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 ReVista OjOs.com     MAYO DE 2014

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

CENIZAS TROCADAS (2008)

 

Para Alix Caballero

 

 

Por los ancianos y gastados días raídos del quincuagésimo segundo año bisiesto de la era (anti)cristiana ya era por todos sabido, y por muy pocos aceptado, el que doña Sixta y su hermana menor, Tía, estaban, y además se sentían, bastante deterioradas y en declive. La primera dellas, sin tuercas ni tornillos atornillada a la cama doble que siempre que pudo, y él quiso, compartió con su esposo, confinada también en una silla de ruedas que ofrecía reversa y cinco cambios delanteros automáticos, sin embrague, como si de una máquina Ferrari para hemi y parapléjicos se tratara, de peor contera disparatada por demencias seniles esporádicas y además desmayada por súbitas disminuciones de sus electrolitos y la segunda dellas sometida a pena perpetua sin libertad condicional por los vaivenes y altibajos de sus niveles de azúcar en la sangre y contrahecha y jorobada por el endurecimiento de sus articulaciones y bisagras, solían visitarse día por medio para hablar mierda, popó y caca, que de nada más que fuera limpio tenían ya de qué poder parlar, como octogenarias que son hoy en el presente y nonagenarias que serán mañana por la mañana en el futuro.

 

-Imagínese, Tulita, que la viuda viejecita con carita joven de bebé sin arrugas de la 212 tiene sobre la mesita de noche un recipiente taqueado hasta el borde de talcos homeopáticos parecidos a las cenizas de la leña y que ella  usa, como todos los días juran y rejuran en la televisión, la radio y los periódicos, para combatir arrugas y patas de gallo, pero no tiene la poma con qué untársela-, comentó la artrítica diabética.

 

-¡Pues regálele una y punto final, no sea tan cansona!-, replicó la belicosa lucidez de doña Sixta.

 

-¡Ay, no joda, Tulia!, es que yo también quiero echarme esos polvos-.

 

-Serán los únicos que usted y su pudor puedan echarse, hermana-, y no quiso reírse.

 

-No, de verdad, en la cara, ¿no ve cómo la tengo de jodida?-.

 

-Pues róbeselos-.

 

-¿De veras?-.

 

-Pues claro-.

 

-¿Y usted me acolita?-.

 

-Pues claro-.

 

Y pues claro, con ayuda de Wenceslaota y de sus malas ideas robaron el recipiente al día siguiente, cuando la ancianita estaba ausente y por indicacción de doña Tulia, su hija, y también sobrina de su hermana menor, a las escondidas sacó del fogón principal de la cocina dos paletadas de pavesas de leña ya frías y grises para reemplazar los polvos faciales robados y poder lograr así mimetizar a su favor y pro las evidencias que acaso las sindicarían de redomadas cleptómanas cosméticas. Jamás las dos hermanas supieron que la abuelita robada era una viuda sin arrugas faciales que iba de paso para Málaga, Santander del Sur, acompañada por las minerales cenizas de su esposo recién cremadas y que ella quería introducir en una costosa urna de cristal de Murano, Italia, hasta cuando, mientras vivía allí acompañada por ellas, se muriera, sus deudos ordenaran cremarla a mil cien grados centígrados, sus calcinados restos mezclados con los fríos y trocados de su consorte y puestos a la espera eterna e inútil de la resurrección de los muertos. Ignorantes del sin culpa alguna trueque inocente, la huésped y las mentirosas cenizas de su marido, a quienes las dos hermanas y su respectiva hija y sobrina Wenceslaota habían timado, decidieron marcharse al día siguiente, prestas a cumplir sus deseos de compartir la eternidad emparejadas con las cenizas de quien fue su compañero permanente en vida.

