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 ReVista OjOs.com     JULIO  DE 2016

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

DE CLOROFILA EN HOTELES (1.958)

 

Para Edmundo Harker Peralta y sus dos, tres o cuatro gatas bípedas.

 

 

Si no creen esta historia, allá ustedes y sus dudas, que harta razón tienen en tenerlas. Si yo, que fui, soy y seré un maldito descreído de siete u ocho suelas pantaneras, aunque la viví en carnes propias, mucho menos me la puedo tragar entera ni por módicas cuotas. Pero mi madre, quien no miente, a menos que mienta cuando dice que no miente, jura sobre la Biblia, el Corán y la Torah, en trío o por separado, que así sucedió. Leamos: dice, cuenta, ¿miente? mi madre que en un tardío atardecer de lloviznas tristes y apocadas cuyas gotitas poco humedecían rostros y miedos, recibió para ella un alegre marconigrama urgente enviado por el acucioso jefe de personal de las pujantes Industrias Metálicas de Palmira, abreviado IMP, en el que se le informaba con letras mayúsculas que EL JUEVES PRÓXIMO LLEGARÁ A HOSPEDARSE POR AÑO Y MEDIO EL GERENTE DE LA NUEVA SUCURSAL BUCARAMANGRACIOSA CON SU MUJER Y UN HIJO DE ONCE AÑOS Y QUE LA EMPRESA CADA QUINCE DÍAS LE ENVIARÁ POR CORREO CERTIFICADO Y GIRADO A SU NOMBRE PROPIO UN CHEQUE DE GERENCIA PARA CUBRIR TODOS LOS GASTOS y lo firmaba el ininteligible jefe de recursos inhumanos. Ante semejante negocionón que le cayó en sus manos sin pensarlo ni buscarlo, como a don Isaac la manzana que a Evita en el Edén desnudo le había pertenecido, mi madre escogió la mejor alcoba de todas, la número 21 o XXI, cama doble, cama sencilla adicional, ventilador, baño privado con agua fría permanente y caliente cada vez que se la solicitaran, pero en baldes de latón y a totumadas por ahora, mientras ella solucionaba un problemilla de filtraciones en la tubería,  puerta privada y particular que daba a la calle 37 y televisión en blanco y negro sin control remoto. También, como cortés ñapa no pedida, un florero de cristal de Murano con rosas rojas o azucenas pálidas o bromelias raras que cambiaría por nuevas, frescas y aromadas todos los sábados o cuando su real gana se lo recordase. Llegó el prometido jueves y con él y en avión Curtiss C46T de Taxader la familia en cuestión y su menaje personal. El padre feo, feísimo, cuarentón, crespo, delgado y privado de autoridad. La madre bella, cuarentona pero menos que su consorte, rubia, lacia, alta, hipermétrope y sin duda alguna exigente y militar con el marido. El hijo, quien más parecía de ella y de padre desconocido, lucía avieso, travieso, desobediente, altanero, rubio oscuro y supremamente ágil. Las maletas, siete, se veían finas, nuevas, repletas y pesadas. Sobresalía, además, una funda larga y no muy gruesa de cuero de becerro de vaca pardo suiza o normanda, por una de cuyas dos aberturas extremas, la superior, emergía un par de palos delgados, seguramente de roble o nogal, que no de móncoro, aventuró mi madre.

-¿Qué será esa vaina?-, preguntó mi madre.

 

-¿Qué será esa mierda?-, me pregunté.

 

-Unos zancos. De mi hijo-, contestó la rubia, una vez mi madre y yo, yo y mi madre, al alimón le preguntamos.

-¿Zancos?, ¿Y esa mierda, qué es?, insistí.

 

-Ninguna mierda, bocón-, dijo mi madre y me tiró un bofetón suave.

 

-Ninguna mierda, bocón-, dijo la otra madre y me quiso tirar un bofetón fuerte.

 

-¿Por qué no se va a jugar a las maras?-, preguntó mi madre, con entonacción de orden disfrazada de pregunta.

 

-Sí, ¿Por qué no te vas jugar a las canicas?- dijo la otra, con entonacción de pregunta disfrazada de orden.

 

Amoscado hasta el sonrojo, tuve que irme a jugar al solitario con la baraja inglesa que de mi padre fue, o a correr con las maras tres hoyitos en subidas y pendientes suaves. Sucede que una pregunta-orden o una orden-pregunta, disparada con distinta entonacción por dos madres al mismo tiempo simultáneo es imposible de desobedecer al mismo tiempo simultáneo, filosofo yo, filósofo de pacotilla sin filo soso.

