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 ReVista OjOs.com      AGOSTO DE 2014

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

TOCAYO (1.957 - 1.959)

 

 

Para Mónica Bretón García.

 

 

Desde 1.937, año de su fundación, que ruidosa fue, y etílica y opípara, hasta 1.957, cuando suceden estos hechos que aquí se relatarán, se han ido hacia el pretérito siete mil trescientos días, sin agregar -para facilitar las cuentas- los correspondientes a los años bisiestos. Si multiplicamos, en papel y lápiz, que a punta de puro cerebro es complicado, esos días ya idos por el número de camas ofrecidas por el Hotel De Siempre, que cincuenta eran, obtendremos trescientas sesenta y cinco mil oportunidades de recibir la misma suma de huéspedes, si la ocupación era del cien por ciento, como en realidad lo era, pues la calidad y calidez del servicio eran magníficas. Muníficas, exageraba un no insigne trasnochado poeta insomne que una que otra noche de juerga iba a dormir sus rimas no rimadas al hotel. Así las cuentas, no ha de extrañar a nadie el que llegara en busca de albergue un agente viajero de porosa personalidad e incompleta entereza y que a crédito vendía papelería, borradores, pluma fuentes, tintas, lápices de colores y artículos varios para escritorios, colegios y oficinas y que tenía una manía muy extraña y sorprendente que aquí nadie, nunca, en Bucaramangracia y aledaños, había siquiera sospechado. Leonardo Albornoz Urrego se llamaba el individuo, según rezaba la hoja de ingreso que llenaba al llegar al Hotel De Siempre y la disciplina con que ejecutaba sus labores de venta llenó de admiracción a la viuda dueña del hotel, quien muy de presente le ponía a su hijo las bondades laborales de Leonardo, perdiendo el tiempo, las palabras y la saliva pues su hijo mucho caso nulo hacíale. Salía muy temprano, con el canto de los gallos más insomnes aún chillando en sus oídos, y después de desayunar, caminar calles arriba y calles abajo y carreras a derecha e izquierda, visitar a sus clientes, ofrecerles sus productos, tomarles el pedido, almorzaba por fuera o no almorzaba y regresaba, satisfecho, al empezar la tarde, a tomar una ducha de agua fría -helada en veces-. Después, cambiada su ropa y enfundado ahora en un riguroso traje negro, ahorcado su cuello y su nuez de Adán con corbata y aprisionados sus pies con zapatos y medias del mismo color del traje, salía a la calle rumbo a la esquina, en donde empleados de las empresas de pompas fúnebres con hisopo y cola de carpintería pegaban grandes avisos en los que detallaban los datos completos de quien hubiese muerto hoy, así como la dirección del sitio de la velación y la hora en que sería llevado al camposanto. Tomaba atenta nota en una libretilla, similar a las que a crédito vendía y se marchaba a dar el pésame a la viuda o la madre o a los hijos o a las hijas o a los íntimos amigos o a los íntimos enemigos o a la amante o al padre o a los hermanos y hermanas o a los tíos y tías -maternos y paternos- o a los primos y primas de primer o segundo grado o a los colegas o a los compañeros de trabajo o a los compañeros de colegio o a los familiares popólíticos y apopólíticos. Fingía ser amigo del fiambre pero se cuidaba muy bien de entrar en detalles, no fuera y viniera que por abrir mucho la bocona bocaza se le salieran incorrecciones y le descubriesen como fúnebre impostor.

 

-Estoy muy acongojado como para poder hablar- se defendía, y los deudos de cualquier índole, palmeándole la espalda u ofreciéndole pañuelos arrugados para contener mocos mentirosos y lágrimas cocodriláceas, sin quererlo le ayudaban en su plan, aparentemente sin propósito.

 

Daba en susurros de bajos decibeles los pésames; con idénticos o parecidos susurros también murmuraba y musitaba condolencias; sediento mentiroso, sorbía tintos, tizanas aromáticas y vasos de agua de acueducto y quizás de lluvia hervida; cuando ofrecían colaciones o tentempiés, sin recato, reato o aspaviento los comía; firmaba -con rúbrica que no era la suya propia registrada en la cédula de ciudadanía- la hoja triste de las visitas; acompañaba letanías y responsos y de vez en vez se largaba al sanitario, quizás a reír, tal vez a urdir nuevos diálogos, jamás a arrepentirse de sus actos. Acto seguido iba con ellos hasta el cementerio para ver hierático cómo lo inhumaban y regresaba al hotel de atardecida, con el sol de los venados pisándole sus talones de luto, se escabullía sigiloso y en puntillas hasta su alcoba y pedía una cena ligera, fruta, pan de los Trillos con vendaje y alguillo más, como leche hervida o té McCormick con limón.Cada vez que llegaba al hotel se quedaba tres noches, y venía tres veces al año, de modo que nueve mentirosas visitas fúnebres por año hacía. Al cabo de año y medio, después de trece muertos y medio despedidos por él, la viuda dueña del hotel, los empleados y algunos huéspedes, colegas suyos que vendían telas, utensilios e implementos de cocina, herramientas para ferreterías, drogas para enfermos y otros etcéteras diversos, sin mucho esfuerzo cayeron en cuenta de que su comportamiento era, barato barato, por lo menos muy extraño. ¿Será un cuerdo loco o un loco cuerdo?, le preguntaba madre a padre cuando iba de visita al panteón en que descansaba, y también a su almohada de plumas de oca si no podía dormir, y al dogo cuando ambos de buen humor estaban y se eran mutuos solidarios.

