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 ReVista OjOs.com     SEPTIEMBRE  DE 2016

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

CUATRO MILITARES EN USO DE MAL RETIRO(1.966 - 1968)

 

Para ellos.

 

 

En el año no bisiesto de 1.966 de nuestra era ¿cristiana?, Bartolomé Soler, Sam Hoguera, quien cojeaba un tris del muslo derecho de su pierna a causa de esquirlas de granada que le lesionaron el tendón correspondiente, Baldomero Paso Lento y Mirilla y Hermenegildo Centella fueron, en desorden alfabético, los cuatro generales de dos soles dados de baja en forma baja, ignominiosa y artera por nuestro -mío no, jamás nunca- ejéjéjército nacioanal. Los motivos reales, como siempre ha sido y será en el futuro, fueron con teatralidad ocultados a la opinión pública y a la prensa extranjera. Un breve y frío comunicado explicó, o pretendió explicar, que los dos primeros habían solicitado la baja por motivos personales y privados, que Centella con fervor deseaba estudiar literatura y Paso Lento y Mirilla, con igual o peor fervor, arquitectura moderna. Pero yo, que me hice muy amigo dellos, supe que las razones bordearon la rebelión y el amotinamiento y que el escándalo sería enorme, gigantesco, si se revelaban claros los motivos de sus protestas. Se trataba de varias masacres clandestinas y no digo más, que sapos y bocones lengüisueltos hay silvestres en esta patria mía por montones. Y más aún si hay recompensas, pero nunca pagadas, en metálico de por medio. Por razones que ojalá alguien en el futuro cercano descubra y como todos ustedes, lectores míos, ya lo sospechan, los cuatro ex generales se hospedaron, meses después, en la más grande alcoba del Hotel De Siempre. Bajo ciertas condiciones y reglamentos, con mucho susto -queriendo decir mucho gusto- los recibo, les dijo madre muy severa, cuando a pedir posada y comida fueron en cuarteto, mal vestidos de civil, muy tiesos, poco majos y sonrientes y cordiales. No sé por qué causas, puesto que odio hasta la jaqueca a los uniformados, bien o mal trátese de curas, médicos, militares, porteros de hotel, enfermeros, vigilantes privados, sores y otras layas iguales o peores, intenté ganarme su amistad. Al principio se negaron, tal vez por la diferencia de edades que entre nosotros había, porque ellos eran cincuentones y yo apenas llegaba a los veinte abriles, mayos o diciembres, pero mi persistencia dio frutos dulces y no ácidos ni amargos y al cabo de noventa rápidos días de acoso permanente, decente, suave y cortés, ellos resignaron, bajaron la guardia y nos estrechamos las mutuas manos. Ásperas las dellos, como si de los dedos yucas se sacasen de continuo. Y viriles y leales. Pronto noté que Soler, Hoguera y Paso Lento tenían similitudes faciales, pero jamás pregunté si eran parientes. Preferí dejarlo como si de un caso extraño de genética encubierta se tratase. No fue necesario pero sí suficiente el que pasaran pocos días hacia atrás y hasta el pasado reciente para que yo descubriese sin mucho esfuerzo neuronal que las bromas pesadas eran su especialidad más notoria, entre varias muchas otras que tenían embolsicadas. A lo largo y ancho de su vida castrense y casi que castrante en campamentos, a la intemperie, en raídas barracas y roídos cuarteles expuestos a sol, lluvia, balas y disentería, habían logrado amaestrar sus esfínteres y gases hasta el punto increíble de poder soltar sus ventosidades a voluntad, así que una noche, frente a mí, que los veía sin creer lo que veía y oía, en una pequeña grabadora japonesa que yo manipulaba capturaron sus respectivos sonidos pestilentes. En el siguiente fin de semana, cuando la mayoría de los huéspedes jolgoriaba en el bar un tanto alicorada, y desinhibida por supuesto y por tanto, y con el previo permiso de la dueña del hotel, Hoguera, con su seria cara, -era, llanamente, una oveja con piel de lobo- puso la grabadora japonesa sobre el centro de una mesa sin mantel en cuyo redondo alrededor aquellos que pudimos nos sentamos en círculo, entrellos mi madre y un paraguas en primera fila, mientras los demás, para quienes no alcanzaron taburetes, sillas, butacas, sofás, poltronas ni sillones, permanecían de pie o en puntillas. Eché de menos los zancos de Abelardo, el chico aquel que murió años atrás, cuando le amputaron los miembros inferiores. Éramos casi una centena los mirones. Noventa y siete, me dijo madre al día siguiente. Con voz de mando militar, porque no podía hablar de otra manera, así quisiera, o