 

Como todos saben, y si no lo saben aquí se los escribo, calle de por medio, justo al frente del ancho portón del Hotel De Siempre daba las clases de la primaria el colegio del Niño Divino, primer colegio hematógrafo del planeta pues su lema era La Letra Con Sangre Ajena Dentra, así que nada más fácil y expedito que matricular allí al recién llegado para que le enseñaran a hablar, escribir, pensar, leer, maldecir, sumar, restar, multiplicar, dividir y otros verbos regulares a lo santandereano del sur. Tamaña sorpresa nos llevamos alumnos y profesores cuando en su primer día de clases, que era el sexagésimo nono nuestro, el recién llegado se apareció montado en los zancos como si nada. La rectora y los profesores intentaron rechazarlo una vez lo vieron, pero la muchachada toda se opuso de plano, amenazaron rebelión y desobediencia y alegaron que qué de malo había en ello si él pasaría la jornada escolar entera aplastado en el pupitre y los zancos de pie en el rincón de los castigos. Ante este razonamiento tan elemental, nítido, noble y contundente en extremo, las autoridades escolares cedieron y a partir de entonces Abelardo, el que lo tiene largo, le empezamos a decir, se volvió el centro de la atención y de la envidia, que, como escribo aquí, crece silvestre, sin abonos, majadas ni riegos por estas zonas hórridas y tórridas. Después de clases se iba en zancos conmigo a pie hasta las Chorreras de don Juan García y la Quebrada de la Rosita y se metía en ellas, apenas media hora aguas abajo y apenas media hora aguas arriba, justo para tornar al hotel y tener el tiempo suficiente y necesario en el que haría tareas, escalas, planas de perfiles y palotes y fáciles geométricos ejercicios euclidianos. El tráfico se paralizaba, la gente, por mirarlo, se tropezaba con la otra gente que también lo miraba distraída de por dónde debían andar sin trompicarse. Ni siquiera en circos ambulantes vimos algo parecido, y recuerden que venían de continuo, año tras año. Encaramado en los zancos capturaba pajarillos en sus nidos; bajaba pintones mangos de azúcar y maduros mangos chancleta del parque Bolívar y bombillas fundidas de alféizares, techos y cielos rasos, sembrando sin majada fastidio entre electricistas caseros; destapaba tuberías y canales de agua lluvia y ganaba recio odio de albañiles y plomeros; robaba mieles de los panales sin que las abejas angelitas lo atacasen con sus aguijones y fisgoneaba en las ventanas cerradas de par en par de los segundos pisos hasta cuando casi se ganó un balazo en un zanco por husmear lo que no debía importarle. Todo ello mientras, allá abajo, en la mísera tierra en que habremos de morir yo me debatía entre la envidia -santandereano del sur soy- y el ansia de aprender a manejar los palos esos. Pero le tengo pavor pánico a las alturas -aerofobia, supe después, en el segundo año del bachillerato- y mejor cerraba el pico. Además, ¿quién sabe si el cretino me enseñaría?. Seguro que no, era envidioso de marca mayor y registrada. Su señora madre, la altiva y altanera rubia militar e hipermétrope, con desdén y lejanía antisocial, nos explicaba que a quienes se trepan en zancos se les conoce entre las personas cultas y cultivadas con el remoquete de zancudos y lo amonestaba porque no quería emplearse como recolector de frutas en las cosechas ni como luchador en zancos, tal como hacen en el festival de Namur, Bélgica, o como danzarín en el baile de los zancos en La Rioja, España, ¿madre? patria. Él, desde su altura privada, se encogía de hombros, bostezaba oes y no sonreía ni por las comisuras. Mi madre, sentada a la bartola en la inactiva perezosa y con sus brazos desnudos e impactantes cruzados sobre el seno, también impactante, impecable e implacable, acaso pensando en los huevos que algún día pondrá el gallo, sin mirarme con sus ojos negros, dice de sopetón, de repente y de súbito imprevisto:

 