 

Tía, ignorante del enredo en que se estaba metiendo por ilusa, mandó a comprar una poma y la usó sin resultados favorables durante dos meses, hasta cuando ya no quedaron cenizas alisadoras de rostros que rasparle al fúnebre fondo del recipiente. Este cosmético y luctuoso cambalache frustrado parecía estar destinado a perecer de inanición en el olvido cerebral de las dos hermanas porque nunca volvieron a mencionarlo en sus paliques, tal vez abochornadas entre sí, sin incluir a la autora material Wenceslaota, casi o más anciana y decrépita que sus propias madre y Tía, por haber incurrido en el delito de invasión con escalamiento de la propiedad ajena, amén de que hurto agravado.

 

Algún chismoso malagueño y lenguón dejó caer al desgaire en el Hotel De Siempre la noticia fatídica de que la viudita aquella tan bonita de rostro había muerto por insuficiencias cardíaca y renal, cremado su cuerpo y ahora sus cenizas verdaderas junto a las mentirosas de leña de su marido estaban en imposible ayuntamiento perenne.

Tía seguía y seguía, dale que dale con la ventolera de buscar y encontrar cremas, ungüentos, emplastos, talcos y menjunjes que le devolvieran mejorada y retocada para bien la edad fetal, la niñez, la pubertad, adolescencia y juventud de su epidermis, ajada ahora por el paso y el peso de almanaques y calendarios.

 

En uno de los últimos y ya cansados días de ese año, tal vez en el aciago de todos los muertos, allá entre octubre y noviembre, el fantasma, cuyas cenizas Tía había sin resultados esparcido en su tez, con las de leña metidas entre una bolsa regresó furioso en airado reclamo de las suyas verdaderas que le pertenecían y dio comienzo a un recurrente acoso persistente, continuo e implacable en pos de recuperarlas. Al principio Tía no se lo tomó a pecho y sí a la ligera, pero cuando sintió que una masa poderosa e invisible la apercollaba por el pescuezo y la sacudía hasta casi hacerla perder el sentido común y la ubicuidad, duplicó, triplicó, cuadruplicó, quintuplicó y sextuplicó los rezos de los misterios del rosario, convencida en vano de que las ayudas virginales y marianas cerrarían filas defensivas en su torno asustadizo. Rezos perdidos y botados al cubo de la basura religiosa: no solo el fantasma pretendía ahogarla y sofocarla con sus zarpas invisibles, también le jugaba bromas pesadas como meter en sus sandalias escorpiones venenosos, en sus sostenes ramitas de ortiga y pimienta de Cayena en vez de cloruro de sodio en las mazamorras de maíz pelado e inducirle pesadillas en las que los huesos de su esqueleto se convertían en leños viejos de maderas secas a punto de ser quemados en fogones, hornos, hogueras, piras, incendios forestales y chimeneas.

 

Desplazándose con suprema dificultad y pobre velocidad esporádica en el caminador para acelerar artríticos, Tía deambulaba de noche y de día por los corredores y pasillos del hotel sin saber qué hacer al respecto, excepto el tonto rosario rezar y sin comprender por qué misteriosas razones ella, y no otra, era blanco perfecto e injusto de semejantes anomalías que atentaban contra sus escasas saludes físicas y mentales.

 

-Hagamos algo, hermana-, le imploraba a doña Tulia-.

 

-Siga rezando el rosario, quién quita y se le aparezca cualquier virgen y la saque de las mechas del atolladero-.

-No, de verdá verdá y pa diosito lindo, ayúdeme-.

 

-Quizás un exorcismo, un rezo, una manda, una penitencia, una promesa, un sahumerio, una limosna, un sacrificio, una peregrinacción al Morro del Rico o un psiquiatra. Escoja usted, que yo todavía me siento arrecha y le puedo conseguir lo que sea-.

