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COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

ESCOCESA (1.945-1.959)

 

Para ella, su hija Alejandra y su madre Beatrice “Betty” Orange.



Jeanette McCormick-Orange, nacida sin partera, como yo, en 23rd. Chameleon Road, Dunnet Head, norte de Escocia, cerca de morsas y acantilados, allá en el 1.924, y por tanto contemporánea muy cercana de mamá, antropóloga summa cum laude, librepensadora y sin que supiéramos cómo ni cuándo, millonaria, ella, pelirroja digo, después de superar y soportar sangres, angustias, vicisitudes aéreas y penurias de la segunda guerra mundial, el 29 de octubre de 1.945 llegó, con sus veintiún años -ya cumplidos, apagadas las velitas y partida la torta- a cuestas, por vez primera a mi tierra, Bucaramangracia y por supuesto, al Hotel De Siempre fue a caer con bucles de rojo magenta rojo, ebúrnea dentadura sin empastes ni calzas, bolsa repleta de libras esterlinas, chelines y peniques, maleta con libros de consulta, morral de lápices de colores, después supimos que escribía con ellos alternándolos, como si quisiera meter el arco iris o la descomposición de la luz a través de un prisma en sus notas y cuadernillos de pasta dura y papel liviano y por si poco fuera y no bastare, su caja craneana atiborrada hasta el tope de curiosidad antropoilógica. Como yo no había nacido entonces, faltaba un año no bisiesto para ello, mi madre solo me puso al tanto de todos estos detalles cuando tuve uso de sinrazón sin darme cuenta.

 

-De ahí en adelante, defiéndase solito-, me advirtió.

 

Desde cuando ella llegó a nuestro hotel, de inmediato se aficionó sin freno ni medida a los circos colombobianos, que venían una vez por año, pintorescos y muy distintos de los escoceses que solía ver en su campestre adolescencia y quizás en su bucólica infancia, cuando, para soportar en pie los ventarrones que venían desde los acantilados, se llenaba los bolsillos todos del sobretodo con piedras y lajas como lastre.

 

Durante los trece años y piquito que pasó viviendo de continuo en el Hotel De Siempre, pagando de fin de mes a fin de mes en sólidas libras esterlinas, chelines y peniques que madre nunca cambalacheó por monedas y billetes colombobianos aún conservados en el baúl de sus recuerdos, toda una fortuna hoy en día y noche, pude enterarme, a través de relatos maternos al principio y luego con mis propios ojos, de que cuando llegaba un circo a mi tierra, ella para allá se iba, se ofrecía como voluntaria involuntaria cuando era menester que alguien del público, ella en primera fila, pasara a la pista central y sirviera de comparsa para participar en y de los trucos. En la punta airosa de su boquita dulce de grana, apetitosa y muy fermosa, y que ya balbuceaba el español, en especial las groserías, y segregaba salivas nativo escocesas, le metieron cuatro bayas sabrosas, frescas y silvestres para que un no hirsuto y sí alopécico oso pardo de la península de Kamchatka (mentiras puras del propietario de circo), atontado por el cautiverio en tierra ajena y por la misantropía obligada, hiciera el oso y permitiera el que ella, mientras le hacía fieros, se las tragara sin herirla ni mancharla para impedírselo. No  pestañeaba ninguno de los dos participantes, mujer y plantígrado.

 

También, en una jaula a punto de venirse a pique abajo, la encerraron solitaria junto a un gigantesco y no  dantesco león de peluche, el domador le vendó los ojos verdes, primos cromáticos de la clorofila por su color, sacó a rastras rudas la fiera de juguete, le pidió calma en inglés californiano, que no se moviera, trajo de recambio un leve, melenudo y solterón león africano de los verdaderos y crueles y acto seguido le quitó el pañuelo, que guardó doblado en un bolsillo. Ella, muy puesta en flemática razón, al verse cara a cara y frente al felino, permaneció inmóvil, sonrió y el aplauso brindado fue tan estruendoso que hasta lo escuchó el oso.

 

Pero el truco que más la entusiasmó, hasta el punto aparte de no volver a enfrentar osos negros ni leones color miel, fue el permitir que la embutieran acostada boca arriba y cruzada de brazos entre una raída caja rectangular y paralelepípeda para ser cortada por la cintura, que todos nosotros queríamos rozar, en dos exactas mitades con una sierra manual operada por el ayudante del ilusionista.

 

Trece veces en trece años fue partida en dos de tal modo. A partir de 1.948 o 1.949, atracción que era, no le volvieron a cobrar el boleto de entrada a primera fila ni los consumos de maíz crispeta y limonadas de panela.

 

Hacía dieta para no engordar y perder así la azarosa oportunidad de enfrentarse a, con y contra la muerte.

 

Cuando se enfermaba, dos o tres veces no más, de gripa o de diarrea, mi madre iba a su alcoba, que era espartana y somera, la cuidaba, mimaba e instaba a que bebiera los santos remedios para evitarle los santos óleos, por si muriese. Doña Sixta Tulia le aconsejó tragar sábila todos los días, ella acató la sugerencia pero cambió el tragarla por chuparla durante diez horas continuas para que el efecto benefactor partiese desde el cráneo y no desde el estómago y a partir de entonces Jeanette expulsó lagañas, mucosidades nasales, flemas y ceras y permaneció sana de salud, que no de costumbres, hasta cuando murió chupando zábila. Fue así como la en ese entonces amante de mi padre, mientras la cuidaba, pudo ver que una cicatriz imperceptible, en vuelta  redonda le rodeaba la envidiada cintura toda, como si de una culebrilla, alias herpes zoster, se tratara. Debe ser que los dientes de la sierra le rozan su epidermis y aunque la marca era cada vez más notoria y menos rosada, no se preocupó por ello. Si no le para bolas ella, ¿por qué he de pararlas yo, que no tengo velas en este entierro? Mejor hubiera sido el que se las parara, escribo yo de lambón. Y pronto, en doce minutos de sesenta y nueve segundos, leeremos el porqué de mi opinión.

