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 ReVista OjOs.com     JUNIO  DE 2016

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

ACOSADOR ACUSADO (1.959)

 

 

Para Toñito García.

 

El señor don Ruiseñor Mancilla Dhör, involuntario híbrido de macho y peludo socorrano y de glacial y lampiña noruega, era desde 1.953 el exitoso representante de ventas para los dos Santanderes y Boyacá de La Garantía A. Dishington S.A., firma textilera que fabricaba en Cali, Valle del Cauca, y vendía al por mayor por casi todo el territorio nacioanal y patriota ropa blanca interior, superior e inferior para caballeros de todas las edades, géneros y sexos. Su nombre de pila y sus dos apellidos, que pronunciados de corrido y sin pausa alguna entrellos parecerían un cruel y diciente alias, no nos dejaban dudas acerca de su anómalo comportamiento en camas y otros sitios, aunque valga aclarar que ni doña Sixta Tulia ni su primogénito se sentían incómodos con su presencia ni mucho menos jueces o fiscales de su inverso proceder. Al igual que muchos otros extraños personajes ya mentados aquí con anterioridad, no se relacionaba ni intimaba con persona o animal alguno: en el comedor se sentaba solitario y silencioso; en el etílico bar, taciturno y abstraído, nunca se le vio beber o fumar; visitas cortas, anchas o largas y diurnas o nocturnas de ninguno de los tres o cuatro sexos recibió jamás en su alcoba; siempre permanecía de noche muy bien puesto en razón y sin salir a vagabundear y si hablaba por teléfono de manivela era para responder las diarias y tiernas llamadas que su señora nonagenaria y tullida madre le hacía desde un caleño asilo para seniles adinerados que él pagaba cada fin de mes cumplida y puntualmente. Al Hotel De Siempre este alto, colorado y delgado mestizo colombobo europeo del norte llegaba sin falta cada bimestre precedido de un escueto y conciso marconigrama que decía con parquedad temprano mañana esa la misma alcoba, Ruiseñor. Sus ventas de calzoncillos y camisillas a mayoristas y detallistas debían ser sin duda alguna extraordinarias y abundantes porque, amén de mantener a su madre como princesa en uso de buen retiro en el exilio, vestía su cuerpo, calzaba sus pies y olían su cuello, axilas y boca como todo un caballero de las actuales y ya en desuso monarquías europeas y sin medirse ni frenarse gastaba dinerales en la compra y posterior furibunda lectura de numerosos libros de juvenil anatomía masculina que a veces dejaba abiertos y olvidados en las mesas del comedor en donde solitario y callado se alimentaba con mutes, fricasés, ensaladas de frutas ácidas con helados de café o chocolate, empanadas vallunas y bandejas paisas.

 