 

Tía escogió las diez opciones, pero todas, una tras otra, incluida la ofrecida por Camilo Umagna y su cola de caballo de carreras, una vez puestas durante quince días sobre el tapete de la certeza y en la balanza de la verdad, resultaron inútiles, inoperantes. Cuando Tía, no sabiendo ya en dónde ni cómo aunque sí de quién esconderse, sobrecogida de terror y aterrada de pavor, empezó primero a desconfiar de la efectividad de sus rezos y después a sopesar la conveniencia o no del suicidio por inmersión y con los bolsillos llenos de piedras y pedregones, a doña Sixta Tulia, su muy y sabia hermana mayor, recordando las tretas de las maniquíes bailables de antaño, se le vino a la mollera desviar la atención del fantasma, confundirlo y engañarlo con un simulacro de Tía y así se lo dijo y explicó a ella, quien dio su asentimiento. Y, pensaba Tía, yo le sigo, le sigo la corriente porque no quiero que diga la gente que yo a mi hermanita no la quiero acatar. No, que no, que no, que sí la quiero obedecer. Doña Sixta Tulia mandó a que le compraran un maniquí femenino de cuerpo entero y senil, hizo traer desde la vuelta de la esquina a una cosmetóloga vecina para que le maquillara el rostro hasta hacerlo similar al de su vieja hermana, le compró una peluca igual a la cabellera churca de Tía y se la encasquetó en el lampiño cráneo, lo vistió y calzó con trajes y zapatos ya desechados por ajados y gastados, lo sentó inmutable y desinteresado en todos los taburetes y sillones del hotel, lo metió al interior del caminador y lo aplastó en su propia y moderna silla de ruedas y al espectro vengador le hizo creer aqueste modo audaz que la acosada y supuesta ladrona de sus cenizas verdaderas, a caballo en un maniquí impostor, había traspasado el umbral sin puertas de entrada o salida de los temores de ultratumba y ya no le importaba ni un rábano sin hojas el que pretendiera asesinarla. La diabética hermana menor de doña Sixta Tulia y su maniquí eran exactos y puestos frente al espejo lo harían sorprenderse y reír luego. Tía, la Tía de carnes y huesos viejos, permaneció confinada y expectante en su alcoba sin asomar la no respingada nariz durante quince noches con sus largos días, así que el terco fantasma concentró sus amenazas en la otra Tía, quien, como era de esperarse, no oía, veía, hablaba o se sentía en peligro. Tomado que se hubo confianza, la Tía verdadera salió de su voluntario encierro y sentada y cómoda y segura en la estupenda silla de ruedas de su hermana mayor, empezó a jugar con el fantasma a las escondidas y para llamar su atención apenas lo veía, con sus índice y anular metidos entre los labios le silbaba y chiflaba como caleta dos o tres veces y antes de que el alelado fantasma reaccionara y volteara a mirarla, ella se escabullía con rapidez y en su lugar dejaba al inmóvil maniquí que la suplantaba. Doña Sixta le aconsejó que de vez en cuando se dejase ver en simultánea compañía de su reemplazo, para poner a prueba la paciencia y la cordura de su acosador. Así lo hizo: lo desconcertó y desconcentró, lo obligó a mesarse los ralos cabellos y a rascarse, perplejo, la lampiña barbilla y finalmente y para cerrar con broche de oro de muchos quilates le sacaba la lengua y le hacía con los tres dedos centrales pistola automática de catorce proyectiles y silenciador. Aburridos, el fantasma y la bolsa con las cenizas que no eran las suyas propias,  bajaron la persecución, la guardia y el acoso, empezaron a fingir desinterés, a desaparecer de vez en cuando por los lugares más insólitos y menos pensados y no quisieron retornar por vía terrestre o aérea a Málaga, Santander del Sur, para volver a reposar por siempre junto a su amada viuda y ahora se les puede ver, que ya no les importa un pito el esconderse de los humanos, en los pastos del zooilógico solar, rondando sigilosos y expectantes por los alrededores de los montículos de leña que están a la espera de ser llevados al fogón que calentará la correcta preparacción de los almuerzos. Cerca de una medianoche cualquiera, el fantasmón, hastiado de soportar tantas burlas, arremetió contra el maniquí, por el pescuezo lo atenazó, sacudió, apretó y desapretó y al ver que no había reacción por parte de la víctima, la emprendió contra ella a las patadas, tirándola al piso y pisoteándola una y otra vez luego, hasta lograr desarmarla, desarticularla y desmembrarla por completo. Tal vez asustado, huyó mezclándose con el oxígeno del aire y al otro día y por la noche sufrió un desmayo, del cual se recuperó sin ayuda de las dos hermanas ni del maniquí amputado de sus miembros todos, cuando volvió a encontrarse con el maniquí de Tía en perfecto estado de locomoción. Lloró.