 

En efecto, avisada y alertada que fue por doña Sixta Tulia, la picante escocesa se despojó de la blusa, el oxígeno del aire  y el calor de los rayos solares se erizaron cuando vieron el contorno de sus senos, se paró frente al espejo y dijo no ver nada. Pero a medida que el presente taimado huía del pasado y tendía hacia el futuro y las hojas de los calendarios caían noche tras noche al piso, la delatora matadura se visibilizaba más, hasta cuando cinco meses después, y porque el espejo se lo dijo sin palabras, en un sábado cobarde que no quería despuntar en compañía del astro rey, ella llamó a doña Tulia y sin sorpresa aparente le dijo que sí, pero que como no renunciaría a meterse en el cajón para que le dieran serrucho hasta en dos porciones exactas partirla, no pensaba hacer nada para evitar su aumento. Pero madre acabó por preocuparse y se dio a la samaritana labor gratuita de frotar la cicatriz con panela negra rayada y emplastos de caléndula y le daba a beber en ayunas agua de llantén con papaya en polvo. De poco sirvió, la cicatriz era obcecada y no daba señales de querer marcharse. La McCormick-Orange, aburrida con tanta preguntadera al respecto, optó por utilizar un ceñido vestido de baño enterizo, de una sola pieza, tal y como quedaban quienes la miraban entrar y salir del agua con la mirada oblicua propia de los alfiles cuando en diagonal izquierda se resbalan de soslayo sobre su ruta negra. O blanca. Pero dormía desnuda y libre, como era muy de esperarse en una fémina de su calibre desbocado.

 

Despacio y entre muy pocos chismosos corría el rumor callejero y mendaz de que ella tenía en torno a su cintura de concurso nacioanal de la belleza una espantosa matadura envolvente que no se la había ganado gratis con el truco circense sino en los continuos juegos amatorios y salvajes que con sus tres amantes, y con los otros muchos que las malas fes y leches de los envidiosos suponían, mantenía en efervescencia y calor a punta de sádicos latigazos y fuetazos masoquistas. Mentiras totales las de esos degenerados taqueados de envidias y erecciones, aseguraba una doña Tulia muy severa. Era posible, concedía, el que a veces se desbocara y sadismo y masoquismo la atropellasen en las más tórridas noches de pasión desenfrenada y casi animal, pero, elucubraba ella con geométrica precisión, latigazos, fuetazos y correazos deberían ser muy certeros para dar siempre en el mismo blanco de su ceñido talle. Y la escasa posibilidad, remotísima, de que suertudos curiosos de sopetón fortuito la viesen bañarse desnuda en el agua esbelta de nuestros ríos no cabe por ninguna puerta pues por todos nosotros es sabido que la escocesa, muy ducha sobre los pedales de la Raleigh, no permitía el que los hombres ansiosos la siguiesen, la viesen despojarse como gata perezosa de sus atuendos deportivos y ceñidos y lanzarse después como quién sabe quién la trajo desnuda a este mundo a retozar en quebradas, ríos y riachuelos.

 

En los intervalos del truco anual, viajaba en bus, o pidiendo aventones con el pulgar derecho horizontal, a Zapatoca, Barichara, Villa Nueva, Guane, Girón, Pie de la Cuesta, El Hato, Betulia, Florida la Blanca, San Gil, El Socorro, Pamplona, Aratoca, Curití, Charalá, Oiba, Lebrija, Cabrera, Mogotes y otras poblaciones vecinas que mi madre nunca supo y así se relacionaba con los lugareños, oía sus cuitas, escuchaba sus canciones, aprendía bailes andinos, mecía y acariciaba sus bebés, compartía dolores mutuos y respiraba el agrio aroma de los sudores. Y escribía con sus lapices de colores por las noches dos horas diarias. Dellos aprendió cómo curar erisipelas frotando sapos vivos contra muslos enfermos, aliviar dolores menstruales y destruir hipos y urticarias y también cómo acariciar, sin quebrarlos ni fastidiarlos, pedúnculos y estambres y también cómo diferenciar la casi desconocida flor del café, verdosa pálida, del multicolor jazmín que huele como ella.  Se los echó al bolsillo y ellos  al corazón. Compartía palabras, alimentos, sueños y carcajadas con los campesinos del lugar, les ayudaba a sembrar y cosechar a tiempo y según los vaivenes de la luna y a los niños -barrigones- con paciencia les enseñaba en inglés los números hasta veinte, canciones infantiles escocesas, trabalenguas para adultos no tartajos y adivinanzas locas para inteligentes. Con avidez comía cuchuco de maíz o trigo y bailaba, danzaba no, el chucuchucu de esos tiempos añejos sin equivocar los pasos ni pisotear parejos. Se bañaba desnuda en el agua esbelta de los ríos juveniles de entonces y al emerger pelirroja, audaz, rotunda, desbordante, sensual y blanquísima, rodeada de su propio rocío microscópico, una sensación reconfortante y contenta, como la alegría que vive en los extremos de las plumas de las aves que nos producen cosquillas en axilas y plantas de los pies, la embargaba de ¡oh júbilo inmortal!, ignorando, pero por poco tiempo, que ya lo tendrá todo muy claro luego, que en surcos de dolores el bien no germina ya en mi patria. Aprendió con gimnástica y fantástica facilidad los bailes autóctonos y con el correr del calendario hacia adelante, en pos de la eternidad que no tiene fin ni por supuesto principio, paso a paso, nota a nota, fusa tras fusa, olvidó la música de gaitas escocesas que en ruidosos discos de setenta y ocho revoluciones por minuto había traído consigo, para paliar la nostalgia, creía ella.

 

Fue tan hondo e íntimo, tan absoluto y frecuente su contacto con los naturales de mi tierra, que, en larga noche de confesiones e intimidades con doña Sixta, le dijo, muy convencida y convincente, que el santandereano del sur es el pueblo con mayor porcentaje de sangre europea en toda Colombobia. Pues no me jacto dello, respondió mi madre.

