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 ReVista OjOs.com      MARZO DE 2013

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

NARCOTRÁFICO RECTAL (1.992)

 

 

 

Para Ernesto Rodríguez Albarracín.

 

 

Ontario Bochedo, descendiente por directa línea paterna de los peligrosos indios jíbaros reducidores de cabezas, ecuatoriano, cholo llamado con sorna, ironía y desdén por algunos futbolistas argentinos, quienes sin ser sus amigos, del avión que venía desde Pasto, vía Bogotá, desembarcaron con él y su mestizaje en la pista del rústico y obsoleto bucaramangracioso aeropuerto, llegó al Hotel De Siempre a pasar un largo rato de descanso porque ese mismo día se iría en autobús para Pamplona, Cúcuta, San Antonio, San Cristóbal y por fin Caracas. En su registro de ingreso doña Tulia con espejuelos y después su entrometido hijo sin ellos leyeron: profesión: comerciante; edad: 49 años; nacionalidad: ecuatoriana; pasaporte: en regla y reportado al DAS; estado civil: unión libre; domicilio: Otavalo, Ecuador; procedencia: Pasto; destino: Cúcuta; teléfono: no tengo; motivo del viaje: tomaruna ducha y descansar; fecha y hora de llegada: julio 29, cinco de la tarde: fecha y hora de salida: el mismo 29 y a las ocho de la noche; forma de pago: efectivo. Todo correcto y en su debido orden.

 

Paga de inmediato con un atrayente descuento del veinte por ciento el día completo por adelantado y en efectivo, como es la norma cuando se trata de extranjeros y la dueña le ofrece un tintico de cortesía y de bienvenida y mientras se lo bebía dijo que más tarde vendría un sacerdote católico a visitarlo y que si habría algún problema para recibirlo en su alcoba entonces que se lo dijera para cambiarse de hotel.

 

-No, ninguno, aquí todos los padrecitos son bien recibidos por nosotras, siempre y cuando vengan ensotanados-, opinó sin permiso Tía, quien de maldita casualidad pasaba por la recepción rumbo a su alcoba y al muy gastado rosario imbécil que la mamó del gallo virgen y la tomó del pelo churco toda la vida.

 

En religioso efecto, a los diez minutos el anunciado sacerdote, con algo de mal humor y mucha prisa, y su negra sotana de grueso paño aparecieron, doña Sixta Tulia los acompañó con amabilidad hasta la alcoba del extranjero y les dijo que si algo se les ofrecía deberían levantar el teléfono, marcar el nueve y de inmediato serían atendidos. Sí, necesitaban una crema humectante. Doña Tulia, intrigada y, como siempre, mal pensada, decide ir hasta la alcoba y en persona preguntar si lo solicitado por teléfono es en efecto una crema de esas. Los encuentra sentados, el ecuatoriano serio sobre la cama y el malhumorado sacerdote en el taburete de dotación, a dos metros del primero y al parecer revisando papeles y documentos. Sin preguntar nada y aumentando por tanto su sospecha, el ensotanado le explica que sufre de resequedad en las manos y que por tanto se le dificulta pasar las páginas de la papelería que revisan. La dueña del hotel asiente con la cabeza, abandona la habitación y le pide al botones que vaya hasta la botica del señor don Luis Ortiz Gómez, quien se ufana de conocer, a través de las inyecciones que aplica, todas las nalgas de los ricachones y todos los glúteos de sus esposas, y compre de contado un tubo de leche humectante para cútises resecos y luego se sienta en el portón a esperar el retorno del empleado. Cuando el mandado está hecho, coge el tubo y lo lleva a la alcoba del señor Ontario Bochedo. No se han movido y aún continúan revisando el fajo de papeles y documentos. Como hace calor, para ganar tiempo suficiente y poder observar, enciende el ventilador. Nada raro o anormal nota. Los dos hombres, después de que el cura ha pagado el ungüento, le agradecen y doña Tulia, no convencida aún,  se marcha recelosa para la recepción y pide que le traigan una estampita de la virgen del perpetuo socorro. Hora y media larga después, el cura, afanado y huraño, se dirige a grandes zancadas hacia el portón. Ella lo detiene y queriéndolo poner a prueba le pide el favor de que le bendiga el recordatorio, la estampita. El cura, bordeando retador la grosería y las malas maneras, se niega, alegando unos bautizos que lo están esperando en su parroquia, sin esperar respuesta de doña Tulia abandona el hotel y se esfuma calle 37 hacia el oriente de los amaneceres.

