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 ReVista OjOs.com     NOVIEMBRE DE 2016

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

 

EL JOVEN QUE NO MURIÓ VIENDO WEST SIDE STORY AUNQUE LA ACOMODADORA DIGA LO CONTRARIO  (1.975)

 

 

Para Pablus Gallinazo

 


Tú, el huésped de la habitación más barata y elemental del Hotel De Siempre, sabes que caminas, o lo presientes, y sientes el contacto presuroso del cemento contra la tuya suela de los zapatos de cuero y no oyes tus pasos, sí los ajenos, los de los otros que miras de soslayo, y ese no escucharte caminar sobre los sólidos andenes te hace pisar fuerte y segregar más saliva y para poder contrarrestarla hurgas en los tus bolsillos a caza de un cigarrillo y no, no lo encuentras, y los demás lo notan, te miran, te recorren a fondo y maldices en silencio -allá en el fondo hondo de tu páncreas brota una palabrota- y dos granos que tienes en el cuello, salpullido, te rascan y tú los rastrillas con tus cinco uñas zurdas, te rascan más.

Triste estás.

Ahora deseas oír con un deseo total tus pasos -lo único que oyes es el silencio falsamente expectante que sigue a la rotura de un cristal en un bar repleto-, que se te quite que se te vaya que se te aleje el hormigueo picante de los malditos granos, salpullido, echarte un poquito de humo -de cualquier humo- en la boca, sobre la lengua rosa, entre dientes, muelas colmillos e incisivos y no, nada de eso.

Joven estás.

 

Te acuerdas violeta y violentamente de los cigarrillos, esos cigarrillos, que tus fósforos prendían después de que tus manos se parapetaban en otras que parecían, o que eran, las de tu chica; tu cuerpo en otro que era el tuyo infante; tu paladar en otro: el que no tuviste; tu olor en otro: el de tu sombra, y el ansia te corroe, te suda la tetilla izquierda y con deambular no sacas nada, es como pescar sin gusano en el anzuelo y no te decides a sentarte y dejar que tus músculos (se relajen) se encuentren a sí mismos o a no mismos y mirar la calle para que tus ojos se sientan y se crean ojos de nuevo y recordar a la mujer para que ella se ubique y sea otra vez tu mujer y tus zapatos te siguen llevando por ahí lejos del hotel en que hospedado estás, títere-marioneta, y ves a la gente fumar y no la oyes caminar de tanto que la oyes y la saliva no te cabe te llena todo y escupes y no te sale baba y allá, perdido en la duda de la lejanía, ves, o crees, un quiosco y doce pasos: en él unos estantes y catorce pasos: en ellos unos, varios, paquetitos paralelepípedos de colores y te demoras tres latidos del corazón en saber que son cigarrillos y aceleras el paso y pierdes peso y no oyes la acelerada y bajas la mano que acariciaba el sudor de la tetilla izquierda a través de tu camisa y no oyes la bajada y la introduces al bolsillo y no notas la metida y el bolsillo está en quiebra y la noción de la quebrada sí que la recibes plena y te detienes a dos ladrillos y medio del quiosco, de los estantes coloridos y de los cigarrillos norteamericanos o no, sin o con filtro, con mentol o sin él, cortos  largos, extra largos, extra larguísimos o no(rmales) y le echas una mirada con el rabillo del ojo al que atiende el quiosco y él está leyendo un periódico o algo parecido a un periódico y te preguntas qué otra cosa es más parecida a un periódico que otro periódico y el tipo no alza los ojos y tú haces una mueca que te hace saltar la séptima vértebra y doler la cordal -dolores ambos con el color de los sueños de naos, piratas y baúles- y tuerces las manos y se te va el sudor de la tetilla izquierda -te es difícil seguir el rumbo que toma el sudor, si no, sabrías que fue a parar a la tetilla derecha- y crees con todo tu cuerpo joven que también la saliva que no escupías y que no sabías dónde estaba ya no ibas a producirla más y por un instante es así y para comprobarlo escupes y esta vez sí te salen babas y te desconciertas o te da la impresión y pasa un señor gordo con un lunar de carne sobre el labio o sobre el bigote en todo caso tiene un lunar y una llanta de tractor fenomenal en la cintura barriga fumando un puro que da envidia y un aromático dejo de vainilla, ¡qué vaina!

