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 ReVista OjOs.com     NOVIEMBRE DE 2012

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

EL CUCARACHO  (1.958)

 

 

Para Gustavo Sorzano Bautista

 

 

No es un axioma el que la totalidad de los huéspedes del Hotel De Siempre, o de otros hoteles, así se respeten o no, utilicen las alcobas como si fueran las propias de sus hogares en lo referido al cumplimiento de las necesidades vitales para sobrevivir raspando, como son el dormir, mear, eructar, comer, reír, soñar, peer, mirarse en el espejo, ducharse y afeitarse, defecar, vestirse y desvestirse. No, ni crédulos ingenuos que fuésemos es un axioma. Y existe un cucaracho que lo demostrará.

 

En los postreros días de noviembre de 1.958, y desde el barrio Caballito, en mis Buenos Aires queridos, Argentina, llegó al hotel de la viuda doña Sixta Tulia, desentrenado, en pos de dólares y de hacer su agosto en un mes diferente, el equipo Ferrocarril Oeste. Roma; Cúcaro y Alonso; Salas, De Vita y Mogaduro; Fox, Juárez, Galvanesse, Linares y Garabal, más los suplentes, conformaban el onceno asentado en el campo de juego según el nostálgico planteamiento inglés del 2-3-5,  sistema que hoy por hoy los teóricos mantecos desechan de las gramas de los estadios por obsoleto, débil y descuidado en la defensa del pórtico y su cancerbero. Eran, en fermoso y sensual total, veintisiete argentinazos de pura y genial racamandaca, todos por supuestísimo guapos, guapísimos para el deseoso de experimentar pero introvertido entorno femenino local y pacato. A Tía, ya atacada sin saberlo ella por la diabetes mellitus, le correspondió en suertudo turno el lavar la ropa deportiva exterior e interior de los viriles y rudos jugadores. Ella, con las prendas frente a sus ojos negros se sonrojaba ora de la vergüenza cobarde ora de la curiosidad malsana y ora por soñar despierta y de pie que dormida en su cama los besaba cuando llegaban a sus manos los sudados suspensorios de estos cracks musculosos y dotadísimos de tantos apéndices colgantes y gruesos. Se quedaba lela mirándolos, sopesándolos y oliéndolos. Jacinto, su sobrinillo preferido, a la sazón de doce años, la miraba sorprendido y a su madre le preguntaba por qué Tía parecía flotar, sonreír con los ojos y suspirar por todos y cada uno de sus orificios corporales. Doña Tulia no le respondía monosílaba alguna, apenas si parpadeaba y en remolino giraba sobre su sien el índice. Dos veces en tres días, una agradable después del liviano entrenamiento y otra, más agradable aún, luego de finalizado el partido, que más pareció picado de barrio, hubo de lavar los uniformes del Ferrocarril Oeste en la pileta donde también nadaban en su fondo hondo los pejes sapos que su sobrinillo repillo desayunaba en chinguas substanciosas todas las mañanas, así que por sus manos, sus narices y diríase que por todo el cuerpo entero y virgen, tal su arrobamiento, pasaron, entre muchas otras prendas, treinta y seis implementos llamados aquí y allá suspensorios, elásticos bolsos, primos paternos de los calzoncillos, que guardan, resguardan y protegen de patadas las gónadas argentinas y gauchas de las pampas, quizás, pensaba Tía, más tiernas, dinámicas y peluditas que las colombobianas. Y cuando los oía hablar, cantar y reír, los pabellones de sus orejas se agitaban como veletas enamoradas de los vientos que vienen del sur con otros aromas arrobadores y malevos. ¡Qué acento tan acariciante tienen sus palabras, me ponen la piel arrozuda de gallina culeca!, osaba pensar, mientras bajo la ducha y sobre y entre las pompas del jabón se friccionaba las piernas y sus cercanías lampiñas y si yo, ojalá, pariera mujeres, le diría al más bello dellos ché, embarazame las hijas, mejorame la raza.

