria para que concilie el sueño y al otro día amanezca descansado y listo a darse la pela y la pelea-, dijo a través de las nerviosas cuencas de sus manos asidas como bocina.

 

-No olvide desarmarlo-.

 

-¿Cómo dice?-.

 

-Que le quite las espuelas, o al menos aflójeselas-.

 

-Gracias-, pensó doña Sixta que le decía suspirando de alivio avícola el fino gallo de pelea.

 

-Se las aflojaré, pero quitárselas jamás, se debilitaría su espíritu combativo-, filosofó sin filo el señor Abdel Fattah, empezando a recomponerse, él y su respiracción acezante.

 

-Bueno, váyanse a su habitación y después me diligencia el registro de ingreso de su fino gallo de pelea, con todos los datos posibles-, dijo ella, para a continuación ordenarle al botones que llevara su equipaje con sumo cuidado hasta la alcoba número 14, que 13, por obvias razones ridículas no quiso don Pedro José marcar en las puertas.

 

El sirio alimentaba a su fino gallo de pelea con nutrimentos energéticos; en el tiempo feliz de la pelecha y para que las plumas le encañonaran lustrosas  le daba de tragar capsulitas de fósforo, calcio, grasa y proteínas; con un gotero óptico le daba de beber a cuentagotas un zumo agridulce en el que navegaban en partes iguales zábila, limón, virutas de panela negra y brandy español y doña Sixta intuía, presentía, que cada fin de semana le embutía entre el maíz tierno y amarillo cinco o seis enervantes semillitas de maracachafa de la India que ella juzgaba inoperantes y que mejor debería cambiar por el Ají Jueputa en polvo para que vea cómo el fino gallo de pelea sacude sus plumas y ataca rivales sin compasión ni remilgos. De igual manera obsesiva el sirio averiguó, y obtuvo, con doña Sixta, la dirección exacta de la mueblería la Rada, adonde fue para pedirle al ebanista que le armase un guacal elegante y resistente en finas maderas de nogal, según las dimensiones que traía anotadas en una hoja de papel cuadriculado. ¿Y eso cómo para qué?, le preguntó el artesano. Para un regalo, respondió. Le exigió que los barrotes fuesen cilíndricos y nunca paralelepípedos rectángulos para no lacerarle el batallador pecho con las aristas. Y con puerta corrediza y manija de acero inoxidable, agregó. Y el piso de madera deberá estar cubierto con finas hebras de paja, remachó. ¿Es que va a meter entre el guacal una paloma guarumera? Sí señor, eso mismo es, dijo el sirio, serio.

 

Dos galleras clandestinas había en los alrededores de Bucaramangracia, ambas en los extramuros cercanos al Pie de la Cuesta y siempre, sin saber nada de trucos ni de mañas al respecto, llegaban de regreso, victorioso el hombre, ileso el animal y repleta la bolsa.

 

-Bueno, algo es algo-, decíale doña Sixta-.

 

-Sí, algo es algo-, repetía el eco del novel gallero.

 

Pasados ocho meses y nueve días y dos venidas triunfadoras del sirio, la dueña del hotel oyó que el señor Abdel Fattah, por imponderables del destino que no faltan y que lo llevarían a una correría imprevista por los departamentos de la costa atlántica, le decía a uno de sus paisanos que se iba a ver obligado a dejar el gallo en el Hotel De Siempre porque si lo llevaba con él a Cartagena, Santa Marta, Riohacha, Sincelejo, Montería, Tolú, Sahagún, Macondo, Soplaviento, Cereté, Tamalameque, Mompox, Pasacaballos o Barranquilla, allá sin piedad y a sangre fría lo derrotarían. Cierto debe ser: un gallo fino de pelea cuidado con mimos destinados a vírgenes princesas no sería rival decente de los plumíferos costeños, alimentados con caldo de ostras, suero atolla buey, ají del colorado, que pica más, y barata pólvora para matar gallinazos.

 

-Mi doña Sixta, ¿puede usted tenerme el gallo?-.

 

-¿Por cuánto tiempo?-.

 

-Cinco o seis meses largos, el tiempo que gaste en vender varios kilómetros de paño a precios de remate por toda la costa atlántica-.

 

-Lo pensaré-.

 

-¿Cuándo, por favor?-.

 

-Esta noche, con la almohada consejera-.

 

-Está bien, señora Sixta, mañana por la mañana hablamos-.

 

-Sí, claro, hasta mañana por la mañana-.

 

-Hasta mañana, por la mañana, no se le olvide-.

 

Pero esa noche no le pidió consejo a su almohada de plumas de oca.