 

Decidieron seguirlo, espiarlo, a fin de revelar su secreto y para ello escogieron a dedo índice a Jacinto, el hijo sin disciplina, quien sin pensárselo dos veces dijo sí claro, yo voy. ¡Cómo iba a decir que no, si siempre andaba a caza de lo imposible, lo sorprendente y de todo aquello que se saliese de los cánones de la correcta corrección! Cuando el inocente Leonardo se hospedó de nuevo, Jacinto, después del almuerzo y contento porque no iría a clases, se sentó, el espía distraído haciéndose, en una mecedora cerca de su alcoba, prestos los ojos y hambrienta la curiosidad. Salieron a la calle, uno detrás de otro, otro delante de uno y los confabulados quedaron a la espera del regreso de ambos, otro delante de uno, uno detrás de otro.

 

-Cuente, cuente, desembuche, (como si los muertos los llevara en el estómago, dice un amiguísimo mío)-, le pedían, una vez que ambos, no juntos ni revueltos, regresaban separados, y Jacinto, orondo y pausado, obedecía y contaba.

 

Obedecía, sí, pero cuando se trataba de lo anormal, porque, cuando al contrario era, nadie lo hacía entrar en razón, ni a las buenas, regulares, malas o peores. Pues imagínense que yo me le fui a la pata, como todo un detective que no quiero ser, hasta que llegó -llegamos- a la 35 con 17, allí nomasitico, se detuvo en la esquina de los avisos fúnebres, leyó lo que estaba escrito, movió abajo y arriba la cabeza como queriendo decir sí, sacó del bolsillo interior izquierdo de su saco lapicero y libreta, anotó no se qué jodas (qué cosas, por favor, corregía en vano la madre viuda) y se largó rápidamente, también rápidamente me le fui detrás hasta llegar a la funeraria Matajira, cuyo propietario era amigo de su madre, entró, fue hacia y hasta el ataúd, algo dijo, se signó, persignó y santiguó y uno por uno abrazó a los que con él estaban, todos de negro vestidos de pies a cabeza, y lloró con ellos y bebió y comió con ellos y con ellos se sentó alrededor del muerto y de vez en vez suspiraba y de cuando en cuando hacía que gemía y al final se marchó con todos al cementerio central, en cuyos pastos, corredores, enredaderas y en latín de tonto seminarista novato respondía jaculatorias y responsos.

 

-¿Y nadie se percató de que fingía?-, preguntó su madre.

 

-¿Y sí lloraba de verdad verdad?-, dijo un vendedor de papel higiénico.

 

-¿Y nunca nadie sospechó ni mierda?-, deslizó un vulgar vendedor de babuchas, chancletas y zapatos femeninos.

 

-¿Y nadie le preguntó cómo conoció al finado, si él no era de por aquí?-, metió la cucharada sopera otro preguntón.

 

-Y usted, ¿para qué se mete en eso?-, preguntó Tía, con el rosario entre las manos, pero nadie le hizo caso a su pregunta.

 

-¿Y por qué cree usted, Jacinto, que hace eso?-, preguntó el más sapo y cretino de los vendedores.

 

-¡Yo qué culos voy a saber, pregúntele usted, si es tan arrecho!-

 

-Mijo, mijo, por favor, frene, frene-, amonestó la madre.

 

-¡Pero es que qué pregunta tan marica!-.

 

-Que pise el freno, le digo-, pero no lo pisaba.

 

Al día siguiente la historia del espionaje se repitió, pero al tercero, Jacinto, ya saciada su curiosidad malsana, dijo que no volvía a seguirlo más ni puelputas porque siempre haría la misma joda.

 

-¡Vaya lávese la jeta con astringosol!-, regañó en vano la madre.