 

Pero, ¡qué pero tan cruel!, para rabieta y pataleta de Tía y de sus íntimas ansias, el equipazo del Ferrocarril Oeste con sus magníficos exponentes masculinos volteó el eximio rabo para el europeizado sur y regresó vestido de verde y blanco a la balompédica Argentina de don Dieguito Armandito Maradona, ¿el diosito?.

 

Jacinto no recuerda, en este 2.012, el marcador del encuentro, apenas si que Américo José Montanini, la bordadora y también, cuando aceleraba con el esférico en los guayos, la podadora, anotó el golazo de nuestro equipito local y canario, parece que de volea y de chiripa, vueltas hoy leyenda por los periodistas deportivos de la Retaguardia Liberal.

 

Sin embargo y no obstante su retorno a la patria del tango, la milonga, Borges y Roberto Arlt, hubo un consuelo, un recuerdo que prolongó la activa y atractiva presencia de los más guapos y viriles del continente, sobre todo en  la enfebrecida mente demente de Tía: de uno de los baúles del utilero de los broncíneos arquetipos de la masculinidad hecha verdad de a puño se escaparon tres o cuatro cucarachas nacidas en el país de la yerba mate (y del mate pastor y del jaque mate cuando don Oscar Roberto Panno jugaba el ajedrez de maravilla, como casi todo lo que esos divinos hacen). Y Tía,  quien las vio huir raudas rumbo al Barrio Obrero, la cocina y la despensa, por más que las correteó, alcanzarlas, atraparlas y matarlas no pudo. Aparte de la diabetes mellitus tenía principios irreversibles de artritis, pero ella ni lo sospechaba. Con el tiempo los pendejos animalejos se reprodujeron en masa y en proporción casi geométrica. Eran distintas de las cucarachas nacioanales, más grandes, veloces y resistentes. En su fallida persecución inicial Tía alcanzó a atizarle con la punta de su uña un imperfecto cuche en la parte inferior y trasera del ala derecha a la más grande, arrancándole un trozo pequeño que la volvió en adelante reconocible. Tía, en vez de perseguirla y acosarla, puesto que estaba herida, optó por atraerla con viejos y fungosos mendrugos de pan Trillos con vendaje. Se hicieron amigos y no amigas, porque el animalejo era macho protomacho, un arrecho y estupendo cucaracho bello, gaucho y argentino.

 

Como las cucarachas son prolíficas y ninfómanas, su elevado número se volvió un problema de marca mayor y de difícil y ardua solución. Semejando ser hordas mongolas, en tropel invaden cocina, despensa, lavaderos, algunas alcobas del Barrio Obrero, cloacas, sifones, desagües, bodegas, albañales, orinales, resquicios y alcantarillas.

 

Intentan penetrar al solar, pero las aves todas de corral y corto vuelo, gallos y gallinas, patas y patos pequeñeses, el alcaraván llanero y pavos y pavas les hacen frente común, les plantan batalla y las masacran y devoran a picotazos. Deciden entonces, después de esta aleccionadora derrota mortal y moral, no volver nunca por allá ni de cortés visita y se concentran en apropiarse de la espartana alcobilla de Tía. Es una mayúscula invasión, una plaga que se extiende por trillones, la peor horda que se recuerde en el Hotel De Siempre. Doña Sixta, Tía y la mayoría  de los empleados, en pos de exterminarlas o ahuyentarlas, incitan a los cucaracheros que merodean y visitan el solar para que les hagan la cacería, pero esta variedad argentina es muy belicosa y demasiado grande para sus picos. Trapean y cepillan el piso con agua y amoníaco y luego botan la mezcla residual cañerías abajo. Nada.