Jacinto empezaba por esas sazones a estudiar las capadas a clases y el capador bachillerato en las aulas y jaulas del ínclito colegio jesuita de san Pedro Clavar y por ello se le veía mejor vestido y peinado que cuando jodía, tomaba del pelo y mamaba del gallo en el establecimiento estudiantil de la eximia institutriz doña Herminia Serrano, ante cuya sabiduría, rudeza bondadosa y nutridas enseñanzas todos quienes sus alumnos fuimos hemos de quitarnos ahora sombrero o bisoñé. Tan bonito, al decir de las amigas de mi madre, muy escasas por demás, que tiempo para malgastar en tonterías no tenía, se veía el inocente Jacinto, que en observándole boquiabierto salir con un morralito a tuche en las espaldas, el misógino señor Ruiseñor Mancilla Dhör y su aviesa necesidad de carne inversa y joven no se pudieron contener, de inmediato lo imaginaron desnudo y altivo como el más apolíneo y mejor escultural modelo de sus libracos de masculina anatomía juvenil y ahí empezaron Troya y Cristo a padecer. En los primeros días de clases, cuando aún no había perdido la mesura ni la compostura, don Ruiseñor Mancilla Dhör empezó a taladrarlo con un acoso óptico y taimado que una semana más tarde, por lo constante y obsesivo que se tornó, sin tapujos devino en descarada y atrevida observacción perniciosa que sumergió al primogénito de doña Tulia en los profundos pozos de un denso temor incomprensible. Convencido de que suya era la culpa de las miradas que lo despojaban de cada una de sus prendas de vestir hasta dejarlo servido en bandeja, no osó decir nada a doña Tulia por temor a ser tildado de paranoico sexual, términos que de seguro ella, instruida por el señor monsieur Pierre Larousse, sobre todo ahora que su tocayo, don Pedro Calibre, estaba recién muerto, emplearía para convencerlo en contrario y explicarle que el mirón no era mirón sino un simple y llano observador anatómico, un científico de muchísimo respeto despojado de pensamientos inconfesables. Jacinto optó por escurrir el bulto, no ofrecerse como blanco en cuyo centro Ruiseñor haría diana, hoyo en uno o gol olímpico y para eludirlo desayunó, almorzó y comió desde entonces en el sobrio comedor de los empleados y por los atardeceres y hasta las nueve de la noche y poniendo como parapeto el ir a hacer tareas y planas a casa de su único vecino, apodado el Pilo del Nieto, o el eludir las pesadas bromas asesinas de Stephen Andrew Prince, a la sazón huésped incómodo del hotel, para no dejarse ver de Mancilla se escapaba rumbo a los prados del arborizado parque de Santander y Omaña, en cuyos escaños y para matar el tiempo se dedicó a leer y leer, a releer y releer libros y más libros. Literaria y literalmente precoz y curioso, John Steinbeck, Sinclair Lewis, Jack London, Nathanael Hawthorne y Herman Melville empezaron a pasar sus magníficas páginas, que no sabía él cómo demonios habían escrito, por sus ojos y sus manos de virginal escapista. La mala suerte vino en desmedro del acosado Jacinto y en ayuda del acosador Mancilla Dhör: la junta directiva de la sociedad anónima y caleña, por triste unanimidad decidió abrir una sucursal en Bucaramangracia y, ¡oh, qué pesar tan malhadado!, entronizar a Ruiseñor como su representante legal y desde entonces por mensualidades anticipadas rentó la alcoba número XIV, relativamente vecina de las IX, X u XI en que Jacinto alternaba sus desarmados cuarteles. Su madre, aturdida aún por el deceso de don Pedro y de medio luto atafagada con el perpetuo servir viandas, lavar y planchar ropas, contestar el teléfono, cobrar cuentas, prestar plata a quienes se desmadraban en gastos, ir a mercar todas las mañanas que cantaba el rey David, abonar matas, flores y arbustos, conversar hasta altas y frías horas de la noche cerrada y en su particular idioma misterioso con el suave francés Pierre Athanase Larousse, intentar en vano educar al resabiado hijo del mastín Mas Que Digan y la mastinesa Yocasta Sorzana y otros muchos y variados perendengues, no parecía aterrizar, así de barrigazo fuere, ni intuir siquiera que algo sucio iba piernas arriba hasta llegar al centro y al epicentro posteriores de su amado primogénito. Jacinto, después de seis tormentosos meses de huidizos y nocturnos escapes y de leer lo poco que traducido al español había en el mercado libresco de los americanos del norte, cayó redondo en un agotamiento mental y físico que le obligó a cantar y abrir la boca o si no estallaría. Contrario a lo que él creía o sospechaba, doña Tulia le dio ahora sí toda su credibilidad y le prometió que muy pronto hablaría con don Ruiseñor Mancilla y según fuesen sus respuestas con el cuchillo de tasajear los lomos y las postas le cortaría o no las alas de ave de mal agüero y mediano vuelo. Puesto entre la espada verbal de doña Sixta y la pared de enfrente, confrontado que fue, el musical pero inhumano pájaro mancillador lo negó todo y se defendió al responder, tal como Jacinto intuyó que su madre diría, que era pura paranoia de su hijo y que mirar y no tocar no era delito aquí ni en Cafarnaúm. Doña Tulia, casi que de las mechas largas, trajo a su reacio hijo a rastras y lo enfrentó con el descarado señor Ruiseñor. En tablas, corteses porque Mancilla fue amable y prudente y Jacinto tímido y retraído, por materna decisión terminó este inusual careo en el que ninguno de los dos bajó los ojos ni las pestañas ni dejó de mirar al contrario, así de cuando en cuando el asustadizo y esquivo hijo primogénito parpadease.