 

Ajá, con que esas tenemos Juana, mucha prisa mi curita querido, indio comido, indio ido, pensó, pero no acertó, la ancestral desconfianza de la dueña del Hotel De Siempre. Galopando, tal como veterana yegua resabiada cuando ve venir hacia ella al caporal con heno y zanahorias, llega hasta la alcoba del ecuatoriano, golpea, entra y lo encuentra pálido, sudoroso y nervioso.

 

-¿Qué le pasa, qué le hizo el cura, por Dios?-.

 

-Nada, señora, es que me duele la barriga y tengo ganas de vomitar-.

 

-¿Le provoca un analgésico?-.

 

-Si no es mucha molestia-.

 

-No, cómo se le ocurre, para eso estamos, espere un momentito y ya regreso-.

 

Sale y mientras camina decide no darle el prometido analgésico sino un laxante para potrillos de efectos instantáneos que hasta el borde vierte en una copita aguardientera. Quiere purgarlo para así saber si, junto con sus heces, Ontario expulsa el semen del presunto cura violador y antes de tornar con el purgante entra a la bodega y agarra una de las seis micas que tiene para casos de emergencias diarreicas, que si le permito defecar en el inodoro suelta el agua y me quedo sin las pruebas. El ilustrado señor monsieur Larousse, quien ha estado observándola en su quehacer, con las curtidas tapas duras de la portada y la contraportada aplaude y le da ánimos. El descendiente de los reducidores de cabezas, enfermo y perturbado como se halla, no advierte lo irregular de la oferta y de la mica, se bebe en un santiamén el analgésico mentiroso, de inmediato se baja los pantalones, se sienta en la mica estratégica y cercana y sin esforzar ni un músculo anal poposea. Por encima de los pestilentes aromas y nadando entre los no muy espesos excrementos, doña Sixta Tulia ve veinticinco sorprendentes y sospechosas bolsitas plásticas del tamaño de las sabrosas salchichas Zenú, acaso étnicas primas en tercer o cuarto grado de los peligrosos indios jíbaros ecuatorianos. Aterrado y tembloroso al verse descubierto y a punto suspensivo de vomitar el pánico que lo envuelve, Ontario Bochedo, sin limpiarse el ano, como puede se sube los pantalones, se los mal amarra y acobardado y cagado huye en instantánea estampida, abandonando sus pertenencias y a unaestupefacta doña Tulia, quien no se interpone y lo deja escapar porque ha concebido una idea que espera le sea rentable. Con asco y con las suaves manos enguantadas hasta las cercanías de los codos sin arrugas en el vértice, la propietaria del hotel más loco que los anales de la historia recuerdan separa la paja del trigo, eloro de la escoria, la caca de la coca. Casi segura de lo que tiene entre sus suavísimas manos, vierte en el sanitario la caca de la bacinica, la paja y la escoria y se queda, después de bañarlos dos veces en alcohol alcanforado, con el oro, el trigo y la coca. Una cuchilla de esas de afeitar le dice por señas que son mil gramos de cristal de pura cocaína colombobiana pura y las páginas económicas y bursátiles de los periódicos capitalinos que su valor total, después de mezclada con substancias de similar color y aspecto, barato rondaría los atractivos tres milloncejos de pesos. Sin por ahora saber qué hacer, toma con sus bellas manos, versadas en el arte sutil del bricolaje y la pasamanería, los veinticinco envoltorios y los guarda en el baúl de los recuerdos, mientras meditabunda cavila sobre el próximo paso. Ese mismo coproilógico día, cerca de las siete y media de la juvenil noche, el cura, mal vestido de apresurado civil y dos peor encarados sujetos acompañantes, quienes no son el sacristán ni el monaguillo, penetran un tanto nerviosos al hotel y preguntan por Ontario, pues entre los tres lo van a llevar al terminal de los buses.