sus amantes se lo demandasen desnudas, Paso Lento y Mirilla nos dijo a gritos de sargento viceprimero que íbamos a jugar adivinanzas y que pusiéramos atento cuidado a lo que oiríamos a continuación. Con una seña de su pestaña izquierda, imperceptible para la distraída y absorta concurrencia, Hoguera me ordenó en silencio que pusiera en marcha el aparato japonés. Le obedecí y cuando los cuatro flatulentos sonidos llegaron a nuestros atentos oídos, un murmullo, aleación o amalgama triple de fastidio, sorpresa y risa, nos envolvió a todos, como si un hambriento pulpo fuese. Mi madre miraba para otro lado, el derecho, sin musitar palabra alguna, bien en pro o mal en contra. ¿De qué se trata este jueguito que aquí o en Cartagena de Indias, Bolívar, nunca antes habíamos jugado en público?, preguntaron el doctor Galleta y su corbatín de pajarita, sabedores de que en privado lo jugaban, desnudos, con su esposa en los aburrimientos post coitales, venciendo al y rompiendo el sordo pero no mudo murmullo que ya languidecía. De adivinar a cuál culo de estos cuatro caballeros pertenece cada pedo. ¿Y hay un premio para el que tenga los cuatro aciertos?, inquirió el más codicioso de los presentes, un sefardita bastante avaro apellidado Dichi. Sí, sí lo hay, de súbito dijo madre: un garrafón de aguardiente barsalero, al parecer sin estampillar, para quien quede de primero y media de media de antioqueño estampillado para el segundo. Los cuatro generales y yo sonreímos, a la par que Hermenegildo Centella, aprobatorio, le guiñaba el ojo derecho y azul marino de arrecife a la dueña. Madre también sonrió, pero nadie se dio cuenta, excepto ella misma, quien se conocía muy bien a sí misma y en ocasiones eximias a no misma. El doctor Galleta, dispuesto a embriagar hígado, cerebro, páncreas, riñones, músculos y coordinacción motora propios y muy suyos, dijo, mesándose las manos o los cabellos, que no pude ver bien en medio de la barahúnda, que volvieran a rodar la coproilógica cinta para escucharla mejor. El sordo García, extraordinario vendedor de paños Vicuña, encaramándose de un brinco insospechable en él en su taburete, a grandes voces, como era de esperarse dada su afección auditiva, pidió que le subieran dos rayas al volumen y que le esperaran un momentito mientras iba a su cuarto a traer el audífono. Esta vez sí nos reímos todos, hasta madre. Cuando el sordo regresó y se aplastó muy esperanzado, antes de que la pestaña de Hoguera me lo ordenase, di de nuevo marcha al aparato japonés. Muy concentrados escuchamos en silencioso silencio, pero nadie se aventuró a opinar. Póngala de nuevo, pidió el insistente doctor Galleta. Sí, sí, apoyolo el sordo García, ajustándose mejor el audífono sobre el pabellón de su oreja medio enferma. Está bien, pero una vez más y no más, dijo madre, quien, arrepentida tardía, ya no quería que nadie ganase los cuatro aciertos porque el precio del garrafón de barsalero estaba por las nubes, como mis hermanillas pillas,  debido a la taimada e inútil persecución sobornable que las ¿autoridades? de las rentas locales ejercían sobre y contra los alambiques clandestinos que eludían el estampillaje y facilitaban el pillaje de quienes con él se peaban y se convertían en pillos. Soler me alcanzó una hoja de papel  de carta y un lápiz Mirado con el borrador superior arrancado a mordiscos por algún desadaptado rabioso y furioso con y contra su desadaptacción y me dijo tome, chino marico, anote ahí con buena letra las respuestas y cuidado hace trampa para favorecer a su madre y además le advierto aquí delante de todos ustedes que usted no tiene voz ni voto, que por ser amigo nuestro ya se sabe las respuestas. Claro que me las sé, dije yo. Pues si quiere no opino, gran pendejo, le dijo madre a Soler. No, no, opine, sí, opine, pero si llega a ganar, el garrafón será para el segundo y la media de media para el tercero. ¿Y si hay empate, qué?, preguntó con malicia el doctor Galleta, desanudándose de un tirón la horrorosa pajarita del corbatín. Pues dividimos, contestó Soler y punto aparte.  Uno por uno, y ahí fue cuando con toda seguridad mi madre pudo contar a los votantes de izquierda a derecha y después en viceversa hasta llegar su número a noventa y siete, los presentes manifestaron su escogencia. Concluida la votación y revisado el escrutinio por los cuatro generales en peor uso de mal retiro, aunque con abundante pensión de retiro, se vino a saber que el ganador había sido el sordo con cuatro aciertos.

