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 ReVista OjOs.com     DICIEMBRE DE 2013

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

el profesor DE LITERATURA (1.987)

 

Para los correctores de estilo.

 

 

Jacinto, por las calendas en que sucede esta opuesta historia de parto y muerte y a sus cuarenta y un años de inmadura edad, andaba de mal en peor por las sin visibles señales de tráfico, empedradas y polvorientas calles del desperdicio, el jolgorio, las drogas, el rock and roll, Don Quixote de la Mancha, las odas de don Jorge Manrique y las sagas de William Faulkner y a punto peligroso de lanzarse sin ayuda de paracaídas y de cabecidura en el sádico deporte altivo del triatlón, así que cuando, atravesando a gatas y a rastras un difícil guayabo cuaternario de bourbon Jack Daniels sin las rocas, vio que a través del limpio de telarañas portón del Hotel De Siempre, marchando a equivocado paso de ganso, que mejor parecía de pavo congestionado por el amor plumífero de su hembra, ingresaba un sujetaco desgarbado y raquítico individuo simiesco, cuarentón, cegatón, de espesos y pesados anteojuelos, cuyos lentes eran concéntricos, a horcajadas en su narizota y acompañado su costado derecho por su esposa y ella a su vez cargada con un abombado vientre de más o menos ocho meses y dos semanas, cuatro días y trece horas de embarazo y dijo a mi madre que era un listo profesor bugueño de literatura contratado por un año para dictar lo que él creía serían estupendas clases, charlas, seminarios, conferencias y conversatorios literarios en la novel facultad de la UIS, no se pudo contener de la alegría y de la esperanza pues pensó que de ahora en adelante sí tendría la posibilidad de tratar con altura temas que siempre le habían llenado a plenitud el espíritu, la mente y la vejiga de telarañas y bagatelas. Cruzó los dedos de pies y manos para que su madre doña Tulia le diese posada y albergue en el hotel mientras el profesorzuelo en una agencia de arrendamientos buscaba un sitio mejor, más barato y acogedor para esperar el feliz alumbramiento de su primogénito, pues, machista, quería un niño y nada más que un niño que extrapolase su genética con pretensiones eruditas, preparar y corregir sus clases, conversatorios, mesas redondas y cuadradas, aburridas charlas informales, conferencias cortas y largas y otros etcéteras similares, consentir a su preñada, y mucho más joven que él, mujer, quien parecía ser la poseedora del dinero, porque todos los días, sin que faltase ni uno y medio, según lo manifestaban a voz en cuello y a los cuatro vientos las charlatanas camareras, le daba un billete de diez mil pesos y le pedía las facturas correspondientes y los exactos vueltos al anochecer. Para contentillo y regodeo plenos de un esperanzado Jacinto, la desigual pareja se quedó en la misma alcoba que otrora compartieran el señor J. J. Jamaica y su celosa boa y aunque en un principio tímido no se le quiso acercar de a mucho porque se lo imaginaba muy mucho ortodoxo y a la antigua enchapado en cuero de sillón arzobispal, sí se puso en la continua tarea espía de observar sus comportamientos todos y escuchar sus diversos y ojalá ácidos comentarios sobre los complicados verbos transitivos, intransitivos, regulares e irregulares, adverbios de cualquier tipo, predicados, sustantivos, adjetivos calificativos y descalificativos, sinónimos, antónimos, homónimos, complementos directos e indirectos, de tiempo, de lugar, de modo y de etcétera etcétera. Ambigua e indecisa fue su conclusión pues, si bien Humberto no me acuerdo su apellido era muy ilustrado y dominaba su especialidad con esmero, de manera contraria se le oía fundamentalista, en extremo reacio a la modernidad y enemigo acérrimo y sectario de la literatura experimental y novedosa. Decía que Eugene Ionesco, Sam Beckett, Billy Faulkner, Jimmy Joyce, Marcel Proust, Ray Bradbury y José Lezama Lima no deberían ser leídos porque quienes en tal aventura loca se metieran jamás aprenderían a escribir ni tan siquiera memorandos o grafitis. De todos modos, puesto a escoger entre hablar o no de literatura, así fuese con un borrego más tradicional que el actual papa y su antecesor, Jacinto y su afición por la lectura pesada y la cháchara insensata se inclinaron por lo primero y para atraerlo a su atarraya con un letrado presente que hiciera de picahielos para romper los friísimos que entrellos se interponían, fue hasta la Librería Iris, habló corto y distendido con su agradable y obeso propietario, uno de los hombres más profundamente versados en estos arduos tejemanejes de la palabrería que conocido hubiese, en pocos detalles le explicó las características de Humberto no me acuerdo su apellido y aclarando que él no las leería, aceptó su sugerencia: las obras completas de don Rufino José Cuervo.

