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 ReVista OjOs.com     DICIEMBRE DE 2016

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

LINAJE DE JESSE JAMES  (1.980)

 


Para Jorge Afanador.

 


Para ser franco con mis lectores, sobre todo extranjeros, he de escribir aquí y ahora que Jacinto Calibre Guane Ruiz y Fajardo nunca se tomó muy en serio ni en serie los tejemanejes aburridos con que su madre, a través de los tiempos y los espacios, ha dirigido -y dirigirá- con buen suceso y mejor éxito el desempeño del Hotel De Siempre. Sin embargo, cuando en su horizonte turbio y poco curvo no había libro, licor, yerba, banquetes, ocio o hembra que leer, beber, fumar, comer, disfrutar o requebrar, veloz optaba por investigar los datos que los huéspedes diligenciaban a mano propia y alzada en los registros del ingreso y lograr así, en algo, poco o mucho, saciar y calmar su insana curiosidad socio y antropoilógica que en más de treinta y dos injustas ocasiones lo llevaron a ser considerado por severos intrusos de su vida privada como un entrometido mirón de vidas ajenas para usufructo propio. Jacinto, para poder defenderse de todos quienes lo cuestionaban de tan mal e injusto modo, decía y explicaba, mientras divagaba, echado y sin bañarse, en la perezosa de su Tulia madre, que sus averiguaciones eran un suave ejercicio nutritivo para el seso y refrescante para el músculo, el aperitivo abrebocas que con la nitidez del súbito relámpago de las tibias medianoches veraniegas me señala diferentes y variados oficios, profesiones, ocupaciones, nacioanalidades, estados civiles, viles e inciviles, lugares precisos y concisos y fechas exactas de residencia y nacimiento, motivos, razones, causas o despropósitos del viaje, procedencia y destino, medios de transporte, aéreo, férreo, terrestre o fluvial y otros datos afines que bien masticados y digeridos me indicarán después y a las claras con qué acento hablan, cuáles pueden ser sus alimentos preferidos, sus inclinaciones popólíticas, sexuales y religiosas; si su género -y no su sexo- es masculino, femenino o neutro; si han sido cazados y casados a juro, amartillado revólver Colt de seis tiros y sin padrinos; solteros vírgenes, solterones tristes, viudos alegrones, amancebados por obligacción sexual; cómo van a pagar, cheque, efectivo o tarjeta de crédito, qué clase de ropa usan para vestirse y qué clase de prisa para desvestirse y si tienen o no descendencia, sin son o no cornudos, sus músicas, películas, lecturas y deportes favoritos y si han o no viajado al exterior.

 

En una desprogramada y muy estrellada noche dominical a Jacinto se le ocurrió que para matar o herir el tedio que lo envolvía nada sería mejor que ponerse a repasar los últimos registros de ingreso y tener así, después y frente a sus viejos amigos viejos y beodos, la oportunidad de exagerar, recrear o inventar algunas historietas al respecto y sin respeto. Después de malgastar treinta y siete minutos y un poco más de treinta y dos segundos en esas lecturas chismosas y casi a punto suspensivo de colgar la lira por físico y químico aburrimiento en el perchero del desinterés, se pudo enterar de que en la habitación número XV un individuo llamado Jesse James the Fourth, recién llegado por vía terrestre desde Maracaibo, Venezuela, estaba pasando una temporada de vacaciones, según él mismo explicaba en el chismoso y lenguaraz registro. Supuso, y supuso muy bien, que ese tal Jesse James debería ser el cuarto tocayo descendiente por vía directa y masculina de aquel mítico bandido nacido en el sureño estado de Missouri y quien, como miembro irregular pero efectivo de las tropas comandadas por los generales confederados Robert Edward Lee y Thomas Jonathan “Stonewall” Jackson, puso en ascuas y calzas prietas al vencedor ejéjéjéjército de la Unión durante y después -porque devino en guerrillero- de la guerra de secesión norteamericana, allá por los penúltimos y para mí nostálgicos años mil ochocientos y pico largos. Intrigado con esta fina joya informativa que podría ser una primicia periodística que quizás bien pudiera vender al mejor impostor postor y no a la Retaguardia Liberal, abandonó raudo y curioso la oficina en donde se archivaban las informaciones personales de todos los huéspedes y se dirigió al casillero en cuyos cajones numerados ellos debían dejar la llave de la chapa de la alcoba cuando salieran a la calle, ya fuese a trabajar, vagabundear, beber, turistear, putear, comer, ir a misa, estirar tendones y músculos, bailar, fotografiar o lo que les viniese en loca gana facer y desfacer. La llave reposaba en el casillero que le correspondía, inequívoca señal de que Jesse estaba ausente, así que se dispuso, bien armado de impaciencia y mal desarmado de paciencia, a esperar su regreso. Para infortunio de su curiosidad innata, a las cero horas y media del día siguiente se quedó más dormido que lirón pletórico de cansancio y cuando el perezoso recepcionista nocturno se percató de que el hijo de su patrona roncaba demasiado y podía despertarlo a él, como en efecto había sucedido segundos antes, y a los huéspedes, como podría suceder segundos después si no lo silenciaba ahora, optó por despertarlo hurgándole el hombro con su índice. Pero, para ese entonces tan tardío, Jesse James el Cuarto ya había ingresado al hotel y estaba reposando plácido en la cama sencilla de su alcoba. Y, se podía oír con claridad a varios metros a la redonda, el descendiente del bandido roncaba como si Eolo estuviese constipado a su lado.

