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 ReVista OjOs.com     MARZO DE 2017

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

HIJUENAZI (1.940-1.994)

 


Para Camila Bretón Ramírez.

 


No bien hubo terminado la segunda guerra mundial con mal suceso para los pardos, quienes perdieron todo, excepto la cobardía, empezó a incubarse en ellos la malhadada idea de un éxodo paranoico en busca de hallar albergue y seguridad en otros lares. Para infortunio del tango y la milonga, Argentina, a la sazón bajo el yugo, que no gobierno, peronista, y este a su vez bajo el gobierno, y también yugo, de doña Evita Duarte, la cantante, fue, entre varios otros más, uno de sus blancos escogidos. Parece, pues no hay certeza en ello, que desde el sin compasión pero con acertado tino bombardeado puerto de Nápoles, Nea polis, ciudad nueva, se embarcó, junto a otros pardos más, rumbo a la América Latina un antiguo y burocrático miembro del personal administrativo y no armado, según decían, mintiendo ellos, de la Gestapo o de la Abwehr, Manfred Müller llamado, aunque también pudiera ser un alias, que de ello no hay informes claros. Con sus asustados bártulos amontonados en una maleta vieja y rota por dos balazos ingleses, después de eludir la persecución subacuática de tres o cinco submarinos aliados en el Mediterróneo, a medio camino culebrero entre Malta y Gibraltar y luego de encallar a causa de una avería del radio faro a veinte millas de los muelles y ser traído hasta la playa en bote, desembarcó, nervioso y con espejuelos negros, en el puerto de los Buenos Aires, a orillas del mítico Río de la Plata, bajo la atmósfera pesada de un atardecer sin arreboles y de inmediato se puso a entera y sumisa disposición de las autoridades migratorias, ya de seguro advertidas de antemano por telégrafo desde algún reducto nazi no descubierto aún en las alturas del Tirol, entre nieves, cabras monteses y gamuzas. Fue remitido sin pérdida de tiempo a un suave y cómodo campo de concentración, muy diferente de aquellos otros en que judíos, gitanos, homosexuales, comunistas, no arios de sangre impura, traidores de lesa patria, contrahechos de mente y de cuerpo y enemigos del régimen atroz del cabo Hitler, morían por montones sin medidas. En uno o dos pares de meses legalizaron sus papeles de identidad, lo liberaron del tierno y suave campo de concentración, consiguiéronle un trabajo estable y bien pago como capataz de una pequeña granja porcina en los malevos suburbios paupérrimos bonaerenses y allí se dejó envolver, buscando seguridad y paz, y hallándolas, por la rutina y el anonimato. Pero se aburría hasta bostezar cuarenta veces en un día sin su noche, el mate no le apetecía ni convencía, la extensa pampa de curvos horizontes tampoco y no le agradaba el rancio olor a picho de los alimentos casi podridos con que sus subalternos gauchos, mañana y tarde, cebaban y engordaban a los golosos puercos marranos que en las porquerizas deambulaban con el hocico y el falo entre y sobre los fangos de sus propias diarreicas heces ni las sangrientas matanzas multitudinarias y escandalosas que los convertirían en salchichas y capones, así que al cabo de ocho, para él largos años necesarios para dominar el español, tomó la decisión irreversible de largarse, de nuevo a bordo de un buque oxidado en proa y popa, hacia un desconocido país norteño y tropical, llamado por geógrafos, cartógrafos y por mí Colombobia, en Antioquia, con más exactitud y certidumbre y cuya capital, Medellín, era una eterna primavera en donde todos y todas hablaban lunfardo y escuchaban y danzaban tangos y milongas.

 

Medellín, dada la viril apariencia y la facilidad para hablar la lengua nativa de que hacía gala y uso el teutón Müller, lo acogió con brazos y piernas abiertas, y escribo piernas porque luego de un cortejo de dos años de insistente y agradable duración en 1.955 contrajo nupcias católicas, luterano o calvinista siendo, con una bella, alta y pispa medellinita que practicaba con ahínco, destreza y minuciosidad el arte sano de la costurería y el patronaje. Antes de que acabara el año, por los últimos días de un octubre complaciente, su mujer cayó en un agradable estado de embarazo soporífero. El 24 del siguiente julio, miércoles, fue dado a luz pública en su propia casa, sin ginecólogo presente, un bebecito chillón de piel morena clara y no aria que en la pila bautismal recibió el trilingüe nombre de Augustus Müller Isaza.