 

Humberto y su apellido del cual no me acuerdo cayeron mondos y redondos en el cuadrado de la atarraya que Jacinto blandía para apresarlos, agradecieron con grandes muestras y venias de contento el voluminoso volumen y como réplica disfrazada de respuesta, Jacinto recibió, empastadas, las aburridas conferencias todas que el profesor con minúsculas de literatura iría a dictar en su apostolado académico y que, por supuesto, tampoco leería. Hablaban con frecuencia casi modulada, sí, ¿para qué negarlo?, y casi siempre de autores y sus obras en prosa, que de la poesía al primogénito de doña Tulia no le gustaban ni las rimas ni los retruécanos y cuando la conversacción enflaquecía y se agotaban los temas, pues de cabeza erudita, eso creían ellos, nadaban, volaban, levitaban, flotaban y enredados se entreveraban en meteorología, antropología, historia y geografía universales, astronomía y gastronomía. De común, mutuo y sabio acuerdo, Humberto, cuyo apellido no recuerdo, y Jacinto prometiéronse y comprometiéronse a no parlar jamás de religión o popólítica para evitar agarrarse a lengua soez y trompadas nocáuticas.

 

La esposa de Humberto, ahora sí que me acuerdo de su apellido Lozano, con en la muñeca derecha un casi fermoso y diminuto reloj suizo, cuya marca registrada nunca dejó ver ni entrever, acaso porque era falsificado y contrabandeado, le controlaba los tiempos y los momentos y cuando ella creía que era hora de suspender el parloteo para ir a resguardarse entre sábanas de algodón y cobijas lanudas, carraspeaba su garganta y zapateaba su pie derecho llevando el compás según el pentagrama y el metrónomo de su impaciencia. Era evidente que ella lo dominaba con la mitad del meñique y con el grosor de su bolsa, al parecer repleta de billetes de alta denominación porque no escatimaban en gastos. Todos los meses estrenaban camisas de cortas y largas mangas, blusas, medias tobilleras, zapatillas, plumafuentes, colgandejos, semaneras, pantaletas, collares, corbatas y mocasines y la cantidad de regalos que tenían prestos para entregar a quien debería ser para orgullo del profesor machista un rozagante bebé masculino, pronto, de seguir su número en aumento, no cabría en la alcoba ni en la bodega vecina.

 

