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 ReVista OjOs.com     AGOSTO  DE 2016

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

TELEVISIÓN EN NEGRO Y BLANCO DE BURLAS (1.954)

 

Para Jama, el hijo que no tuve.

 

Charta, Santander del Sur, es una fría y endogámica población enquistada como pesebre pobre en las auríferas e hídricas laderas superiores del mal llamado Páramo de San Turbán, y escribo así, mal llamado, porque en las épocas aciagas de la homicida colonia depredadora se le conoció en el virreinato, ojalá virrey mato, como el Páramo de Masturbán, hasta cuando, maldita sea la hora, a un cretino sotacura doctrinero y fanático se le colmó la paciencia que le hacía tanta falta en el confesonario a la hora de la penitencia y sin permiso de nadie ni nuestro le cambió el nombre por el de un santo idiota e inexistente en el santoral: San Turbán. Desde allá, bien vestida, mal peinada y a bordo de destartalado y audaz bus de la Flota Cáchira llegó a las calles y carreras, glorietas, diagonales, transversales, paralelas y avenidas destapadas de Bucaramangracia y a las instalaciones del Hotel De Siempre una anciana poderosa e inclemente, de incipiente bozo que enmascaraba con agua oxigenada, rigurosa moña de gitana, ligeramente obesa y fofa, pésimo olor en boca, cuello, orejas, nalgas, ingles, pubis y sobacos, de gran musculatura masculina, marimacha, terrateniente, avara, latifundista, exitosa cultivadora de cebolla cabezona, trigo, maíz amarillo y papa criolla, ganadera de hatos de carne y leche, injusta propietaria de una percherona bretona, asnos, mulos, caballos, establos y puestos de monta, dictatorial, soltera, solterona, de mala gana virgen, sin hermanas, hermanos, sobrinas, sobrinos, primos o primas, tías o tíos, padre o madre, abuelos o abuelas, novios, mozos o amantes, injusta y millonaria en pesos y enemigos. Una vez cumplidos los requisitos legales como para lograr ser considerada huésped bienvenida, abrió la boca, mostró el oro y el cobre de sus dientes y le dijo con voz de sargento viceprimero a mi madre, quien ya estaba a la defensiva ofensora con tan solo verla:

 

-Vengo de compras, señora mía, así que indíqueme rápido dónde las puedo hacer-.

 

-Primero dígame rápido qué quiere usted, seeeñora, comprar-, contraatacó doña Sixta Tulia, con el marcial vozarrón de los tenientes coroneles que no tienen don de mando en sus hogares y por ello se desquitan en cuarteles y barracas.

 

-Mogollas y mojicones Trillos con vendaje y un televisor en negro y blanco, como ese que tiene usted ahí en la sala gracias a mi teniente general Gurropín-.

 

-Pues ha llegado usted al sitio indicado, porque la panadería esa con vendaje y tan afamada y costosa queda aquí justo al frente, calle de por medio, vaya asómese y mire y verá. Y para el televisorcito en negro y blanco le tengo, seeeñora mía, unos contrabandistas que le consiguen lo que sea, hasta marido extranjero e importado sin pagar impuestos-, bramó doña Sixta, al borde del mal genio.

 

-Bueno, bien, entonces vaya y me compra de una vez por todas cien mogollas y cien mojicones Trillos con vendaje, aquí está la plata, tome, coja-, y del seno, que nunca segregó leche materna ni recibió manoseos masculinos, extrajo, como si nada le costase, un fajo gordo de flacos billetes de a peso.

 

-No puedo, estoy coja, usted misma me lo ha dicho-.

 

-¡¿Yo, cuándo?!-.

 

-Hace unos segundos, ¿no ve que usted me dijo aquí está la plata, tome, coja? Así que no puedo ni quiero irrrr-, gruñó la iracunda ira de mi madre.

 

-No, tan delicada que me resultó-.

 

-No me toree, es que aquí, señora, mandamos yo y mi marido cuando puede hablar-.

 

-¿Tiene problemas o qué?-.

 

-No, se la pasa borracho-.