 

Tía ha recuperado la confianza y ahora, junto con el estático e hierático maniquí que la representa, juega -y gana- al atrápame si puedes, al hablar y no contestar, a la gallina ciega, a policías y ladrones, a venados y cazadores y a la gambeta con el confundido fantasma, quien no sabe bien si ella tiene una hermana gemela y estática, si está viendo doble y debe ir al oftalmólogo o al optómetra, si es objeto fácil de una burla macabra orquestada por los diablos para castigarlo por haber dejado tiradas y abandonadas las cenizas verdaderas de su mujer o si, lo peor de todo, está empezando a enloquecer, atormentado por la pesada ausencia de las cenizas de su viuda esposa vieja. Fuese como fuese, ya nadie, ni los espejos incrédulos ni los humanos crédulos que en sus superficies se miran, hoy por hoy y por mañana y por siempre, le paran o pararán bolas de ningún diámetro. A veces, en noches cerradas y trancadas por dentro, -justo cuando por combustión permanente se acaba la condenada leña seca de los cercanos, surtidos y talados bosques y sotobosques acumulada en el solar y es reemplazada por modernos cilindros de gas propano y como doña Tulia, no queriendo perder el exquisito toque que la madera en llamas les da a las viandas hervidas, asadas, cocidas y fritas, también presta acude a leña sobrante de aserríos, ripios, rusques, aserrines y aserranes de carpinterías y ebanisterías, chamizos secos de las cañadas y harapos resecos de fábricas de muebles y cocinas integrales-, se le suele oír gemir, gañir, suspirar y maldecir pasito. Hoy, en el 2.012, ya no suele salir a joder. Ha de estar muy viejo y amoscado porque una humana tonta logró embaucarlo.