-Dile que juegue al baloncesto, se las podrá ganar todas y así te lo metes al bolsillo trasero-, pero nunca lo hice porque no quería que se engrandeciera más si se convertía en estrella del deporte. Con la altura que le daban los zancos bastaba y aun sobraba para que se sintiera engrandecido. Nuestro despampanante mastín napolitano, solidario conmigo en mi despecho de baja estatura vertical, apenas Abelardo se encaramaba en los zancos de inmediato le ladraba y le latía y pretendía treparse al ciruelo de Tráquea para desde allí amenazarlo. Madre lo corregía e impedía y yo lo alcahueteaba y permitía. Venció madre y yo me quedé con mi lampiño rabo entre las piernas. Cuando Abelardo estaba eufórico, y su padre mudo, sin reconvenirlo, que le faltaba carácter y solo hablaba cuando su esposa a través de la hipermetropía le daba permiso, se metía las partes superiores de los zancos bajo los sobacos, a la manera de su adarga un caballero andante antes de embestir al endriago y largaba carrera hacia el andén, con los zancos paralelos al piso anclaba la punta del zanco diestro en el ángulo recto que acera y calle forman cuando se encuentran y de rebote o reacción se elevaba, ponía el pie derecho sobre el soporte correspondiente, traía hacia sí el otro zanco, el izquierdo, y se equilibraba. Nunca cayose. Empezó a capar colegio y yo alguito con él. Sábados, domingos y fiestas de guardar cama nos largábamos para el Río del Oro o para la Quebrada Zapamanga, Abelardo dentro del agua y yo por la orilla, como todo un bolsón, pero ¿qué podía hacer si me traía embobado?. Pese a que misia Herminia, la rectora de nuestro colegio, perentoria informó a los padres sobre las capadas sin excusa de Abelardo, ni el uno, quien era apelotardado y le tenía pánico a su esposa, ni la otra, quien aparentaba adorar a su hijo y le alcahueteaba cualquier desliz, hicieron nada para corregirlo. Empezó a dormir con los zancos puestos, decisión problemática porque no se podía nadie mover con libertad dentro de la alcoba y en su cama era aún peor pues los zancos le quedaban colgando y de contera el chico pretendía que le sirvieran alimentacción y refrescos sobre tablas que insinuó pusieran en las ramas del ciruelo real donde será después enterrada la vértebra de alias Ulises Tráquea.  La locura, no, no, no y no, hay que ponerle coto a este comportamiento, que de no, me saldrá bocio y ahí sí pare de contar, decíale mi madre a sus padres, pero poco caso, o ninguno en realidad, le hacían. Miren, oigan, vean, de seguir así, metiéndose en ríos -cuando obvio era que también se estaba metiendo en líos- quebradas y charcos de agua lluvia, o de orines cuando tiene prisa, muy pronto a los maderos en que se trepa les saldrán botones, yemas y gajos, amonestaba en balde, en vano y en broma mi madre. Preciso: antes de que pasaran al pretérito cercano seis meses de deambular río arriba y quebrada abajo y después de que se metiera al menos doscientas veces durante doscientas horas en sus aguas, de la madera de los zancos, en la zona que se humedecía, comenzaron a emerger los botones y gajos que madre había pronosticado. Sus padres y yo nos lo tomamos en broma, pero cuando Abelardo y su casi vegetal cerebro decidieron no volver a usar zapatos ni medias, la cosa se puso color de hormiga culona. Y cuando los gajos empezaron a reverdecer y de las yemas y botones a brotar hojas -resultó que la madera era de roble-, la situación pasó a castaño -otro árbol- oscuro.

 

-¿Si ven, si ven?, yo ya se los había advertido-, se quejó sin vanagloria la madre mía.

 