Pero para que esta historia pueda continuar avanzando sobre las ruedas de mis mentiras verdaderas, nació niña y no niño, la contrariedad llenó de arrugas el rostro de su padre y de incertidumbres las ojeras de la madre y las relaciones, ya de por sí deterioradas, se fueron por la cloaca de la inminente separación de cuerpos y de bienes. Una vez dada de alta por la clínica de maternidad y pronta a dar de baja a su matrimonio, la enojada y lactante esposa del profesor acordó seguir en su hipócrita compañía durante el tiempo corto o largo que al doctor en derecho Álvaro Suárez Zapata le llevase terminar con el papeleo sin maltratar por igual a los futuros divorciados. Era tanto el fastidio que sentía la esposa del bugueño merced a los múltiples reclamos que este le hacía por no haber parido un niño que extrapolase su genealogía, que muy pronto dejó de amar a su retoño y creyéndola culpable de todas las rencillas en que cada día se metían a gritos, el lactógeno de sus senos en fatídica consecuencia se tornó débil y carente de biológicas defensas, la bebecita se acatarró, sus respingadas naricillas empezaron a manar diminutos y poco espesos mocos y ella a no dormir y sí a berrear cada treinta segundos que parecían diecinueve. Humberto, para poder conciliar el sueño y presentarse fresco y relajado ante sus alumnos, enrolló dos copos de algodón antiséptico y los introdujo a la manera de cuña en las fosas nasales de su heredera, matándola sin culpa, pero sí de la idiotez, por asfixia. Enterada por las recíprocas y mutuas recriminaciones a gritos destemplados de la pareja, doña Tulia, y Jacinto también o tampoco, no se lo podían creer. Llegada la calma y secadas las lágrimas, la dueña del hotel habló con los dos, les dijo que si arreglaban entre sí sus problemas, ella no diría nada a las ¿autoridades?, fingirían muerte súbita o ahogamiento fortuito por múltiples mucosidades nasales y faríngeas, la enterrarían con todas las de ley católica, apostólica y rumana, ellos abandonarían calladitos el hotel y se marcharían para donde se les diera la real, puerca y puta gana y allá ellos y su cercano futuro imperfecto si continuaban peleando, acusándose y ofendiéndose y asunto concluido. Ella y sus dineros se marcharon a los tres días para Palmira, Valle del Río Cauca, sin vestirse de luto ni medio luto, aunque sí con unas finas y sofisticadas antiparras Ray Ban acaballadas sin aperos en su griega nariz de desmadrada madre desalmada. Y Humberto, cuyo triste y lozano apellido por fin he recordado, cayó en picada libre, abandonó sus clases de literatura, que a despropósito muy malas eran, al decir unísono de sus alumnos todos; empezó a deambular sin rumbo fijo ni metas por las sorprendidas calles y carreras de nuestra cálida ciudad; desempeñó oficios varios, cada vez más denigrantes y bajos, como a mano limpia, y luego sucia, recoger basuras y desechos callejeros; barrer con escobas calvas y tullidas las cadavéricas alamedas y los lúgubres pasillos del cementerio central, a todas horas llenos de lágrimas; tragar con las manos puercas y viudas de jabón las sobras casi putrefactas y llenas de moscos de restaurantes, asilos, hoteles, hospitales, charcuterías y guarderías humanas y caninas; con pesadillas y aguaceros, y a ratos sí, a ratos no y a ratos tal vez quién sabe si sí o no, dormir semi empeloto a la intemperie; no bañarse ni las manos, tampoco afeitarse ni los dientes, lavarse la dentadura, cada día más podrida, fétida y cariada ni cambiarse de ropa, aspecto, costumbres o personalidad. Quiso suicidarse, pero carecía de los arrestos necesarios para tirársele a trenes, buses o camiones o para lanzarse al vacío desde azoteas, puentes y abismos y además tampoco poseía los dineros suficientes para cianuros o raticidas comprar y beber en el mortal después cercano. Doña Tulia y su permanente bondad, al enterarse de los lacerantes sufrimientos del antes lozano y rozagante Humberto Lozano, salieron a bordo del taxi conducido por Tito Chapuza a las calles en su búsqueda, por fin lo encontraron aspirando pegante Bóxer cerca de la Quebrada Seca, ella lo amonestó con maternal suavidad, procurando no ahondar más sus heridas y le ofreció un puesto de lavaplatos en el Hotel De Siempre. Él, sumergido en el pozo y en el colmo más profundo de su ególatra abyección, se negó de plano y en redondo. El debilillo Humberto Lozano había cortado por lo sano su pasado y ahora tenía otro presente que más insano será. Doña Tulia, entonces, fingió llorar taimadas lágrimas de caimán hembra, amenazó con llamar a la popólicía para que lo metieran a la guandoca y allí le dieran bolillo y pescozones, hasta que al final de la tarde, que amenazaba pausadas lloviznas no muy húmedas y numerosos y aciagos truenos sonoros y cegadores relámpagos occidentales, logró convencerlo de o para que aceptara su oferta.