 

-¡Trampa, trampa!-, gritó el sefardita, quien quería todo para sí y nada para el resto.

 

-¡Sí, trampa, trampa!-, también a gritos apoyó el doctor Galleta al sefardita, temeroso de no poder embriagarse porque de chiripa adivinó dos, de tercero quedando. Y perdiendo.

 

-Yo ya sabía que estos cuatro tipejos me olían mal, como a popó de chulo-, quiso Tía opinar, pero se contuvo porque era hora de ir a joder con su rosario y no quería perder tiempo inútil y precioso en discusiones, teniendo tanto sacro por hacer.

 

-¡Claro!-, volvió a la carga Dichi, el sefardita, -¿es que no ven, oyen, que el sordo contaba con la ayuda extra del audífono? ¡Así qué gracia! ¿Qué tal si a mí se me da por traer la concha de una madre caracola y me la pongo en el oído?-.

 

-¡Qué trampa ni qué jopos!- se defendió con rabia sólida y maciza el atacado, presto a lanzarse a puñetazos contra quienes así lo impugnaban para escamotearle el premio.

 

Los cuatro generales -ex, les recuerdo- al ver que el asunto se les iba a salir de las manos, y de las patas si se dormían, hasta terminar en pelotera, le pidieron a grandes voces a madre que trajera un megáfono para aplacar esta reyerta y acallar la vocinglería, pero como ella no sabía el significado de esa palabra porque no se lo había preguntado aún a su amigote Larousse, se quedó cruzada de brazos, como quien ve llover en seco. Los cuatro de inmediato echaron mano presta al cinto y a las cartucheras y acto seguido a sus ocho revólveres de juguete y empezaron a disparar sendos chorros de agua fresca contra los alborotados alborotadores, tomados de sopetón por húmeda sorpresa. Mi madre, siempre alerta, abrió el paraguas que consigo había traído y parapetándose se protegió con él de los chorros, algunos mirones salieron del bar en estampida caballar pisoteándose, otros, más lerdos y cobardes, se metieron reptando en cuatro patas bajo las mesas, tumbando algunas y asustando al hijo del mastín que de mi padre fue, quien debajo dellas dormitaba, y yo me paré justo frente a las balas hídricas, dispuesto a oficiar de parapeto protector. Ante este sainete de opereta era imposible no reírse, así que eso hicimos todos, agua, grabadora, revólveres, paraguas, militares y dogo incluidos.

 

-En pro de la paz declaro anulado el escrutinio-, dijo a gritos militares la voz vicesargentoprimeriza, ronca y concisa de Baldomero Paso Lento y Mirilla.

 

-Y para que no haya vencedores ni vencidos y sí total armonía yo les concedo los dos premios a todos.

 

Emborrachémonos, también en pro de la paz no escrita ni firmada-, por fortuna dijo madre, sabiendo que el licor no alcanzaría para ello.

 

-De la paz seca-, metí yo la cucharada dulcera, humedecido de pies a cabeza.

 

No hubo derrotados ni derrotantes, aunque el doctor Galleta, el sefardita Dichi y muy en especial el sordo García con su audífono, quien se sintió birlado por mayoría absoluta, los tres, después de engullir el trago amargo de la derrota, no quisieron beber un trago más, ni aunque gratis fuese.

 

-El alcohol no resuelve ningún problema-, quiso concluir mi madre.

 

-Pues la leche tampoco-, dije yo, para entorpecer la conclusión materna.

 

Algunos atrevidos me aplaudieron, los cuatro ex militares con más vigor del necesario. Esa misma noche, antes de dormir y de pedirle la bendición a mi madre, me jacté de mi hazaña cuando me interpuse entre las balas húmedas y la concurrencia seca. Pues no se ufane, dijo ella, que yo también resulté mojada. No puede ser, si traías un paraguas. Sí, pero estaba roto el hijuepuerca. Y a continuación, en latín de novato seminarista, me bendijo. Al día siguiente, con resaca y jaqueca en proporciones iguales y como premio de consolación mi madre le regaló al sordo una canasta de cerveza Chivo Clausen tipo exportación, quien se la bebió de mala gana con el audífono, todo porque este terminó muy ebrio, confundía los sonidos y el volumen y no le ayudaba a escuchar como es debido.