 

El uruguayo, francés o argentino Carlitos Gardel había perdido vida, voz, mujeres, finos licores, aplausos y dólares en un fatal accidente aéreo que conmocionó por igual neuronas y dendritas de fanáticos del tango, el mate, la nostalgia, las hípicas carreras, Bioy Casares y Cortázar, los goles y autogoles en las gramas y arcos de la Bombonera y el Cementerio de los elefantes y de los seguidores de la noctámbula vida de quienes viven y mueren perdidamente enamorados sin positiva respuesta. Esta luctuosa noticia cayó como balde de agua fría sobre la atribulada humanidad de los antioqueños y desde entonces afectó en mucho, en muchísimo, la sensibilidad sensorial y cerebral de la no aún señora Isaza de Müller, joven a la sazón, quien, a pesar de que el divino Gardel había perecido muchos años antes de su alemán embarazo, desde entonces y mientras duraba el romance que con el teutón sostenía cayó de cabeza abajo en un hoyo profundo y depresivo que la llevó del codo y durante muchos años hasta la muerte por inapetencia vital. Augustus, lactante aún, no pudo soportar este súbito destete a juro y a la brava y a punto suspensivo estuvo de partir gateando en pos del novato cadáver de su señora madre, que ya empezaba a descomponerse bajo la madera de su féretro, rodeado por sus propios gases, efluvios y emanaciones. Pero el padre, extrayendo fuerzas y ánimos y arrestos hasta del páncreas y el duodeno, se dedicó con paciencia jobiana a suplir el lactógeno materno con mimos, caricias, tonadas alemanas, arrumacos, compotas caseras de frutas y vegetales, leche en polvo y vitaminas y cuando Manfred Müller estaba nostálgico lo adormecía con terroríficas historias de la guerra en que pasó casi seis años de su vida. El chico Augustus sobrevivió gracias al padre Manfred y creció hasta alcanzar los escasos ciento sesenta y dos centímetros lineales de estatura vertical echando de menos el recuerdo de su señora madre y de sus leches substanciosas y mientras  el padre trabajaba como gerente de producción en una fábrica pujante de alimentos concentrados para marranos, asunto del que ya sabía secretos argentinos que le facilitaron el éxito, entró a la escuela primaria, al colegio de la secundaria y al campus de la universitaria -todos estos tres centros académicos terminados en aria no para ser cantada- hasta terminar a fines de 1.979 con el birrete de ingeniero industrial encasquetado en su crespa cabellera negra clara.

 

Coltejer Sedeco y Compañía Limitada lo incorporaron a su nutrida nómina como cabeza pensante del departamento de ventas al por mayor y empezó de inmediato a viajar en avión, bus, chalupa, avioneta y ferrocarril a todas las capitales departamentales en búsqueda insaciable de nuevos puntos de comercio. Era exitoso con las ventas y las hembras, en ese orden, porque primero tomaba un pedido millonario y después pretendía, apático y abúlico, cortejar, requebrar y creer poseer altivas y esquivas quinceañeras coquetonas. Para su dolor y lamento, su padre, ya retirado y con abultada pensión allá en Medellín, no pudo soportar un súbito cáncer pancreático e invasivo en grado sumo que lo llevó a hacerle compañía eterna a los restos de su señora esposa. En su benéfica y rentable condición de hijo primogénito y único, heredó sin trabas ni juicio de sucesión las pertenencias todas de su padre: una cuenta muy común y poco corriente y otra de ahorros, modestas ambas pero suficientes; una parcelilla silvestre con pintoresca casa en los suburbios verdes de Abejorral, Antioquia, que  luego vendió al mejor postor para contrariedad de su padre, quien apenas lo supo por el correo inalámbrico de las brujas, giró su cuerpo descompuesto ciento ochenta grados no centígrados y se tendió boca abajo para toda la eternidad, amén, de espaldas resentidas a la realidad y por último las desordenadas y secretas pertenencias paternas junto a una chapuza repujada en cuero de becerro no destetado aún, dentro de cuyo interior reposaba una potente y pavonada pistola Walter PPK de reglamento y nueve milímetros lineales de calibre.