 

Conocedor de la vida y milagros de William Clarke Quantrill y sus compinches y de Joaquín Murieta y sus tocayos y no queriendo perder esta oportunidad, maldijo en silencio su mala suerte y asimismo en silencio se propuso atalayarlo con sus ojos y esperarlo con todo el esqueleto en la mañana temprana, porque la curiosidad que lo envolvía ya le había llegado hasta el último pelo de su peluda cabellera y no quería quedarse calvo de la ignorancia. Apenas lo vio salir de su alcoba se auto presentó como el primogénito de la dueña y lo invitó en pésimo inglés a desayunar. Jesse James el Cuarto, en pésimo español y con gran apetito, aceptó la cortesía y se marcharon para el comedor, en donde y mientras comían huevos poché entre la chingua, arepa de maíz blanco con queso, té McCormick en leche de cabra y ojerosa y ojona piña ácida de Lebrija, Santander del Sur, el hijo mayor de doña Sixta Tulia, con paciente aguante y salivita verbal, le fue paso lento a paso pronto sonsacando informaciones. Una vez Jacinto le dijo en maltratado inglés mezclado con espléndido español que Jesse James, el bandido, el cuatrero, el asaltante de bancos, mujeriego y pistolero, era uno de sus héroes favoritos y que había leído todo lo que había caído en sus manos y al ratito en sus ojos, a su interlocutor e invitado el orgullo que por la sangre de sus venas corría al galope le llevó a confesar que, en efecto, Jesse James the First era su bisabuelo paterno y que muy complacido se sentía dello. Jacinto Calibre, escuchando a su invitado, comprobó que el famoso bandido, tal como él ya sabía, era hijo de un comerciante de cáñamo no muy próspero ni eficiente llamado Thomas, que el bisabuelo Jesse the First había nacido en Clay County, Missouri, allá por 1.847 y cuando apenas tenía treinta y cinco años asesinado a traición y por la espalda a manos y dedos de un miembro traidor de su banda en los rincones obscuros de un salón de juergas en Nashville, Tennessee, y que junto a su hermano Frank y a otros mañosos caballeros de apellido Younger y gatillo inquieto habían armado una banda que asaltaba bancos, hurtaba caballos y burros finos y con buen suceso y armas de fuego emboscaba a sus perseguidores, robaba trenes con dineros y lingotes de oro estatales que enterraba luego en sitios contramarcados y no se dejaba atrapar dellos, así fuese la Agencia Pinkerton y sus esbirros de a caballo inútilmente contratados para apresarlo. Despojado de desconfianzas por los prolijos conocimientos que de su bisabuelo y de sus hazañas Jacinto hacía inocente gala a tantos kilómetros de distancia de su patria, Jesse James el Cuarto se le acercó al oído y le pidió en susurros, cuando ya el desayuno iba por la ojerosa piña, que salieran a la calle y allí, sin nadie que los escuchase hablar, le acabaría de contar otros detallitos que, al parecer, su anfitrión ignoraba o parecía ignorar.

 

-Let´s go to Bolívar Park, and if you smoke pot there, much better then, míster James, because your tongue, you will see it, will speak without walls-, le dijo el ¿bilingüe? y muy engreído Jacinto al ¿bilingüe? gringo.