 

Siguiendo con los gases, con o sin el perdón y el permiso de todos ustedes, amantísimos lectores míos, les diré que una noche entré por sorpresa a su habitación, los encontré con calzones de lino y calzoncillos de colorines abajo, en cuatro patas, sonrientes y en actitud de quien espera a alguien. Antes de que abriera la boca para decir esta es la mía, Soler me dirigió la palabra y murmuró: por fin llegó, chino marico. ¿Y eso qué quieren de mí?, pregunté, temiéndome lo peor de lo peor una vez que los vi en tales posturas. Pues que tú, Jacinto, si te atreves, cobardón, juegues y pierdas con nosotros, respondió Centella, serio y muy en serio. ¿Jugar, jugar a qué, si yo no sé jugar siquiera al teto, ni quiero aprender tampoco?, prudente y desconfiado dije. No se trata de eso, ¿cómo se le ocurre?, no, no, malpensado, amonestome Sam. Se trata, intervino Baldomero, de que cada uno de nosotros va a expulsar un gas con alta concentración de metano, tú, con estas cerillas de cabeza azufrada les prendes fuego apenas salgan del recto y con este cartabón de costurería que nos prestó tu mamá vas a medir la rectal distancia alcanzada por cada llamarada. Están chiflados desde la cabeza hasta las uñas sucias de los pies limpios, quise decirles. La llamarada más larga gana, me explicó Centella. Están más locos que una cabra del Pescadero o del Río Manco, pensé para mis adentros, que ya no estaban rosados porque había empezado a fumar a escondidas de mi madre y del mastín, aunque con los olfatos extraordinarios de que ambos hacían gala muy pronto me descubrirían, cigarrillos extra largos llamados Pall Mall, enrollados con norteamericana precisión, contramarcados y vendidos por la R. J. Reynolds Tobacco Inc., de Wiston Salem, Carolina del Norte, ciudad hermana y dizque gemela, por si no lo saben, de Bucaramangracia, Santander del Sur, Colombobia. Ganó Sam Hoguera porque había comido a manos y cucharadas llenas repollo muy maduro y fríjoles antioqueños con garra de puerco. De último y muy atrás y rezagado terminó Bart Soler, quien al atardecer se había atragantado hasta el eructo y las agrieras de galletas La Aurora y agua pura del acueducto municipal. Los otros dos empatados en veintitrés centímetros lineales: las arepas de maíz pelado que habían tragado por onces no produjeron el metano suficiente para darles la esquiva victoria, que se les escapó de sus amaestrados esfínteres por centímetros, también lineales. Yo pensaba, mientras veía con asombro sus esfínteres, primeros, únicos y masculinos que he tenido al alcance de mis ojos y mis manos, que este ano, el de Soler, va hacia el anonimato, aquel, el de Centella, terminará anómalo, el de más allá, el de Paso Lento, anoréxico será y el último, el de Sam, que era el más estrecho, sufrirá de almorranas. Después de ponerse en y de pie, subirse y amarrarse calzoncillos y calzones, abrir de par en par ventanas y encender ventilador de cuatro aspas y tres velocidades, Centella, muy aficionado a la literatura, dijo que nos sentáramos en el piso porque iba a empezar a leer una novela del señor Remarque, de sopetón hallada y tomada prestada sin permiso alguno de la liviana biblioteca de mi padre, muy mañoso por añoso, aunque muerto y enterrado ya. Nos pareció jartísimo. Las novelas no son para leer en voz alta ni frente a terceros, sí para degustarlas como carne femenina y joven en la intimidad solitaria de la soledad íntima. Mejor hablemos de la segunda guerra mundial, a ver si aprende algo, chino marico, me dijo Soler con sorna tenue, muy aficionado a zaherirme de continuo, como habrán notado ustedes, que son tan inteligentes y sagaces. Y hablaron. Y obvio que oí. Y más obvio que memoricé. Que la traicionera, marítima, aérea y terrestre invasión súbita y nazi a Noruega; el atentado exitoso contra Heydrich, el protector y depredador de Bohemia-Moravia; las duchas en donde trocaban agua por gas, los hornos crematorios, los alambrados campos secretos de concentracción y desconcentracción inhumanas, las fosas multitudinarias; los bigotes de Stalin y su presunta dipsomanía; la inexplicable huída de Hess, quien tenía más caras traicioneras que un enecaedro, hacia Inglaterra a bordo de un Messerschmitt 110; la egomanía de George Smith Patton, su pistola de cacha nacarada y su perro pit bull con mirada de pirata; el inducido suicidio de mi mariscal del Reich Erwin Rommel; las rabietas de Hitler, cuyo real apellido ha debido ser Schicklgruber, en cuyo caso jamás habría llegado por la puerta trasera a la cancillería del tercer Reich ni por la ventana del servicio a dictadorzuelo de media panela y también de la tristeza infantil de Eva Braun, que la invadía cuando su amante no coitaba con calidad ni con frecuencia debidas. Cuando fueron a hablar de Mussolini, les dije que cerraran el pico porque el tipejo ese me cae por los testículos y por más abajo, allá donde la pecueca hiede. Como el sueño me venció a las doce y media o antes, no supe de qué más asuntos bélicos y chismosos hablaron, ni menos tuve la oportunidad de contarles que un medio hermano paterno mío, nacido en 1.919, había sido caporal de la XIII Semi Brigada Ligera de la Legión Extranjera desde los mediados cálidos (junio) de 1.941 hasta los principios gélidos (enero) de 1.945, cuando sin dejar rastro alguno y sin saberse cómo, envuelto en las brumas del amanecer y del bombardeo desapareció en los médanos norteños del bajo Rhin para que se lo tragasen arenques y bacalaos después de roerle el uniforme de fatiga o de combate. Algún día, cuando sea escritor, les dije, y se me rieron en la cara, narraré con pelos y señales sus aventuras, lo prometo.