 

Así, pero a la inversa, como antaño el as Arthur “Boy” Collins ingresó al Hotel De Siempre posando de fulgurante héroe por todos reconocido y salió como un pendejo que arrastra su derrota, así este profesorcillo de literatura entró dos veces, la feliz primera en calidad de profesional de las letras y la triste segunda por sí mismo convertido en torpe aficionado en el arte de lavar lozas y cristalerías ajenas. Durante la primera semana fue muy difícil y equivocado su comportamiento: rompía demasiados platos hondos y copas aguardienteras, carecía de fuerza manual y de concentracción mental para restregar la grasa y expulsarla, era torpe, torpísimo, lento, lentísimo, malgastaba sudor, agua, jabón y cepillos, discutía a viva voz con los otros empleados y se quejaba de que el salario era escaso y no le alcanzaba ni para fumarse un estabilizador porro ni para escribirle una corta y exigente misiva a su ex esposa en inmerecida demanda de dineros alcahuetes. Un congestionado en el comedor viernes, de fatigante trajín para los meseros y con gran demanda de platos limpios en vías de ser de nuevo ensuciados por los glotones y golosos comensales, perdió por completo paciencia, resistencia e inteligencia -si era que la tenía-, no pudo, ni intentó siquiera, soportar las verbales andanadas de artillería pesada de su patrona para que apresurase el ritmo, tiró el delantal y los implementos de trabajo al cubo de la basura, insultó a doña Tulia y viendo que ella no reviraba, con gran escándalo y furia la emprendió contra su rostro a cachetadas, patadas, coñazos y arepazos, tumbándola boca arriba sobre el rústico baldosín, el carnoso labio inferior y la fosa nasal derecha rompiéndole. Los empleados, sus obligados pero no convencidos colegas, hubieron de a la brava y a la fuerza bruta manearlo con presteza y con las cabuyas atadas en nudos ciegos de marinero tuerto, rociarlo punto seguido y a continuación con abundantes, rudos, desequilibrantes y desequilibrados chorros del agua helada de la manguera a presión de última generación, mientras la agraviada doña Tulia, por sí sola y maromas haciendo, con dificultad se levantaba manando tenue y rosada sangre de sus heridas leves, faciales, bucales y nasales. Pero, atado, empapado y casi sometido como estaba tirado en el piso, no dio los brazos ni el belicoso ánimo a torcer, empecinado continuó en creciente progresión geométrica agrediendo con palabrotas y patadas a sus aprehensores, tantas y tan seguidas, que a su patrona no le quedó más camino que embutirle a la fuerza bruta y gaznate abajo y adentro una alta dosis de hidrato de coral.

 

Camilo Umagna Valdivieso, íntimo y viejo amigo joven de jaranas de Jacinto Calibre, juvenil, eximio, experto y muy alocado psiquiatra, vino, oyó y escuchó los pormenores de la espantosa trifulca, con sus profesionales balanzas sopesó la situación, elucubró y especuló largo rato con su mano derecha de pintor puesta en el mentón, diagnosticó acertada, peligrosa, compleja y aguda esquizofrenia crónica y certero pero cruel recomendó su inmediata internación obligada en el desgraciado Instituto Psiquiátrico San Camilo, por insólita coincidencia tocayo de quien para allá lo mandaba y en cuyos desolados corredores, y cuando ambos estaban sedados, dialogaba locuras con el conductor del microbús alemán en el que las maniquíes borrachas del señor alias Poca Cosa regresaban alegres y deslenguadas a dormir su ebriedad en el Hotel De Siempre.

