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 ReVista OjOs.com     ABRIL DE 2017

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

SEÑOR MONSIEUR PIERRE ATHANASE LAROUSSE (1.817 - 2.012)

 

Para Álvaro Suárez Zapata.

 

 


Este estupendo, magnífico y versado caballero francés, procreado y nacido en casa campestre, bucólica y de un solo piso en Toucy, allá por 1.817 y fenecido en París más acá, allí por 1.875, desde cuando doña Sixta, mucho más acá, por 1.940, se apareció señorita y autóctona en los afamados, mentados y aseados portón, contraportón y zaguán del Hotel De Siempre, ya era su huésped barbudo, bienvenido, erudito, extranjero, gratuito y permanente, como quiera que don Pedro Calibre y Ruiz lo había comprado en 1.937 a muy buen precio barato y traído, ya viudo apacible el enciclopédico francés de su suave esposa madame Suzzane Caubel, envuelto en una caja de cartón paja desde las cultas estanterías, estantes y vitrinas de la primera librería que franqueó y abrió sus puertas letradas en nuestra Bucaramangracia, afortunada propiedad desde 1.876 del señor don Tomás Arango y de sus descendientes, quienes por esas analfabestias calendas pretendían, fútil y hueramente, desasnar a nuestros vanos y tullidos mentales compatriotas, perdiendo sin árbitro ni reversa en el intento. Así que el francés señor monsieur Pierre Athanase Larousse puede ser considerado, sin revires en contrario, como el más viviente, vigente y antiguo huésped del hotel.

 

Doña Tulia y su genética bonhomía silvestre, entendiendo a la diamantina perfección, a las claras, a las yemas y sin ayuda de persona alguna, que la sabiduría brotada con amor paternal de las traducidas páginas del francés no tenía parangones, émulos ni dineros con qué pagarla, se juraron ser, aun después de muerta ella, su candoroso buen proceder y su manirrota generosidad sin límites, sus protectoras benefactoras en todo aquello cuanto él quisiese, así disparatado o incorrecto fuese o pareciese. Dado y aceptado que su casi siempre ebrio esposo muy pronto, y gracias al alcohol etílico y sabroso, se desentendió como idiota redomado de sus páginas maestras, lo primero que hizo doña Sixta Tulia fue acondicionarle un magnífico y acogedor aposento en el mejor cajón de su íntimo escritorio, cuyas paredes internas, y que poco veían la luz solar o selenita, cubrió con telas abullonadas para que no se golpeara los lomos ni las esquinas si dormido brincaba cuando soñaba pesadillas rodeado de cubos de alcanfor, bolitas de naftalina y ramas de eucalipto tierno para evitar así que el gorgojo, aficionado a romper y tragar papel escrito o mal o no escrito, devorase la sabiduría que guardaba dentro de sí. Protectora, en la Editorial Selecta solicitó de urgencia que le fabricasen con cartulinas de densidades medias varios forros de diferentes colores con los cuales cubrir sus lomos, la portada y la contraportada y evitar así que el sudor manual de quienes lo consultaban, muy pocos, poquísimos, a decir verdad de a puño, lo manchase e invitase a que la humedad y sus hongos le llevasen la devastadora pudrición analfabetizadora a sus páginas. A continuación inmediata le ordenó a su personal modista preferida, aquella que le cosía solo a ella y no a las camareras, meseras y demás empleados ya sabidos los uniformes uniformes, que sin afanes le confeccionase, a mano alzada y no sentada en la silla de la máquina de coser Singer y sí en un taburete, una docena de cálidos forros en tela gruesa, ojalá pana o paño escocés, de distintos colores que le resguardase de las inclemencias del frío invierno y del repelente manoseo de los escasos de curiosidad y poca sed y hambre de desconocidos conocimientos. Muy a menudo y cada vez que sin compasión, pausas ni frenos la asaltaban inesperados errores garrafales, dudas gramaticales, semánticas o etimológicas, ella, ansiosa, se acercaba a su cajón, lo visitaba vestida, semivestida, desnuda, semidesnuda, mal peinada, con la menstruación a bordo de sí misma, despeinada, siempre sin maquillaje, que no le era menester para hacer temblar de pasión desenfrenada y carnal deseo a machos y conquistadores y le hablaba con interrogantes inocentes y él le respondía con sus páginas sabias, que más parecían las savias que dan vida a las nervaduras de las plantas.