 

Al enterarse madre por boca mía de este nuevo atentado contra la integridad nasal de los humanos decidió poner punto final y aparte a todas estas bellaquerías militares y apestosas: sin que ellos se enterasen cada tres días con sus noches se las ingeniaba para darles a beber tizanas de menta en las que había mezclado almidón de yuca seca en polvo, cristales de zábila, miel de abejas silvestres y minúsculos granitos de carbón vegetal, todo ello rebullido de ida y vuelta con su índice derecho y en las justas proporciones para que no terminaran estípticos y se demorasen mucho haciendo fuerza y pujos en el inodoro. Peyeron menos desde entonces. Bartolomé Soler se apareció una soleada mañana llena de ágiles lavaculos en busca de charcos callejeros que el sol aún no había secado, a bordo y al timón de un microbús Volkswagen, plano y liso adelante y atrás y cuya esbelta forma me recordó, apenas lo vi y lo medí, la de los paralelepípedos rectángulos que había aprendido a dibujar a mano alzada en mis clases de geometría euclidiana, allá por la parte oriental de mi ciudad natal, en la segunda división del colegio jesuita de San Pedro Clavar. Lo había comprado, después de mucho regatear con el postor, en un remate y de una vez nos invitó a dar vueltas y revueltas por calles y carreras, avenidas y trochas de Bucaramangracia, algunas empedradas y difíciles, algunas no, pocas asfaltadas y muchas polvorientas, pero todas atractivas para mí. Me y nos gustaba. Uno por uno sacábamos la cabeza por una claraboya superior para sentir así la velocidad del viento y sus eólicas caricias. Soler nunca se asomó, así como tampoco permitió el que otro manejase. Se las tiraba de serio, pero era suave como la pana. Cuando ya no hubo recoveco que visitar por física substracción de materia a descubrir, a Paso Lento y Mirilla le entró la ventolera de pasear también por las noches, con o sin luna, llena, nueva, menguante o creciente. Era otro mundo que yo desconocía: el de los habitantes de la oscuridad y no me gustó ni un miligramo. No sé a quién se le ocurrió primero cuando en una de nuestras rondas nocturnas pasamos frente al cementerio católico que sería fenomenal entrar a él y robar lápidas. Pero la operacción tenía sus bemoles, fusas y confusas: no se puede a la luz del día ni tampoco en noches de luna llena, aquella que vayamos a robar debe estar floja para no perder tiempo, hay que comprar una barra para facilitar el trabajo, no sabíamos qué hacer con, ni dónde esconder, las lápidas y debíamos ser muy cuidadosos al decidir cuándo realizar la operacción. Concluimos que de noche; que de día uno de nosotros debía entrar como afligido deudo al camposanto para buscar, encontrar y marcar las lápidas que estuviesen flojas; desechamos la idea de comprar una barra: ¿para qué?, basta con seleccionar las más fáciles de robar a mano; en cuanto a dónde esconderlas o qué hacer con ellas, ya se vería: por ahora en el solar, bajo  los atados de leña amontonados en orden ascendente contra las paredes de bahareque y caña brava y la noche escogida debía ser la dominical, de menos ajetreo callejero. Oír misa cansa, escupía con tino Centella. Tres de mármol se robaron mientras yo fungía de campanero nervioso, a saber y por orden alfabético de los apellidos: la del señor  doctor Aureliano García García, muerto de trombosis en 1.939, un poco después de iniciada la guerra en Europa, la de la colombo argentina señorita Inesilla Sabella Reyes, muertita de repente y sin culpita alguna de nadie en 1.933 y finalmente la de don señor Hipólito Agapito Tolosa -no con zeta- Cáceres, asesinado a cuchilladas en confusos hechos políticos a finales de 1.940, cuando godos y cachiporros, cámbulos y gualandayes, se masacraban la vida por un dácame acá esas pajas. Pero un día se acabó la leña antes de que trajeran más y las lápidas quedaron al descubierto, no así nosotros, quienes pusimos cara de palo y aunque madre conocía las familias de los tres muertos se guardó muy bien de abrir la jeta, so pena de ser tildada, por lo menos, de cómplice pasiva. Pulverizadas a mazazos, que las tres eran de mármol nacioanal y no de Carrara, Italia, las hizo desaparecer de a poco entre canecas de basura y asunto concluido.