 

Muy pronto, tal vez, suponemos, cuando por decisión propia o porque se le acabó y no quiso comprar más, dejó de usar el maquillaje y sus mentiras verdaderas teñidas de verdades mentirosas. No más nunca pestañina, sombra, labial, polvos, talco facial, cremas humectantes y exfoliantes, que ya las debía haber en las Europas, endurecedor de uñas, lápiz para cejas, colirio para aclarar miradas ni demás artificios o trampas cosméticas caza bobos. Se cuidaba el cutis con pencas tiernas de áloe para que los años no lo mellasen y siempre extraía sus mocos frente al espejo, donde, frente, en cuya superficie, por el opuesto, nunca se maquillaba. No obstante, era tan bella, diferente y espontánea que la madre mía muy seriamente llegó a temer el que mi padre, sobre todo después de que indios bari-motilones, allá por las tierras del Catatumbo y con daga de obsidiana, le cortaran en dos la punta de la lengua hasta semejar la de un ofidio venenoso y minetero, le pusiera con ella los cuernos, pero la McCormick-Orange y su melena rojo magenta trajeron tranquilidad cuando, preguntadas al respecto, contestaron que si el viejo ese barrigón se ofrecía a llevarlas de paseo en el Packard o las requebraba a pie, ellas, de inmediato y como respuesta en contra ataque, le darían en las güevas un patadón rudo de los usuales en el rugby. Y aunque el viejo de mi padre lo pensó dos o tres veces, se contuvo, porque intuyó que tenía las de perder.

 

Vade retro, Satanasa, decía borracho cuando el falo se le ponía tieso y rectilíneo como destornillador o como atornillador, según el caso fuere, aunque no tan delgado, no faltaba más y trataba de reír, pero se quedaba en muecas y en amagues. Sin embargo, cuando padre, chuchumeco, mequetrefe y jorobado, murió, ella, toda de severo luto hasta los pies vestida y taciturna su belleza, lo acompañó al camposanto y en español lloró con madre por él, que se quiso hacer el inglés con ella, fue además, en compañía de Tía y su rosario, la partera de mi madre cuando mis dos hermanitiquitiquiticas nacieron, para acabarla de embarrar, con sus sendos cuatro pies por delante, le limpiaba con esmero y gotas de caléndula los pezones después de lactar a las recién nacidas y le aconsejaba que con la leche sobrante de sus senos le aclarara el café del desayuno a don Pedro y lograr así que él se desposara con ella. Razón tuvo, ¡y cómo!, la McCormick-Orange.

 

Tía le decía a su hermana mayor que esa alazana casquivana y descarada era mala junta y que siempre tenía un convoy de aspirantes a machucantes a la pata y mi madre ripostaba que más malas juntas eran la bendita rezadera del rosario della y su patética envidia sexual.

 

Y pues claro que tuvo amantes. Tres, todos mestizos fornidos y morenos perlados. Pero no se comprometía ni les daba esperanzas ni peniques o chelines. Orgasmos sí, y a rodos. Los nórdicos que trabajaban bajo nuestro tórrido y hórrido sol para la Morrinson-Knudsen también le soltaban y aupaban los lebreles del acoso porque la veían muy parecida a ellos desde la epidermis hasta el color de las pupilas. Pero ella, como si nada. Por eso, por atraer como imán o remolino al sexo opuesto, el femenino entorno envidioso de reojo la miraba y en voz baja le escupía críticas. Pero nadie la cuestionó de frente, de espaldas sí. Mi madre la defendía en vano: seguían mal hablando della aun después de muerta, enterrada y podrida. Jeanette es de tierna carne rosada y hueso duro de roer, no de ladrillo a la vista ni de adobe pisado en los chircales ni de cemento armado u hormigón prensado, así  ue a palabras sordas, oídos necios, decía sonriendo de para adentro y de para atrás, como hacen los ladinos y tal y como se derrite una vela, calentándola, así mismo se derretía ella, la escocesa, calentada, en sus copiosos orgasmos.

 

Murmuraban también los desocupados chismosos, parados o mal acomodados en esquinas y portales, fumándose un chicote de tabaco negro, que antes de que pasaran dos años de estar viviendo aquí, ella ya tenía su cultivo particular, privado y clandestino de maracachafa en un recodo poco visitado del parque Bolívar que regaba con agua llovida y seco disimulo por las noches, cuando la autoridad dormía o dormitaba, soñando en colores con sobornos, sobornaciones y sobornamientos. No se sabe si ello era verdad o mentira porque en esos tiempos añejos que no volverán nadie aquí sabía ni sospechaba de la existencia benefactora de esas dos cannabis ni del cáñamo de la India y con seguridad persona alguna la consumía y tampoco los periódicos o las radiodifusoras cobardes osaban desenmascarar los chanchullos popólicíacos. Posible es el que sí fumara la tal yerba bendita, porque a veces su comportamiento era errático, su caminar lento, levitar parecía, miraba y veía lo invisible y, por si poco fuera, se reía de cualquier cosa que a nadie en mi terruño haría reír, ni siquiera sonreír. Y las pupilas de sus ojos de violeta se teñían, colirios debía usar, polarizados espejuelos oscuros acaballar sobre su respingado puente nasal que escasos y limpios mocos segregaba y hablar con la gente de lejitos, mientras mascaba gajos de canela y clavos de olor. Y hambrienta se tornaba, mejor dormía, la paciencia no perdía y sus tenues ventosidades fluían silenciosas, alegres e inodoras, así repollo maduro engullese en ensaladas.

 

-Para mí tengo que sí fuma de esa joda, pero mientras no le ofrezca a mi esposo, me importa un rábano, allá ella, son sus pulmones y no los míos-, la defendía mi madre bonachona, pero en realidad de verdad, o quizás en ficción de mentira, queriendo defender a mi padre, quien no quería que nadie lo defendiera.

 

En 1.949, yo a bordo sin brújula de mis tres años de edad, escondida en la bodega de un carguero portugués de  triple chimenea, dos hélices tripalas y tripulación mozambiqueña y después de atravesar a toda máquina las borrascas del Atlántico, el triángulo de Las Bermudas, tan traicionero y magnético, el mar de los Sargazos con sus calmas chichas y el mar Caribe que ya empezaba a soportar turistas, de atracar en los muelles carcomidos por el salitre de Barranquilla, Atlántico, y de cruzar casi medio país en ferrocarril hasta la estación del Café Madrid, en las cercanías de mi tierra, embutida en huacal de cedro escocés llegó al Hotel De Siempre una flamante, pesada y sin estrenar bicicleta, velocípedo la llamaba ella, Raleigh original inglesa de doble plato, piñón con cinco velocidades, una dínamo que se cargaba al rozar el borde de la llanta trasera en movimiento, faros atrás y adelante, sendas y parpadeantes luces rojas en popa y proa, abullonado sillín para sus apetitosas posaderas, inflador manual, varilla movediza para parqueo instantáneo en cualquier parte, andén o parapeto, parrilla posterior, canasta delantera, bocina de apretar a mano, guardafangos, llantas pantaneras, rectos manubrios horizontales, frenos trasero y delantero y espejillo retrovisor. En el único taller artesanal para ciclas, triciclos y monociclos, hizo desmontar todos los implementos que ella consideró necesarios y suficientes para alivianar el peso del velocípedo y alcanzar mejores rendimientos y una vez dados de baja, como pago en especie se los entregó al mecánico ciclístico.