 

-Padrecito, no creí que su reverencia vendría a bendecir mi estampita, y muchísimo menos en traje informal-.

 

-¡Qué estampita ni qué culos, nosotros lo que necesitamos es ver a Bochedo ya y nada más-.

 

-Pues no ha regresado-.

 

-¿Cómo así que no ha regresado?-.

 

-Sí, no ha regresado aún-.

 

-¿Y para dónde se largó ese marica?-.

 

-Pues a mí me dijo hace no más de cinco minuticos que había cambiado de planes, que ya no viajaría a Cúcuta sino a Barranquilla y que se iba para las oficinas de Copetrán a cambiar los pasajes-, mintió peor que el pastorcillo aquel de marras juveniles.

 

-No puede ser, no puede ser-, dijo uno de los dos estrafalarios y hoscos sujetos acompañantes, mesándose los cabellos sucios, que los tenía cubiertos de caspa seborreica.

 

-Permítanos subir hasta la alcoba de ese hijueputa-, no pidió, ordenó el cura que ya no era sacerdote ni ministro de dios sino iracundo civil al servicio del diablo y de sus numerosas azufradas amantes.

 

Doña Tulia accedió de muy buena gana, cortés y sonriente los acompañó y no se opuso a que el cada vez más rabioso trío esculcara y rebullera con poca paciencia y esquizofrénica meticulosidad cómoda, maleta, cama, colchón, baño, mesita de noche y de día y todo lo demás que se les ocurriese en su desesperado afán de hallar la droga millonaria, el maldito alijo escamoteado.

 

-¿Muy señores míos, qué es lo que buscan con tanta dedicación y prisa?-.

 

-¡Pues los papeles y documentos que estábamos revisando hace un rato!-, mintió el cura mentiroso.

-Acá están sobre el tapete, es que ustedes, con tanta rabia que tienen, casi los pisan-, dijo, a la par que se agachaba y los entregaba a uno de los dos sujetos acompañantes, aquel que parecía estar más sereno porque era el más pendejo.

 

-Gracias-, los agarra, se los rapa con sus iracundas garras y abandona a grandes zancadas de jirafa o avestruz la alcoba, seguido por los dos restantes, en cuyas teces ya prosperan y florecen las flores arrugadas del mal.

Antes de que se hayan alejado siquiera doscientos centímetros lineales, doña Sixta Tulia oye que uno en susurros le dice a los otros dos parece que ese perro sin madre ni futuro se robó la merca, vámonos ya en la Toyota para Copetrán, a ver si lo alcanzamos a alcanzar. Doña Sixta, ladrona por substracción de materia gris de sus víctimas, al día siguiente va hasta Sanandresito, busca a su contrabandista de absoluta confianza, con sigilo le muestra el alijo, dice que un cliente lo dejó olvidado bajo el colchón y que se lo vende en un millón de pesos uno sobre otro. El hombre regatea, ofrece quinientos mil, doña Sixta pide ochocientos, el contrabandista se eleva hasta seiscientos cincuenta y doña Sixta acepta. Se estrechan las compinches manos y van juntos pero no revueltos al banco, en cuya ventanilla principal el comprador cambia un cheque propio y paga. Luego doña Sixta Tulia y su bondadosa generosidad que no exige nada a cambio van hasta la sociedad de San Vicente de Paul, pide una entrevista con el atónito ecónomo y después de pedirle que jure por su madre viuda y muerta mantener el secreto, dona el dinero completo a nombres y apellidos del cadáver de su marido ya podrido y condenado.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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