 

No se agarraron de las mechas porque de milagro apareció la bicicleta Raleigh con la escocesa encima della, exhausta, sedienta, erótica y lujuriosa en extremo de hacer pecar a los varones y les cortó el diálogo que ya iba cuesta abajo y a toda prisa para declaracción de guerra no declarada. La matrona de Charta había perdido frente a doña Sixta Tulia su autoridad nacida del dinero, se registró cabizbaja, cabecidura pagó sin descuento la noche que iba a pernoctar en el hotel y se dejó llevar por el botones hasta la habitación número siete, la peor del Barrio Obrero y por tanto carente de baño privado, para que recuerde lo que es lavarse el puerco a la intemperie, pensó doña Tulia. Hora y tres cuartos después de esta humillacción que no esperaba así de nítida, sin haberse bañado ni los dientes, pero sí cambiado de ropa e igual de mal vestida, cruzó la calle, compró las cien mogollas y los cien mojicones Trillos con vendaje, los trajo de regreso en una bolsa a punto de estallar y volvió a salir en busca del contrabandista de televisores en negro y blanco. De la rabia se llevó entre sus apáticas tetas la llave de la alcoba, contravención que doña Sixta procuraba evitar para así saber quién estaba o no en el hotel. Después de almorzar una voluminosa sopa grasienta de mollejas, arroz blanco con pega pega, ensalada de verduras tiernas, patacones pisados al limón y cerrero guarapillo en los comedores sin manteles ni servilletas de la plaza del mercado central, tornó al hotel seguida por un temeroso caleta con aliento a cigarrillo Piel Roja que le traía en una zorra, y metido entre la caja de cartón más grueso que encontraron, el televisor de marras en negro y blanco. Bajo el pestilente e hirsuto sobaco izquierdo la abusadora terrateniente traía apretados el comiso que tragaría por cena cerca de las ocho de la noche y la llave que se había llevado iracunda. Permaneció encerrada en su alcoba, sin hablar de nada con nadie hasta las primeras tiernas luces del alba, cuando, sin haberse mal bañado ni los dientes de oro, acompañada por las compras y por parte del comiso que no se había comido anoche, abandonó el hotel, pidió un taxi, se largó para el terminal de la Flota Cáchira y en cuatro horas, mal contadas de prisa por minuteros y segunderos de las manecillas del reloj del conductor, regresó a sus dominios, cuyas gramas, pastos, céspedes y cultivos, tan pronto la sospecharon cerca dellos de inmediato empezaron a maldecir. Una vez allí respiró satisfecha a sus enormes anchas, se sintió otra vez doña Circuncisión de Jesús Mendoza Fletcher, la muy poderosa, y empezó, siniestra y desatinada, a escupir, sin babas visibles ni pausas audibles, un absurdo sartal de improperios, descomedidas órdenes y amenazas a diestra y siniestra: que recojan el estiércol de vacas caballos y mulas para hacer con él majada que le cambien el agua sucia a toches mirlas cucaracheros azulejos y copetones de mis jaulas que mañana bien tempranito perezosos desteten los terneros que haiga que destetar que tengo mal genio y pior humor porque no llevé a Búcara tabaco de mascar que por qué se les olvidó bobarrones empezar a cosechar el máiz amarillo y las cebollas cabezonas que miren que si se les pudren yo les cobro con intereses pior que los bancarios que las jolstein quedaron mal ordeñadas que el hijueputa de mi vecino rompió la cerca de mi potrero favorito y no la quiere remendar que si ya aceitaron mi escopeta de perdigones y cañón doble o si no los cojo a bala que no preñen más a sus mujeres porque después cómo educan a los críos que le digan al cura que mañana el marica del sacristán se le pegue a las campanas después de las nueve de la mañana para que yo pueda dormir que estoy mamada con el viaje desde Búcara que me barran pero ya y bien barrido el secadero del máiz que si el herrero viene desde Vetas la semana prócsima y no me lo traen amarrao para que le corrija y le enderece el caminao a mi percherona favorita los capo con un cortaúñas que recen para que no llueva tanto que la quebrada se va a salir de madre y yo de la ropa y ustedes ya saben cómo soy yo empelota que si me vuelven a llegar tarde y con aliento a guarapo les descuento parte del salario y no me amenacen con la oficina de trabajo que yo a esos tipos les doy pasto caldo y seco y postre tráiganme de almuerzo las dos piernazas la pechugota y la completa rabadilla de la gallina más gorda denle al perro cojo los sobraos de este comiso que compré ayer nomasito con el sudor de sus jrentes y que me despierten a juro a las cinco de la tarde porque les tengo una sorpresita que ya verán. Y se echó como marmota fofa a dormir y a callar y a no soñar, vieja hijuepuerca. Por fin, bañada en tina y con totuma pero metida en la misma ropa ajada y sucia de antier, reapareció en la puerta portón de su cuarto y dijo a gritos que convocaba a todo el personal masculino de su jinca para que a las seis y media en punto vieran sentados en taburetes o en el piso, y gratis, cómo funcionaba de bien el televisor Philips en negro y blanco que ayer nomasitico había comprado al rabioso contado en