 

Hacen un mazacote de viejo pan Trillos con vendaje y bórax pulverizado. Tampoco, antes, por lo contrario, se  albiriscan, follan, preñan y procrean más bebés. Optan, ya muy poco convencidos de alcanzar el éxito, por asperjar sus dominios con agua, laurel, semillas de cerezo, bicarbonato de sodio sobre hojas de lechuga, ojalá batavia, y con minúsculos granitos de azufre que esparcen por sus rutas y vías de escape. Nada de nada. Doña Tulia, afanada porque las murmuraciones de sus clientes se han convertido en amenazas de retiro, acude al señor monsieur Larousse en busca de ayuda. Su erudito amigo, sin pausas, le dice y  explica que las cucarachas son insectos de metamorfosis gradual, paren ochocientas crías anuales, viven quince meses en caños, drenajes, alcantarillas, sifones y desaguaderos, son astutas, inteligentes, noctámbulas, mordedoras, masticadoras, ninfómanas, antiquísimas, torpes voladoras, obsesas sexuales, prolíficas, indestructibles, regurgitadoras y en extremo nauseabundas. Y lo peor, esta variedad argentina que se está tomando por asalto impune el Hotel De Siempre vive por lo menos durante tres años.

 

En la cúspide del desespero y acicateada por su hermana mayor, doña Tulia, quien le pide que aproveche su amistad con el cucaracho jefe para detener esta explosión demográfica que puede llevar a la quiebra al hotel y a la mierda a su familia toda, Tía, quien ha engordado al cucaracho no solo a punta de mendrugos viejos de pan Trillos con vendaje cuanto con tortas y ponqués, busca a su amigo, lo encuentra encaramado y feliz encima de una cucaracha adolescente, lo baja de un papirotazo, lo atrapa en el cuenco de su mano, se  hinca de rodillas y luego, con el rosario en la otra mano amenazante, le suplica y después le ordena que convenza a sus ejércitos de que se marchen todos para el Hotel Granada, sito, para fortuna, en la esquina más cercana hacia el oriente y que si él así lo desea pueden concertar una cita diaria en esa misma esquina para seguir viéndose de noche las caras y comer más mendrugos de pan Trillos con vendaje, tortas y ponqués revenidos y ya viejos. Su amigo, que ya empieza a encapricharse y tal vez a enamorarse de Tía, acepta el traslado al hotel de la competencia y la esquinera cita. Ella, dudosa, se preguntaba si el ortóptero argentino la aceptaba por el pan Trillos con vendaje o por el suyo sin él. Pareciese que lo primero, porque el ortóptero pasaba con ella la noche en su alcoba y dormía sin roncar bajo la mica esmaltada. En una tímida noche sin luna ni lluvia, Tía, con una lámpara Coleman detiene el escaso tráfico mientras el obediente cucaracho arma sus batallones de diez en fondo y les pasa revista: son seis mil veintinueve adultos y cinco mil ochenta y tres menores de edad que se demoran trece minutos y medio para huir del Hotel De Siempre y penetrar al Granada. Si doña Tulia se dio cuenta de esta grata huída, nadie lo supo.

 

Se sabe, sí, que le dio a Tía las gracias y quinientos pesos oropel en efectivo. La dispareja pareja se vio las caras y se adivinó las almas dos o tres veces, hasta cuando, cerca de las veinte horas y media, un retrasado y afanado armatoste que cubría la ruta a los barrios Chapinero y San Mateo, con sus tres ruedas derechas, una delantera y dos traseras, a mansalva lo atropella sin culpa alguna, volviéndolo paupérrimo puré puro de cucaracho. Tía, sin llorar ni media gota seca, le guardó luto riguroso por diez días, medioluto cinco, después lo olvidó del todo y se concentró de todas cuatro en su rosario imbécil e inútil. Si Jacinto o su madre le preguntan al respecto, Tía sonríe con sus satisfechas encías, no dice pío ni esta boca es mía, arrobada como está por el argentino recuerdo de lo que pudo haber sido y por suerte buena o mala no fue. Quienes hablan con ella y se jactan de ser psicólogos de burda pacotilla aseveran que no le quedan nostálgicos rastros ni recuerdos de gónadas bonaerenses, sean humanas u ortópteras.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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