Después de esta no pírrica pero sí hilarante victoria sobre el fantasma, Tía se envanece y crece cinco centímetros pues por fin le ha ganado a alguien, a alguien nada más y nada menos que a un real fantasma de ultratumba. Segura de sí misma y sentada en la aerodinámica y rauda silla automática de ruedas se le aparece por detrás, le toca el hombro izquierdo, que al parecer sufre de bursitis de tanto y tanto cargar la bolsa de las cenizas trocadas y sale corriendo al timón de la automática Ferrari para parapléjicos a una velocidad avasallante superior en mucho a la desarrollada por una manada de potros y yeguas cimarrones cuando en estampida salen huyendo de algún peligro que han olfateado en cercanías. Es muy lamentable, Tía lo mama del gallo y lo toma del pelo impunemente y él nada puede hacer en contra, apenas sí sonreír como un idiota tolstoiano. Es el primer estúpido fantasma que en la historia universal conocida huye de los humanos a quienes debería asustar. No se quiere dejar ver por ellos. Yo, cuando fui a visitar a doña Sixta me lo topé sin querer de repente, me miró con desgano los ojos, dijo excúseme, y desconfiado y raudo como un estornudo, desapareció en el éter asombrado. Doña Tulia, salida de madre en su afán de consumar mejor aún la broma contra el imbécil del más allá, decide mandar a fabricar otro maniquí, que en esta ocasión viste, calza, maquilla, acicala y peina a desquiciado fin de que sea su doble exacto, casi que su triple. Le juega las mismas bromas de ubicación doble y simultánea que Tía le gastaba en los ayeres tempranos y como es muy ducha y vivaracha en el manejo audaz de la Ferrari para parapléjicos, lo embiste a gran velocidad, lo atropella, lo derriba y le hace dar botes de carnero por los corredores. Si Tía lo sacó anteayer de quicio desconcertándolo, su hermana mayor lo saca hoy de casillas humillándolo. Se sentía apabullado e indigno y quiso suicidarse, pero ninguno de los métodos que intentó en su desespero le trajo la calma eterna. Doña Tulia, apretando más aún la tuerca, decide pedir un definitivo tercer maniquí, masculino este, que deja intacto, sin maquillar, vestir o calzar, como reserva estratégica para el futuro lejano, pero antes de que de ese futuro transcurran una hora y veinte minutos decide que el Hotel De Siempre ofrecerá a sus huéspedes una nueva atracción que consolidará el buen nombre comercial del que hasta ahora ha gozado: jugar a los fantasmas. Quien así lo desee pagará treinta y cinco mil pesos y el maniquí será tratado, maquillado y manipulado para que parezca ser idéntico al osado jugador. Muchos huéspedes atrevidos se le apuntaron al juego y pocos temerosos pasaron de cobarde agache, así que el mequetrefe ese del más allá se volvió un hazmerreír, un rey de burlas, el árbol caído del que todos sacaban leña jocosa. Se refundía en el solar y la bolsita triste en que traía sus mentirosas cenizas, que no eran las suyas propias porque las suyas propias se las había Tía untado en la cara en pos de la juventud, empezó a pudrirse poco a poco: primero un rotito, luego otro rotito, después un roto, dos, tres rotos y las cenizas se escurrían a través dellos hasta desaparecer por completo. Y la bolsita triste y raída por el tiempo y la desesperanza, tres días después también desapareció en el aire. Pobre remedo de fantasma: si sus colegas por azar se lo encontrasen en su convención anual, le darían en la jeta por huevón. Vivía disminuido, contrito, tímido, inseguro e inapetente. Enflaque y encaneció. Este hazmerreír invisible, pero derrotado y visible por todo aquel que pagara para poder burlarse de él, decidió exhibir las mismas bazas que sus rivales jugaban: empezó a fingir indiferencia, a soportar estoico las andanadas de alevosías que le tiraban las dos vejetas hermanas a su paso y a no parpadear si le sacaban la madre, la piedra o la lengua, pero cuando un huésped disfrazado de maniquí borracho lo agredió de continuo durante nueve atardeceres con chorros de agua fría y súbita a través de la manguera a presión de última generación y le ocasionó una gripa que casi deviene en neumonía mortal, decidió una noche de pocas estrellas ofrecer el último canto del cisne, frentear cara a cara a doña Tulia y pedirle que por favor y para que él pudiera retirarse a descansar tranquilo sus antepenúltimos días escondido entre la leña del solar, hablase con quien fuese necesario para obtener un maniquí igual a él, que lo reemplazara como blanco de las jugarretas en su contra. Doña Tulia, escondiendo como pudo su atonitez, le dijo que lo veía muy difícil, pero que lo pensaría. Ayer, en 2.011, no se conocía aún respuesta a su descabellada petición, el temeroso payaso fantasmal sufre ahora de insomnio perenne y es la hermana menor de doña Sixta quien le ofrece, mezcladas con sonrisas guasonas, tisanas de borrachero para que desgaje o descabece de vez en cuando una siesta que le devuelva entera e invicta la fantasmagoridez perdida frente a Tía.

 

Doña Tulia, el 7 de febrero de 2.012, compra un cuarto maniquí masculino de cuerpo entero, manda traer un experto en maquillaje de payasos y le pide que convierta esta nueva adquisición en un doble exacto del fantasma, tal como según ella y Tía se lo describen con minuciosidad rayana en la crueldad. El problema -jocoso- reside en que ahora el hazmerreír no aparece por parte alguna, aunque sus pasos se presienten sobre los atados de la leña seca en el solar, cuando las nubes cubren la luna y una nerviosa obscuridad lo ampara. Se murmura que el fantasmín sabe muy bien y muy mal las burlas que le esperan si se deja atrapar por las manos, pupilas y retinas de los huéspedes.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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