Yo, en el ínterin, en el mientras tanto, hacía fuerza cerebral para que no le pararan bolas, ni redondas ni cuadradas, a mi madre. Quería saber en qué pararía esta insensatez de madera y piel humana. Y a mi madre no se las pararon, ni siquiera elípticas u ovoides. Muy pronto, poco a poco, sus pies se fueron diluyendo en la madera y ella en ellos, hasta cuando fue imposible separar los unos de la otra o viceversa. Y su epidermis se tornó verdosa y verduzca y empezó a comer tierra con abono y a defecar semillas y los padres impávidos, como quien ve llover en el otoño del invierno. Abelardo no volvió a clases y casi nunca salía de su alcoba, adonde todos los días, mañana y tarde, una servil camarera sobornada por la madre hipermétrope iba, regadera en mano y silencio en labios, a rociar a escondidas los zancos con agua lluvia recogida en madrugadas y tinajas. Y cuando de defecar u orinar se trataba, las complicaciones aumentaron hasta el absurdo más surrealista que Dalí jamás soñara. Mi madre, siempre mi madre, encontró la solución cuando mandó a fabricar en un taller de metalmecánica de barrio, y a cargo de los padres, un tubo largo de aluminio que le ponían justo debajo del ano o del pene. No se podía acurrucar. Y para cepillarse los dientes en el techo apuntillaron un espejo. Y para la ducha una manguera a presión de última generación sirvió de maravilla. Abelardo convenció a su madre hipermétrope para que le buscara dos baldes llenos de tierra negra bien abonada para emplearlos como si de sus zapatones nutrientes se tratare y empezó a caminar el Río Poco y el Río Mucho aguas arriba y aguas abajo sin medias y sobre ellos. Tragaba cáscaras de huevo y huesos y cartílagos pulverizados de gallina para nutrirse con sus calcios, cabezas de cerillas para obtener fósforo, viruta metálica y sangre de res por el hierro que ellas tenían y se bebía sus propios orines para absorber el nitrógeno y la urea.

 

-¿No se dan cuenta?-, aclaraba oronda mi madre, -fíjense que calcio, fósforo, hierro y nitrógeno son los abonos que necesitan sus arbóreas patas para crecer mejor y más fuertes. Se me hace que Abelardo quiere convertirse en roble.-

 

También había que sacarlo de cuando en cuando en guando al patio con sigilo para que le diera el sol, tal como es menester con todo árbol para su correcta reverderación. Cuando por fin sus zancos se tornaron frondosos, fue imposible saber en qué punto terminaban sus pies descalzos y empezaban los zancos, tal la perfecta simbiosis que los unía y para más aún empeorar este embrollo vegetal, el vello incipiente e impaciente que cubría pantorrillas, tobillos y muslos fue suplantado por verdes filamentos lisos en los que se intuía corría la clorofila. Y los pájaros, cuando lo sacaban al patio en busca de resolana, enloquecidos y frenéticos, pretendían en sus gajos tejer los nidos para empollar sus huevos. El mastín dio en orinarse sobre los baldes, tal como los otros perros lo hacen contra las cortezas inferiores de los árboles y madre lo permitía. Hay que aprovechar la urea de los miaos de Mas Que Digan, se solazaba mi madre en su consabida burla hacia y contra la vida.

 

El padre, laborando como peón siendo jefe, en su despacho de seis de la mañana a seis de la tarde y la madre, en la cama fastidiando, jodiendo, con las enormes gafas acaballadas a horcajadas sobre su hipermetropía, y humillando al padre de seis y media de la tarde a cinco y cuarto de la mañana, no parecían inmutarse frente a este malsano milagro de la sabia naturaleza que ya irreversible era, según la opinión de mi madre, quien pocas veces erraba sin hache, porque no le interesaban los cascos equinos.  Cuando raíces capilares de cabeza, sobacos, pubis, muslos, glúteos e incipiente bigotillo empezaron a emerger verdosas, mi madre creyó llegada la hora de hacer algo al respecto.

 

-Busquemos un médico, a ver qué diagnostica-, dijo, casi sin esperanzas.

 

Pero de los seis llamados por madre y por teléfono de disco -todos con costosas y diferentes especializaciones a bordo y a cuestas, enterados que fueron del motivo de la consulta- ninguno se lo pudo creer y en un redondo de perfecto pi se negaron a aventurar diagnóstico alguno. Parece obra del demonio, dijeron, no en coro, pero sí rotundos. Pero luego, cuando se marchaban, hubo uno, doctor Archer, quien se arrepintió de su negativa y a la salida, en el portón, le dijo a madre que quería hablar con ella a solas. Fueron a su comedor privado y austero y sobre manteles de percal acompañados de almidonadas servilletas de organdí se bebieron, despacio y mirándose los mutuos ojos, una ollita esmaltada de cerrero tinto endulzado con panela negra. Impulsado por la cafeína y por su ego, doctor Archer, hijo legítimo de flemáticos manchesterianos fanáticos, pero colombobiano de cuna él, dijo  no explicarse, y por tanto menos entender, qué causó tal desastre, pero sí que puedo vaticinar sin asomo de dudas la transformación de humano a vegetal en que caerá Abelardo si no hacen algo al respecto. Calló, cerró la mano derecha en suave puño y la subió a la boca, que simulaba un bostezo falso de suficiencia desdeñosa.