 

-Cambiemos la estratagema-, propuso doña Tulia.

 

-¿La estra…qué?-, preguntó el aún iletrado Jacinto.

 

-Tegia-, cerró su madre el interrogante y fuerza haciendo para no reír.

 

Con el despropósito de tenderle una trampa de la que Mancilla no pudiera escapar así patalease como atrapado gato patas arriba o pidiera cacao como resabiada lora posada en una rama de arrayán, convenció a Jacinto para que cuando con su acosador se encontrase, con él se tropezara sin aparente culpa; al salir rumbo al colegio le hiciera adiós y hola con la manita sonriente; cada tres o cuatro días le guiñara como si nada un ojito o le sacara, burloncito, la lengua; los fines de semana le susurrase al oído, y lo humedeciese con algunas gotitas de sus jóvenes babitas, que deseaba ver en la sala y en su cálida compañía los libros de anatomía que Ruiseñor con tanto ahínco leía; los domingos cenase con él y le permitiese que le diera, después de soplarlas, dos o tres o cuatro o cinco cucharaditas dulceras de tibio consomé de pollo y que por qué no se iban juntos y a pie hasta la famosa y pionera heladería Tupac a chupar, lamer y relamer conos de insípidas cremas, pocicles de frutas y paletas de agua dulce azucarada. Un Ruiseñor desconcertado se negó al principio, pero era tan grande su fálica afección que empezó a ceder de a poco y terminó por concertar una cita. Pero don Ruiseñor no era ningún menso manso y aunque aceptó irse de helados, conos, pocicles y paletas, jamás intentó siquiera posar sus resabiadas manos en las tiernas rodillas del imberbe y doncello adolescente ni tampoco proponerle que se cambiara el corte del cabello o usara pantalones y camisetas más ajustados. Era obvio, porque se le notaba rígido del rostro, tenso del tórax y la espalda y sudoroso de las palmas de sus recorridas manos veteranas, que estos frenados, pudorosos e hipócritas comportamientos lo indisponían y ponían en entredicho su auto promesa de no sobrepasarse, más aún cuando el súbito cambio radical en la conducta de Jacinto se le hacía muy sospechoso y lo obligaba a andar con pies de plomo. Madre, quien para cuando su hijo acababa de entrar por la puerta trasera al aburrido segundo año del bachillerato, personalmente ya había hablado fino al respecto con el señor don Ubaldino María Garzón Pantoja, veterano y honesto investigador exitoso que era del controvertido, venal, polémico y desmadrado Servicio de Inteligencia Colombiano, SIC, y viendo que Ruiseñor no caía ni empujándolo en la celada que le había urdido, le dijo a su hijo que en vista de la pasividad de su acosador y según consejo sabio de don Ubaldino María, tomara la iniciativa como si fuera un rábano por los cuernos o un toro por las hojas; con disimulo le rozara muslos, glúteos, gemelos, nuez de Adán, bíceps, tríceps, codos, mentón, lóbulos de las orejas y esternocleidomastoideos; entornando los ojos le pidiese que con suavidad mirase si debajo de sus párpados alguna pajita le irritaba el iris y la pupila; le preguntara, puesto que Mancilla era experto en ello, si los pantaloncillos de mangas largas y amarrar al dedo gordo eran o no más cómodos que los cortos atados a los escrotos y por qué razones anatómicas o ergonómicas; le explicara si, ahora que en el Hotel De Siempre iban a estrenar unos chorros aseadores de anos que llamaban bidet, era o no conveniente que él, siendo aún tan joven, los usara o no y por qué y para cerrar con broche de oropel le afirmara rotundamente que cuando adulto fuere nunca se casaría porque las mujeres de cualquier edad, excepto su madre, eran difíciles de comprender y satisfacer.