 

-Aquí tiene los vueltos, señora-, dijo el sorprendido agradecido.

 

-Señorita, y quédese con ellos-,

 

contestó sin fastidio.

 

Acaballada sobre el sillín mullido, en bermudas que ceñían sus longas piernas, tal vez -ojalá- el busto sin sostén,  punzantes los pezones, boina de paño inglés o sombrero de paja nacioanal, barboquejo de seda china del gusano de seda de quién sabe dónde, pero no de aquí, y lentes oscuros importados de Chelsea, se dio a la deportiva labor de pasear muy de mañana por todos los vericuetos de la ciudad, hasta cuando no hubo sitio que no visitara ni recoveco que no conociera ni pinchazo que no soportara ni curva mal peraltada que no evitara ni bache que no presintiera y eludiera, aunque a veces, varias veces, enmarihuanada, decían, se caía y se golpeaba y se raspaba y queriendo hablar no hablaba. Pero sí que maldecía, y harto, ora en su lenguaje vernáculo, nieto del bretón e hijo del gaélico, ora en español no castizo ni mucho menos castellano. Los chiquillos descalzos en grupillos semi empelotos y escandalosos la seguían felices en fila recta e india, le gritaban hurras numerosas, le brindaban aplausos estruendosos y le ofrecían mandarinas substanciosas que luego ella y su melena roja entregaban a mi  madre para que con ellas exprimidas a mano enguantada hiciera jugos de todos los tamaños para los comen sales de todos los tamaños, sedes y apetitos. Cuando ya no hubo más lugares qué descubrir ni visitar, se atrevió a pedalear por los extramuros, hasta cuando se le vio llegar sin esfuerzo a Girón, Florida la Blanca y El Pie de la Cuesta, no acezante y sudando poco. También trepaba hasta los Lagos del Cacique -¿de cuál cacique?-, el Pan de Azúcar, el Palo del Negro y el Morro del Rico. Poco a poco aventurose hasta Lebrija y Río Negro. Era increíble. Huele tan rico su sudor, tímidos y desnudos le susurraban los tres amantes que tuvo conocidos, porque la mala leche de la mala gente aseguraba en corrillos que desconocidos y ocasionales también hubo de llevar al lecho, pero no al lecho bajo el techo del Hotel De Siempre, que de hecho, mi madre no lo permitiría.

 

Sin que ella misma, creo yo, supiera cómo, al cabo de seis meses de incesante pedaleo y en largas jornadas de hasta ocho horas llegó exhausta a Aratoca, alborotando a sus moradores y más tarde al Socorro, San Gil, Curití y Oiba, en donde nadie creía lo que veía. ¡Qué vieja tan arrecha!, con envidia y ganas gritaban nuestros machos, quienes no aguantarían ni una hora encaramados en la bicicleta ni menos media trepados sobre el cuerpo tentador, y no tentado por ellos, de la antropóloga escocesa.

 

Gluteus maximus, la piropeó un austero profesor de latín antiguo e inservible que iba con portacomidas por almuerzos dominicales al comedor del Hotel De Siempre en viéndola abandonar el recinto enfundada en su enterizo azul obscuro de licra pecadora rumbo al delgado corredor de los pensamientos inconfesables.

 

La geografía bizarra del Cañón de la Chica Mocha casi le causa un súbito patatús paralizante: jamás había visto antes, ni vería después, manifestacción tan rocosa, erosionada y poderosa de la naturaleza.  Y los cactus la arrobaban y el rumor del  río la sedaba y con más veras fumaba marihuana y bebía té McCormick y no se explicaba cómo se podía vivir en Umpalá y Cepitá sin perecer asados por el sol o ahogados bajo el sudor.

 

También trepaba a Cuesta Boba, La Nevera, Berlín, no Alemania del Este, y la villa de Pamplona, pero poco: el frío no le agradaba: ya lo había soportado allá en su patria, mucho en otoño e invierno, algo en primavera y poco en verano y no añoraba el castañeo de sus dientes ni la sobreprotección de las cobijas que aquí por ruanas boyacenses trocó. Prefería sentir la caricia del sudor recorrer en bajada su mapamundi corporal hasta desaparecer a cuentagotas por las uñas inferiores sin esmalte, el polo sur de su anatomía.

 

Sus piernas carentes de venas várices se solidificaron, los sin estrías muslos se aceraron, aplanósele más aún el vientre imbarazable y sus rotundas nalgas y sus pecas, que las mirábamos con lujuria, de redondas que eran pasaron con sabrosura a redondísimas.

 

Quisiera ser el sillín colombobiano de su bicicleta inglesa, más de un lelo, con las manos en el bolsillo acariciando escroto y vecindades y sospechando -deseando- eyaculaciones, decía al verla pasar rauda, de pie sobre los pedales, flotando en su propia belleza pecosa y alazanada. Muchos machos varones que parecían mochos se le pusieron al corte y a la pata y pretendieron acompañarla en sus largas travesías, pero ella les decía que no y si insistían se erguía esbelta sobre los pedales como palmera de oasis en los  desiertos, aceleraba y les dejaba regados, viendo burlones chisperos ajenos que acompañan derrotas propias.

 

Los ricachos más ricos, pero no sabrosos, de mi tierra cuna, apoltronados cómodos con sus esposas o amantes en coches norteamericanos de cuatro puertas y asientos repujados en cueros finos, conducidos por choferes de  antiparras y guantes de cabritilla sobre la cabrilla, solían encontrársela de sopetón y de atardecer y la saludaban de mano y de boca, pretendiendo ganar o atraer su amistad para llevarla luego a sus casas y clubes y exhibirla allí y allá como trofeo social traído del extranjero sin pagar los  malparidos derechos de aduana ni la nacioanalización necesaria para los artículos de importación, así fuesen humanos. Pero ella los ignoraba, con desdén les volteaba la espalda y la mitad superior y desdeñosa de sus glúteos que hasta pecas tendrían y en medio de la carretera polvorienta los dejaba con palmo y medio de narices y dos de sonrojos, a cual más abochornados y rabiosos. Frustrados y burlados, jamás la perdonarían. Hoy por hoy, muerta ella, esos mismos ricachones arribistas y sus descendientes todos (niños ricos, ¡pobres padres!) ya no respiran por la herida sino por la cicatriz que no cicatriza.