 

Para escribillo en muchas y no en pocas palabras, ella, muy agradecida y contenta porque la sacaba gratis y pronto de dudas y malentendidos, con amor y respeto lo limpiaba, arrullaba, malcriaba, consentía, emperifollaba, perfumaba, despercudía, fumigaba, aromatizaba: bajo la resolana benigna y tibia lo asoleaba media hora para que a continuación durmiera la perezosa siesta junto a ella; en el solar y frente a las atónitas aves le sacudía las páginas para limpiarlas de comas, puntos, dos puntos, punto y coma, puntos finales, seguidos, apartes y suspensivos, tildes, diéresis, comillas, paréntesis redondos y cuadrados, corchetes, asteriscos, signos de admiración e interrogación, asaz innecesarios y superfluos todos y todas y que las gallinas culecas y sedientas de sabiduría se engullían para mejorar y embellecer la postura de sus huevos ilustrados; los domingos de muy poca ocupación en alcobas, comedor y bar se lo cargaba bajo el bello brazo y la lampiña axila de paseo por parques frondosos, alamedas, avenidas y glorietas florecidas, librerías paupérrimas, litografías a punto de quebrar en astillas y en esquirlas, editoriales de escasa prosa y poesía y bibliotecas abandonadas por libros y lectores y cada quincena le cambiaba por nuevos y limpios las pastas de cartulina y los forros de pana.

 

En una de las noches de racionamiento eléctrico, doña Tulia, con él en sus manos y a obscuras absolutas, sufrió un leve tropezón que le luxó un tobillo y le abrió al francés Larousse un leve tajo en la ceja izquierda. Tan pronto regresó la luz, y viendo que su amigo sangraba, con hervida aguja de coser e hilo quirúrgico le restañó la sangría y a continuación cubrió la herida con una rosada y coqueta curita. Y si tontarrones y lambones le preguntaban por qué ese diccionario lucía un parche de marica en la esquina superior izquierda de la portada, ella, sin pensárselo dos veces y seria, a la riposta explicaba que un ratón sediento de conocimientos le había hincado los incisivos.

 

Cuando la sólida amistad maciza entre ella y él, y con ayuda de líquidos riegos de curiosidad espontánea y sólidas majadas de sabiduría instantánea, floreció en rosas espinosas, cayenos de múltiples pétalos, agapantos multicolores, novios vírgenes y azahares de fantasía, tornándose notoria y refrescante aun para ciegos y cadáveres, doña Sixta Tulia le fue con cortesía presentando por módicas cuotas trimestrales a la señora Enciclopedia Británica, con cuyas páginas no pudo el francés entenderse a plenitud porque la enemistad entre galos y gaélicos ha sido eterna; a la catalana señorita doña Enciclopedia Salvat Editores, contra cuyo índice el sabio francés también despotricaba; al señorón señor don Diccionario de la Irreal Academia de la Lengua Española, a quien despreciaba por acartonado, formal y carente de fe de erratas; a míster Samuel Johnson’s Dictionary, cuya suprema minuciosidad lingüística le hizo dar saltos de alegría; a la benemérita señora del Diccionario de María Juana Moliner y Ruiz, con quien alcanzó a coquetear un parsimonioso rato; al ancianísimo señor y señorón Diccionario don Antonio de Nebrija, de cuyas páginas tan solo recibió halagos y piropos; al circunspecto señor Diccionario Cuyás, quien nunca abrió páginas ni piernas y al señorito don Diccionario Zurdo, con y contra quien jugaba juegos de palabras que siempre terminaban en amigables empates risueños. No se atrevió a presentarle los señores Vademécum y Atlas, temerosa de que se enfrascaran en discusiones alopáticas y geográficas que bien podrían llegar mal a los papirotazos y atornillada al piso quedó cuando Pierre Larousse manifestó querer conocer a fondo al obeso señor Directorio Telefónico de Bucaramangracia para saber con quiénes se relacionaba y qué terrenos estaba pisando. Le hizo caso, se lo presentó en un aburrido domingo de ramos, hicieron buenas migas de mejor pan, bebieron té McCormick asperjado con lima dulce, parlaron como dos loros parlanchines después del baño, se cruzaron chismes y secretos y a partir de ese momento el señor monsieur Larousse, aunque ya lo intuía, supo muy bien qué clase maluca de pobres individuos somos nosotros, los envidiosos, poco generosos y mentirosos bucaramangraciosos. No se preocupe, no nos pare bolas, Athanase, le decía doña Sixta, la envidia acá se da muchísimo, es abundante como piedras de caminos, mieles de panales, arroces de arrozales, cafeses de cafetales, lodos de lodazales, trigos de trigales, peces atrapados en canales y timbal retumbando entre timbales.