 

-¿Pero por qué debo mostrarme fácil con él si cada vez que lo veo cerca o lejos de inmediato me entran unas ganas locas de trasbocar?-.

 

-Porque entre su mami y yo le estamos preparando una celada. No se preocupe, obedezca y síganos la corriente, chino-, le aclaraba a Jacinto las entendederas don Ubaldino.

 

El señor don investigador Garzón Pantoja, quien ya había en el pasado reciente armado escenas ficticias, pero reales y creíbles en apariencia, para fotografiar sus cuerpos, grabar sus voces y atrapar malandrines en plena acción maluca, les explicó a madre e hijo que era necesario hilar delgadito y pensar mal en grande, convencer a Jacinto de que fingiese estar interesado en intimar aún más con su intrigante acosador y llevarle así a caer en la trampa cuando desnudase sus aberrantes intenciones.

 

-Por favor, señor don Ubaldino María, explíquese y explíqueme mejor-, quiso saber un Jacinto desconfiado, agobiado aún por el desdén religioso y ofensivo que para con él el año pasado habían tenido Demetria Wallflower y las consagradas hostias disecadas y además afligido por no haber logrado cimentar su amistad con Stephen Andrew Prince.

 

-Mire-, debiendo Ubaldino decir oiga, -a la hora del té, usted, niñito, tiene que volverse todo un actorazo de Hollywood, quitarse la máscara, írsele de frente y sin que le patine la voz inducirlo a que le proponga porquerías, que del resto yo, mi cámara y una grabadorcita que se puede esconder fácil entre la ropa nos vamos a encargar para poner a ese vergajo en el sitio que merece, es decir tras los barrotes-.

 

-No, yo no quiero que lo metan a la guandoca-, inexplicablemente respondió Jacinto.

 

-¡¿Cómo que no?!-, casi gritó su madre.

 

-¡Pues no, yo lo que quiero es plata y punto!-, gritó, no casi, un Jacinto enrojecido tal vez de rabia.

 

-¡¿Plata, para qué la puta plata?!- aulló doña Tulia, -mejor que se pudra en vida después de que los otros presos le hagan por detrás lo que él quería hacer contigo por detrás de mi vigilancia-.

 

-Mami, cálmate y déjame hablar, es que quiero comprarme una Vespa para navidades-.

 

-¿Vespa, eso qué es?-.

 

-Es un aparatico de dos ruedas sobre el que Sarita Consuegra sale a alborotar hombres, ¿no la han visto, acaso?-.

 

-Niño-, metió baza don Ubaldino, -esa motoneta, porque así se llama el aparatico, no se consigue aquí en Bucaramangracia-.

 

-¿Y entonces ella cómo hizo?-, preguntó doña Sixta, un tanto, para fortuna de su hijo, interesada.

-Se la regaló un frustrado novio que importaba repuestos automotores de segunda mano desde Chicago, Illinois-.

 

-¿Y usted, Ubaldino María, cómo carajos lo sabe?-.

 

-Sabueso triunfante del SIC que a mucha honra soy-, contestó, más jactancioso y henchido de orgullo que pavo real en mitad de su cortejo.

 

-Bueno, entonces, por favor, hable usted con el tal importador-, bajó por fin la guardia doña Tulia, mientras Jacinto empezaba a sonreír.

 

-No quiero incriminarme en este asunto de la Vespa, su ex novio está en la cárcel porque los repuestos de segunda que traía desde USA los hacía pasar como nuevos-.

 

-¿Y entonces qué hacemos?-, preguntó doña Tulia, ya de todas cuatro a favor de los deseos de su hijo.

 

-Pues el año que viene van a llegar las Auteco Lambretta de ciento veinticinco centímetros cúbicos-, aseguró don Ubaldino, quien al parecer estaba enterado de todo, chismoso sabueso.

 

-Pues entonces, mis queridos muchachos, arranquemos, puyemos el burro terco y hagámosle duro y parejo-, concluyó, para dicha de su hijo, doña Tulia.