 

Müller Isaza se introvertió hasta el borde aciago de la misantropía castrante de afectos y de ahí en más sonreía poco o nada y cuando en calles, carreras, avenidas y transversales se topaba con conocidos, que no amigos, que pocos tuvo, no les decía buenas sino malas. Los de tan mal grosero y retador modo saludados no lo entendían, ni tenían por qué hacerlo, pues ignoraban su huérfano suplicio. Pero, pese a todo y contra todos, erguido y airoso continuó con buen suceso su laboriosa labor mercantilista y mercadotecnista, hasta cuando fue nombrado en 1.988 por unanimidad extrema y como gentil reconocimiento de sus éxitos y logros en el cargo de gerente de la sucursal de Coltejer Sedeco y Compañía Limitada en la ciudad mía de Bucaramangracia, con un significativo aumento en el salario mensual, más bonificaciones, comisiones extras si excedía el monto de los pedidos, gastos de representación y de viaje y otros perendengues más que lo llevaron a ser considerado sin lugar a dudas un buen partidazo por las ansiosas y celestinas madres casamenteras de mi tierra chica. Entonces, obvio, y aún de luto, rentó por mensualidad anticipada, alimentacción y lavado de ropa incluidas, una vistosa alcoba del Hotel De Siempre con baño privado y entrada particular y envidiada por la calle 37, justo al frente cercano de las jaulas del colegio del Niño Divino, en cuyos pupitres y pizarrones aprendí mis terceras, cuartas y quintas letras, ninguna dellas cambi arias.

 

En mayo de 1.940 la reina Guillermina I, el reino de Holanda y sus no inundados fiordos todos y largos y sin que faltase ni uno fueron invadidos y sometidos con pasión y sin compasión por las barbáricas hordas nazis y pardas. Detrás de la infantería, los acorazados tanques de la Wehrmacht y la división Leibstandarte SS Adolf Hitler, apareció con pedante paso de ganso la Gestapo, en cuyas ordenadas filas administrativas y ¿desarmadas? marchaba sin perder el plumífero compás Manfred Müller, nacido a finales de 1.919 en Ulm, Alemania pre nazi, y por tanto contemporáneo de mami, con la expedita función de supervisar los subsiguientes saqueos artísticos y masivos de toda índole. El Centraal Museum de obras pictóricas de los siglos XVI y XVII situado en Utrecht fue uno de los primeros atracados por los bárbaros teutones y cuadros de pintores famosos, famosísimos, fueron a parar estoicos al hambriento vientre insaciable de los depredadores nazis, dirigidos desde Munich por el adiposo, vistoso, inculto, fanfarrón, drogadicto y casi siempre muy bien maquillado, peinado, uniformado y emperifollado mariscal de reich Herman Göring, piloto de caza afortunado que había sido en la guerra mundial primera. Manfred, ambicioso ratero y seguro de que el tercer reich nunca caería, en un descuido de sus colegas de burocracia nazi se robó un magnífico aguafuerte que Rembrandt había elaborado con finura en 1.643. Se trataba de un autorretrato de medio cuerpo que apenas pudo cubrió con papel chino de seda, depositó boca abajo en el fondo plano y duro de su cofre de campaña y llevó siempre consigo hasta finalizada la guerra y después hasta Nápoles, Buenos Aires y Medellín, estas dos últimas ciudades hermanadas por Gardel.

 

Una vez Augustus llevó los restos de su señor padre ladrón de aguafuertes al camposanto universal de Medellín y se quedó solo en este mundo, decidió escudriñar las pertenencias del finado. Fue ahí cuando, para su sorpresa, pues su padre nunca le habló del aguafuerte ni menos de cómo lo obtuvo, aunque sí lo sospechó, se enteró de que era propietario de una fortuna que no podría hacer efectiva porque de inmediato sería llevado sin miramientos a la cárcel, sindicado de esconder robados tesoros de guerra. Tal vez por eso, pensó, mi padre me ha dejado también la Walter PPK: para proteger la obra de Rembrandt y para que yo me defienda si acaso me la quisieran robar o decomisar.

 