Confuso estás.

 

Y te da por jugar con las palabras -para ti aguacero es sequía- y piensas dos: parsimonia y animosidad, las dos cuales a simple vista sin ahondar demasiado porque eso es trabajo que cansa parecen ser opuestas antípodas antónimas pero decides -decisión en la que tú no tomas parte, ella viene sola- encontrarles algo en común y a parsimonia le quitas las consonantes (deseando fumar) fuera con la p r s m n y te quedan cinco vocales a, i, o, i, a y le corresponde el turno ahora a animosidad (¿así que hiciste el trabajo equivalente a levantar tres arrobas para acordarte de cuál era la otra palabra que pensaste?) y la despojas (you want to smoke) de las consonantes, fuera con n m s d d y flotan de nuevo la a, i, o, i, a y eso tienen en común: las vocales simétricas (deseas fumar) y el juego se acaba y (deseando fumar) te diriges al parque que tú sabes porque la dueña del hotel allá te llevaba para que jugaras y trotaras y llegabas luego a tu alcoba untado de verde y tarde y soñabas con toboganes y arena y para allá, para ese parque, te vas y te has olvidado de los dos -tres- granos del cuello, salpullido, pero no de la saliva que escupes cuando crees no tenerla y que no escupes cuando crees (deseas fumar, you want to smoke) tenerla y doblas una esquina que tiene un farol de esos antiguos no de los que ponen en los burdeles a los que nunca fuiste para qué si no hay maldita necesidad de pagar por sentirse uno un marrano con una hembra que apenas sí conoces y cruzas una calle -se llama la calle de los bancos, ¡pero tú que vas a saberlo si no eres de por aquí! que tiene carros detenidos a la derecha y alcantarillas a la siniestra y cielo arriba (deseas fumar) y cuentas los carros y para ti no hay ninguno y hueles las alcantarillas y para ti no hay olor y devuelves los ojos y ves el farol y ya no lo ves porque para ti tampoco hay farol y te da miedo terronera culillo levantar el rostro para ver el cielo porque temes que no esté ahí, que se lo hayan hurtado las águilas o los zopilotes y de repente, entre el tiempo logarítmico que flota entre un respirar y otro, le llega el sabor vegetal y terrícola del parque y ya lo ves y ya lo sientes correr por tus intestinos y ya se te erizan los pelillos del antebrazo y los pelazos del antebrillo y llegas a la esquina y la atraviesas y se te carcajean los dientes y apuras el paso y cierras los ojos y ves el parque y los abres y ya no lo ves.


Jodido estás.

 

Te detienes. Una arruga curva se te acentúa entre patilla y quijada, el dedo meñique te tiembla dentro de la media derecha: cigarrillo saliva parque salpullido y la suma de todos los objetos y su apariencia viscosa de sangre coagulada: todo. Suspendes la marcha rauda de una señora -aunque podría ser señorita, eso no lo sabrás nunca- con dos paquetes en las manos y zapatillas en los pies -o con dos zapatillas en las manos y paquetes en los pies-, la señora-señorita no se detiene y le preguntas por el parque y no te atreves a pedirle un cigarrillo (la señorita-señora está ya a trece cuerpos humanos de distancia) y la señora de las zapatillas o la señorita de los paquetes te dice ¿cuál parque?, ahí lo que hay es el Hotel De Siempre y tú le dices, casi mareado, el que siempre estuvo aquí en donde había juegos infantiles y todo eso y columpios (la señoraseñorita ve carros alcantarillas cielo farol antiguo de la otra esquina y a la dueña del Hotel De Siempre que hace señas como llamando a alguien) y la señora ¿señorita? medio se ríe y medio te mira exactamente así como con disimulo y dice con una voz que no tienen los búhos si ellos hablasen usted está equivocado, joven, aquí no ha habido nunca un parque, un hotel sí (la mujer, ¿soltera?, ¿casada? ya se ha perdido en lontananza) y tú le dices al tiempo que ves los dos paquetes calzándole los pies, no, yo no estoy equivocado, le digo que aquí hubo un parque -dices hubo como si ya estuvieras empezando a creer que no hubo en verdad parque, lo que no sería raro en ti- que no joven, dice o la señora o la señorita; que sí dices tú y te trabas de la rabia y la señora o la señorita que no ha estado contigo y que está a punto de abrir la puerta de su casa, mira la chapa y -ella también, sea señora o sea señorita- ve que no hay chapa.