 

-¿Y…?-, preguntó doña Sixta, quien nada entero se tragaba.

 

Incómodo ante la inexpresión facial de su interlocutora de palo, pero acicateado por el ego de casi todos los médicos, calló su falso bostezo, se levantó del taburete, con el organdí de la servilleta se limpió los labios y dijo que por correo urbano le enviaría una larga lista de opiniones. Acto seguido, sin apretar mucho, le estrechó la mano a madre, hizo una leve venia y se marchó en su vehículo Oldsmobile de ocho pistones y gran consumo de carburante. Días y noches después, tres acaso, que madre no recuerda bien cuántos ni cuántas, llegaron, escritas en impecable máquina Underwood, las opiniones de doctor Archer. La señora Tulia rompió, abrió el sobre, extrajo tres hojas y las leyó:

 

“(I) Abelardo, es obvio y claro, señora mía, está mutando de heterótrofo a autótrofo, seguro de ello yo estoy y vaya, por favor, al diccionario de su amigo, el señor monsieur Larousse y averigüe para que vea si yo tengo o no razón. (II) Yo asevero que la hematopoyesis ha perdido la batalla y la guerra que le planteó la clorofila, caído en barrena y cesado de resistir. Yo creo que el muchacho, a partir de ahora, en más o menos quince o veinte días a lo sumo, se desplomará en una picada cuya tangente descendente hará que la incertidumbre de su futuro hipotético sea más clara y mucho más obvia: la fosa, para ponerme funesto, doña Sixta Tulia. (III) Puesto que la hemoglobina se halla cohesionada con el oxígeno, yo, solo yo, anticipo que Abelardo empezará a respirar mal, tal un asmático bajo el embate de su mal. (IV) Yo, y solo yo, recomiendo que muy pronto, casi ya y ahora, le midan la temperatura basal para corroborar mis pálpitos. Yo, con mucha facilidad, lo puedo hacer por nueve mil quinientos pesos oro. (V) Si yo lo ausculto con mi estensiómetro, será claro que está perdiendo la sensibilidad al tacto debido a la baja producción de enzimas. (VI) Tendrá que aceptar que la fotosíntesis comenzará a acompañarlo, se lo digo yo. (VII) Yo ordenaría una angiografía porque una flebitis aguda lo puede atacar a mansalva. (VIII) Él puede sufrir de arterioesclerosis precoz, yo me juego en ello la cabeza mía. (IX) Yo apuesto mil libras esterlinas, quinientos chelines y novecientos trece peniques a que tiene la tensión arterial baja por falta de hemoglobina. (X) Y yo, tan segurísimo me siento, arriesgo quinientas más si no es verdad que Abelardo insiste e insiste en que lo saquen al sol, como cualquier otro árbol que se respete. Su terca tendencia por exhibirse al sol y a sus rayos ultravioletas es evidente y comprensible: la clorofila invasora los necesita, se lo digo yo, que nunca fallo en mis diagnosis. (XI) Yo estoy convencido de que cuando el muchacho haga sus deposiciones verán que defeca pepitas negras y apretadas, como estiércol de cabra y yo le juro, no sobre la Biblia pues soy ateo, que son semillas dicotiledóneas. (XII) Como sabido es por nosotros, los buenos médicos de categoría como yo, que la clorofila es en sí y por sí un poderosísimo desodorizante, combate la halitosis y la anemia y cambia color y olor de orina y heces, yo la invito a usted para que le insinúe a los padres de Abelardo olerle la boca y revisar sus excretas anales y sus micciones. Verán que yo tengo toda la razón, ejem, de mi parte. (XIII) Yo, doctor Archer, digno y muy superior emblema de Hipócrates, Galeno y Esculapio en esta árida tierra de Bucaramangracia, debo dejar consignado aquí y por escrito que he dado todo de yo, quiero decir de mí, para exponer mis innumerables conocimientos con respeto a este caso, único en el universo que conocemos y que gira alrededor de yo, perdón del sol, que es casi lo mismo. (XIV) Yo, y solo yo, lo puedo tratar y curar por la módica suma de dos millones y medio de pesos, un millón al empezar tratamiento, otro en mitad de él y el resto cuando camine como yo camino, derechito. (XV) Si no me creen a mí todo lo exacto que yo les digo, es porque todos ustedes son una caterva de oligofrénicos sin frenos. (XVI) Mil y mil gracias a yo y a mí. Muy atentamente, yo, Doctor Archer.”