 

Pero aunque con formaldehido y ácido clorhídrico se la lavase Jacinto siempre sería -y aún hoy lo es- malhablado, grosero y escupidor de palabrotas. Leonardo, sin sospechar que lo habían espiado y descubierto su secreto, su enfermedad, su manía, se marchó en Extra Rápido Los Motilones para Cúcuta e informó que volvería en tres meses, poco más o menos. Tres meses son suficientes para tramar alguna vaina y quitarle a ese pobre loquito su manía, pensó ladina la dueña del hotel. Desde el día en que el maniático se largó para Cúcuta, la viuda dedicaba cinco minutos diarios a maquinar qué hacer al respecto. Si se demora noventa días en volver al hotel, pensaba, tengo cuanto menos cuatrocientos cincuenta minutos para ver qué hacer.  Muy pronto, cuando iba por el minuto doscientos noventa y tres, encontró la solución pero no se la dijo a nadie, ni a su hijo ni a su fina almohada de plumas de oca ni a su propia figura fermosa en el espejo ni siquiera a su marido cuando, rebozo en cráneo, a la tumba a rezarle credos, padrenuestros y avemarías iba. Dos días antes del anunciado retorno de Leonardo, se reunió en secreto con su hijo, con los empleados masculinos y femeninos más fieles y callados y con los agentes viajeros todos que en el momento presente estaban hospedados y les contó en detalle, pidiéndoles que guardasen el secreto, lo que había tramado a lo largo de esos tres meses a fin de sacar al vendedor de papelería y etcéteras similares de su hoyo, aunque es posible que él no quiera ayuda, concluyó. Llegó el día de la quema y con él llegó Leonardo para que, sin saberlo ni intuirlo, lo quemaran. Afanosa se le vio entonces a la viuda llamar repetidas veces por teléfono y hablar casi en secreto con huéspedes y empleados. Esa tarde, como siempre hacía, Leonardo se vistió de negro y se largó en busca del muerto de hoy. Cuál no sería su sorprendente y sorpresiva sorpresa cuando leyó que el muerto era tocayo suyo. Hasta del segundo apellido, se dijo, perplejo. Pero se encogió de hombros, que no de tamaño, y en taxi, aún no pintado de amarillo, llegó a la funeraria, que era, cómo no, cómo así, la de aquel señor Matajira. Apenas sí hubo entrado Leonardo al fúnebre recinto, la viuda, Jacinto, los empleados y huéspedes, una vez que cerraron y trancaron por dentro la puerta en sus atónitas narices y barbas, le preguntaron qué hace por fuera del ataúd si usted se murió ayer de un tiro que no lo tenía por blanco y sin esperar respuesta alguna lo agarraron a la brava, a la misma brava lo embutieron sin miramientos en el féretro, cerraron la tapa, la apuntillaron a martillazos, mientras el aculillado y aterrorizado Leonardo gritaba, coceaba, maldecía, pedía ayuda, desbordados la sístole y el diástole y con el desaforado Jacinto carcajeándose a mandíbula batiente, sin pensárselo ni media vez lo sacaron en burlonas andas de la sala de velación, lo treparon al carro mortuorio, halado con garbo y parsimonia por un par de pesados percherones colombobobelgas, lo llevaron a cansino trote hasta el cementerio central, donde le vaciaron dos o tres y media carretilladas de tierra de ultratumba sonsacada de los panteones vecinos y un cura sobornado le cantó en latín de mala ortografía los responsos y cuando ya Leonardo creía llegado su fin destaparon el ataúd y en coro le gritaron eso es para que aprenda y no lo vuelva a hacer. Leonardo, hecho una furia, peor, mucho peor que las de las tragedias griegas, empezó a maldecir, a hijueputearlos a todos y a gritos, incluida la viuda, a tirarse al piso, a escupir salivas, babas y babazas espesas -casi hidrofóbicas las tres- por las comisuras de los labios, hasta de sopetón caer desmadejado y desmayado. Echáronle agua y zarandeáronle hasta que recuperó el sentido, no el del humor. A grandes zancadas largas se marchó escupiendo improperios a diestra y siniestra, llegó al hotel en taxi y dijo que se largaba pero ya ya para otro a seguir haciendo la misma mierda de impostor de pésames y que qué y que no pagaría la cuenta y que ¡ay si se lo impedían!, porque estaba dispuesto a matar y comer del muerto, que heridos o malheridos no dejaría. La viuda, autora de todo este cruel sainete, aceptó que se fuera sin pagar. Nunca lo volvimos a ver. Tal vez haya muerto por segunda vez.

 

El enardecido Leonardo nunca supo, ni llegó a imaginar siquiera, que la aviesa propietaria del Hotel De Siempre a una tipografía y con sigilo gatuno mandó imprimir el aviso funerario, alquiló con descuentos -dada la cantidad- trajes de luto para vestir empleados y pasajeros, habló por el teléfono de disco, y personalmente también, con el señor Matajira para que le siguiera la cuerda y la idea y facilitase ataúd, sala de velación, carro mortuorio, percherones con su respectivo conductor de sacoleva y chaleco, puntillones y martillo, con  voz suave, coquetona mirada y un billetico de a peso convenció al terco y alcoholizado administrador del camposanto para que permitiera el ingreso del entierro de comparsa y le dio un suculento diezmo en monedas de diez centavos al capellán de la capilla. Pero continúa invicto, aún no se le puede decir requiescat in pace.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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