Demudado estás.

 

En ese exacto segundo sabes que has hablado solo y que la señora -que en efecto era una señora- calza zapatillas negras tacón bachiller. Giras y reconquistas tus pasos, desandas el camino, efectúas la reversa como un filme proyectado de fin a principio, como aro, serpiente o perro que siempre está mordiéndose la cola. Fin: no parque. Principio: no farol antiguo y oscilando en ellos la propietaria del Hotel De Siempre escondida tras el tronco leñoso y añoso de un mango de azúcar al tiempo que te observa. Entre fin y principio un letrero: ElHotelDeSiempre. Das reversa hasta cuando ves el farol con sus vidrios llenos de horas, miradas de asentimiento y lluvias y sucios de colores, sombras capturadas, gases que le dan vida, luz, que lo hacen arder. Buscas y rebuscas de nuevo -bisbuscas- en los tus bolsillos y no hallas dinero porque ayer diste un abono en el hTotel para que no te echaran con tus bártulos al poco asfalto que hay en las calles, tú haces las cosas dos veces para cerciorarte y no te cercioras y debes de repetir tus acciones y toda tu vida es ¿y será? un repetir tus actos.

Bien hundido estás.

Tu mano izquierda y siniestra: un anillo no redondo sino ovalado a causa de los golpes que no te acuerdas cómo ni por qué le diste. Tu mano derecha y diestra: dos cicatrices en índice y anular que sí recuerdas cómo te las hiciste pero no lo dices porque te da vergüenza. Tu cuello: dos -¿tres?- granos salpullido que te salió de repente en el verano cuando estabas por ahí haciendo cualquier cosa y por la mañana o por la tarde. Tu boca, tu jeta: saliva y no saliva. Baboso.

Casi acabado estás.

 

Tu no ves el teatro ni el nombre: Unión y hacia él te diriges mirando midiendo cuidadosamente la distancia entre paso y zapateo: cada paso ha de estar alejado tres -¿dos?- ladrillos del paso inmediatamente anterior y cada paso futuro ha de estar -obligatoriamente, porque ese es el antídoto que tragas para matar el paisaje de las casas que pasan a tu lado y las emanaciones dulces concretizadas en una libra de manzanas chilenas- a tres -¿dos?- ladrillos rojos del paso que ahora das. Cuarenta y ocho pasos o ciento cuarenta y cuatro -una gruesa gruesa- rojos ladrillos y el aviso que no ves que no puedes ver que no quieres ver que no te importa ver que sí necesitas ver te golpea:

 