 

Con el tiempo y las continuas dosis se aletargó hasta la sospechosa paz su antes belicoso espíritu; el mutismo se aposentó en sus labios, la mirada clara en sus pupilas y la decencia en sus maneras; seis horas seguidas y media podía dormir con la bombilla apagada, a pierna suelta y eludiendo pesadillas; apetitos decentes le curvaron, como si con compás fueren trazados, vientre, carrillos, pezones y glúteos; el agua de duchas y lavamanos todos los pecadores días y muy temprano preguntaban por él para a continuación bañarlo y no volvió a ser mal visto por los guardianes, algunos dellos más locos que los pacientes. El psiquiatra le recomendó que para paliar sus intranquilidades desempeñase algún trabajillo no remunerado en dinero cuanto sí en calmas chichas. Decidió,  entonces, y quizás recordando que había sido antaño profesor bueno o pésimo de literatura, que se desempeñaría como ágil, inquisidor y sagaz reportero de sus compañeros de locura y de infortunio y desde entonces no hubo poderes humanos, inhumanos, mentales, policiales, animales, minerales o vegetales que lograran detener, o al menos un tanto apaciguar, sus intensos interrogatorios absurdos.

 

-¿Cuál cordón de los zapatos se amarraban de primero?-.

 

-Ambos-, le respondían.

 

-¿Qué fosa nasal se sonaban de última?-.

 

-La del centro-.

 

-¿Se comen las uñas y sangran, o solo las arrancan y escupen?-.

 

-Las dos a la vez y al mismo tiempo en simultáneo-.

 

-¿Cuántos pedos expulsan por día?-.

 

-Seis-.

 

¿Cuántos por la mañana?-.

 

-Siete-.

 

-¿Y por la tarde cuántos?-

 

-Siete también y ojalá aprenda a sumar-.

 

-¿Y cuántos huelen mal?-.

 

-Doce-.

 

-¿Y cuántos bien?-.

 

-Ninguno, y aprenda a sumar, cabrón-, ya al borde de la irritación le contestaban.

 

-¿El paralelo cuarenta y cinco es el mismo ecuador que parte en dos el planeta tierra?-.

 

-Eso depende de los grados de locura con que sean medidos-.

 

Tanto él con sus descuadernadas y abundantes preguntas insólitas, como ellos con sus deschavetadas respuestas absurdas, acabaron por perder paciencia y urbanidad, se insultaban hasta con los ojos cerrados, se amenazaban a muerte, se hacían indecentes señales manuales que enrojecerían a coteros y camioneros, se miraban de reojo y de mal modo, se sacaban la lengua y la madre, miraban el sorprendido cielo como pretendiendo hallar respuestas, de salvaje continuo lo maldecían y en indebida gavilla lo zarandeaban. Querían darle una tunda a todo lo largo y ancho de su flaco cuerpo orate e instalarle un automático cierre de bragueta en plena jeta. Pero un día, ante la pregunta de cuánto tiempo llevaban sin eyacular en vaginas juveniles de hímenes no rotos, sus colegas de infortunio y locura no pudieron aguantar más sus cargantes impertinencias, se le fueron en jauría y en amenazante tropel lo persiguieron y mientras él les hacía el quite y la seña de pistola, lo rodearon en envolvente tenaza hasta cuando lo obligaron a treparse como gato sobre tejado caliente. La mala suerte ya estaba mal echada en su contra: vístose sin escapatoria posible y seguro de que lo matarían a pedradas y golpes de teja, tal el desenfreno brutal de sus enceguecidos pero parlanchines perseguidores, optó por escurrir el bulto, meterlo en la humeante y caliente chimenea buitrón abajo y empezar a descender en busca de la protección y el socorro del salvador primer piso. Pero no pudo mantener el equilibrio, torpe resbaló ocho ni físico ni mental, verticales metros lineales a gran velocidad uniformemente acelerada y murió con siete de sus huesos fracturados y los pulmones, sus alvéolos, el corazón, sus aurículas y ventrículos taladrados por las astillas de un fémur ascendente e inocente. Tan solo el contrito y muy arrepentido de su diagnóstico y consejo, el psiquiatra Camilo Umagna Valdivieso, y uno de sus desafortunados compañeros de encierro e infortunio, el cuerdo, pero tildado de loco por su colega de llantos, conductor de las borrachas y humanas maniquíes soltaron las lágrimas espesas y agridulces del dolor y de la culpa sin culpa.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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