 

Faltos de escarmiento y favorecidos por el azar, de sopetón nos encontramos una noche de menguante luna con un aviso funerario que el ¿sobrino? del capellán había olvidado guardar en la bodega de la sacristía de la catedral de la Familia Sangrada, en cuyos estantes también almacenaban los vinos de consagrar a Baco, creo yo. Soler lo cogió de inmediato, leyó la dirección de la que fue la casa del muerto cuando estaba vivo y respiraba oxígeno contaminado, para allá nos fuimos con el aviso entre el microbús Volkswagen, lo colocamos en la puerta, pulsé el timbre y huimos a gran velocidad, sin pudor ni divino temor, carcajeándonos. Sin comentarios, por favor, por phavor, lectores, que yo bien sé que esta historia puede aturdir a muchos atolondrados atulampados.

 

Una tarde, sin explicacción alguna de su parte, pues siempre andaban juntos y revueltos, tal como los cuatro vientos, las cuatro estaciones, los cuatro jinetes del Apocalipsis, las cuatro milpas que tan solo han quedado del ranchito que era mío, el cuarteto de Alejandría, las cuatro cartas de la misma pinta triunfadora en el póquer, las cuatro en punto de la tarde o de la madrugada, las cuatro patas en que ella y yo nos posamos para follar, los cuatro inexactos puntos cardinales y los cuatro -tres- mosqueteros, una tarde, vuelvo a decir, Sam y su cojera me invitaron al viejo y hoy para mi gran dolor desaparecido -urbanizado- campo aéreo Gómez Niño para que al final de la pista nos tendiéramos quietos y boca arriba a observar, sudando la gota flaca, cómo los aviones a pistón y las avionetas mono motoras se nos venían encima justo antes del despegue. Alertadas e informadas por los pilotos y por sapos terrestres, las autoridades aeroportuarias vinieron, nos esposaron y a la comisaría en radio patrulla nos llevaron. Los otros tres ex generales, al saberlo, vestidos con sus arreos más bélicos y vistosos, como los ocho revólveres de juguete, nos rescataron después de casi ellos discutir con el comisario jefe. ¿Fue el peor susto de su vida?, me preguntó Soler con sorna. Y también de bajada, le contesté con la misma sorna suya. Como no quiso que le viera y oyera reír ante mi espontáneo chiste, se escondió detrás del biombo. Como si la risa acobardase…

 