 

Después de leer este prolongado y ególatra yoyó de dieciséis saltos, ni mi madre ni nadie entendieron ni jota ni mierda. Lo dejaron así, puro yoyó. Sí, era muy grave y ya, sin tantos bombos, platillos ni yoyóes. Punto. Punto final. Y ni pensar que sus padres aflojen los dos millones y medio que el doctor Yo está pidiendo. Y que las Industrias Metálicas de Palmira les presten esa plata, menos.

 

-¿Y si le decimos a un jardinero?, volvió a insistir doña Sixta o doña Tulia.

 

-Sí-, dije yo de lambón, -conozco a uno llamado Robertito León y Quijano, a quien le patina el coco un poco y de pronto se atreve y ruge-.

 

Pero el León y el Quijano no se atrevieron a imitar a su tocayo africano cuando le expliqué de qué se trataba, porque en ese momento del coco estaba bien y no patinaba.

 

-No soy tan pingo, sí, me patina el coco pero poco, de a ratos largos-, defendiose, casi rugiendo ahora sí, mi amigo León.

 

-¿Un carpintero entonces?, volvió a atacar la esposa de mi padre.

 

Los padres de Abelardo no decían esta boca es nuestra. Es como si quisieran que el hijo, que no se sabía si era de él o del amante de ella, se muriera o formara parte de un museo de excentricidades vegetales, comentaba la madre mía. Llamaron por teléfono de manivela a dos carpinteros, el uno ebanista fino que hacía las camas del hotel y el otro propietario de la Mueblería La Rada, íntimo íntimo de tragos de mi padre ya muerto. El primero dijo no, sin explicar el porqué, el segundo dijo sí, sin explicar el porqué. Y vino, miró, olió, preguntó, pensó y dijo que lo único que tal vez serviría sería una amputación a la altura de las rodillas, que de no, el chino morirá por intoxicación, muy bien dedujo sin ser médico ni biólogo.

 

-¿Ustedes qué opinan?, le preguntó mi madre a la pareja.

 

-Que sí-, respondió ella.

 

-¿Y usted qué dice?-, le preguntó mi madre al padre, al ver que este callaba.

 

Y como el padre no abría la jeta, su esposa le dio un codazo en el antebrazo que devino en doloroso gato y le dijo diga sí.

 

-Sí-, dijo el padre entonces, a la par que se sobaba el felino sitio del codazo y de reojo miraba a su esposa con los párpados entornados por la obediencia sumisa.

 

-¿Cuánto me pagan por el trabajito?-, quiso saber el dueño de la mueblería.

 

-Cincuenta pesos-

 

-Que sean setenta y cinco-

 

-Sesenta-, regatearon.

 

-Bueno, páguemelos ya-, dijo a la madre. Y ella pagó.

 

-Ahora pongan el permiso por escrito y luego autentiquen el sí ante notario y de este modo yo me lavo las manos, no sea que después me acusen de asesinato premeditado o de homicidio no culposo. Pero no debía preocuparse tanto el carpintero: jurisimprudencia al respecto aún no había en códices ni acápites. El texto decía que autorizaban al señor don Tal y Pascual, identificado con cédula de ciudadanía número tal y tal, para que a su hijo, a cambio de sesenta pesos, con la madera de los zancos le fabricara un par de muletas y que lo eximían de cualquier responsabilidad si algo salía mal. El notario se rascó la cabeza. Era un texto descabellado, sin sentido e inocuo. Y el precio le pareció exorbitante para un simple par de muletas. No obstante su desconfianza, asintió con la ambiciosa cabeza, autenticó, firmó, selló, cobró, embolsicó y sonrió, todo en seis segundos que le parecieron quince. Ya protegido por este documento en veloz regla, el carpintero, amigo de alcoholes de mi padre, muy puesto en razón y en sinrazón, preguntó que cómo lo anestesiarían, porque bajo ninguna circunstancia, ni aunque fuese armada con un revólver calibre 38 largo, lo expondría al serrucho a sangre fría. Qué sangre fría ni qué nada, Abelardo debe estar lleno de savia, ¿no ven que por debajo de la puerta de su alcoba a cada rato emerge una fila india de hormigas con hojitas arrancadas de sus piernas, depiladas por ellas, a cuestas en sus lomos?, pensé yo, que ya algo sabía de biología vegetal.