 

-Ay, mire Tía-, le decía también Tía a su hermana virgen y menor, -¿cómo le parece que don Abdel quiere dejarnos el fino gallo de pelea mientras se va para la costa a feriar sus paños? Dice que paga seis pesos mensuales y además me deja un manual de instrucciones-.

 

-Primero explíqueme si la Siria donde él nació es la misma que la Biblia nombra o no-, preguntó Tía con un bostezo.

 

-Eso no viene al caso. Pues claro que es la misma, pero más moderna. Lo que quiero es que usted, Tía, me diga qué opina sobre la propuesta del señor Abdel Fattah-.

 

-A mí se me hace que no, pero como aquí nadie me hace caso, pues usted verá-, y se marchó a su alcoba a darle cuerda manual a las cuentas de su rosario pío pío.

 

Se quedó, pues, con el fino gallo de pelea de don Abdel arropado bajo el aséptico aroma de su imberbe sobaco derecho, antes de romper en ocho pedazos el manuscrito de las instrucciones y luego de leerlo a la carrera y enterarse de que su padre y su madre eran oriundos de Sincelejo, Sucre, y selectos miembros no honorarios de una cuerda de galleros muy dinástica y de casta vencedora y de conocer también que, en el pedigrí que cerraba y concluía el manual, el fino gallo de pelea se llamaba Páncreas, no importándole ni un ardite porque su memoria estaba repleta hasta decir basta y tate quieto de nombres rimbombantes y extravagantes, se dispuso a darle la mismísima alimentación que tragaban las demás aves de corral, en clara, rigurosa e inapelable demostración de democracia gastronómica y avícola. Llevado al consabido zooilógico del solar, en un santiamén atacó sin piedad, pero con exactitud instantánea, a los otros gallos, con espuelas y pico mató seis y dejó mal parados y peor feridos a los restantes, quienes, en tropel y muy mucho avergonzados y acobardados, se fueron a esconder, con las plumas del rabo entre las patas, de inmediato en las malezas y poco salían a comer y beber, arremetió después, energúmeno al máximo, contra los piscos y patos pequineses, a quienes no pudo matar ni herir por sus tamaños, pero sí obligarlos a guardar prudente y segura distancia. Para nada bueno o malo le interesaban sus hembras, las consideraba fofas, obesas, pesadas y lentas. Y el pobre alcaraván, después de intentar en vano, porque Mas Que Digan y sus gruñidos se opusieron, refugiarse en el hotel, no tuvo otro más recurso que parapetarse junto a los gallos derrotados, pero tampoco salía a comer ni beber hasta cuando murió triste, famélico, transparente, huesudo y virgen a los nueve días de iniciado su exilio involuntario. Doña Sixta Tulia, vista y oída -porque escándalo y cacareo fueron de marca mayor- la masacre, se fustigó por no haber despojado al fino gallo de pelea de sus espuelas y aunque ya era tarde, por la noche, mientras el animalejo coqueteaba con una gallina saraviada y pizpireta, lo atrapó de sorpresa con las mallas y redes de una  ágil atarraya para pescar sardinitas y pejes sapos en los Lagos del Cacique, le desató las ensangrentadas polainas de acero puntiagudo e inoxidable y las tiró al tacho de la basura.

 

Cuando nacieron los polluelos, hijos de los huevos de las satisfechas gallinas que el invicto había cubierto y pisado un poco más despacio que sus rivales, doña Sixta notó que eran diferentes, más altos, esbeltos y delgados, compactos, duros, engreídos y sin crestas indiscretas. Una vez los híbridos pollitos llegaron a la edad del sacrificio y de mala gana pasaron luego, sin plumas, tripas, picos, cabezas, espuelas, uñas y otros estorbos culinarios, a cocina, asador, horno, olla y platos del comedor, empezaron las quejas de los comensales. Que la carne es dura, acartonada, rojísima, insípida, puros tendones y músculos, que sabe a campo de batalla y a mal genio y que los diámetros de sus muslos son menores y peores que los servidos y comidos en meses y mesas anteriores.

-Ve, yo se lo dije y se lo advertí bien clarito-, se desquitaba su hermana solterona, -ahora pues chupe, que eso le pasa por no hacerme caso y andar pensando en los huevos del gallo-.

