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 ReVista OjOs.com     OCTUBRE DE 2016

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

 

DISFRAZADO DE DISFRAZ  (1.949)

 

 

Para Sergio Augusto Rangel Consuegra.

 

 

Las diez y nueve horas y media marcaba con exactitud suiza el nostálgico reloj de leontina que Pedro José Calibre y Ruiz había dejado olvidado y solitario sobre su mesita de noche, que de día, a pleno sol, terca y arbitraria, pretendía continuar siendo llamada por todos nosotros, empleados, huéspedes y propietarios, mesa de noche, cuando, para sorpresa de doña Sixta, quien se hallaba en animado palique coloquial con la alazana ciclista escocesa, emergieron sigilosos por la amplia puerta de la múltiple habitación con baño privado, ventilador con cuatro aspas y tres velocidades y número XVIII, cuatro huéspedes masculinos y muy machos que habían llegado en incómoda flota el día anterior desde las simpáticas calles empedradas y polvorientas de la población de Simacota, Santander del Sur, y ahora respectivamente vestido y disfrazado este cuarteto con todas las de la ley tácita y no escrita como médico especializado en ortopedia, robusto enfermero auxiliar y musculoso camillero que custodiaban a un impaciente y amodorrado paciente parapléjico en silla de ruedas y con anteojos de playa acaballados en su nariz de mujeriego. Eran, en realidad y según el registro del ingreso, el robusto padre viudo, sus dos robustísimos huérfanos hijos y un amigo flaco y apolíneo, al parecer íntimo de los tres.

 

-Perdonen, ¿para dónde diablos van así de bien vestidos y tan calladitos, señor Rueda?-, preguntó la nutritiva curiosidad de doña Sixta.

 

-Oh, vamos a un baile de disfraces en el Club Unión, aquí arribita-.

 

-Pues se me hace que ganarán, sobre todo porque el señor Ortiz sí parece estar tullido-, aventuró la propietaria del hotel, al tiempo que le guiñaba el ojo izquierdo y bello a Jeanette McCormick-Orange.

 

-Sí, sucede que él es un artista como no hay dos por aquí cerca, fíjese que simula estar bien dormido por la anestesia-, respondió otro Rueda, el mayor de los hijos, un tanto nervioso porque Mas Que Digan se había acercado a ellos y olfateaba con terquedad a quien fingía ser y estar parapléjico.

 

-Bueno, muy bien, que les vaya bonito y que se ganen algún premiecito, ojalá en metálico que suene y se pueda contar-, se despidió doña Sixta, a la par que alejaba al mastín con suaves tirones a su traílla.

 

-Gracias por sus muy buenos deseos, doña Sixta Tulia-, dijo el otro Rueda, el segundo de los hijos, respirando a sus anchas apenas vio la retirada del perro.

 

-¿Y a qué hora vuelven?-.

 

-No sabemos-, contestaron los tres Rueda en coro.

 

Se fueron a pie y rumbo a oriente, justo hacia donde quedaba el mentado club de clase media alta. Pero no volvieron ni siquiera al día siguiente y aunque habían pagado la cuenta por adelantado y con descuentico, sus tres maletas repletas de periódicos viejos y de la ropa que usaban cuando llenaron el registro del ingreso, dejaron abandonadas en la habitación, suceso que encendió algunas alarmas rosadas en la ladina suspicacia casi siempre certera de doña Sixta. Pasaron segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, bimestres, trimestres, semestres y un año y medio y los Rueda y su amigo Ortiz no regresaron jamás por sus pertenencias y como la madre de Jacinto no se tragó entero el cuentico de la fiesta de disfraz en el club aquel, para salir de dudas y entrar en otras decidió comunicarse de una vez por todas y por teléfono con el administrador del Unión para preguntarle si era cierto o no lo del baile. Le contestaron que para esa fecha se había realizado un bingo bailable y de beneficencia a favor y en pro de los niños desamparados. Se sorprendió doña Tulia, sí, pero tan solo y apenas por unos cuantos días, porque sus ocupaciones eran tan numerosas y variadas que no le dejaban tiempo libre para aplastarse en la mecedora a especular y a llenarse la cabeza de cucarachas, telarañas, babas y tonterías. Así que el asunto de las maletas llenas de noticias viejas de periódicos ídem y de trapos usados, sumado al hecho de que sí habían pagado el valor del hospedaje, no la volvió a importunar en el futuro con campanazos de alerta ni la llevó a informarle a don Pedro, borrachín como siempre allá en la Mesa de los Santos, para evitar que la jodiera por ingenua y la regañara por dormida.

 