 

-Yo sé de un boticario que le consigue a mi esposo lo que sea-, se ufanó mi madre y de inmediato se arrepintió.

Pidió dinero a los padres, se lo dieron, fue a la botica y regresó con un frasquito de hidrato de cloral, la respectiva factura y los vueltos.

 

-Aquí tiene-, dijo.

Con un pitillo marca Alotero, a Abelardo le dieron la pócima a beber y al cabo de algunos segundos cayó dormido, sedado, cuan largo, larguísimo era. Con cabuyas le ataron las manos a la cabecera de la cama, los zancos a las patas de la misma, lo descalzaron de los baldes que le abonaban y nutrían las raíces de los zancos y lo destaparon de la cintura para abajo. Un cucarachero y una mirla arisca salieron volando despavoridos. Ramas de roble cubrían la cama a todo lo ancho y largo y había un inestable nido de tominejos y otro escuálido de palomas abuelitas entrellas. Perentorio, el carpintero quirúrgico pidió a mi madre y a mí que nos retiráramos, se quedó en el aposento con los padres, procedió a serruchar y como era experto en ello, en cinco minutos todo estaba consumado. Se fue sudando y oliendo a sorprendida vegetación mutilada y muerta. No manó hemoglobina. Clorofila sí, y en cantidades anémicas. No es posible decir que el muchacho se murió desangrado. ¿Será posible decir a cambio desclorofilizado?

Doña Sixta Tulia llama por el teléfono de la corta distancia a doctor Archer y como toda una caballera inglesa reconoce que su retahíla de dieciséis números romanos tenía toda la razón y se hacen amigos. Muy buenos amigos, porque en su próximo cumpleaños doctor Archer le regaló una pony de frondosa crin y oriunda de las islas Shetland.

 

Los padres no lloraron, la madre infiel porque no se le dio la puta gana o porque ensuciaría sus gafas de hipermétrope y el cornudo padre porque la madre traidora no le dio permiso para ello. El padre de Abelardo, el que ya no lo tendrá largo, sabía de los cuernos pero callaba sus protestas y se sometía porque era impotente y temía el escándalo burlón que armaría su mujer si él la recriminase. Pactaron dejar que el hijo se muriese. No habría herederos molestos de paternidad desconocida y ya cadáver su hijo que no era su hijo, el estúpido padre pronto olvidaría el porqué no podía encasquetar el sombrero en su cretina cabeza. Tendrían paz y dinero. Mi madre, segura de encontrar un cadáver, entró acuciosa a la alcoba y con balde, escoba, guantes hasta el codo, cepillo, agua, desinfectante, trapero, presteza y tristeza aseó el chiquero y la hojarasca que el carpintero había dejado atrás, mientras los padres del fiambre vegetal miraban, sin ver, el estropicio. Los desalmados padres enrollaron lo que quedaba del hijo della en colchas viejas facilitadas por mi madre, así envuelto y amarrado con pitas y cabuyas lo embutieron en una senil tula de campaña y al día siguiente, muy tempranito amaneciendo, después de firmar el padre tonto la cuenta de cobro para que a mi madre le enviaran el cheque de gerencia y de regalarme la hipermétrope la funda de los zancos, se marcharon para siempre, nadie supo a dónde diablos. Días y noches más tarde, en el zanjón donde los padres tiraron cuesta abajo lo que había mal quedado de su hijo, las ¿autoridades?, advertidas por un sapo de los que no faltan ni sobran, no pudieron encontrar rastro alguno porque la mitad superior del cuerpo de Abelardo estaba tan invadida e inundada por savias y clorofilas de diferentes densidades y aspectos que la desaparición de los rastros de sus restos fue pronta y fácil: la tierra se los había engullido como abono y no los gallinazos, que carnívoros son. Con la mitad inferior de Abelardo, pura madera joven y tal vez algo de sus pies, madre hizo un envoltorio que puso a secar en el solar al sol. Quince días después, bajo los rayos de un sol inapetente y taciturno, lo metió al fogón y procedió a dirigir la preparacción de una sopa, que en el menú del siguiente almuerzo dominical llamó con desparpajo la sopa increíble, a cincuenta céntimos el plato. Yo, aunque presencié los hechos y sea tal vez, delgadito hilando, cómplice por omisión, por más que lo he intentado, aún no me lo creo.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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