 

-Déjelos que sufran, que la envidia crece silvestre entre los ricos que viven de los pobres en estos pobres riscos para ricos-, sardonizaba irónica mi madre. La pelirroja se encogía en español de hombros, levantaba en inglés las palmas de las manos hacia el cielo y decía en español e inglés yes, yes, yes, yo comprrrenderrr y no imporrrtarrrme.

 

Hizo buenas migas de magnífico pan aliñándose con mi madre, acción no muy difícil porque, si logró amaestrar a mi padre, quien no era pera en dulce producida por olmos ni mucho menos, aunque sí mamón o mamoncillo, ¿qué no lograría con una extranjera tan tranquila y pacífica como ella?

 

A nuestra grasosa y poco graciosa gastronomía se adaptó sin contratiempos y cuando se enteró de que el té -su bebida favorita- que le escanciaba mi  madre con generosidad, limón y largueza en teteras de cerámica -traídas desde Bohemia-Moravia sin pagar impuestos por mi padre y de contrabando- por las tardes perezosas en que se intuía el ozono en las alturas privadas de las aves, pero hoy en el 2.012 privadas de aves, era contramarcado McCormick, explicó que ellos no eran sus parientes consanguíneos, así como tampoco lo eran los fabricantes de tractores y arados de la misma marca, aunque teístas y tractoristas sí pudieran serlo entre sí, afirmacción esta que sembraba dudas y despertaba discusiones, asunto que, por ser polémica extrema, le agradaba.

 

Le gustaba el ariquipe, los dulces de calostro y leche asada, las limonadas, naranjadas y mandarinadas con panela y tiras de canela, el postre beso de novia, la carne oreada, la hormiga culona, el casco de la guayaba, la sangrienta pepitoria de piscos, palomos, vacunos y caprinos, el caldo de pejes choques, las crestas asadas de gallos y piscos, los huevos cocidos de tortugas de carey y morrocoyes hembras, el algodón de azúcar, la gelatina de pata de res, los amables dulces Navas y Cadena, que la encadenaron por siempre jamás amén, las tortas de sesos y ahuyamas, las riñonadas, la sopa de chanfaina, la chicha de corozo, el guarapo de piña y el mejor ají de la comarca, aquel traído de El Socorro y que se llamaba el Ají Jueputa. Trade Mark, ironizaba en sonriente inglés Jeanette. Y cuando empezó a eructar sin sonrojos ni pañuelos cobardes y a peerse en público sin remilgos ni aromas, supimos, asimismo sin sonrojos, que ella era una más de las nuestras, así los ricachones la puteasen.

 

Cuando no salía a montar en cicla porque llovía a cántaros -perros y gatos, cats and dogs, decía ella en su lengua- o tenía la regla, la jaqueca o la pereza, solía acompañar a mi madre a la plaza del mercado central y allá sí que se divertían como enanas con el regateo, operacción comercial a la que en su patria no acudían, excepto en subastas y remates. Revoloteaban de puesto en puesto como abejas o tominejos de flor en flor chupando pólenes y néctares. Les metía el índice derecho a las frutas a fin de averiguar al tacto la madurez y cuando las venteras protestaban pagaba de inmediato en efectivo y se engullía lo violado. Le gustaba el olor a sangre fresca de la pesa y el lácteo aroma blanco de la fama. Y a los coteros que acarreaban el mercado a cuestas y en  atabras les pagaba sendas tazas de guarapo cerrero con tal de que se lo tomasen fondo blanco. Y pagaba la mitad si fondo gris.

 

El amplio solar del hotel -ni tan amplio, porque a gatas se vio para albergar un elefante adolescente, Lunes llamado- era el sitio preferido por ambas cuando querían escapar y descansar de la rutina del trabajo (el aseo es dios, el mugre el diablo, decía madre y barría que barría limpiaba que limpiaba y trapeaba que trapeaba y por ello, cuando quise ir a apoyar a mi equipillo de balompié integrado a una barra de fanáticos, ella confeccionó en la sala de costurería una bandera amarillo pollito y verde esperanza con letras mayúsculas que decían Esta es la Barra y Trapee) y del cansancio de la cicla sentadas en sendas perezosas, bajo la caricia suave de la resolana tibia.

 

Vivían en el zoo del solar gallinas, piscas, patas y patos pequineses, piscos, gallos y un solitario alcaraván de sexo indefinido, alimentados a mano limpia por mi madre con maíz amarillo, millo, ramio, arroz partido, semillas de trigo, fragmentos crudos y crocantes de pastas Gavassa, harina de alfalfa para colorear las yemas de los huevos y por madre naturaleza con hormigas, chinas de pared, grillos, ciempiés, escarabajos, cucarachas, arañas, caracolitos de agua dulce, lombrices de tierra y lagartijas. Las aves dormían y soñaban en las ramas de los árboles, en casetas de cartón, bajo cobertizos de paja y bahareque y a la intemperie que todo lo moja y lo asolea. Fornicaban en cualquier parte y a la vista de todos y todas, impúdicas y salaces. Ponían huevos donde se les diera la real y maternal gana y no nos informaban dello, desconfiadas, ladinas y marrulleras, de modo que, para capturarlos, la madre mía encerraba las aves hembras durante varias horas en el cobertizo con goteras, luego de un rato las soltaba, ellas salían despavoridas hacia y hasta sus nidos secretos y ¡eureka!, he ahí los huevos frescos. Pero las aves no eran mensas y cada día cambiaban el lugar de la postura y eran entonces guardadas de nuevo en el cobertizo con goteras, en un juego al escondite de nunca acabar, hasta cuando los galpones se fueron popularizando en aledaños y cercanías, la postura dellos se volvió una industria floreciente y no hubo ya necesidad de tales trucos.

 

-Pongamos las aves a empollar huevos trocados-, propuso a mi madre una tarde de bromas la escocesa, de seguro a horcajadas sobre la marihuana.

 

-Okey, let’s do it-, contestó mi madre, estrenando el poco inglés que Jeanette le había enseñado en las húmedas pausas de las lluvias estrepitosas de octubre, a orillas de remansos y meandros de los ríos caudalosos y bajo la vegetal sombra de los árboles frondosos.