Jacinto, ya cuarentón y propenso, para darse sus aires de superioridad frente a sus amigotes, a intimar con extranjeros, así este fuese colombobo alemán, apenas leyó sus datos en el registro del ingreso y comprobó que Müller y él eran colegas, ingenieros industriales, y además habían nacido el mismo día del mismo mes mas no del mismo año, no se pudo resistir a la vanidosa tentacción de aproximársele en búsqueda de su amistad y se hizo el taimado encontradizo. El Müller Isaza, solitario, huérfano e introvertido, merced a las coincidencias profesionales y cronológicas que los uncían, cayó en la red que Jacinto le tendía con sonrisas, se despojó de la misantrópica paranoia que lo envolvía y aceptó charlar con él un rato todos los días, ojalá al atardecer, cuando yo regrese del trabajo, concluyó. Jacinto Calibre, quien había heredado intacta y aumentada la facilidad materna para entablar amistades y extraerles sin anestesia ni dolor los más íntimos secretos vitales, muy pronto logró que el taciturno pero desconfiado Augustus le contara en un monólogo vomitado sin pausas ni respiros que su padre viudo reciente y él bebé para poder dormirlo le contaba aventuras y anécdotas de la sangrienta y sanguinaria guerra mundial como eran fritar un huevo crudo cuando lo posaban sobre la hirviente tapa del motor de un blindado y acorazado tanque de guerra bajo el calor satánico del desierto de Libia u orinar sin sacar el miembro pero sí a través de una cánula porque el chorro se podía congelar en ascenso hasta llegar al glande y cristalizarlo en témpanos allá en Siberia Lenin y Stalingrado en pleno invierno casi polar ártico y que lo mismo para defecar tenían en la parte trasera del pantalón de campaña y de combate una claraboya para abrirla y cagar por ahí porque de no se les congelaba la cagada y el culo y que lo peor de todo fue la retirada hacia la patria después de la derrota y rendición del mariscal Von Paulus en Stalingrado cuando en pleno invierno ruso y rumbo a Alemania eran atacados a mansalva y cualquier hora por manadas de cosacos a caballo que los tasajeaban con sus espadas de doble filo mientras poco a poco sus compañeros de infortunio y de huída se iban quedando rezagados y tirados al borde del camino y de la congelacción hasta cuando ya no podían gritar más y se morían y entonces los sobrevivientes daban media vuelta súbita corrían hasta el cadáver y lo despojaban de sus pertenencias bufandas guantes medias de lana chaquetones tapabocas abrigos botas gorras para protegerse con ellas y yo crecí oyendo eso ¿cómo no voy a ser taciturno e introvertido? y se mordía uñas y nudillos hasta sangrar llorando por las encías. El cuarentón primogénito de doña Sixta Tulia lo consolaba, le palmeaba la espalda, le prestaba su pañuelo y le insinuaba que tratase de olvidar esos recuerdos, quizás en la carnal compañía de una dama de compañía, pero su interlocutor se negaba, alegando que él nunca pagaría el amor ni con cheques chimbos. Jacinto no se rendía y como por esos días estaba en su atlética locura de trotar, nadar y montar en bicicleta todos los días en la sensual y sexual compañía de su esposa, le dijo que si él quería, podían sudar los tres y así Augustus eliminaría, junto con sus toxinas, los sinsabores de la niñez. No quiso. Entonces que se joda, pensó el rechazado Jacinto. Sin embargo seguían viéndose las caras y oyéndose las voces hasta cuando, en la alcoba del colombobo alemán, el triatleta logró ver en el fondo de la maleta de su amigo el aguafuerte de Rembrandt y la pistola Walter PPK. Preguntado que le hubo sobre el porqué esa magnífica obra de arte y esa estupenda arma estaban en su poder, recibió como respuesta un seco es herencia de mi padre y la pistolita ni siquiera la sé disparar y acto seguido le contó el resto, excepto que sospechaba cómo fueron adquiridos por su padre.

 

-¿Has pensado en venderlo o subastarlo?-.

 

-No, es imposible, no tengo cómo carajos demostrar su procedencia-.

 

A Jacinto se le abrió en silencio, porque no le contó a nadie, la agalla y se juró que más temprano que tarde se lo robaría, lo vendería, se haría millonario y con su mujer de curvas sin peraltes se largaría para alguna islita mediterrónea a meditar sobre la pereza de los afortunados como él. Pero no lo quiso hacer de inmediato, hay que darle tiempo al tiempo, le decía en silencio a sus arreos deportivos, primero lo envolveré con atenciones y cuando ya esté maduro daré el zarpazo. Él, su curvilínea mujer y su futura víctima fueron a comer carnes finas y vinos rojos de la Rioja en el restaurante La Carreta, en un teatro de Cabecera y mientras comían crispeta y bebían Coca Cola de dispensador vieron la película Zabriskie Point, iban de compras a los centros comerciales, repasaban sus vitrinas, lo arrastraban a los casinos, a bailar salsa, a jugar a los bolos y a la Mesa de los Santos y por último la pareja intentó presentarle algunas chicas en edad de merecer, oferta que fue con cortante cortesía rechazada. Mientras los tres se daban gusto comiendo, bebiendo, yendo de compras y pasando el tiempo para atrás, Jacinto, monotemático y cretino, siempre llevaba la conversacción hacia Rembrandt, Durero y otros maestros del pincel y de la espátula con tanta y tanta insistencia que en más de una ocasión un aburrido Augustus le insinuó que cambiara de tema porque ya se estaba volviendo obsesivo. Cuando Jacinto lo consideró blandito y listo para caer en la emboscada que ilusionado pensaba tenderle, aprovechó el que Augustus hubo de marchar a Medellín para estar presente en la convención anual de su empresa, tomó la llave maestra, entró furtivo y nervioso a la alcoba, temblando sustrajo el aguafuerte, aprisa lo llevó a fotocopiar en las dependencias de la Xerox y haciendo el traidor cambalache devolvió el mentiroso y se quedó con el verdadero, todo en menos de una larguísima media hora. Afanado y con el robado original en sus ladronas manos buscó luego a Carlos Prada Hernández, a la sazón un maduro curador que ya empezaba a ser tenido muy en cuenta por directores de museos y por mercaderes y mercachifles del arte, y le preguntó de sopetón su opinión.