 

En el año 2.009, mal aconsejada por Wenceslaa, quiso presentarle a míster Google, un estúpido y facilista invasor de la sabiduría moderna que vivía encerrado detrás de un plasma. Aterrada ante la negativa reacción del francés, porque nunca, ni en pesadillas, lo había visto tan soberbio y furioso, le pidió la perdonase, le ofreció, junto con un traguito sencillo y tibio de brandy de Orleans, excusas y le prometió dar azotainas, que nunca, por supuesto, dio, a la modernizada hermana de Jacinto.

 

No pudo creer que el francés impávido se tirara una tarde que parecía ser fría un sonoro y hediondo pedo cuando almorzaba con ella, pero la olorosa evidencia de que su amigo era humano, demasiado humano, la arrolló cuando hubo de soportar y aceptar el que también eructase oes, estornudase íes, bostezase aes, escupiese úes y se atragantase con ees; que sufriese de tortícolis, jaquecas, dolor de muelas, pereza e insomnio; el que muy cortés le pidiese su acompañamiento al mingitorio y que quería embriagarse, ir a una piscina y a danzar, que no a bailar, aclaraba. Ella, ni más faltaba, le obedecía, pero le aclaraba que su guayabo y su resaca le metían entre su extranjera jeta la fea palabreja halitosis.

 

No habían transcurrido siquiera un año y tres cortos meses de haberse conocido a fondo, cuando, al despertar  bañada en ácidas lágrimas de rabia básica por no saber el significado de clepsidra, tuvo la súbita certeza inapelable de que el señor monsieur Larousse, a diferencia de los demás humanos, no sufría enfermedades graves o terminales, carecía de arrugas, canas, patas de gallo, disfunción eréctil, estiptiquitez o dureza estomacal  que llaman, depresión, mal de Alzheimer o de Parkinson, caída del cabello, glaucoma, hemianopsia, cataratas, presbicia e hipermetropía, prostatitis, incontinencia urinaria o rectal, asma, inapetencia, no envejecía y siempre y por el contrario amanecía más rozagante, vitaminado y viril que la noche anterior.

 

Quiso presentarle a Tía para que le enseñara otros rezos inútiles, a Mas Que Digan para que le quitara el vicio de escupir groserías, a ciertos huéspedes e inciertos empleados que maltrataban el castellano y a su hijo Jacinto para que cambiara el adjetivo hijueputa por el sustantivo hijo de mala madre, pero ninguno de estos burros silvestres, onagros le soplaba al bello oído el francés Larousse, le cogió la caña de pescar palabras fermosas.

 

Para ser justos con su hijo Jacinto, débese afirmar aquí que él y el francés también se veían las caras y las páginas, que hablaban largo y tendido y que se llegaron a conocer a fondo blanco porque no de otro modo se pudiera explicar el vasto y surtido repertorio lingüístico de que el engreído muchacho hacía uso cada culta vez que se reunía con presuntos literatos.

 

En algunas oportunidades nocturnas, cuando se olvidaba de llevar a su amigo a dormir sueños fermosos en el mejorado cajón del escritorio y lo dejaba olvidado entre las sábanas y Pedro José llegaba a la caza de su himen que siempre parecía no estar roto, el atildado galo los observaba follar, se reía garganta abajo y adentro y al día siguiente abría sus páginas en la letra i latina, donde brillaba con luz prestada y no propia la castrante palabreja impotencia. Doña Sixta Tulia, enamorada de su esposo, no le prestaba atención, hurgaba entre sus páginas, se detenía en la efe y se dedicaba a felacionar y felacionar hasta cuando Larousse, malhumorado, cerraba sus páginas y don Pedro erectaba al fin su falo. El sabio francés Pierre Larousse dormía con ella y con el otro Pedro, también de ancestros nacidos en la Galia, mientras este estuvo vivo, que después dormiría junto a su viuda, se le metería a la cocina cuando sazonare las carnes, al baño cuando empelota se duchare las curvas, al sanitario cuando sin pujar defecare y al solar en los momentos en que con maíz, millo y ramio alimentaba las aves de corral y corto vuelo y ella, halagada y segura de sus sanas intenciones, que al parecer eran tan solo académicas, no se lo impedía, así la muy equivocada y pelirroja alazana escocesa McCormick-Orange le aconsejase que tuviese harto cuidado, durmiese siempre con un ojo abierto y las dos piernas y los dos labios verticales cerrados porque abducciones de este tipo literario también se dan de cuando en vez en este inmundo. Pero doña Tulia ningún caso hacíale, tan segura y convencida de las sanas calidades y cualidades de su amigote estaba.