Pero no todas sus -nuestras- pilatunas eran escatológicas ni macabras, como hasta ahora se ha visto y leído. También hacíamos obras sociales en pro de la educacción de débiles e inopes: de las librerías Iris y Lima y de la paupérrima biblioteca del municipio hurtábamos cuantos escritos se pudiera y al otro día los repartíamos en las escuelas públicas. Es que no basta con enseñar a leer, también hay que enseñar a escribir, sentenciaba el acertado Centella. Y jamás nunca pretendieron llevarme a burdeles, prudencia que desde aquí les agradezco, pues ese menester oscuro no cae dentro de mis apetencias juveniles y de seguro los insultaría si tal intentasen. Pero como sí cabía en las adultas dellos, a menudo se iban a la chita callando para el burdel de misiá Emperatriz del Busto. Tampoco les vi beber alcoholes de todos los etanoles y octanajes posibles ni consumir drogas de la psicotropía, vale decir tetrahidrocanabinol, clorhidrato de cocaína o ácido lisérgico: eran militares en el absoluto mejor sentido estricto de la palabra no escrita. No son mis héroes de guerra, sí mis héroes de paz. Mi madre debía sentir por ellos un tímido cariño y un incómodo fastidio porque jamás me reprendió con la voz o la correa ni pidió que abandonase tales amistades. Sospecho que en plena mitad de sus entendederas debió florecer de súbito una lucecita de advertencia que le puso en claro de luna que la maldad espontánea también es buena profesora.

 

Hermenegildo, metido de total cabeza no vacía en sus laudables intenciones de estudiar literatura a como diera lugar, cada vez que con sensibilidad de poeta -o de profesor- amanecía, pretendía leernos párrafos escogidos y selectos de sus autores preferidos. Ustedes no saben, colegas míos y muchachón ajeno, lo que por no hacerme caso se pierden, amonestábanos. Para no sacarlo de la ropa ni de sus casillas nos aplastábamos en corro a su alrededor y le oíamos, sus colegas fingiendo atención y yo con las antenas puestas, esta acción no militar de la lectura que le agradezco. Con una voz que pretendía no se la oyésemos militar, perdiendo, claro, nos leyó, respetando las pausas de las comas, parrafadas de don Jorge Manrique, de sir George B. Shaw, de Norman Mailer, entonces desconocido total por la crítica nacioanal, de Máximo Gorki, de don Luis de Góngora y Argote, del señor Ramón del Valle Inclán y de otros ejemplares muy ejemplares, como el caballerazo de Quevedo y de Villegas. Pretendió leernos complejos párrafos de Derrida, ensayista desconocido a la sazón en mi patria. Le dijimos que no, que muy teórico, plano y enrevesado nos parece ser. Centella, centelleándole la mirada, ripostaba y me decía jovenzuelo, hay que leer mucho para saber si es mejor saber todo de poco o poco de todo. A veces, cuando muy cansado estoy, sueño reparadores sueños con sus lecturas. El Diablo, que no Dios, se lo pague y no se lo pegue.

 

He aquí, muy somera y concisa, una breve lista resumida de otras bromillas que en el hotel gastaban: ataban cordones trocados a los zapatos de los adormilados en poltronas; a un distraído vendedor de sombreros masculinos, en un descuido le abrieron el maletón donde guardaba las muestras de las prendas que vendía, le escamotearon un borsalino muy fino y lo remplazaron por una bacinica esmaltada y rústica; metían ciempatas entre medias y escorpiones sin aguijones bajo toallas y a las mujeres más serias les cambiaban las pantaletas por pantaloncillos y a los hombres menos tolerantes viceversa.

 