la, mentiras, Casa Hermes y para que de igual manera y gratis supieran que mogollas y mojicones Trillos, con vendaje, si se servían con chicha de corozo y no con limonada de panela rubia, eran de rechupete y para chuparse con la lengua todos los dedos, las manos, los callos, las uñas y los uñeros. También que, como prueba de afecto que no se merecían ni en las curvas más suavecitas, invitaba -obligaba a ir- a todos sus aparceros, eso sí sin sus jamilias. Entre unos tontos y otros bobos sumaban noventa y cuatro escuálidos explotados y analfabetas, excepto el adoctrinado capataz, quien sabía leer no de corrido, escribir sin reglas de hortograjía, sumar pero no restar y multiplicar pero no dividir,  así que se sintió contenta, muy contenta, contentísima, porque le sobrarían las cinco mogollas y los cinco mojicones, con vendaje, de los Trillos para diez futuros desayunos austeros y sin chingua. Les ordenó aplastarse al acomodo della en la recién barrida y trapeada terraza que hacía de secadero del maíz amarillo como bien o mal pudieran, siempre, eso sí, dígame, que me obedezcan. En el barrido y trapeado piso los jóvenes y en los taburetes los cuchos, dijo, extrañamente puesta en razón y le gritó al capataz que le trajese, primero, la palangana esmaltada que oficiaba de escupidera cuando mascaba tabaco, a continuacción la caja grande de cartón con la que había llegado muy cansada esta mañana desde la capital departamental, le armase después una tarima en el centro mismo del secadero de maíz amarillo que soportase su peso y no la hiciese perder el equilibrio y en seguida inmediata el roto y raído sillón morado y bendito que el vivaracho obispo de Bucaramangracia le había dado como regalo a trueque de abundantes diezmos, óbolos, limosnas y primicias porque sentada en él como femenino pachá iba a dirigir una función que sus súbditos jamás olvidarían. Los pasmados y lelos noventa y cuatro intrigados observaron con impaciente paciencia cómo el capataz cumplía veloz y al pie exacto de la letra no escrita por ella todas sus órdenes. Despacio, para aumentar la expectativa creciente, se dirigió al enchufe, conectó el televisor en negro y blanco y casi se paralizó de la ira al ver que en la pantalla aparecían líneas blancas, negras y grisáceas en perpetuo movimiento ondulatorio y horizontal pero ningún ser humano, animal, vegetal o mineral. Guardó la compostura quién sabe dónde, no se inmutó, ruidosamente  aplastó sus glúteos como estrepitosa retroexcavadora en el mueble episcopal, montó carabina, dejó asomar su peluda e hirsuta entrepierna maloliente, empezó a mascar tabaco negro y a escupirlo por módicas cuotas en la palangana, guardó la ira en un bolsillo que estaba roto, la frustración en otro descosido y les dijo a sus peones y aparceros que mientras tanto se tragaran los noventa y cuatro mojicones y las noventa y cuatro mogollas, con vendaje, de los Trillos y que se las pasaran con buches de la chicha de corozo que el sorprendido capataz escanciaba en noventa y cuatro desconcertadas totumas. Ella también se engulló su mogolla y su mojicón, con vendaje ambos, pero como era evidente por ser la poseedora del dinero de toda Charta y aledaños, se los pasó con una cerveza helada Chivo Clausen tipo exportación y tapa rosca. No sucedió nada, excepto rayas y rayas y más rayas y de cuando en vez algunos sonidos ininteligibles que rompían el silencio de los sorprendidos engañados que no comprendían bien, porque no lo sabían, que para que un televisor en negro y blanco funcione es menester contar con la señal, que por esos jocosos días apenas si cubría menos mucho menos de la mitad de los barrios de Bucaramangracia y ni se diga nada de las poblaciones aledañas. A las nueve de la noche, muy digna y benévola les dijo a todos: bueno, se acabó esta magnífica función, tengan o no ustedes muy buenas noches, que mañana hay que trabajar el doble o el triple desde la madrugada. Nadie abrió la boca ni la jeta ni menos soltó burla alguna de ninguna especie. Pero cuando, siquiera, doña Circuncisión de Jesús murió veinte años después de apoplejía inesperada y fulminante en un potrero baldío, catorce sobrevivientes empezaron a liberar la lengua y las palabras, en especial los adjetivos y la insultaban con fervor nacido del rencor. Pero yo conocí un tozudo vejestorio que aún hoy en el 2.012 jura y rejura que la televisión en colores y control remoto que vemos ahora no puede ser verdad porque es imposible meter a los empujones hombres, mujeres, animales, tormentas, música, lloviznas, edificios, carreteras y otras jodas por dentro del aparato para que salgan campantes y como si nada en la pantalla y que además no tiene ni  na palabra que reprocharle a su patrona porque él y los otros noventa y tres pasaron una deliciosa velada comiendo mogollas y mojicones, con vendaje, de los afamados y numerosos miembros masculinos de la familia Trillos con vendaje y jartando guarapo cerrero de corozo y piña en la grata compañía de su benefactora ingrata.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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