MIRISCH PICTURES PRESENTS “WEST SIDE STORY”/ A ROBERT WISE PRODUCTION/  STARRING NATALIE WOOD -en letras grandototas, como las tetotas de la Loren- RICHARD BEYMER RUSS TAMBLYN RITA MORENO GEORGE CHAKIRIS/ DIRECTED BY ROBERT WISE AND JEROME ROBBINS/ SCREENPLAY BY ERNEST LEHMAN/ ASSOCIATE PRODUCER SAUL CHAPLIN (¿Esperma del viejo loco?)/ CHOREOGRAPHED BY JEROME ROBBINS/ MUSIC BY LEONARD BERNSTEIN/ LYRICS BY STEPHEN SONDHEIM/ BASED UPON THE STAGE PRODUCED BY ROBERT E. GRIFFITH AND HAROLD S. PRINCE/ BOOK BY ARTHUR LAURENTS (tú lees Laurentis y te acuerdas de Dino di)/ PLAY CONCEIVED, DIRECTED AND CHOREOGRAPHED BY JEROME ROBBINS/ FILMED IN PANAVISION 70 TECHNICOLOR/ PRODUCTION DESIGNED BY BORIS LEVEN/ PRESENTED BY MIRISCH PICTURES, INC. IN ASSOCIATION WITH SEVEN ART PRODUCTONS, INC/ RELEASED THRU UNITED ARTIST/ CONDUCED BY JOHNNY GREEN/ en letras negras sobre fondo rojo como los ladrillos que de tres en tres -¿dos en dos?- tú pisabas y tribuscas en los billetes en busca de un bolsillo ¿o es al revés? y al extraer la mano te ves el anillo y no dinero y te animas te arrimas con las letras negras -que olvidaron darle el crédito a la historia de Montescos y Capuletos- bailando aún sobre el fondo rojo de tus glóbulos a la ventanilla y pides una boleta, no pagas, te la entregan y te dan vueltos porque no pagaste el derecho de entrada con un tremendo billetón de veinte, no ves la puerta de entrada y por ella te internas después de entregarle al portero que no existe la boleta pisas la alfombra y: olor a desinfectante, aviso a la derecha que dice damas y otro a la izquierda que dice caballeros, carteles de futuras películas: Viruta y Capulina, la Novak, Piporro, la Monroe, las hermanitas Lorena y Teresa Velásquez, Tongolele, Ava Gardner, Sal Mineo, ambiente espeso, venta de dulces, crispetas y demás adminículos para, según unos, ver bien las películas, telón oscurísimo y -pasan seis segundos uno dos tres cuatro cinco seis- ocho espectadores, nueve contigo.

 

Tú, doncello adolescente de rostro arcangelical y esbeltez de efebo virginal, menguado estás.

 

Y buscas una butaca que no esté rodeada de babosas que tragan papa frita y chocolate en barra con leche o con maní, depende del cretinismo estomacal de cada quien y no la encuentras y te aplastas, la palabra exacta, en la más solitaria silleta del salón y comienzas a hacer fuerza para que nadie se venga a sentar a tu lado izquierdo o derecho o a tu alrededor y los focos se van muriendo sin dolor entre olor a tánax o a black flag uno a uno, dos a dos, tres a tres, todos a todos y el aire negro te sube por la nariz y se enreda en esos pelos que parecen pestañas pero que no son pestañas porque están en la nariz y como todos sabemos en la nariz no hay pestañas y ¡tas! se inicia la cinta -el que no veas los cortos y la propaganda te deja sin cuidado- el rodamiento del rollo y el maquinista que ya se sabe el argumento de pe a pa en qué pensará y salen en la pantalla, salpicada por las gracias del murciélago, Tony Richard Beymer cantando puro y enamorado y María Natalie Wood haciendo ojos de ternera tiernos y Anita Rita Moreno feota y con cara de vieja cantando América y Bernardo George Chakiris bacano con su morada camisa y los colores y el bailoteo y la vaina y el chasquear los dedos, un ritmo que tú no oyes y que te electriza y hace que tus glóbulos se enrojezcan más y allá, al otro extremo de la sala que es rectangular y con techo amarillo de madera ves un puntito rojo que describe con exactitud de axioma cuartos de círculo y sabes que es un cigarrillo encendido que viaja de la mano a la boca del fumador y de nuevo quieres un poco de humo en tus pulmones y te sueltas del asiento para ir al puntito rojo, los Jets están al borde de luchar contra los Sharks, y llegas al sitio central de la sala después de encaramarte sobre once ¡siéntese! que te gritaron y a los que, los emocionados tipos de la película saltan acompasadamente, esa música de Bernstein es del carajo, tú no haces caso y te faltan cinco butacas y dos ¡siéntese! para llegar al punto, ya no puntito, rojo que describe quintos, ya no cuartos, de círculo cuando una sombra, la de un vestido azul sobrio con cuello blanco te gana la carrera y enciende una linterna sorda cuyo chorro mudo de luz cae en una cara masculina y la sombra le dice sin voz por señas apague ese cigarrillo tenga la bondad y se acaban los quintos de círculo y el puntito rojo es gris ahora y nace una línea recta sin color que inmediatamente es cortada por un zapato, se apaga la linterna y la sombra se va, tú te vas también, te gritan que se siente ¡que lo saquen! ¡oiga, deje ver! Y María Natalie Wood y Tony Richard Beymer cantan a dúo Tonight y los novios se toman de las manos y aprietan y respiran hondo como pozo artesiano y se examinan con los extremos de los ojos y llegas a tu puesto que ya no es el mismo puesto puesto que los segundos no pasan en vano y no es el mismo puesto puesto que ya no te sientes a gusto en él porque no hallas espacio para estirar tus miembros porque estás cansado porque has caminado mucho porque no tenías nada qué hacer porque no te gusta hacer nada porque ¿por qué?