 

El sirio no regresaba de la costa atlántica y su tardanza presagiaba malos ratos. Era imposible continuar con el fino gallo de pelea como semental avícola porque le dañaría el negocio del restaurante. Pero doña Sixta no se atrevía a obrar sin antes consultarlo con su almohada de plumas de oca. El belicoso animal, que bruto no era, o por lo menos no tanto, captó el cambio de comportamiento de su nueva ama, quien de solícita pasó sin transición a desdeñosa y olvidadiza. La paranoia y la desconfianza lo invadieron y sus plumas empezaron a decolorar. Cambió de estrategia y trató de amistarse con sus desconfiados rivales anteriores, pero ellos estaban tan asustados y resentidos que no le pusieron bolas ni caso le hicieron y continuaron rehuyéndole. Visto que el mastín se había puesto de su parte cuando atajó al alcaraván en su huída hacia el interior del hotel, creyó que podían ser amigos. Le pidió, en un idioma que nunca nadie pudo ni supo descubrir ni describir, tal vez, ojalá, una sorprendente, sorpresiva y repentina aleación quíntuple de alemán, español, señales internacionales de sordomudos, quiquiriqueos y ladridos varios, que lo escuchase. Y el perro, solidario, accedió y prestó sus recortadas orejas para que a través de lo que quedaba dellas le contara sus plumíferas cuitas. Estaba tan trastornado con la indiferencia de doña Sixta que le abrió el corazón y el pico sin remilgos: yo quiero que usted, Mas Que Digan, me explique qué es eso de la misa del gallo, si es peligroso ir; no, no lo es, cuando mucho le pueden mamar gallo, pero que no se preocupara porque los ritos religiosos se han degradado y ahora la grey piensa en otros asuntos más carnales y agradables, como lo es el emborracharse y salirse con la suya con las mujeres ajenas. Pero no quedó muy satisfecho con la canina respuesta y prefirió no asomarse por allá, no fuese que lo atasen y lo ofrecieran como santo sacrificio del alto altar benemérito. Además, para decírtelo de una vez, mi querido perro, tengo la sensación de que me quieren matar; ¿quiénes, los piscos ayudados por patos pequineses y gallos sobrevivientes?; no, por alguien que camina en dos patas y carece de plumas; ¿no estarás pensando en doña Sixta, o sí?; algo, algo, pero cambiemos el tema, me siento muy ofendido, hasta la última de mis plumas, y de mis espuelas también, porque mis enemigos me gritan polvo de gallo y no entiendo por qué, si yo me demoraba más que ellos en el trajín; no te preocupes, te están mamando gallo también, déjalos respirar por la cicatriz; pues no, sí me preocupo, me parece que la dueña los está incitando para que se amotinen, me embosquen y me jodan; no seas cansón, paremos de hablar mierda y vámonos a dormir. Y se fueron.

 

A la fría mañana siguiente, un marconigrama urgente firmado por el patrón de la misma nacionalidad del señor Rajhir le informaba a doña Sixta la muerte de su empleado por síncope cardíaco porque no puedo hiperventilar más apenas lo fueron a detener para que explicase si una caleta hallada en las costas de Tolú llena de kilómetros de paños extranjeros era de su propiedad, como parecía colegirse por las pesquisas hechas hasta ahora por las ¿autoridades? aduaneras. Y con ese fino gallo de mierda y de pelea, haga lo que le dé la gana, concluía el fúnebre telegrama. Y ella hizo caso. Agarró un leño, puso en su debajo al condenado y le desvertebró el pescuezo. Tiró el cadáver y sus plumas a las aguamasas y la cómoda jaula al fogón, en donde, sobre sus llamas y flamas, fritó seis yucas. Mandó ahogar a los pollitos nietos del señor Abdel Fattah Rajhir, compró un batallón de gallos jóvenes, saraviados y plumicrespos casi todos, restituyó la genética anterior y desde entonces huéspedes y comensales comieron felices pollo a la canasta, asado, apanado, a las brasas, frito, desmechado en empanadas, ensaladas, emparedados, árabe, a la broster y cazuelas.

 

Madre pregunta a Tía si acaso al fino gallo de pelea del señor don Abdel Fattah Rajhir le dio por pensar en los huevos del gallo cuando estaba encaramando las gallinas más despacio y mejor que los gallos anteriores y por eso se distrajo y no midió las consecuencias de su veloz placer y por eso le pasó lo que le pasó.

 

-Pues claro, ¿a quién se le ocurre un gallo estúpido pensando en sus propios huevos?-, preguntó Tía.

 

-Solo a él, que ha debido pensar más bien en los huevos de los gallos que masacró a mansalva, sobre seguro, con clara ventaja para sí-.

 

-Por eso le digo-, insistió Tía, -solo a él, se lo merecía, chupe-.

 

-Sin embargo-, concedió doña Sixta, doblando una fina venia cortesana, -el fino gallo de pelea del señor Abdel Fattah Rajhir era gallardo con las gallinas cuando estaba encima dellas: se demoraba diez segundos más que sus vencidos rivales-.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

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