 

Se fueron, fumaron, tosió James el Cuarto, sonrieron ambos y Jacinto le oyó decir en horroroso español que su bisabuelo se había enrolado en las irregulares fuerzas sudistas como hábil guerrillero de a caballo hasta cuando, al final de la guerra, se entrega y se rinde ante las tropas de la Unión, es internado como prisionero de guerra en un campo de concentración de cuyas rejas, después de estoico e impasible soportar torturas e interrogatorios  para que cantara el o los sitios en donde había enterrado los dólares y los lingotes de oro que robaba a mano armada, se escapa para volver con su pandilla a las andadas en Northfield, Minnesota, un mustio y apagado villorrio de inmigrantes suecos que les hacen frente y a plomazos de Winchesters, Remingtons y Colts los sacan en rauda estampida caballar y les marcan la ruta del desastre final.

 

-And what happens after that?-, insiste Jacinto Calibre con su maltrecho y enmarihuanado inglés pecueco.

 

Pues, continúa James el Cuarto, no pasó nada más, no lograron, aunque casi lo matan en el intento, sacarle palabra alguna para recuperar dólares y lingotes, por intermedio tramposo de una miserable conspiración urdida entre fuerzas estatales del Missouri y algunos miembros de su diezmada padilla lo matan a traición, a traición lo entierran en una austera tumba sin nombre, después nació y creció el mito, se casaron sus hijos, si es que tuvo más de uno, que lo ignoro por completo, y esos hijos a su vez engendraron nietos y aquí estoy, como biznieto del bandido, hablando con usted, que me sabe escuchar con atención.

 

-But, what are you…?-.

 

-Ya, ya, pararr, a mí usted mejorr hablarr en español, así yo mejorarrr y practicarrr su lengua-, dijo, un tanto irritado.

 

-Okey, yo quiero saber qué hace usted aquí por estos lares-.

 

-¿Larres?, ¿eso qué significarr?, mí no entenderrr ni mierrrda-, y el humo acre y amargo de la yerba aquella y medicinal lo hace toser, carraspear y expectorar luego.

 

-¿Qué hace usted por aquí, por Bucaramangracia?-.

 

Y Jesse James el Cuarto, con una súbita y triste seriedad en el rostro que empieza a descomponerse, le dice que huyendo de enemigos invisibles, asesinos que fueron de mis padres y hermanas cuando yo tenía dos años de edad, tal vez por venganza, para recuperar sus escondidos tesoros o por cuatrero y guerrillero sudista.

 

-Pero, ¿por qué tantas generaciones después?-.

 

-Yo no saberr, a la familia de Quantrill también pasarrle lo mismo. A veces mí pensarr que ellos creerr que yo conocerr dónde estarr escondidos y enterrados los dolarretes y el orro que robarron-.

 

-¿Y lo sabe?-.

 

-Si yo saberrlo, no estarr aquí y ahorra de purro pendejo-.

 

-¿Y cuántos dólares eran?-.

 

-¡Yo que saberr!, miles y miles, I guess, y también, dicen los historriadorres, haberr orro purro en barras y en lingotes-.

 

-¿Y usted cómo se salvó?-.

 

Luego de pedirle que le pase el cigarrón aquel y de darle dos o tres chupadas, le explica, tosiendo y encendido del rostro, que se cayó de la cuna en mitad del tiroteo sin que los asesinos se dieran cuenta, que después de la masacre la popólicía del estado de Missouri lo recogió deshidratado y hambriento, lo puso bajo la férrea custodia del Federal Bureau of Investigation, con la ayuda tramposa y golosa del gobernador y del registrador del estado le cambiaron la identidad, intentaron modificarle la personalidad y la conducta, le pagaron la educacción primaria y secundaria y cuando fue a entrar a la universidad estatal y le pidieron los papeles, por azar y error de un funcionario distraído, descubrió quiénes eran sus verdaderos padres y todo lo demás que acababa de contar. En resumen, había crecido y héchose hombre posando y pasando de agache y sin estar enterado dello, como un anormal hijo natural, pero burocráticamente reconocido con artimañas, de un  extraño matrimonio concertado bajo obscuros despropósitos entre el Federal Bureau of Investigation y la gobernación estatal del Missouri.

 

¿Usted tiene idea de si a los padres de sus padres también los mataron?-.