 

Lo hicieron: para gallinas huevos de pata, para patas de pisca y para piscas de gallina. Cuando hacían eclosión y nacían los polluelos trocados, era divertido ver el desconcierto de las madres engañadas. Las gallinas perdían el tiempo, pero no la paciencia, cuando los patitos se iban a nadar a la panda pileta o a chapotear en los charcos, siguiendo su genética intuición y ellas, temiendo que se ahogaran, trataban de impedirlo en vano obstaculizándoles el paso; y las patas se desconcertaban cuando sus hijos crecían a gran velocidad, como piscos que eran y no buscaban el agua para nadar y las piscas, sorprendidas, se rascaban la cresta cuando se daban cuenta de que sus polluelos no crecían como era debido, se quedaban enanos, caminaban distinto, no marchaban como piscos, carecían de moco y eludían los gajos de árboles y arbustos en donde deberían encaramarse. En contadas ocasiones patas, piscas y gallinas se encontraban cara a cara, cresta a cresta, en sus caminatas, se miraban y para sí pensaban estos deberían ser mis hijos. Las dos mujeres, mientras reían, se palmeaban las espaldas y decía la una a la otra: es como poner mujeres a parir y criar micos y decía la otra a la una: o como poner a las micas a parir y criar humanos.

 

Un día, el domingo de ramos de 1.953, creo recordar, a mi madre se le ocurrió la disparatada idea de poner la gallina piropa, a su acertado juicio la más despierta de todas, a empollar sus propios huevos junto a los de pata y pisca y cuando le comentó a la escocesa, ella, entre carcajada y risa, le dijo, dígame, claro que yes, manos a la obra. Cuando en diferentes días por fin nacieron los polluelos, pues sus respectivos períodos de incubación no eran iguales, la gallina madre y piropa no sabía qué hacer: los patitos corrían en fila india hacia la pileta a nadar estilo libre y ella luchaba, perdiendo, para detenerlos; los pisquitos, como aumentaron muy pronto de tamaño, no la obedecían, se le escondían tras arbustos y matojos, le guiñaban los ojos y le sacaban la lengua; y los pollitos, que por supuesto deberían hacerle caso, se lo hacían omiso, retadores y envalentonados con la indisciplina de sus otros hermanos de mentiras.

 

La escocesa, quien en el Cañón de la Chica Mocha había visto gallinazos planear en las alturas del ozono y en el solar del hotel un poco más abajo, averiguó, no solo con mi madre en español sino en una enciclopedia inglesa, si era posible obtener huevos de esas aves carroñeras para que la gallina piropa, ya acostumbrada a estos truculentos menesteres, los empollara.

 

Doña Sixta Tulia le dijo en español que ni de fundas porque nadie sabía en dónde carajos los chulos tenían sus nidos y la enciclopedia en inglés le dijo que mi madre tenía razón en español. No, lástima, malhaya sea, comentó para sí en sigilo -¿alguien sabe en qué idioma?- la piropa.

 

Con ayuda de las múltiples herramientas del ebanista de la Mueblería la Rada y según diseño que trajo desde su patria, la escocesa obtuvo su propia canoa para dos personas y cuatro remos y los domingos, cuando pocos huéspedes en el Hotel De Siempre había, se largaban las dos para los Lagos del Cacique, la rubia rojiza en bicicleta y la nacida en el Socorro, Santander del Sur, a bordo del taxi Studebaker de Culo de Génova, en cuyos asiento posterior, techo y bodega, entre los tres, habían acomodado la canoa, sus cuatro remos y dos parasoles para eludir la resolana, mientras el conductor, muy prudente y retirado dellas, dormía a pierna suelta y de vez en cuando soltaba ventosidades. Remaban al alimón o dejaban el bote al pairo, mientras charlaban y se reían.

 

Jeanette de vez en cuando y mientras mi madre miraba, fumaba en pipa de agua que remplazó por ginebra, quizás de la yerba esa bendita, ojalá y sí, quizás del tabaco de Girón, ojalá y no.

 

Después de haber aspirado, sentada en la perezosa, un fino pitillo que a mi madre se le hizo un tanto ospechoso porque nunca había visto antes ninguno parecido, le preguntó a la escocesa si ella sabía en qué año se había fundado nuestra ciudad, ella contestó en ese, ¿cómo así que en ese?, volvió a preguntar madre, pues sí, en ese o en otro cualquiera, que no hay consenso al respecto, dijo la otra, muy leída, al parecer. Está en lo cierto. Y años ha lo aseveró. Y extranjera es. Esa misma tarde también quiso madre que le dibujase una idea que representara la palabra siempre para institucionalizarla en los sobres y papeles de carta como emblema del hotel, pero ella no pudo y a cambio le insinuó que colocara todas las letras e al revés, invertidas, mirando para el otro lado. Le aconsejó también, no sabemos si en broma, que identificara las puertas de las alcobas con números romanos. Caso le hizo a ambas sugerencias.

En una oportunidad llevaron a mi padre, pero su obesidad casi causa una tragedia cuando pretendió erguirse en mitad de las aguas. Aunque en repetidas veces supliqué casi de hinojos que quería conocer el río Poco y el río Mucho para saber si en realidad ellos existían o era mierda mentirosa de mi padre, nunca me llevaron. Un domingo de misa obligatoria y voluntaria comunión en ayunas y con el mastín a bordo muy nervioso, antes de que empezara el medio día vertical, Mas Que Digan empezó a ladrar porque había descubierto una babilla adormecida por la maternidad cercana que calentaba sus huevos en la orilla. Tiraron el lastre a pocos metros de la playa y esperaron a que la babilla tornara al lago en busca de algún bagrecillo bigotón que comer. Veintidós huevos, todos, las dos mujeres y Mas Que Digan le robaron y se los llevaron luego entre sus senos y la

suave jeta del mastín hasta el solar del hotel para que la piropa, ya muy amaestrada en estos maternales