Dos años después, por 1.968, si mal no estoy, y no, no lo estoy, saturados con tantas sandeces y barbaridades salidas de madre que conmigo habíamos hecho, un día que prometía estrellas pálidas para la noche siguiente y tal vez amedrentados por las anónimas amenazas mortales que aún los perseguían decidieron de súbito marcharse y cuando me lo manifestaron, en esta oportunidad no con voz militar cuanto humana, no pude evitar el que mis neuronas ordenasen a mis ojos que empezasen a derramar las lágrimas de la tristeza, las lágrimas de la despedida, las lágrimas de la soledad intuida y muchas otras más lágrimas que afloran cuando alguien que se ha aprendido a querer y casi que a amar, se marcha para otros lares sin posibilidad alguna de retorno. Exacerbado por el futuro rompimiento de esta amistad a la que ya me había enviciado, comprendí también, de súbito y con la claridad de un relámpago que sin previo aviso rompe el negro de la oscuridad nocturna antes de que llegue el aguacero con sus truenos, que así como hay lágrimas emanadas por diferentes motivos, así también a cada una de esas lágrimas le corresponde un grado de salinidad distinto, vale decir, que si tú lloras de rabia, esas lágrimas tendrán una cierta y determinada cantidad de cloruro de sodio, muy diferente a cuando las lágrimas fluyen por el terror, en cuyo caso la concentración salina será más o menos acentuada que las otras. En resumen, para cada causa del llanto hay un índice de salinidad distinto, que aunque aún los científicos no han podido aislarlo en sus matraces y tubos de ensayo y medirlo para efectuar comparaciones, se me hace que sí existe, a pesar de que en los laboratorios de química psiquiátrica no hayan podido hallar pruebas de que lo escrito aquí es verdad. Una vez que abrazaron, hasta la tos y el carraspeo, a madre, a todo el personal que laboraba y sudaba en el hotel, incluidos los supernumerarios, a dos o tres huéspedes con quienes, para mi sorpresa o para mis celos, habían congeniado y de apretarme la mano diestra con más fuerza de la que nunca sentiré después, se fueron sin voltear a mirarnos, como si temieran convertirse en estatuas saladas. Se me hace sin duda alguna que no querían dejarnos -¿dejarme?- saber que los militares también lloran, porque, de no, muchos se suicidarían. Bartolomé Soler, por vía aérea y en clase de turismo, emigró con sus bártulos y bromas al Ecuador, empujado a ello por las repentinas y continuas amenazas anónimas, mal escritas y telefónicas que comenzaron a lloverle a cántaros disfrazadas de advertencias. Presumo, estoy seguro dello, que la fuente de las palabrotas de muerte que lo acosaban procedían todas de los torvos escritorios de los servicios de ¿inteligencia? de nuestro miniministerio de la guerra. Y no escribo más, que cobarde soy y me aculillo de continuo, así la madre mía me regañe. Haz valer la sangre arrecha de tu padre, carajo, me agredía, correa en mano, presta a darme azotainas en los glúteos. Soler me llama con frecuencia desde Quito y para sorprenderme, sin previo aviso se aparece de repente por el Hotel De Siempre una vez por año. Es reconfortante y nutritivo. Para ambos. Baldomero Paso Lento y Mirilla, quizás por ser el único de los cuatro que no berreó el día aciago aquel de la despedida, terminó por suicidarse en el establo para mulas de una finquita comprada por él de hidrofóbico contado en las cercanías calientes de Girón, Santander del Sur. En menos de cinco minutos de cuarenta y cinco segundos cada uno se embutió tráquea abajo y mezcladas con Kola y pinto las pastillas todas de dos frascos de somníferos importados desde Lausana, Suiza. Que no eran somníferos, barbitúricos sí y además importados desde Hamburgo, Alemania del Oeste, aseveraba madre, quien de tanto trajinar y parlar con los agentes viajeros de los innúmeros laboratorios farmacéuticos que en su hotel dormían y jodían terminó por saber algunas cosillas al respecto. En realidad no importa: se suicidó y punto y aparte. Hoy, calendarios después, yace horizontal e incómodo junto a las tumbas que fueron de Ulises Tráquea y de la escocesa en el cementerio universal siempre cerrado con el candado de los malditos e invadido por la maleza salvaje.

 

Hermenegildo Centella, el más pensante y severo del cuarteto, regresó en taxi expreso y tal vez amenazado también, a la Santa Fué de Bogotá, Cundinamarca, de donde era oriundo. Allí, allá, en el barrio de la Candelaria y en la mansarda tibia de una casa colonial, de mala gana respetada por la arquitectura moderna que todo pretende reformar, escribe sus memorias. Muy de cuando en cuando hablamos por teléfono, pero no es lo mismo. Quisiera verlo y oírlo de cuerpo entero y presente.

 

Sam Hoguera, en apariencia siempre malhumorado, pero mal interpretado, como quiera que era oveja con piel de lobo, por el hueco y con su cojera a cuestas, aunque quiso meterla entre los pliegues de una tula de campaña así no cupiera, se marchó eludiendo peligros y evadiendo guardas fronterizos a los estados desunidos de américa en busca del insomnio del norte. Ahora dirige en castizo español un programa radial para inmigrantes indocumentados y para la gusanería cubana, quienes como premio organizaron una colecta, aquí llamada vaca, para operarle la cojera. Él tomó para sí los dólares, no se operó la cicatriz, antes, por el opuesto y después de esfumarse en los pantanos y marismas de los Everglades, se los fumó toditos, algo me indica que con cannabis índica. Desde aquí le pido que vuelva.

 

Para sorpresa mía, y también de ustedes, cuando Bartolomé viene en avión a verme desde Quito, Ecuador, o miro las fotos recientes que los otros tres me remiten por correo certificado, sus edades parecen detenidas en el  tiempo, sin arrugas de más, contrario a mi rostro, que se ve tan ajado como el dellos. Sobremanera me agrada que así sea.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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