 

-Que la gente está murmurando-, la reconvenía Tía.

 

-Pues que murmuren, no me importa que murmuren ni lo que diga la gente-, gruñía el malhumor de su hermana mayor.

 

El señor monsieur Larousse y sus páginas siempre estuvieron presentes en todos y cada uno de los acontecimientos más importantes de la viuda del otro Pedro: la vio parir y engendrar a sus tres hijos; estuvo con ella y con la McCormick-Orange cuando lo llevó al camposanto; la instruyó cada vez que ella se veía inmersa, indefensa y desprotegida en dificultades y controversias lingüísticas; la puso al tanto de la ubicación sideral de Ganimedes, de cómo bien alimentar al jamelgo Triple y al elefante Lunes y de cómo lidiar sin peligro con anacondas enamoradas, de aceptar la insinuacción escocesa de pintar también en romanos los números de las alcobas; cuando doña Tulia, entristecida por la ausencia de la oriunda de Cantón, Ki Tiang, quiso saber más de acupuntura, muy solícito y atento se abría de páginas en la vocal a para complacerla; le insinuó que contemplar los polícromos arreboles crepusculares era un eficaz y magnífico somnífero que suplantaría y ahuyentaría el acoso al que Morfeo la tenía sometida; de plano firme y sereno la contradijo cuando ella, obnubilada, pretendía darle la total razón a su hijastro, el tal pillo sacerdotillo ese, le pulió dicción, ortografía, sintaxis y redacción y muy dadivoso, le aumentó el inventario de sinónimos y antónimos. Le daba útiles y rentables consejos bursátiles y la asesoraba en inversiones y en taimadas evasiones fiscales. También la adentró en los secretos de la correcta culinaria alimenticia y le explicó trucos para equilibrar balances y pérdidas y ganancias.

 

Tamaña sorpresa se llevó doña Tulia cuando, dopada por la ingesta macabra de Haloperidol en la mitad del 2.011, su francote amigote se le apareció de repente y le dijo que para saber quién es quién en este país, quería conocer al señor doctor don Archivo General de la Registraduría Nacioanal. Ella, nadando en otras aguas más mansas, le dijo que con mucho susto, pero una vez que las elecciones fueran pasadas por el tamiz de los corruptos.

 

El aciago día en que su amiga fue mal operada de la rodilla izquierda, se dio sus mañas triunfadoras para que ella se lo llevara consigo a la sala de cirugía y las posteriores quince o diecisiete veces en que fue llevada en veloz y estrepitosa ambulancia hasta la clínica de Ardila y de Lülle para que allí le estabilizaran los electrolitos, le desinfectasen la vejiga, le expectorasen los alvéolos pulmonares, la operasen del apéndice, le tomasen placas torácicas y cerebrales, para su bien le afinasen la presión arterial o le electrogramasen el corazón, él siempre estuvo muy atento y solícito a su vera.

 

Con el correr cansino de las décadas hacia el pasado imperfecto, la amistad creciente, que como antiguos galeotes los encadenaba, parecía ser, ante los ojos atónitos de sus paisanos, parientes, amigos, clientes, proveedores, vecinos y empleados, un mero concubinato, así no supiesen ellos, estúpidos de concurso, si literario, poético, ortográfico, platónico, carnal o absurdo. Era indudable e innegable que algo bello había entrellos, porque ¿cómo explicar el que nunca se peleasen, el que doña Tulia jamás le pidiese o le ofreciese un ósculo, el que él jamás se desmadrase cuando desnuda la veía bañarse o el que Pierre, dando muestras de humor rosado, le demandase que lo alimentara, al menos una vez semanal, con una surtida sopa de letras?. Miserables, entre risotadas de alcohol, lanzaron la vil especie de que ella se masturbaba frente al espejo y con el alerta señor monsieur Larousse entre sus piernas sin venas várices ni vellos. Pero, asimismo y por el contrario, otros, más caballeros que los anteriores sujetos de baja estofa e igualmente curiosos quellos, afirmaban que el amor entrellos no era erótico, ni siquiera platónico, aunque sí pudiera ser acaso, quizás, tal vez, ajualá, bibliónico y gramático.

 

En su testamento cerrado, guardado en la caja fuerte de un albacea sospechoso, ella pide, exige, que cuando muera sea enterrada con el señor monsieur Pierre Athanase Larousse como cabecero y que si alguien se opone ella se dará sus arteras mañas suaves para cerrarle el pico. Y aclaró que no dijo jeta para no contrariar a su preceptor francés.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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