quehaceres y bastante alebrestada con sus éxitos, les diera calor, amor y vida. La gallina cumplió su trabajo y al cabo de algunos cálidos días de incubación, veinte babillitas -porque para su tristeza dos huevos se pudrieron en el descabellado intento- conocieron lo que era el prado del solar y no las aguas lacustres. A sus pandas y mansas acuosidades obscuras con suavidad y despacio las llevaron entre canastos y almohadones para devolverlas al entorno que les era propio y a veces las veían chapotear perezosas entre lotos y nenúfares y eludir los diagonales y veloces embates de lavaculos y libélulas. La piropa, perdida la compostura, por señas le suplicó a mi madre que le trajera huevos de tortugas de carey o de morrocoy hembra, de búho y de guañuz, de iguanas y, si se atrevían, de serpientes, ojalá no venenosas. De ñapa, y para mi propio entrenamiento y entretenimiento, alguna vez tráiganme huevitos de palomas abuelitas, decía, entre cacareo y carcajeo van y cacareo y carcajeo vienen. Pero jamás huevos de avestruz, que me puedo caer. Además, le decía la piropa a mi madre, he oído por ahí que cuando las cocineras pelean, la una le dice a la otra: usted tiene huevo de avión, así que mire a ver si va con la escocesa en bicicleta hasta el aeropuerto Gómez Niño y me traen una canastada dellos, que yo, gratis, se los empollo. A propósito de huevos, acláreme también ¿por qué usted dice que hay hombres huevones de la cabeza y cabezones de los huevos?

Cuando nacían las camadas y las devolvían intactas a sus territorios, ambas se emborrachaban, la extranjera con ginebra importada desde las tierras donde crece el enebro que produce la nebrina, bien por el almacén Portugal del señor Guillermo Céspedes o bien por el almacén Antonio del señor Antonio Álvarez, marcas registradas y no contrabandeadas Tanqueray, Gordon o Beefeater y agua tónica, y la nacioanal con puro guarapo cerrero y artero fabricado en no muy clandestinos alambiques locales, pues todos sabíamos en dónde quedaban, excepto la popólicía. Terminaban peadísimas, a carcajadas riéndose de todo de nada de algo. Ebria, la escocesa tartamudeaba que ahora sí llegó el espirituoso santo a soplarle al oído que si quería un huevo pío, él se lo regalaría sin temor, y que, cuando hubiera partos en la vecindad, atalayara y capturara la cigüeña hasta cuando soltara por fin huevos. La piropa rehusó de plano vertical empollar estas bromas tan pesadas e irrespetuosas, pero después, tres días antes de morir de peste o de coriza, cacareó que lo pensaría.

Jeanette en tres tardes no consecutivas le enseñó de memoria a la madre mía la correspondencia biunívoca que ataba dioses griegos con romanos y cuando le preguntó qué opinaba, la otra, después de carraspear, le dijo que

Cupido me suena a platónico y Eros a carnal. La antropóloga aplaudió su respuesta y la escribió en español amarillo sobre su muy suyo cuaderno de notas.

Unos días y noches antes de su muerte extraña y diferente, Jeanette y su abellera alazana le insinuaron a mi madre que por qué no le pedía al ya no acalorado groenlandés conseguir un huevo de pingüina y que también le

preguntara por señas, o ella lo abordaría en inglés, a un bronco australiano que había venido disfrazado de despistado turista desde Adelaida si le era fácil hacer llegar a Colombobia entre un huacal especial el huevo de una ornitorrinca para que la gallina piropa se encargase del empollamiento dellos, y sin esperar respuesta alguna, positiva o negativa, dio media vuelta y se metió en su alcoba. ¿Ah, sí?, para mí que vienen llenos sus pulmones del humo de la joda esa y se le olvidó que la gallina piropa ya había muerto, quiso pensar, y pensó, mi madre.

 

Una friolenta mañana más común que corriente de 1.959, un año después de la muerte de padre, luego de haber ido la noche anterior al circo en cicla y sin pagar boleta ni consumos para que la partieran por mitad con la sierra sin herirla y de haber cenado en abundancia a su regreso, amaneció muerta en su alcoba, debajo de cuya puerta asomaba un hilillo de sangre extranjera y seca. Desangrada y partida en dos exactas porciones desnudas.

 

Sospechosos al principio no hubo, testigos tampoco, no se encontró el arma, motivos o móviles no había, fuera de aquellos derivados de su comportamiento sexual tan radical, muy natural, por cierto. Las autoridades removieron cielo y tierra, sus pesquisas e indagaciones, hechas, ora con inteligencia estúpida, ora con estupidez inteligente, no lograron esclarecer el asunto, así que la dueña del hotel fue encarcelada en la comisaría central para ver si soltaba prenda. ¡¿Pero qué prenda iba a soltar si todo el suceso era tan misterioso y extraño?!

 

Mi madre y el comisario se sentaron en dos rústicos y ásperos taburetes de móncoro, uno dellos, el de mi madre, cojo de la pata izquierda, a ver qué sacaban en claro, o en claroscuro, más que fuese. Contó madre que después de los tres primeros años, los dueños del circo ya la reconocían y no le volvieron a cobrar entrada ni consumos. Ella, por sí sola, era una atracción. Doña Sixta, dígame algo nuevo que yo no sepa, quiso concretar el comisario.

 

-Y el del serrucho, ¿era siempre el mismo?-.

 

-Sí, sí lo era y ahora que usted pregunta recuerdo que la noche anterior a su muerte vino a visitarla y ella no lo quiso recibir-.

 

Creo que madre sospechaba de ese tal por cual, lo intuía culpable por alguna razón que no acababa de entender como clara, faltaba algo para cerrar el circuito y esclarecer el caso.

 

-Tal vez, puede ser, la acción residual y prolongada del corte de la sierra le causó una muerte retardada-, aventuró mi madre.

 

-¿A qué hora fue la última función de anoche?-.

 

-Por ahí a las nueve, nueve y media-.

 

-¿La vio regresar?-.

 

-Sí-.

 

-¿Cuándo?-.

 

-Entre once y media y doce y cuarto, en bicicleta-.

 

-¿Y qué dijo?-.

 

-Lo mismo que su cicla, nada, que buenas noches, que estaba hambrienta, que le dolía la cintura y a la Raleigh el sillín-.

 

-¿Y usted alguna vez le preguntó qué sentía cuando le daban serrucho?-.

 

-Sí, una sola vez-.

 

-¿Y que contestó?-.

 

-Que le daban cosquillas-.

 

-¿En dónde?-.

 

-Pues ahí-.

 

-¿Ahí en el pubis?-.

 

-No se haga el viejo verde limón, más arribita, donde estaba la cicatriz, viejo verde manzana-.