 

-Bobo zoquete y majadero, esto es una simple y muy vulgar fotocopia-, también de sopetón le respondieron Carlos y su incipiente pero creciente sabiduría.

 

-No puede ser-, reviró y ladró Jacinto el ladrón.

 

-Sí, sí puede ser, ¿o es que usted me va a enseñar a jugar a la gallina ciega?-, dijo y preguntó la herida vanidad de Carlos.

 

-No, pero es que…-.

 

-¡¿Qué qué ni qué nada, dígame a ver cómo lo obtuvo?!-.

 

-Es de un amigo que me pidió el favor de verificar su calidad-, se defendió como pudo, es decir, mintiendo, el acorralado imbécil del Jacinto.

 

-Pues vaya devuélvaselo y dígale que lo engañaron con una tonta copia y cuando me vuelva a buscar que sea para algo que valga la pena y no para tonterías como estas-.

 

-Sí, señor Prada, y gracias-.

 

-No exagere, que no hay de qué-.

 

Confundidísimo quedó después de este corto diálogo sobre arte falso porque no podía entender qué pudo haber pasado, si era que Augustus sospechaba y por tanto él, Jacinto, se había robado una copia del aguafuerte, le había sacado otra copia a la copia y se había guardado la copia que creía era un original, vaya galimatías, o era que el señor Prada no sabía un sieso de arte. Mohíno y muy avergonzado de sí mismo, pretendió olvidar su burlón e inexplicable fracaso y poco a poco se hizo el pendejo cuando un Augustus sonriente le pedía que salieran los tres de farra o que, oferta insólita, buscaran un polígono porque ahora sí quería aprender a disparar la Walter PPK de nueve milímetros automáticos. Empezó a inventar excusas para no ir, sobre todo al intrigante polígono y la fingida amistad que los unía desfalleció y murió por completo cuando el colombobo alemán dijo de súbito que sus superiores lo habían por fin trasladado a la capital de la res pública, como premio a sus muy buenos oficios. Jacinto siguió dando vueltas en torno a lo que pudo haber pasado con el aguafuerte de marras y se fue de para atrás y con serio peligro de morir por desnucamiento fortuito cuando recibió una carta remitida desde Munich que decía:

 

Munich, Noviembre 22 de 1.994

 

Estúpido señor Calibre: para mi placer y su deshonra le quiero manifestar que, en vista de sus múltiples preguntas acerca del aguafuerte de marras, empecé a sospechar y caí en cuenta de que usted, miserable perro, quería robármelo, así que fotocopié el original, lo escondí después en una doble cajilla de seguridad bancaria, a continuación introduje la fotocopia en el fondo de la maleta y para que usted, pendejo, tuviera el chance de robársela, inventé un repentino viaje a Medellín y mi posterior traslado a otras tierras. Ahora, con mi Walter PPK, vivo casado con una espléndida rubia en Munich, a través del consulado holandés he devuelto el aguafuerte al museo de donde mi padre lo robó y me han dado una sabrosa recompensa en euros. Si se le da la puta gana de venir por estos lares, es claro, clarísimo, que lo puede hacer, pero tráigase una Colt.

 

No atenta, pero sí burlonamente, su afectísimo enemigo,

 

Augustus Müller Isaza.

 

P.D. su mujer es mucha hembra, cuídela, marica.

 

Brahmaputra, Calcuta, Sumatra, frente al espejo y a gritos fustigábase Jacinto su estupidez, codicia y cretinismo.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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