 

Mientras llega el final de la película, y acaso también el tuyo, piensas en qué maldita relación une al cine con las crispetas.

 

Tony Richard Wood y María Natalie Beymer cantan muy juntos, amartelados, juntísimos, Somewhere y apenas la canción va por mitad -no antes ni después- el maquinista deja caer desde el segundo piso al suelo un suspirazo, se limpia el sudor con un pañuelo ajado y con sus iniciales, si no es robado, bordadas con el cabello humano de su amada; las luces recuperan su luz, el olor a insecticida vuelve a oler y la gente acomoda ojos y nariz a este nuevo estado y tú no y transcurren en cámara lenta lentísima siete nueve doce varios segundos, los espectadores se levantan, suben el cierre de sus braguetas, estiran diafragmas y esternocleidomastoideos, salen parejas, salen disparejas y viejos y solterones hasta sumar ocho seres y tú no sales, el reloj avanza cinco minutos, avanza doce y decides elucubrar bien fino sobre qué relación existe entre la ingestión de maíz crispeta y la admiracción por el cinematógrafo pero te sientes incriminado y mejor, mucho mejor, prefieres entretenerte contando sillas, vas en 36, y dices en voz vocecita esto es muy demorado y prefieres contar el número de sillas de una fila y el número de filas y multiplicar los dos números pero multiplicar te da pereza y retornas a tu sistema original y cuando vas de nuevo en 36 alzas la cara para ver algún ruido que oíste, no ves nada, sigues contando 37 y en qué silla iba y empiezas otra vez y la sombra de la linterna sorda, que ya no es sombra y no tiene linterna, que hizo a la cara masculina apagar el cigarrillo te toca te habla te grita te zarandea y tú no respondes porque estás ocupado y a punto o a punto y coma de casi acabar de contar las sillas y la sombra que ya no es sombra sino un cuerpo humano y sólido corre hacia la salida y al llegar a la puerta oyes que le grita al portero que no existe: allá adentro hay un hombre muerto.

No, no, muerto no estás.

La propietaria del Hotel De Siempre, quien no quiso dar explicaciones a Tía acerca de su ausencia por más de tres horas y pico, que te juzga extraño y confundido y te ha seguido los erráticos pasos hasta cuando entraste al teatro Unión, espera paciente a que la película termine y al ver que tú no sales, entra al recinto, te ve rodeado y sacudido por la acomodadora y el portero que tratan de revivirte como sea, los aparta a empellones al mismo tiempo que les dice a gritos qué muerto ni qué ocho cuartos, lo que él tiene es catatonia de apostas, te da un beso en la frente y reaccionas.

 

-Muchacho, yo le prometí a tus padres que te vigilaría, así que levántate y anda, que es hora de ir a clases-, le dice.

Y él, invicto como gorrión volador bajo aguaceros torrenciales, obedece como un zombie.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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