 

Según las precisas instrucciones del señor Garzón Pantoja, Jacinto Calibre Guane, con la grabadorcita apagada en el bolsillo delantero de su chaqueta deportiva, apenas se sentase en la heladería Tupac debería fingir un desmayo, desmadejado caer en el regazo de Ruiseñor, aparentar dificultades en su respiracción y abrir y cerrar los ojos puestos en blanco. Después el sabueso del SIC, quien con su cámara fotográfica estaría de pie en el cercano mostrador sorbiéndose un cono de vainilla, le gritaría a Mancilla que le diera respiracción boca a boca.

-¡Qué asco, yo qué me voy a dejar besar la jeta de ese granhijueputa, así por culpa suya haya empezado a leer novelistas gringos!-.

 

-¿Quiere la Auteco Lambretta, sí o no?-, preguntaron casi al tiempo doña Tulia y su consejero.

 

-Pues claro que sí, pero…-.

 

-No hay tu tía que valga, o se deja besar o se deja besar, no hay de otra-, amonestó Garzón.

 

-Jueputa, será-, se rindió Jacinto.

 

El exitoso sabueso y ladino y mañoso triquiñuelador Garzón agregó que una vez Jacinto recibiese con fingido agrado y respondiese de igual mentirosa manera la asquerosa respiracción de ayuda, se incorporase, le dijese que de ahora en adelante se iba a desmayar todos los días en su presencia, a continuación pusiese la grabadorcita en acción y que él, Garzón, con su cámara escondida se encargaría del resto.

 

-Pero yo mejor quiero ensayar-, dijo un prudente y desconfiado Jacinto.

 

-Pues no será conmigo-, dijo Ubaldino, reculando.

 

-No, ¿cómo se le ocurre?, mi mamá mandará a hacer un monigote de trapo-.

 

El primogénito practicó eficientemente una semana completa de seis a siete de la mañana y de siete a ocho de la noche y cuando -después de mucho desmayarse, poner a cada rato los ojos en blanco y muy pocas veces besar y dejarse besar del monigote- se sintió listo dijo listo. El entrenado hijo de doña Sixta charló largo rato y tendido con el atento ruiseñor mancillador y pactaron luego que el próximo sábado, por la tarde temprana, se irían de helados y pocicles al Tupac. Todo salió a pedir de boca y a la perfección porque, una vez llegado el crucial y decisivo momento del fingido desmayo y de la ultra real respiracción artificial, Jacinto exageró su aparente lujuria juvenil hasta el extremo de con la suya rebullir la lengua de Ruiseñor Mancilla para que cayera redondo, mondo y lirondo, desbordado por la saliva impúber que Jacinto le había vertido antes en la boca, le insinuara incorrecciones, intercambio de fluidos, posiciones, extravíos, impertinencias, barbaridades, sugestiones indecentes, depravaciones, ofertas, propuestas y proposiciones muy indecorosas y aberrantes a las cuales Jacinto, según lo planeado, prestaría casi a gritos oídos sordos. La grabadora, encendida minutos antes, captó entonces los diálogos que iban desde el sí obsesivo de Mancilla hasta el no rotundo de su acosado y don Ubaldino Garzón, agazapado entre los clientes, tomó diez delatoras fotografías, todas muy significativas y detalladas, la última dellas mostrando a Jacinto cuando con violencia se levantaba raudo de la silla tumbándola. Esa misma noche, con Garzón y un revólver Colt 32 corto sin salvoconducto escondidos tras un biombo por si acaso era menester su ayuda, doña Sixta y su hijo le dijeron a Ruiseñor que tenían en su poder joderlo toda su marica actuación grabada y fotografiada y que a inmediato cambio de siete mil quinientos cincuenta pesos en efectivo, que era el valor de la motoneta, le devolverían todo el material probatorio en su contra. Atrapado y sin salida, don Ruiseñor y sus alas recortadas pagaron sin rechistar, Jacinto obtuvo su Auteco Lambretta y durante varios años se le vio con Pablus Gallinazo, cuando aún no se llamaba Pablus Gallinazo sino quién sabe cómo, sentado atrás en incómoda posición de pato y dando vueltas y revueltas pausadas o frenéticas por todos y cada uno de los barrios de Bucaramangracia.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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