 

-No, cómo mí saberrlo si mí quedarr huérrfano temprrano sin tenerrr a quien yo preguntarrr ni mierrda porr no conocerr la historria de mi pasado-.

 

-Ajá, ¿y qué más?-.

 

Contó que apenas conoció sus ancestros, sintió dentro de su sí rabioso una mezcla horrenda de furia y miedo, pensó que el mismo FBI, la agencia Pinkerton, la gobernación y la popólicía estatal de Missouri estaban involucrados hasta el cuello de la camisa de manga larga en los asesinatos porque querían recuperar los dineros y los lingotes sepultados y que, como su vida corría peligro de muerte, se escapó, disfrazado de plomero, de los mixtos dormitorios comunales del campus universitario, robó después a mano armada y con antifaz un suculento banco en Wichita, Kansas, y sin antifaz pero con máscara otro apetitoso en Amarillo, Texas, y desde entonces está huyendo por el mundo, sin hallar reposo ni mujeres que lo amen y que el próximo martes se irá para Quito, Lima y La Paz, a seguir escondiéndose porque a su patria no volverá jamás, ni siquiera disfrazado de cadáver. Agregó que a veces, cuando un pesimismo funesto lo arropaba y no le permitía dormir, pensaba que quizás se tratara de venganzas no saciadas aún y heredadas intactas y aumentadas de generación en degeneración hasta llegar armadas a nuestros días y noches.

 

-Sea como sea, a yo algunos querrerrme matarr y porr eso yo esconderrme parra no dejarrme, que ¿cómo se dice aquí? güevetas, sí güevetas, yo no serr-.

 

-¿Y por qué carajos usted se identificó aquí en el hotel de mi madre con sus nombres y apellidos completos, no cree que la venganza y sus balazos puedan alcanzarlo?-.

 

-No, yo no lo creerr, pero para eso estarr mi pistola, yo matarr para vivirr-.

 

Jacinto se levantó del escaño en que sentados estaban trabados en el parque Bolívar, prometió guardar prudente  y permanente silencio, le dio un fuerte abrazo de anaconda y sintió un bulto enorme en la pretina de Jesse: al parecer una rotunda, pavonada y automática pistola Browning calibre 44, pero no aventuró palabra alguna. Silenciosos y aliados volvieron callados, cada uno a su respectiva habitación, que Jacinto Calibre se había mudado del hogar vecino al hotel y acordaron encontrarse después para almorzar hamburguesas y jugo de fresas. Increíblemente, cuando el gringo salía de su alcoba pulcro, limpio, armado y presto a verse con su nuevo amigo solidario y confidente, una nutrida, silenciosa, afanada y nerviosa delegación del DAS, Departamento Administrativo de Seguridad, Sección Extranjería, armada de pistolas, revólveres, bastones y malas intenciones, al mando de un sujeto tan hosco, grotesco y musculoso como Trucutrú, el cavernícola, irrumpió en el hotel, lo detuvo, a raponazos le decomisó la Browning y le extrajo las balas, lo esposó y sin dejarle campo para huir se lo llevó, junto con el equipaje, no sabemos para dónde, mientras el detenido miraba con odio criminal a Jacinto, creyéndole traidor y soplón de mierda y se maldecía por haber sido tan cándido. Jacinto, atribulado y muy deseoso de salvar su reputación, cobarde le suplicó a su madre que fuese hasta las dependencias del DAS y averiguase las causas de la detención y si era posible hablar con él. Doña Tulia, reacia, de mala gana fue y al regresar le dijo que a Jesse James el Cuarto lo estaban extraditando en este momento rumbo a los estados desunidos de américa del norte y que no preguntara más porque podría terminar implicado como encubridor. Jacinto quedó con una roca en los zapatos y desde ese ominoso entonces ha tratado por todos los taimados medios, para no ponerse en entredicho y arriesgar el cuero, de averiguar por el paradero carcelario de Jesse, enviarle una larga carta con sus debidas explicaciones y pedir su reivindicación. Hoy, febrero de 2.012, no lo ha logrado aún y por ello, sin ser culpable, noche tras noche duerme al menos diez segundos menos, ignorando, para paliar su malestar, el que su amigo Jesse, recluido en el penal de Memphis, Tennessee, sufre de insomnio creciente y cada noche duerme a cortos plazos de tortura.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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