Hoy, en el 2.012, cuando doña Tulia tiene cuerda su locura senil y esporádica, hace memoria y relata anécdotas de toda índole, jamás menciona a la familia Rueda, a su amigo Ortiz ni a las maletas olvidadas. Tampoco recuerda, ni intenta recordar, que pasados dos años al pasado y al papayo y por navidades las regaló, sin las noticias viejas pero sí con la raída ropa incluida, al benemérito y samaritano ancianato de san Antonio. Treinta años después del mentiroso baile de disfraz, a una pitonisa -nacida, eso dijo y escribió ella en el registro del ingreso, en Torrox, España, alojada en el Hotel De Siempre, y quien iba de paso lento para Cúcuta, Norte de Santander del Sur, y a continuación hasta San Antonio y San Cristóbal, en el vecino, ricacho y contrabandista estado del Táchira, Venezuela-  Jacinto le susurraba que en este hotel había pasado cualquier cosa, menos un crimen o asesinato, aunque el aborto lo sea, pero no de humanos sino de extraterrestres. Consultada y retada la gitana pitonisa al respecto por Jacinto Calibre Guane, quien me soltó todo este rollo al otro día, y después de observar por largo rato su bola de cristal falso, se atrevió a afirmar sin que le temblaran la voz ni las rodillas que la familia Rueda con engañadores engaños y sutiles mentiras impiadosas convenció al señor Ortiz de que los acompañase, con todos los gastos pagos, ya que él sería en unos meses un miembro masculino más en la familia Rueda, a comprar de contado y tal vez ojalá baratas unas diez cabras dizque monteses que estaban en realización en el coso de ferias de Bucaramangracia. La pitonisa, luciendo pañoleta de colorines, un solo aro enorme y colgantísimo del lóbulo izquierdo, en su cuello de jirafa apretados collares, cadenas, relicarios, pectorales y collarines, en sus muñecas semaneras y pulseras, en los diez dedos todos anillos, argollas y uñas postizas y hablando con acento gitano calé, caló o rom, dijo que el ingenuo se dejó tramar y arribó con el trío y sus mentirosas maletas al hotel, muy lejos, lejísimos, de su mente el que esa inocua aceptacción le llevaría a la muerte inicua por severas contusiones múltiples y contundentes. Siempre según la pitonisa y su bola mentirosa de cristal falsificado, una vez en la alcoba XVIII, los Rueda le dijeron a su futura víctima que también irían esa misma noche a un espectacular baile de disfraces y le solicitaron que por tanto los acompañara ya mismo a conseguir una silla de ruedas para parapléjicos y cuatro uniformes veraces de médico cirujano, enfermero, camillero y paciente y que después almorzarían carne seca, yuca frita, aguacates, apio con hogo y refajo en el restaurante familiar y rural de una paisana simatoqueña. Fueron a una casa de empeños, monte pío en mi tierra, decía la gitana, en donde había de todo, como en botica, pagaron el castigo de la silla ortopédica y la rescataron, lo mismo que los cuatro uniformes. Al retornar cerca de las quince horas al hotel con la silla de ruedas, los uniformes y la barriga llena y con razón contentos, y siempre según relataba la gitana, a traición y de repente maniataron a Ismael Ortiz, le metieron a la fuerza bruta un limón agrio y verde entre la reacia boca seca, con cabuyas y pitas lo amordazaron casi hasta la asfixia y el sofoco, con el mismo pañuelo rabo de gallo de su propiedad le vendaron los desorbitados ojos más allá de la ceguera y de las tetillas hacia abajo y a lo largo de casi una hora le rayaron el tórax con unas cuchillas de esas de afeitar y una navajilla de juguete, en los oídos le escanciaron a presión trece chorros ardientes de aguardiente barsalero, a través de la venda levantada le vertieron sal de cocina entre los ojos y en el colmo estrambótico de la sevicia más cobarde, pero teniendo harto cuidado de no lacerarle el rostro, lo cundieron a numerosos golpes mortales y patadas asesinas hasta matarlo poco a poco por haberse atrevido con descaro a baladronear en alta voz que se había comido las onces de la hija, huérfana de madre y hermana dellos, antes del recreo establecido y escurrido el irresponsable bulto de la culpa luego.

 

De repente, la pitonisa suspende su cháchara y dice voy a hacer caca, Jacinto pretende abandonar la alcoba, pero ella le grita no salgas, gamberrito, que se me esfuma la compenetración entre tú, mi bola adivinadora y yo y no doy con el chiste. Jacinto obedece y ella va, defeca y retorna más liviana. A continuación y según el relato, mentiroso o no, de la vidente, los tres asesinos se ducharon por rápidos turnos e imperturbables lavaron también de igual manera rápida a su víctima rígida y a la sangre derramada, tiran el agrio limón por la ventana afuera, a Ismael acomodaron en la silla de ruedas, lo maniaron, como buenos ganaderos que eran, al portabrazos, lo vistieron de enfermo paralítico, le calaron unos anteojos obscuros para mimetizar los ojos enrojecidos por el cloruro de sodio, se disfrazaron según lo habían acordado, abandonaron el hotel, se despidieron como si nada de la dueña, no retornaron la silla de ruedas ni los uniformes, perdieron el depósito que garantizaba la devolución, a orillas pantanosas de la Quebrada Rosita y a las veintitrés horas y pico lastraron con piedras y rocas la cómplice silla, la tiraron a las aguas de la quebrada, enterraron a Ortiz a quince centímetros de profundidad, desnudo, tasajeado y punzado para que se pudriera rápidamente y no dejara pistas, rastros ni aromas delatores que los dejasen en las puertas de las rejas de la cárcel, sindicados de y condenados por asesinato premeditado, con sevicia y alevosía exageradas contra una víctima en completo y total estado de indefensión absoluta.

 

La gitana, nacida en Torrox, le dice a Jacinto que por la información detallada que le ha suministrado debe pagarle de contado y en efectivo la suma de cincuenta dólares y si encima diez más, después de que se duche junto con su mendaz bola de cristal, le hablará de su futuro. Jacinto le gira un cheque personal contra un banco panameño porque efectivo en estos momentos no tiene, ella, un tanto molesta, acepta y más se molesta cuando le oye decir:

 

-No, muchísimas gracias, paso de cobarde agache, pero mi futuro lo labro yo a mi personal acomodo porque si usted me lo cuenta se pierde la bendita gracia de la incertidumbre y así qué maldita gracia-.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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