 

El comisario ignoró el colorido planchazo atusándose los bigotes.

 

-¿Y qué más dijo?-.

 

-Ya le dije, no dijo nada más, ¿o quiere que invente?-.

 

-¿Era flemática entonces?

 

-¿Eso qué es?-

 

-Que no se inmuta-

 

-¿Inmuta?, ¿es eso una grosería?-

 

-Bueno, bueno, dejemos así, señora-, contestó mientras se sacaba una buena porción de cera del oído derecho.

 

-Otra cosita-, volvió a la carga el comisario, -¿es cierto, sí o no, que fumaba de esa joda?-.

 

-Nunca se lo pregunté-.

 

-¿Y no la vio?-.

 

-Menos-, dijo lacónica en extremo -y flemática también- mi madre.

 

El comisario siguió embistiendo: -ella debe tener su plantío clandestino, pero ¿dónde?, porque no me vengan a decir que en el parque Bolívar, eso es mentira, todos lo sabrían, es muy al descubierto; yo más bien creo que en algún terreno baldío de las lejanas cercanías de San Gil o Cepitá; ¿usted qué opina, señora?-.

 

-Nada, que puede que sí, que puede que no, que puede que tal vez quién sabe, que la intimidad de las personas es una caja de Pandora-.

 

-La veo y la oigo muy parca de palabra-.

 

-Es que la ropa sucia se lava en casa aunque se empuerque afuera-.

 

El que madre mencionara la caja de Pandora debió salir de las clases de mitología griega y romana que la  escocesa le enseñara en tres tardes no consecutivas de agosto o de febrero. Derrotado y cabizbajo, ese mismo día el comisario soltó a mi madre por falta de pruebas en su contra y también porque solo era ella quien podría hacer las diligencias para enterrar una extranjera, que allá por esos tiempos remotos pocos dellos morían en mi tierra. Pero no olvide que usted es todavía sujeto de investigacción, la amonestó.

 

Enviaron por vía aérea y urgente una carta en inglés al 23rd. Chameleon Road, pero no hubo respuesta ni en español ni en inglés. Por motivos ocultos no se hablaba con sus padres y no supimos si tuvo hermanos o hermanas, como si no tuviera hambre de familia. Y de la embajada británica nadie se interesó, aunque la noticia salió en los diarios de mi tierra, en los de la capital nacioanal y en todas las emisoras locales. Fue sepultada, por ser anglicana de profesión y de religión, en el mismísimo cementerio en que años después reposaría por algunos años Ulises Tráquea, el suicida.

 

Requiescat in pace también ella.

 

Una vez que sin responsos enterrado la hubieron con pocos deudos y lutos, mi generosa y solidaria madre regaló todas sus pertenencias a los asilos geriátricos de San Rafael y San Antonio, excepto la canoa y sus aditamentos, entregados al club de pesca Los Sábalos; el veloz velocípedo obsequiado a la incipiente liga santandereana de ciclismo; la boina, que era escocesa y no vasca, como decían los españoles aquí residenciados, la guardó para regalársela a una de mis hermanas, Wenceslaíta, aunque ella jamás se la encasquetó en su neutra cabeza porque no le gustaba la ropa ajena y a veces ni la propia y la caja de lápices de colores y los cuadernillos en que anotaba quién sabe qué asuntos, que nadie los ha leído hasta entonces, ni siquiera mi madre, opino yo, los metió, también quién sabe en dónde, tal vez en el baúl de sus recuerdos.

 

Visto, y no aceptado, el que a mí no me dieran regalo alguno, un día en que mi madre y su rebozo madrugaron bajo lluvia a la misa del gallo, fui hasta el baúl aquel, corrí el pestillo, busqué y hallé los cuadernillos en que ella escribía sus apuntes en colores. Emocionado por la curiosidad de descubrir y curioso por la emoción también de descubrir, quise leer el primer tomo que cogí, pero no pude porque madre y su rebozo se acercaban, así que de curioso pasé a furioso. Antes de que ella y su rebozo entrasen y me sorprendiesen, arranqué de un tirón la primera hoja que tuve al alcance de mi ladrona mano, la escondí bajo mi camisa que ya empezaba a sudar del susto y salí de su alcoba despavorido. Esa noche, en la segura compañía del mastín paterno, la leí por ambas caras. Debió querer mucho a mi tierra la pelirroja esa, porque, bajo el título LOS CAMPOS DE  MI SANTANDER DEL SUR, con letras de todos los colores del arco iris y en ordenado desorden, había escrito varias palabras para mí inentendibles y extrañas, excepto una: bucólico. Las otras: bucolicidad -en verde-, bucolicidez -en sepia-, bucolicoide -en gris obscuro-, bucólicozante -en rojo-, bucólicozador -en violeta-, bucolicable -en azul de metileno-, bucólicofóbico -en amarillo-, bucólicomanía -en marrón-, bucólicología -en pálido morado- y bucólicografía -en negro- me dejaron asombrado por su correcta ortografía y su desfachatada lucidez incandescente. ¡Vaya antropóloga que era!. En el anverso pude leer, en letras negras y comillas amarillas, estos sus cinco aforismos: “nosotros venimos de un caos sin origen”, “¿puede la nada sufrir, reír, soñar, matar, nadar, pensar, crear, enamorar, cagar, improvisar, rascar y etcetératear?”, “los diestros pueden ser diestros y siniestros y viceversa”, “la distancia más corta entre tres puntos es la aparecida después de que los dos puntos de la diéresis de la u se dejan montar por el punto de la i” y “ solamente los oficios tienen gajes?”. Y en la parte inferior leí en rojo y azul: “¿la puerta está entreabierta o entrecerrada? Depende. ¿De qué? De si entras o sales”. Leídas con alegría y tristeza en partes iguales estas dos asombrosas páginas, únicas que pude rescatar de las no sé cuántas, ¿acaso cinco mil?, que pudo a lo largo de sus trece años haber en colores escrito, no me cabe duda alguna por ninguna parte sobre si fumaba o no de esa mierda. El comisario no volvió a joder y cuando al año siguiente retornó el circo, quien manejaba el serrucho era otro.

 

Y si lo dudan, vayan conmigo a ver la tumba, en cuya lápida de barato mármol colombobiano aún se pueden leer, borrosos, sus nombres, apellidos y las fechas de nacimiento y muerte.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

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